Alta Mar como el espacio: el nuevo salvaje oeste

Por Geraldina Colotti.

El entrelazamiento explosivo de crisis, guerras y desastres ambientales muestra las contradicciones irresolubles de la sociedad moderna y la hipocresía que enmascara la inevitable anarquía del capitalismo. De esta manera, también, se puede leer el estancamiento con el que se concluyen las cumbres y conferencias sobre el medio ambiente, organizadas por las Naciones Unidas.

Por otro lado, la ONU es una institución elefantina que vale más de tres billones de dólares, casi 1.144.000 millones de dólares para gastos de oficina y representación, y por los altísimos salarios de más de 37.000 empleados en todo el mundo, que ganan una media de 9.000-10.000 euros al mes, y cuyos viajes aéreos ciertamente no contribuyen a la reducción de emisiones. Por no hablar de la consultoría y así sucesivamente.

Una institución en plena crisis, cuyo papel en los conflictos también es cada vez más descartado, o ignorado, como en el caso de la ocupación de Palestina, o de la imposición de medidas coercitivas unilaterales ilegales a países que no se arrodillan ante la voluntad de Estados Unidos, el mayor contribuyente de la ONU, responsable de 22% de su presupuesto operativo.

La quinta sesión de la Conferencia Intergubernamental sobre Biodiversidad Marina de Áreas Fuera de la Jurisdicción Nacional (BBNJ) también promete terminar con mucho desperdicio por poca construcción. En marcha en Nueva York en la sede de las Naciones Unidas, la conferencia durará hasta el 26 de agosto y propone la firma de un tratado para la protección del océano, un Tratado para la protección de la Alta Mar (UN High Seas Treaty). Un compromiso de proteger el 30% del océano para 2030 mediante la creación de una red de Áreas Marinas Protegidas (actualmente solo el 1,2% del océano está legalmente protegido).

Además, las delegaciones de países en desarrollo sin salida al mar, como Bolivia, buscarán un acceso más equitativo a los Recursos Genéticos Marinos (RMG), el material biológico de plantas y animales oceánicos útiles para el desarrollo y el bienestar de la sociedad: para la producción de medicamentos, para uso industrial o alimentario.

No es que el tema de la conferencia no sea entonces emblemático y particularmente urgente en las catástrofes ambientales que se avecinan, anunciadas por el cambio climático. Salvo que un Tratado de la ONU sobre Alta Mar requeriría el compromiso vinculante de la mayoría de los países del mundo, es decir, un cambio estructural de marcha frente a los criterios que guían el modelo capitalista, que impera a nivel mundial.

En efecto, las discusiones sobre la protección de Alta Mar se prolongan desde hace diez años y también en esta ocasión, una vez más, los conflictos bélicos y geopolíticos que atraviesan el planeta, en especial el conflicto de Ucrania y el cuestionamiento de Rusia, ocupan el centro del escenario.

Así, varios países europeos, junto con Estados Unidos, presionan para facilitar el acceso a la explotación minera de los fondos marinos. En marzo, la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, que regula estas actividades, dio luz verde a 31 concesiones para explorar las profundidades del mar en busca de minerales.

Y desde Silicon Valley, la financiación de una investigación de miles de millones de dólares para extraer minerales y tierras raras en Groenlandia ya está en marcha desde 2019: obviamente en nombre de la «transición ecológica» del capitalismo. Según un estudio del Laboratorio Marino de Plymouth, los ecosistemas marinos globales valen más de 48 billones de euros.

Los océanos producen el 50% del oxígeno del planeta y absorben alrededor del 30% de las emisiones de CO2. El nivel del mar, sin embargo, está subiendo (4,5 centímetros en la última década, durante la cual el aumento anual ha sido más del doble que entre 1993 y 2002). Las olas de calor también aumentan, mientras que el tiempo de recuperación se reduce. Las tormentas tropicales, los huracanes y las inundaciones son cada vez más comunes.

La expansión térmica hace que el agua se sobrecaliente, se expanda y ocupe más espacio. Cada vez más personas se ven obligadas a abandonar los territorios costeros, cubiertos por aguas que antes no existían. En las últimas décadas, el calentamiento de la superficie del agua, hasta los 2.000 metros de profundidad, ha alcanzado niveles sin precedentes. Los glaciares han comenzado a derretirse. Desde 1950 hasta hoy, se han reducido en 33,5 metros y el 76% de esta pérdida se ha producido desde 1980.

Se considera Alta Mar el área ubicada a más de 200 millas náuticas de la costa, generalmente declarada por los Estados como Zona Económica Exclusiva (Zee), equivalente a cerca de dos tercios de los océanos. Alrededor del 70% del océano es Alta Mar, la última área salvaje y no regulada del planeta. La vida marina que vive en estas áreas está en riesgo de explotación, extinción y es vulnerable a las crecientes amenazas de la crisis climática, la sobrepesca y el tráfico marítimo.

La pesca industrial ya afecta a más del 55% de los océanos y más de 100 especies marinas están en riesgo. Para proteger los intereses de las grandes multinacionales, en los países del sur, las oligarquías locales están dispuestas a darlo todo cuando ven amenazados sus propios intereses. Baste recordar el golpe de estado contra Chávez en Venezuela en 2002, luego de una serie de leyes habilitantes para proteger los recursos nacionales, incluida la prohibición de la pesca de arrastre.

Las del Alta Mar son aguas internacionales, por lo tanto fuera de las jurisdicciones nacionales, entonces accesibles a todos los Estados, que pueden transitar, pescar o investigar. Áreas vitales para proteger el medio ambiente del cambio climático, ya que albergan ecosistemas preciosos, que ya están en riesgo, considerando que entre el 10% y el 15% de las especies marinas podrían extinguirse.

Sin embargo, Alta Mar, como el espacio, está a punto de convertirse en el nuevo salvaje oeste.

Tomado de Resumen Latinoamericano Argentina / Foto de portada: Aida.

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