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El perfil oscuro del poder: psicología y política en el asedio perpetuo a Cuba

Por Raúl Antonio Capote

Cuando un niño cubano con cáncer ve reducida su tasa de supervivencia del 85 % al 65 %, no es porque la ciencia médica haya retrocedido, sino porque desde una oficina en Washington, a kilómetros de distancia, decidieron impedir la entrada de fármacos y equipos de diagnóstico a Cuba.

Si la mortalidad neonatal en la isla se duplica hasta alcanzar 9,9 por cada mil nacidos vivos, debido a la decisión de un grupo de burócratas, que han convertido el odio y sus intereses personales en acicate para causar el genocidio de un pueblo, hay que buscar que esconde la mente de tales personas.

Que mentalidad perversa puede establecer el cerco a la importación de petróleo hacia Cuba, medida que afecta servicios esenciales en todo el país, tales como unidades de cuidados intensivos, salas de urgencias, la producción, el suministro y almacenamiento de vacunas, productos sanguíneos, medicamentos sensibles a la temperatura, bombeo de agua potable, saneamiento, higiene, entre otros.

La comunidad internacional ha condenado en varias ocasiones consecutivas, y con votaciones abrumadoras, el bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba.

Pero la pregunta que nos hacemos es profundamente humana: ¿qué hay en la psique de quienes conciben y sostienen una política que provoca dolor innecesario y muerte, a sabiendas de que su objetivo declarado —el cambio de régimen— ha fracasado estrepitosamente durante seis décadas?

La psicología clínica contemporánea ha delineado lo que se conoce como el «tétrada oscura» de la personalidad: un cóctel de sadismo, narcisismo, maquiavelismo y falta de empatía. Quienes diseñan y perpetúan el cerco energético y económico contra Cuba parecen encarnar una peligrosa sinergia de estos rasgos.

El economista Jeffrey Sachs, director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, ha sido contundente al respecto: «La razón por la que lo mantienen es que saben que duele, y eso es realmente sádico. La política estadounidense se basa en dañar a Cuba y a los cubanos».

La declaración realizada durante una entrevista publicada el 16 de julio de 2024, en Belly of the Beast, no es un exabrupto, sino el diagnóstico de un experto que observa cómo la administración estadounidense, insiste en una usar una herramienta para doblegar a un pueblo doblegar.

El propio presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha calificado esta estrategia como «castigo colectivo» de carácter «sádico», una visión respaldada por muchas personas que describen el bloqueo como guerra sistemática cuyo objetivo es quebrar la moral de un pueblo.

El placer en la crueldad y la instrumentalización del otro

Quizás el rasgo más perturbador, y el que da veracidad a la calificación de «depravado», es la reacción documentada de ciertos líderes ante el sufrimiento ajeno. Testigos y analistas han señalado cómo el expresidente Donald Trump revisaba los reportes sobre la crisis humanitaria en Cuba con “una alegría genuina».

Esta falta de empatía se combina con un maquiavelismo frío: el uso del otro como un mero instrumento, se instrumentaliza a la víctima para crear el caos que justifique, a la postre, una intervención más agresiva. En esta ecuación perversa, los niños que mueren por falta de medicinas no son personas, sino fichas del derribo.

Un genocidio silencioso ante los ojos del mundo

El derecho internacional ya tiene un nombre para los actos que buscan destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional. Cuba ha presentado ante la Asamblea General de la ONU una denuncia formal que invoca el artículo 2 de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948.

Aunque la comunidad jurídica internacional tarde en el debate para establecer la palabra adecuada, los datos resultan escalofriantes y elocuentes: la privación deliberada de suministros médicos, alimentos y energía provoca sufrimiento evitable y muertes que podrían evitarse con un simple cambio de voluntad política.

El consenso internacional es abrumador, el planeta condena una práctica que el canciller cubano Bruno Rodríguez ha calificado como «acto de guerra», sin embargo, la condena diplomática no parece mover sentimientos humanos en quienes toman las decisiones en Washington.

Nada se puede esperar de quienes apoyan y contemplan con frialdad los crímenes sionistas en Palestina, los asesinatos deliberados y masivos de mujeres y niños en Gaza, el uso de tecnologías de avanzada para exterminar a familias completas.

El verdugo que no se ve a sí mismo

Uno de los mayores desafíos para la psicología política es que los individuos que perpetran estas políticas raramente se perciben a sí mismos como verdugos. El narcisismo les impide asumir la perspectiva del otro, y el maquiavelismo les convence de que cualquier medio es válido para un fin que ellos consideran «superior». Tal deshumanización les permite un distanciamiento moral que anestesia la conciencia.

Mientras el flujo de combustibles, medicinas y alimentos básicos siga restringido en una isla a solo 150 kilómetros de las costas de Florida y, la mayoría de los gobiernos del mundo contemplen impasibles el rostro de una política que, despojada de sus eufemismos diplomáticos, revela la faz más oscura de quienes detentan el poder, la llamada “civilización” humana no podrá salir de la barbarie.

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