Afganistán, el incendio que no cesa

Por Guadi Calvo.

Mientras el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, continúa utilizando a su pueblo de escudo en obediencia al presidente norteamericano, la esfinge sonriente Biden que utiliza además a los casi 750 millones de europeos como escudos humanos, ya no solo para extorsionar a Rusia, sino como fin principal el de esconder su pésima presidencia sin importarle que Ucrania se inmole en su beneficio.

Biden, con la guerra que obligó a declarar a la OTAN contra Rusia, quiere ocultar que ha puesto en apenas 14 meses a su país en estado de alerta económica, con una inflación desconocida en los últimos 40 años, incrementada por la suba de las naftas tras su pomposo anuncio de suspender la compra de petróleo, gas licuado y carbón rusos, arrastrando a la ruina a millones de norteamericanos que no comprenden qué hace su Gobierno enviando más y más recursos a una guerra que solo se justifica al precio de salvar su cabeza y las de otros elementos menores como Macron, Johnson y la caterva de jefes de Estado de la Unión Europea (UE) que han encontrado en la contraofensiva rusa la gran alfombra bajo la que barrer toda la basura de sus políticas no solo inoperantes sino de seguidismo a Washington, que los han llevado a dilapidar millones de millones de euros en guerras solo para instalar a los Estados Unidos como gran regidor del planeta al precio de millones de muertos, muy pocos de ellos blancos, pero sí la ruina económica europea.

Quizás ninguna de esas guerras es más emblemática que la de Afganistán, donde las fuerzas de ocupación occidentales llegaron para aniquilar a una banda de menesterosos y toscos campesinos que se habían hecho con país a fuerza del Corán y el Kaláshnikov.

La historia es harto conocida, tras 20 años de ocupación, miles de vidas occidentales -las afganas no cuentan, claro- y millonadas astronómicas de dólares, se estima que unos 2,5 billones, Washington, entre gallos y medianoches huyó corrido por una banda de menesterosos y toscos campesinos que reconquistaron su país a fuerza del Corán y el Kaláshnikov, confirmando aquello de Henry Kissinger: “Las insurgencias vencen simplemente no perdiendo”.

Aunque, claro, ningún estado se mantiene a fuerza de Corán y el Kaláshnikov y eso hoy los talibanes lo están conociendo mejor que nadie. A ocho meses de su victoria, inobjetable por cierto, han convertido al hoy Emirato Islámico de Afganistán en un gran basural sobre el que sus 37 millones de habitantes cada día revuelven la basura en búsqueda de qué comer en competencia con perros, ratas y buitres.

En el país centroasiático se han disparado las violaciones de los derechos humanos, la debacle económica, la pobreza y las enfermedades (Afganistán es uno de los muy pocos países del mundo donde la poliomielitis sigue siendo endémica, además de contar con más de tres millones de personas adictas al opio) que lo ponen al borde de una crisis alimentaria y sanitaria de características monumentales, incluso superior a la de Yemen, otro de los frentes de guerra inventado por los Estados Unidos, en este caso en sociedad con Arabia Saudita.

Según el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, 22,8 millones de afganos ya sufren inseguridad alimentaria grave, mientras unos siete millones de ellos están a un paso de la hambruna. Crisis que no solo ha producido la guerra, sino también la sequía -una de las peores en tres décadas- por lo que de no revertirse la situación de manera drástica, lo que resulta altamente improbable, el 95% de los 37 millones de afganos caerá por debajo del umbral de la pobreza a mediados de 2022.

La guerra y la sequía han obligado a millones de personas a abandonar sus tierras y buscar refugio en las ciudades, algunos apenas pueden hacerlo al costado de las rutas, donde solo les queda improvisar alguna vivienda con cartones y nailon y rebuscar cada mañana en la basura, si encuentran algo que comer.

El gobierno de los talibanes ya no cuenta con fondos para pagar sueldos mientras las Naciones Unidas intentan un plan para paliar la situación con una contribución cercana a los 14 000 millones de dólares, en dos tramos de cuatro, y dadas ciertas condiciones otros 10 millones, mientras Estados Unidos tiene congelados lo que se calcula entre 7 000 y 10 000 millones de dólares en oro, inversiones y reservas de divisas extranjeras pertenecientes a Afganistán, después de la victoria de los talibanes, con los que la Casa Blanca pretende indemnizar a víctima y familiares del 11S.

El derrotero afgano desde agosto pasado ha confirmado lo que todos presumían de concretarse la victoria de los integristas. El país sería ingobernable y solo no ha estallado todo por los aires porque no existe un bando con la suficiente fuerza para enfrentarse militarmente a los talibanes, mientras que en Kabul, todavía no se verifica, en el interior del país las poblaciones están siendo arrastradas otra vez, como sucedió en el interregno talibán de 1996 a 2001, al Medioevo, obligando a las mujeres a utilizar burka y a los hombres a abandonar la vestimenta occidental y dejarse barba.

La cuestión del rol de la mujer ha vuelto a convertirse en una cuestión central para el Gobierno del Emirato Islámico de Afganistán. Se les ha prohibido el acceso a la mayoría de los empleos pagos, las actividades deportivas han sido prohibidas y más del 72% de las periodistas han sido despedidas. También se les ha prohibido el derecho a viajar si no son acompañadas por su marido o algún miembro varón de su familia.

Apenas a días de haber recobrado el poder, los mullahs reemplazaron el Ministerio de Asuntos de la Mujer por el Ministerio de la Virtud y el Vicio. Por su parte la educación ha vuelto a ser vedada para las niñas. Mientras miles de ellas esperaban reiniciar sus clases este miércoles 23 de marzo, después de que permanecieran cerradas las escuelas durante seis meses, el Gobierno decidió repentinamente por lo menos postergar ese reinicio cuando apenas unos días atrás el mismo Gobierno instaba a todos a retornar a las aulas, por lo que muchas de esas niñas conocieron la medida en las puertas de sus escuelas.

Dada esta nueva postergación de la mujer afgana, muchas organizaciones que las nuclean han realizado marchas de protesta que fueron reprimidas con suma violencia y en las que no han faltado, detenciones, muertes, desapariciones y amenazas a sus familias.

Las indecisiones respecto a la educación de las mujeres hablan claramente de que se están produciendo discusiones profundas en el interior de los talibanes entre “moderados” y “conservadores”. Y no solo respecto a la cuestión de las mujeres, sino intentando definir la manera de gobernar, por lo que habrá que seguir con mucha atención lo que suceda en la emblemática ciudad de Kandahar, donde el Mullah Omar fundó la organización en 1994 y en la actualidad reside el jefe supremo de la organización y del Estado, el Mawlawi (líder espiritual) Haibatullah Akhundzada y donde se ha abroquelado el sector más conservador de los talibanes.

Mientras tanto ya se han cerrado más del cincuenta por ciento de los medios de comunicación y los que permanecen activos deben seguir un formulario de once puntos redactados, de manera confusa muy posiblemente adrede, por las nuevas autoridades, dando la posibilidad al régimen de sancionar al medio si lo incumplieran.

Un faro para el terror

Las torpezas de las políticas norteamericanas en Afganistán, que posibilitaron la victoria han convertido a los talibanes y sus principales líderes, los mullahs Haibatullah Akhundzada, Mohammad Hassan, Abdul Ghani Baradar y Sirajuddin Haqqani, en faros para todas las organizaciones hermanas -y no tanto- que operan alrededor del mundo y particularmente en el islámico.

Tras la victoria de los integristas afganos los grupos fundamentalistas de todo el mundo, fundamentalmente al-Qaeda y sus filiales, no solo lo han aclamado, sino que entendieron que la estrategia de los mullahs, basada fundamentalmente en la paciencia y trabajar con las pequeñas comunidades, había sido la llave de la victoria. Algunas versiones indican que la afinidad entre los talibanes y al-Qaeda es tal que el emirde esta última, el egipcio Ayman al-Zawahiri -quien tendría algunos problemas de salud- estaría refugiado en Afganistán, como lo hizo su predecesor Osama bin Laden, mientras que el posible sucesor de al-Zawahiri, el también egipcio Saif al-Adel, intentará dejar Irán, donde se cree está escondido, para cruzar a Afganistán.

Organizaciones como la rama yemení de al-Qaeda en la Península Arábiga o Ansar al-Sharia en Yemen, el grupo somalí al-Shabab, al-Qaeda para en el subcontinente indio Jamaat Nusrat al-islam wal-Muslimīn (JNIM) o Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (Quienes junto a sus enemigos del Dáesh para el Sáhara acaban de poner en fuga al ejército francés que operaba en el norte de Mali) han recibido un baño de esperanza para su causa. Que además les servirá como modelo para conseguir mayor influencia en las áreas que operan, lo que no solo alarma a los gobiernos de esos países, sino también a Estados Unidos y sus aliados europeos, tan vapuleados hoy con la contraofensiva rusa en Ucrania.

Estrictamente en lo que se refiere a Afganistán la victoria de agosto no ha sido el fin de la guerra para los talibanes, con una fuerza que oscila entre los 60.000 y 100.000 combatientes a los que se suman otros 10.000 muyahidines extranjeros que deben enfrentar a las células del Dáesh Khorasan, una fuerza de no más de 5.000 combatientes que se engrosaron tras la victoria de los talibanes, ya que las cárceles afganas fueron vaciadas de los 12 000 militantes presos en las cárceles de Pul-e-Charkhi y Parwan. Se estima que más de 1 000 de los prisioneros liberados pertenecían al Dáesh, los que han retornado a su organización. El Dáesh Khorasan fue, entre otros muchos ataques, el responsable de atentado que el 26 de agosto mató a 13 soldados norteamericanos junto a unos 170 ciudadanos afganos en el aeropuerto de Kabul.

Este grupo había perdido a lo largo del 2020, a manos del los talibanes, la mayoría de las áreas que controlaba en Afganistán, aunque ahora según la inteligencia occidental habrían recuperado algunas áreas en el este afgano.

El Dáesh Khorasan, aunque mantiene una fuerza acotada en una región bien determinada, cuenta con aliados en algunos de los países fronterizos con Afganistán, como es el caso del Movimiento Islámico de Uzbekistán, o IMU, que fue diezmado por los talibanes en 2018, pero desde entonces ha comenzado a rehacer sus líneas de suministros al tiempo que ha lanzado fuertes campañas de afiliación de combatientes. Según fuentes de inteligencia occidentales habrían detectado que algunos militantes del Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (ETIM), también conocido como Partido Islámico de Turkestán (TIP), tradicional aliado de los talibanes, habrían ingresado al Dáesh Khorasan.

En 2015 el ex primer ministro afgano Gulbuddin Hekmatyar, líder de Hezb-e-Islami (Partido del Islam), ordenó a sus hombres colaborar con el Dáesh Khorasan, aunque nunca se integró formalmente a la organización fundada por Abu Bakr al-Baghdadi. Mientras que el Movimiento Islámico del Turkestán Oriental (MITO) que ha operado con mucha frecuencia en la provincia china de Xinjiang, procurando independizarse de Beijín, hoy prácticamente ha desaparecidos del escenario chino, aunque sigue activo junto a la frontera afgana y en Siria, de donde algunos de ellos han sido exportados por la CIA a Ucrania, vinculados al Dáesh desde 2014 en la guerra terrorista a Siria, y podría buscar su reactivación en China intentado una alianza con el Dáesh Khorasan.

Es por lo menos extraño que dada la actividad terrorista que está desarrollando el Dáesh Khorasan en Afganistán, donde ha centrado sus objetivos en instituciones de la comunidad chiita, los Estados Unidos reconozcan abiertamente que tras retirarse de Afganistán no han vuelto a bombardear campamentos del Dáesh, como si pretendiera dejar una llama encendida para que el país se continúe incendiando.

 

Tomado de Cubadebate/ Foto de portada: Archivo Prensa Latina.

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