El bloqueo: Una máquina diseñada para matar
Cuba y su afán de aferrarse a la vida
Por Yaimi Ravelo / Resumen Latinoamericano-Cuba.
Ella lo examinaba exhaustivamente, le indicaba abrir la boca, toser. Revisaba sus ojos, la piel, sus largas extremidades; y a la vez soltaba a la madre del adolescente una avalancha de preguntas sin retirar jamás la mirada del pálido paciente.
¿Cuándo comenzaron los síntomas? ¿Cómo son las fiebres, frecuencia? ¿Cuántos vómitos? ¿Tienes dolor en las articulaciones, detrás de los ojos también?
Ella no sabía que la preocupada madre escribiría una crónica, no pregunta origen, profesión o liquidez económica para pagar la consulta, la doctora trabajaba enfocada en cumplir lo que cotidianamente hacen los médicos cubanos, salvar vidas. Pero tal vez, están tan acostumbrados en hacer de lo imposible el milagro, que no alcanzan a ver la grandeza y la magia que les envuelve en el honroso acto de velar por una vida. Muchas veces con las manos vacías de los implementos básicos de la medicina.
Hermosa la virtud que va in crescendo por estos días en cada cubana y cubano que se aferra a la esperanza, aún cuando conocen que en medio de una guerra el camino es muy duro, puede ser largo, pero se lleva mejor cuando nos salvamos los unos a los otros y nos regocija hacer el bien, no es cuestión de religión, es humanidad.
Nos ampara a los cubanos el deseo natural de vivir -al fin- mejores tiempos, después de tanta crueldad e injusticia. Inmemorables años de un capricho histórico imperialista de apoderarse de la isla a cualquier costo, a tal punto, de privar a todo un pueblo del derecho universal a recibir una atención médica adecuada, un ensañamiento con la vida. La oda silenciosa al genocidio.
Santa la paciencia de la doctora Mileny para explicarle a una madre todas las arbovirosis y virus que circulan en la capital cubana, las características de cada una de las enfermedades, los signos alarmantes, las complicaciones y comorbilidades en las edades pediátricas. Eso solo lo hace una pediatra cubana, nos aseguran amigos y amigas que reciben atención médica en otras regiones del mundo.
En los 40 minutos de espera del resultado de los análisis funcionaban para esta madre solo dos neuronas, una para desear que la fiebre de mi hijo cesara y otra para agradecer que ese día en el Hospital Pediátrico Marfán, el laboratorio disponía de los reactivos para analizar la preciada muestra de sangre.
No es secreto que hay escasez en los laboratorios clínicos, que no llegan reactivos, ni medicamentos, tampoco arriban al país los recursos para producirlos en nuestros laboratorios científicos. No es secreto que deliberadamente el país más poderoso del mundo prohíbe a las navieras que envíen sus barcos a puertos cubanos. Cuba está cercada, y lo sentimos las familias en el profundo silencio de un apagón a media anoche, en la dificultad para adquirir alimentos, en la odisea que implica sobrevivir.
El bloqueo de los Estados Unidos a este pequeño país, -que simplemente está determinado a ser independiente y soberano- no es un ente abstracto, ni un slogan político. Es un acto de guerra diseñado para matar a todo aquel ser humano que habite la isla de Cuba y esté en esa angustiosa lista de personas que necesitan un antibiótico de alta generación, un reactivo específico, los insumos para una cirugía, el tratamiento de una enfermedad crónica, el combustible de la ambulancia que le transportará en una urgencia, o simplemente una píldora que calme su dolor.
El ataque a la salud de los cubanos y cubanas es tan descomunal, que sólo me quedada agradecer algo tan simple en cualquier parte del mundo como extraer un poco de sangre para un análisis de eritrocitos y plaquetas. Mi asombró cobró voz, «por suerte había reactivos» -dije a la doctora- mientras ella analizaba los resultados escritos en un diminuto papel.
-«Mamá, lo poquito que hay en el país está en los hospitales pediátricos, estamos en alma viva. Y mira, no les puedo dejar ir…», sentenció la joven doctora. «Estos resultados tienen criterio de ingreso inmediato, tu «bebé» tiene una hemoconcentración importante, hay que hidratarlo con urgencia».
-«Vamos a ingresar al niño por sospecha de dengue». La doctora Mileny no se detenía, escribía, pesaba, medía su estatura, activó a todo un equipo de profesionales para prestar atención urgente a mi niño de 16 años con el mismo cariño y dedicación que le vi atender a una bebita de 6 meses de edad.
En media hora estaba el afortunado «bebesote» instalado en una hermosa habitación infantil, con sábanas limpias, mosquitero, sudando la fiebre que cedía ante la inyección de la dipirona, corría por sus venas el suero salvador. Y mientras, tocó la puerta una simpática mujer con pañuelo en la cabeza.
-«¿Cómo estamos de hambre por aquí?», preguntó la «Tía» del pantry, la sonrisa que ocultaba el nasobuco se dibujaba en sus ancianos ojos.
-«Difícilmente él coma algo hoy», le contesté apenas.
-«Yo sé que él no comerá nada hoy, es para usted», interrumpió ella antes que me negara a sostener la bandeja con comida que rápidamente puso entre mis manos. «Para salir de aquí, hay que comer», impuso la Tía con la orden que provocaba más ternura que temor a desobedecerla. «En unos minutos regreso por la bandeja». Cómo no agradecer la bondad de una mujer que no me había visto jamás, no conocía mi nombre ni procedencia, sentí una dicha inmensa de identificar ese gesto parte de nuestra idiosincrasia, «es que los cubanos somos así» -pensé-.
La tensión del ingreso hospitalario disminuía en la medida que sentía que todo estaba bien, «mi hijo está en las mejores manos», reflexioné. En los cuatro días de ingreso hospitalario sentimos la dicha del origen humilde de «nuestra doctora», no dejó de observar ni un sólo día la evolución de mi «bebé». Las bandejas de la Tía del pantry nunca fueron rechazadas, varias veces nos impresionó la buena calidad y la temperatura de los alimentos, incluso debatimos de los sacrificios que desconocemos para mantener tal servicio, en la situación crítica que atravesamos como nación. La expresión «esta comida la desean en muchas casas», -lo resume todo- es la de un adolescente que no está enajenado a la realidad del país, «y no cuesta nada, increíble». Él, era el niño más grande de la sala, arropado con bromas y largas charlas de estudiantes de medicina, de enfermeras, de las tías de cocina y de limpieza.
Cuando este fin de semana leía sobre más amenazas hacia Cuba, no pude dejar de pensar en toda la humanidad que intentan asesinar, una maquinaria de cosecha de crímenes. Y, lo que les hace rabiar es precisamente las historias que contamos y las que se escapan en la cotidianidad, la humildad y decoro que derrocha este honorable pueblo para sobrevivir a la maldad. Según el desespero de la bestia, a estas alturas del año ¿cómo es posible que no estemos muertos?
Por eso esta crónica sabatina, por todos ustedes, por los que nos mantienen vivos.
Pd: Gracias al doctor especialista en imagenología y sus minuciosos ultrasonidos, a la doctora Mileny Piedra, a todo el equipo médico del Hospital Pediátrico Marfán que imparten docencia, a los residentes y estudiantes, a las técnicas en laboratorio, a las Tías del agua hervida, pantry y limpieza. A todas las personas que entregan el alma para salvar la vida de nuestros niños y niñas.

