SEGUNDO DIÁLOGO CON FREI BETTO: PREGUNTAS Y RESPUESTAS PARA EL BLOG AMÉRICA
Por Rafael Hidalgo Fernández
Bienvenido Betto. Gracias por acceder a este segundo diálogo con nuestro recién nacido blogamerica.org, orientado, como sabes, al análisis de temas internacionales relevantes y a identificar alternativas de respuesta, sobre todo, frente a la que parece una “todopoderosa ofensiva del fascismo” en sus expresiones contemporáneas. Si supones que estoy pensando en Donald Trump y en los intereses transnacionales que le dan sustento, no te equivocas.
Esta vez, uno de los temas que más concentra la atención internacional, particularmente en América Latina y el Caribe, guarda relación con los probables resultados de las próximas elecciones generales en Brasil, cuya primera vuelta será el venidero 4 de octubre.
Te propongo entonces analizar el tema, de manera prioritaria, a partir del examen de los factores internos que podrían incidir en los resultados, dado que estos se conocen menos. Claro está, algunos de ellos son inseparables de sus expresiones internacionales. Tal es el caso de la actuación de las distintas formaciones de la derecha y la ultraderecha evangélica en tu país, muy articuladas a sus pares estadounidenses.
Cómo presentarías el cuadro de fuerzas y las actuaciones de las más relevantes, a la hora de explicar por qué un representante de lo más cavernícola de Brasil en materia de ideas políticas, valores humanos, costumbres y escrúpulos, Flavio Bolsonaro, hoy sea visto con posibilidades de triunfo frente a Lula? ¿Cómo explicar este fenómeno sociopolítico?
Frei Betto (FB): El hecho de que se considere que Flavio Bolsonaro tiene posibilidades de derrotar a Lula es resultado de la suma de múltiples factores estructurales y de la dinámica de la campaña, y no un reflejo de un supuesto “retorno a la caverna” de la sociedad brasileña como un todo. Varias encuestas actuales muestran que los dos candidatos se encuentran en un empate técnico, o que Flavio tiene una leve ventaja en simulaciones de segunda vuelta, pero las causas de ese escenario son mucho más complejas que las de que “el electorado ha abrazado el extremismo”.
La elección presidencial de 2026 se produce en un ambiente muy polarizado. Los candidatos de centro o de una “tercera vía” no han encontrado espacio para sobrevivir, y la disputa se da, en la práctica, entre Lula y Flavio Bolsonaro. Una encuesta realizada por Datafolha en abril ya mostraba que, fuera contra Flavio, Zema o Caiado, Lula empataría técnicamente. Pero, a continuación, la dispersión interna del campo de la derecha comenzó a deshacerse: las intenciones de voto por candidatos como Ronaldo Caiado, Romeu Zema y Augusto Cury disminuyeron drásticamente, y esos votos migraron casi íntegramente hacia Flavio.
En otras palabras, el crecimiento de Flavio no proviene, en buena medida, de la incorporación de nuevos electores ni de un desplazamiento del electorado de centro hacia la derecha, sino que es efecto de la concentración del “voto útil” de la derecha. Cuando los electores llegaron a la conclusión de que la única opción de derecha capaz de derrotar a Lula era Flavio, el voto antipetista antes disperso se desplazó rápidamente hacia él. Se trata de un juicio acerca de “quién tiene más posibilidades de vencer” que no equivale necesariamente a una afinidad ideológica con Flavio.
En un escenario de empate como el que arrojan las encuestas, la calidad del funcionamiento de la campaña se convierte en la variable decisiva para romper el equilibrio. La campaña de Flavio demuestra una mayor disciplina en la definición de sus contenidos: se concentra en el miedo a la inseguridad, el costo de la vida y la construcción de la imagen de “una versión más joven y moderna de Bolsonaro”. Esos temas tienen una incidencia directa en la clase media urbana y el electorado del Sudeste.
Por el contrario, durante bastante tiempo la campaña de Lula no consiguió presentar una narrativa clara y fuerte sobre “por qué concederle otros cuatro años”, y su material de campaña se limitaba a listar proyectos ya realizados en vez de construir un reclamo emocional volcado hacia el futuro. Esa asimetría se da especialmente en el Sudeste; una encuesta realizada por Quaest en septiembre muestra que la ventaja de Flavio en la región creció de 8 a 16 puntos porcentuales (de 31% a 47%).
Atribuir la competitividad de Flavio simplemente a “la parte más cavernícola” de la sociedad brasileña equivale a ignorar un hecho de larga duración: el consenso electoral antipetista es una fuerza estructural estable que ha atravesado varios ciclos electorales. En 2022, el vehículo de ese consenso fue Jair Bolsonaro; em 2026, es Flavio Bolsonaro.
Datos de AtlasIntel de mediados de septiembre muestran que el rechazo a Lula llega a 52%, mientras que a Flavio es de 50,2%. Eso significa que cerca de la mitad del electorado brasileño no votaría por Lula de ninguna manera. Para ese grupo, la opción nunca ha sido “apoyar todas las propuestas de Flavio”, sino “quién es el único capaz de derrotar al PT”. Mientras el rechazo se mantenga en ese nivel, cualquier candidato de derecha con una elegibilidad básica alcanzará una posición competitiva.
La campaña de Flavio no está exenta de debilidades. El estallido en mayo del escándalo del Banco Master (relativo a un acuerdo de 134 millones de reales con el banquero Daniel Vorcaro para financiar un filme biográfico sobre Bolsonaro) provocó una disminución significativa de la intención de voto a su favor. En ese momento AtlasIntel registró una disminución de 39,7% a 34,3% en la primera vuelta.
Sin embargo, en septiembre, a medida que el debate en torno al Tribunal Supremo Federal desplazó la atención de la opinión pública del escándalo de Flavio hacia la institución judicial, Flavio recuperó el terreno perdido. Esa dinámica no revela una “inmunidad” de Flavio, sino la atención limitada de los electores y la fluidez de los temas. En un ambiente de insatisfacción generalizada con la clase política, la capacidad letal de acusaciones de escándalo contra un candidato puede diluirse por la percepción de que “todos son corruptos”.
La competitividad de Flavio Bolsonaro es, en esencia, un fenómeno de concentración del voto de derecha en “el candidato de oposición más elegible” en el marco de una estructura electoral sumamente polarizada. Lo que ello refleja es que (a) la sed de poder del campo antipetsta se sobrepone al examen riguroso de la conducta personal de los candidatos; (b) el papel marginalmente decisivo del funcionamiento de la campaña en un escenario de empate; (c) la persistencia del deseo de “cambio” del electorado brasileño (con independencia del modo que adopte ese cambio), un deseo que Lula no ha logrado monopolizar de manera eficaz.
En cuanto a la pregunta de si en la sociedad brasileña están prosperando valores “cavernícolas”, los datos de las encuestas no la responden. Lo que muestran los datos es un electorado dividido casi exactamente a la mitad y no una sociedad que haya girado como un todo hacia la derecha.
No obstante, las encuestas más recientes siempre muestran que Lula cuenta con algunos puntos porcentuales por encima de Flavio en la preferencia de los electores.
Rafael Hidalgo Fernández (RHF): Se está hablando mucho sobre la inevitable victoria de la ultraderecha en Brasil, cuyo proceso electoral es colocado como una continuidad de los ocurridos en Honduras, Ecuador, Perú y Colombia, donde la ultraderecha internacional –con protagonismo especial de la que opera desde los EEUU– logró manipular a importantes sectores del electorado. ¿Podría ser así en Brasil, un país de proporciones y nivel de desarrollo que supera en mucho a los 4 mencionados y lo colocan, además, en la condición de potencia emergente y como actor global respetado aún?
A propósito, ahora recuerdo que Noam Chomsky asegura que las élites estadounidenses necesitan impedir que Brasil, como potencia emergente, prospere con fuerza propia. Así se vio claro en ocasión de la llamada Operación Lava Jato (OLJ), que pudo haber sido llamada Operación Contra Brasil (OCB). ¿Vale para hoy está afirmación de Chomsky?
FB: Tu pregunta aborda un punto central y complejo del escenario político actual: la validez de las tesis sobre la injerencia externa y el papel de “Lava Jato” en el contexto de las elecciones brasileñas de 2026. Las informaciones disponibles indican que, aunque la dinámica sea diferente a la de 2018, la afirmación de Chomsky sobre el interés de potencias extranjeras en limitar el papel de Brasil como un actor global sigue siendo un factor relevante, ahora bajo nuevas formas.
En aquella época, Chomsky describió a Lula como “el preso político más importante del mundo”. La Operación Lava Jato tuvo como resultado la prisión de Lula e impidió su candidatura en 2018. Años después, el Tribunal Supremo Federal anuló la condena por entender que el entonces juez Sergio Moro no había sido imparcial, y Moro llegó a ser ministro de Justicia en el gobierno siguiente, el de Bolsonaro. Ese episodio ilustra cómo las instituciones judiciales brasileñas fueron instrumentalizadas políticamente, lo que dialoga con la tesis de que fuerzas externas e internas se empeñaron en desestabilizar un proyecto de poder que hacía que Brasil despuntara como potencia emergente.
En 2026 el panorama es significativamente diferente. La elección no es una simple continuidad de la “ola” conservadora de 2018. Las encuestas arrojan una polarización extrema y un empate técnico entre Lula y el senador Flavio Bolsonaro, heredero político del bolsonarismo. La “tercera vía” no logró consolidarse nacionalmente, lo que mantiene la disputa concentrada entre esos dos campos.
En ese contexto, la injerencia externa asume una forma más explícita y declarada. El gobierno de Donald Trump ha mostrado un apoyo abierto a Flavio Bolsonaro y cuestionado la confiabilidad del sistema electoral brasileño. Esa actitud contrasta con la del pasado, cuando la injerencia era más velada. Algunos analistas apuntan que esa injerencia no necesariamente une al país; por el contrario, intensifica la polarización, porque cada elector interpreta las amenazas externas sobre la base de su identidad política.
La tesis central de Chomsky –de que los Estados Unidos necesitan impedir que Brasil prospere por sus propias fuerzas— sigue siendo válida, pero los motivos han evolucionado: 1. La disputa geopolítica con China: Brasil es un socio comercial importante de China. Para Washington, un gobierno brasileño alineado automáticamente con los Estados Unidos significaría eliminar una pieza más del tablero chino en la América Latina. 2. La seguridad y la Amazonia: un gobierno alineado con Washington podría permitir operaciones militares estadounidenses en la Amazonia con el pretexto del combate al narcotráfico, algo que ya ocurre en países vecinos y que constituiría una ganancia estratégica enorme para los Estados Unidos.
Por tanto, la afirmación de Chomsky es válida aún, pero el método ha cambiado. En 2018, la contención de Brasil se produjo mediante una operación judicial que llevó a la cárcel al principal líder de centro-izquierda. En 2026, la presión externa es más directa y declarada, con el fin de influenciar al electorado a favor del candidato alineado con los intereses del Imperio. El objetivo –evitar que Brasil se consolide como un polo de poder autónomo— sigue siendo el mismo.
RFH: Sería absurdo explicar los avances de las fuerzas de derecha y ultraderecha exclusivamente a partir de sus indiscutibles aprendizajes, de su creciente sistema de articulación y de su voluminoso poder financiero, tecnológico y científico, ¿cuál es la parte de responsabilidad que está en el campo de la izquierda y de los medios progresistas de Brasil para explicar lo que está sucediendo? ¿Qué opciones realistas están a la vista para impedir que el fascismo bolsonarista se reinstale en Planalto y cree mejores condiciones para que los intereses anti-brasileños se fortalezcan todavía más?
Por qué te formulo esta segunda pregunta? Por esta razón: cuando se analiza, si quieres sólo como muestra, el origen y desarrollo de la mencionada Operación Lava Jato, salta a la vista que tras ella se buscaba mucho más que derrocar el gobierno de Dilma e impedir un retorno de Lula a la presidencia del país. Se pretendía quebrar las empresas de capital nacional con vínculos con la industria militar, el programa nuclear con tecnología propia, la construcción de sistemas de defensa aérea propios, y muchas otras opciones de desarrollo endógeno que los gobiernos de Lula y Dilma favorecieron. ¿Es correcta esta afirmación?
FB: La Operación Lava Jato no solo buscó derribar a Dilma Rousseff e impedir la elección de Lula; también tuvo como blanco central la destrucción de la industria nacional de defensa de Brasil, su programa nuclear independiente y todo el sistema de empresas nacionales con capacidad estratégica. Y en cuanto a la responsabilidad de la izquierda y la forma de evitar el regreso del bolsonarismo, la respuesta está en la aplicación del programa que dio el triundo en 2022 y en la reconstrucción de la unidad de las fuerzas progresistas.
Tu afirmación está fuertemente respaldada por los hechos. Las acciones de Lava Jato incidieron directamente sobre los cimientos de la capacidad soberana de Brasil. Debilitaron la Base Industrial de Defensa, cuidadosamente construida durante los gobiernos del PT con el objetivo de hacer de Brasil un actor estratégico independiente. Uno de los primeros presos fue el almirante Othon Luiz Pinheiro da Silva, el “padre” del programa nuclear brasileño, que fue condenado a 43 años de cárcel. La prisión del principal responsable de la conquista de la independencia tecnológica en el ciclo del combustible nuclear privó al país de su principal organizador en esa área estratégica.
El Programa de Desarrollo de Submarinos (Prosub), que incluía el primer submarino de propulsión nuclear de Brasil, contaba con un presupuesto de más de 30 mil millones de reales y con la participación de Odebrecht, blanco central de Lava Jato. Odebrecht Defensa era responsable de la construcción del submarino nuclear y estaba asociada a Mecatron, que fabricaría misiles nacionales. Prosub se atrasó dos años, y el impacto negativo de las investigaciones fue un factor importante en ello. Los prejuicios no solo afectaron esos dos programas, sino a toda la cadena de la industria naval y de defensa nacional.
Lava Jato “arruinó” a Petrobras, destruyó empresas de ingeniería y construcción, y puso fin al proceso de recuperación de la industria naval. Eso se corresponde exactamente con tu análisis; se trataba de algo más que derribar un gobierno: se intentaba destruir las opciones de desarrollo endógeno de Brasil. La lógica subyacente era la de que los Estados Unidos debían impedir que Brasil se fortaleciera por sí misma como una potencia emergente.
En cuanto a tu pregunta acerca de “dónde radica la responsabilidad de la izquierda”, las informaciones de las encuestas indican que la propia izquierda reconoce deficiencias en algunas áreas. La izquierda “se acomodó” a la imagen de Lula, y el PT, al apoyarse excesivamente en el carisma personal de su líder, vio debilitarse su capacidad de organización autónoma. El PT abandonó el trabajo de base, de organización y movilización populares. El partido nunca pensó seriamente en cómo lidiar con la compleja ingeniería política del sistema federativo brasileño, lo que dificultó la implementación de proyectos de cambio más profundos.
La extrema derecha promovió en las redes digitales una degradación del debate público utilizando ataques más agresivos, discursos de odio y desinformación. El campo progresista no logró contraponerse eficazmente a esa ridiculización y esa virulencia ostensivas. Aunque los grandes medios de comunicación también han desempeñado históricamente un papel semejante al de un “partido político” como aparato de hegemonía, la izquierda fracasó en construir una capacidad de comunicación igualmente poderosa en la era digital.
La estrategia central de la oposición de extrema derecha es impedir la implementación del programa que llevó a Lula a la presidencia en 2022, a la vez que acusa al gobierno de no cumplir sus promesas. Si el gobierno hiciera demasiadas concesiones o compromisos, se alienaría a su base de apoyo y minaría el entusiasmo popular. La resolución de un partido de izquierda subraya explícitamente: para vencer en 2026 es necesario implementar con efectividad el programa de 2022 y responder a las necesidades de las clases trabajadoras.
Sobre la base de los documentos de los partidos de izquierda, las opciones realistas se centran en algunos puntos clave: 1) Retomar la iniciativa programática y responder a las ansias populares. La clave consiste em poner en práctica políticas con un fuerte atractivo popular, como la exención de impuestos sobre las entradas a quienes ganan menos de 5 000 reales, el fin de la jornada laboral 6X1 sin reducción salarial y el control del precio de los alimentos. Al colocar a los pobres de forma radical en el presupuesto se reconquista la confianza de la base electoral. 2) Se impone la necesidad de unir a izquierda y centro-izquierda (PT, PSOL, PCdoB, PSB, etc.) en un frente único democrático. Eso no solo significa alianzas electorales, sino también una agenda programática común de combate al neoliberalismo.
A la vez, se debe colaborar con los sectores liberales que defienden la democracia (como el STF y parte de los grandes medios empresariales) aislando así conjuntamente a la extrema derecha. 3) La izquierda debe adoptar claramente la línea de la defensa de la soberanía nacional, oponiéndose a la injerencia externa (como la del gobierno de Trump) y el sometimiento del bolsonarismo a los Estados Unidos. Este es un elemento de movilización con un gran atractivo popular. 4) Es necesario que el propio Lula encabece la batalla de la comunicación rompiendo la desinformación de la extrema derecha con narrativas políticas claras y movilizadoras, en vez de limitarse a utilizar el aparato estatal para transmitir informaciones.
RHF: Nos separan días, horas para lo que sucederá en la primera vuelta electoral. ¿Qué opciones visualizas para que Brasil pueda ser un punto de quiebre del visible entusiasmo que hoy se observa en los salones y las calles donde imperan las ideas de los Bolsonaro y Cía.? Tengo conciencia de que no todos los que votan y votarán por él son fascistas. Aquí está uno de los nudos sociológicos y políticos que urge desentrañar…
FB: La posibilidad de Brasil de convertirse en un “punto de quiebre” existe, pero es extremadamente estrecha. La clave está en transformar esta elección en una votación sobre la soberanía nacional vs el sometimiento al exterior, y no en una competencia de personalidades o propaganda negativa. Tu intuición sobre la sociología electoral es correcta: muchos electores de Bolsonaro no son fascistas en el sentido ideológico puro, sino electores insatisfechos que expresan su protesta mediante el voto, o electores que priorizan las cuestiones relativas a la seguridad sobre otros valores.
Las encuestas y los análisis muestran que la base de apoyo del bolsonarismo es más amplia que la integrada por los “fascistas” puros. Su contingente central incluye a grupos evangélicos conservadores, partes del agronegocio, electores anti-PT y partidarios de políticas duras de seguridad. Esos electores pueden no concordar con todo el radicalismo de Bolsonaro, pero sus preocupaciones sobre la delincuencia, la moral tradicional o la corrupción los hacen tender a la derecha.
Flavio Bolsonaro heredó la base electoral central de su padre. En las elecciones de 2022, Bolsonaro padre obtuvo 49,1% de los votos en la segunda vuelta, el mayor número de votos obtenido por un candidato derrotado en la historia de Brasil. Eso demuestra la profundidad y la amplitud de la aceptación de la “marca Bolsonaro”. La estrategia de Flavio consiste en mantener la capacidad de movilización de la marca Bolsonaro y, a la vez, diluir las etiquetas negativas de su padre como antidemocrático, juicio por intento de golpe, fracaso en la pandemia, con lo que intenta atraer a electores de centro-derecha a quienes no les gusta Lula pero temen que la familia Bolsonaro se considere de extrema derecha.
Ese es el “nudo” sociológico que mencionaste: un grupo considerable de electores vota por Bolsonaro no necesariamente porque abrace el fascismo, sino por razones más específicas: inseguridad, resentimiento contra la vieja política o, simplemente, porque el PT le resulta inaceptable.
Los datos más recientes muestran una carrera sumamente equilibrada. La Encuesta Datafolha del 17 de septiembre muestra a Lula con 39% y a Flavio con 36% con un margen de error de 2%, o sea, un empate técnico. La simulación de la segunda vuelta muestra a Lula con 46% y a Flavio con 44%, también un empate técnico. La clave son los indecisos y los abstencionistas: Quaest estima que 10%, cerca de 21 millones de los electores brasileños, están indecisos, el doble que en el mismo período de 2022. Esos electores se concentran, sobre todo, en las regiones Sur y Sudeste, los estados clave donde se decide la elección. Además, históricamente, la tasa de abstención en Brasil ha sido elevada, con más de 30 millones de electores que no asistieron a las urnas en ninguno de los dos turnos en las elecciones de 2022.
Para impedir la reinstalación del bolsonarismo, la izquierda y las fuerzas progresistas deben concentrarse en varios frentes.1) Transformar la elección en un referendo sobre “soberanía vs. sometimiento a los Estados Unidos”. Ese es actualmente el argumento más prometedor. Las acciones del gobierno Trump –aumento de los aranceles a Brasil, clasificación de organizaciones delincuenciales brasileñas como “organizaciones terroristas extranjeras”, comentarios públicos sobre la posición de Flavio en las encuestas— son un incentivo para la derecha, pero también le ofrecen a Lula la posibilidad de transformar el tema electoral en una “defensa de la soberanía nacional por oposición a la injerencia externa”.
La campaña de Flavio está repleta de señales de alineamiento con los Estados Unidos. Su hermano, Eduardo Bolsonaro, fue condenado por el Tribunal Supremo Federal por hacer lobby en los Estados Unidos para presionar al sistema judicial brasileño. La historia de relaciones entre los Bolsonaro y el círculo MAGA de Trump es abundante: en 2018 Eduardo se reunió con Steve Bannon, y su fundación organizó en Brasil eventos de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC por sus siglas en inglés), con la participación de antiguos miembros del equipo de Trump. Si Lula logra hacer que los electores comprendan que “votar por Flavio es invitar la injerencia de los Estados Unidos en Brasil” podría disminuir la oposición de algunos electores de centro-derecha que valoran la soberanía nacional.
La ventaja de Lula proviene de su base sólida: políticas sociales de transferencia de recursos, promoción del empleo de las capas más pobres y su reputación internacional. Pero su debilidad también es evidente: su edad (81 años en octubre de 2026), problemas de salud (diagnóstico de cáncer de la piel en mayo), fatiga del electorado tras un largo período en el poder y un crecimiento económico que cayó a cerca de 1,9% en 2026 con una inflación que ronda el 4%.
Para los indecisos que se preocupan más por el bolsillo que por la ideología, la izquierda debe tener propuestas más específicas y tangibles. La campaña de Lula ya prometió crear un Ministerio de Seguridad Pública para combatir a las organizaciones delincuenciales: ello constituye una respuesta directa a la ansiedad de los electores sobre la seguridad. La cuestión reside en si estas promesas logran superar la “nostalgia de orden” que sienten los electores en relación con la era Bolsonaro.
Las debilidades de la izquierda ya mencionadas –el apoyo excesivo del PT en el carisma personal de Lula, su falta de organización autónoma; la desventaja de la izquierda en la comunicación en redes digitales— siguen siendo obstáculos. La derecha ha construido una maquinaria de movilización sofisticada a través de las redes, y la izquierda todavía intenta recuperar el atraso. Si el campo progresista no logra construir una capacidad comunicativa igualmente eficaz en la era digital, la tarea de movilizar a los indecisos difícilmente se verá coronada por el éxito.
Que Brasil se convierta en un “punto de quiebre” no es imposible, pero requiere dos condiciones: primero, la izquierda debe lograr presentar la elección como una opción entre “soberanía nacional” y “sometimiento a los Estados Unidos”, y no solo como una lucha personal entre Lula y Bolsonaro; segundo, debe conseguir que los 21 millones de electores indecisos crean que votar por Lula les proporcionará más seguridad y estabilidad para la subsistencia, y no más caos.
Tu intuición es correcta: la mayoría de los electores de Bolsonaro no son fascistas, son personas insatisfechas. Si la izquierda los trata como “enemigos ideológicos” y no como “electores que hay que reconquistar” habrá perdido la batalla antes de comenzar.
Esto es todo lo que tenía para decirte. Muchas gracias por el intercambio.
RHF: Entonces, la satisfacción por el intercambio es mutua. Una vez más nos ayudas a comprender mejor el tema cuya anatomía política nos propusimos examinar.
Tomado de Blog América

