Secretos de la “Operación Fidel”: Cuando dar es lo mismo que recibir y viceversa

Por César Gómez Chacón.

La orden de partida se da cuando aún no ha salido ni el sol. A la luz de los celulares y de los faros de los ómnibus, comienza a moverse la tropa en dirección al oeste de Cuba. La Operación Fidel está en marcha.

Unas 120 personas de ambos sexos, de razas, edades, profesiones, militancias y creencias diversas, como si todo el país estuviese resumido en ellas, se acomodan en los cuatro ómnibus. Nadie fue escogido, no hubo listados, ni pauta de selección. Todos son voluntarios, pero hasta los niños –que ahora se acurrucan soñolientos con sus padres en los asientos– saben la misión que les toca.

Una joven va feliz en las piernas de su joven, alguien va parado, otro que recuerda al actor karateca Steven Seagal se sienta como yoga en el pasillo, pero son los menos, la mayoría viaja en los cómodos asientos de las Yutong. Lo principal es que nadie quedó en tierra por falta de espacio.

El amanecer del 28 de septiembre pasado, se convirtió en un infierno para miles de familias cubanas en el occidente del país. El miedo, la zozobra y la impotencia aún hoy aparecen como fantasmas en la memoria de hombres, mujeres, ancianos y niños, quienes vivieron en carne propia cómo en unos instantes volaban sobre sus cabezas, en ráfagas de más de 200 kilómetros por hora, techos, casas, sembrados, sustento y esperanzas: ¡Todo!

La Operación Fidel que ahora comienza a nacer tiene como su mayor objetivo aliviar en algo aquellas pérdidas materiales, mas se trata sobre todo de restañar las penas del alma. Se viaja en pos de las sonrisas.

Cuando las redes son realmente sociales
Los que surgió durante los tiempos duros de la pandemia por la COVID.19, como un bichito pequeñito en la cabeza de Amado Riol, un cubano de esos que ha visto el mundo, incluso desde una trinchera a miles de kilómetros, y quien tuvo enseguida, como aliado fiel, al corazón del cantautor Raúl Torres, fue creciendo en poco tiempo como un gigantesco movimiento de amor y altruismo, que dio como resultado el surgimiento del proyecto A Cuba hay que quererla.

Usando para el bien las redes sociales, Facebook y WhatsApp, unido a una labor de hormiga, de convencimiento y perseverancia, de gastar zapatos y todo su tiempo “libre”, Amadito y su escudero-escudo, convirtieron en hechos concretos lo que algunos al principio llamaron locuras. Y así ganaron más y más seguidores entre las personas de buena voluntad, primero en La Habana, luego en toda Cuba y ahora en muchas partes del mundo.

Quedó demostrado que en la redes digitales se puede y se debe socializar lo genuinamente sociable.

Fue así como se organizó la Operación Fidel, que no fue obra de un solo día y tiene como antecedente los primeros viajes hechos por Amado, Raulito y quienes le siguen, con el apoyo de instituciones del gobierno y de la sociedad civil cubana, a otros sitios afectados en el occidente del archipiélago. Bahía Honda es parte de ese camino hasta hoy interminable.

Metamorfosis en las Yutong

En la misma medida que el sol comienza a dibujar la mañana, las ventanas de los ómnibus descubren a ambos lados de la “ochovías”, y luego en la por momentos tortuosa carretera hacia Bahía Honda, los paisajes de mil colores y millones de palmas que caracterizan la campiña cubana. El cielo ocre y nublado del amanecer va dando lugar al tan azul de Cuba qué linda es Cuba.

Sucede en varios ómnibus a la vez. Casi de modo imperceptible comienza la metamorfosis de hombres, mujeres y niños en actores, músicos, bailarines, cantantes, orishas, dragones chinos, zánganos y abejitas…

En uno de los asientos delanteros, como en un trono, viaja Ileana Macías, “La Madrina”, lideresa comunitaria y religiosa del barrio La Güinera. Con su inseparable atuendo blanco, que resalta como medalla la negritud de sus ancestros, la Madrina muestra todo el tiempo una sonrisa de felicidad, como un halo mágico que lleva sobre sí. Sus deseos son órdenes para sus “hijos sobrinos y nietos” en aquel barrio donde desde hace algunos años, y con el apoyo de las instituciones, logra también el milagro de la metamorfosis: convierte en cultura y paz la marginalidad. Por derecho propio, Ileana y los suyos son artífices de A Cuba hay que quererla.

Arriba en mi calle se formó la fiesta…
La señal en los celulares, que por el camino salta y salta, como los ómnibus en los baches, comienza a estabilizarse hasta las 3G. Bahía Honda, a la vuelta del camino, brinda toda la alegría a los recién llegados. Vivas a Fidel y a Cuba. Yutkenia Martínez, primera secretaria del Partido en el municipio, explica sobre su terruño y lo duro que los golpeó el huracán. Lo hace sonriendo, con el mismo optimismo que trasmitió al presidente Díaz-Canel, presente allí apenas pasó el huracán. Y vale contar los días… Es de nuevo sábado y esta mujer… su propia familia…

Fotos y selfies, la tropa desembarcada está por primera vez en una misma plaza. Hay sorpresas, rostros conocidos, amigos de Facebook que se encuentran finalmente en persona. Es un carnaval de disfraces, abrazos y emociones. Y de nuevo a las guaguas. El asalto de amor es un poco más allá.

En el consejo popular Luis Carrasco está enclavado el poblado de Quiñones, construido entre pequeñas elevaciones en este apartado rincón de Cuba. Aquí viven unas 3 000 personas, dedicadas fundamentalmente a la producción de café.

El poblado tiene una calle principal asfaltada, a cuyos lados se distribuyen hileras de casas, en su mayoría de mampostería con techo de placa. Entre ellas sobresale el consultorio médico de dos pisos.

Da la impresión que todo el pueblo está en la calle. Todos muy bien vestidos, celulares en las manos, paraguas de colores, los niños con tenis de último modelo… Uhmm, ¿y el huracán?

Efectivamente, Ian pasó por aquí hace menos de un mes con sus rachas superiores a 200 kilómetros por hora, pero Quiñones es de esas comunidades bien construidas por la Revolución, que le hizo frente y venció a las ráfagas de viento y a las lluvias. Hubo pérdidas de sembrados y casas menos favorecidas que no aguantaron. Pero hoy es día de fiesta. Y los pobladores visten sus mejores galas. No todos…

“Parece que esta gente tiene mucha familia en la yuma”, comentan entre sí dos jovencitos de los recién llegados. Una compañera con rostro circunspecto se acerca a Amado Riol, y bajito, casi al oído, le espeta: “Oye, ¿pero ese camión que cargamos y trajimos lleno de cajas con donaciones” es para aquí?” Amadito sonríe y le responde: Espera, más adelante verás”.

Raúl Torres, quien momentos antes había dicho que se trataba de “una acción del pueblo para el pueblo”, toma en sus manos el micrófono. Hoy no va a cantar. Será el presentador improvisado. Ardua tarea para el autor de Candil de Nieve, El regreso del amigo, dedicada al presidente Hugo Chávez y de A través del sol, aquella de “hombre: los gradecidos te acompañan”, ofrendada a Fidel.

Pero Raulito lo hace bien, de forma tan espontánea que varios niños, algunos muy pequeñitos, pierden su timidez y salen a cantar e improvisar con él los temas más diversos. Truenan los primeros aplausos y se desata la alegría.

En lo adelante, vienen los regalos de la tropa habanera, un concierto que se va a extender por más de dos horas bajo el sol del mediodía. Lo inician, por derecho propio, esos seres alados que integran la agrupación musical de La Castellana. Tocan sus mínimos instrumentos, cantan y desafinan. Muestran felices sus encías, sus ojos cuando se miran por dentro, sus rostros de emoción extrema. Ellos le exigieron a Díaz-Canel, cuando los visitó recientemente en su Centro Médico Psicopedagógico, que también querían apoyar a los damnificados por Ian. Y aquí están, junto a sus médicos y educadores, esos que los guían por la vida con toda la ternura del mundo.

Una abejita primero, luego otra, un zángano protestón, y poco a poco todo el panal se va apoderando del escenario callejero. El público infantil y los mayores quedan atrapados por la miel buena que reparten los niños de la Colmenita de Romerillo. Solo hay que mirar las caritas felices de los más pequeñitos, que intercambian frases, bailan y cantan las canciones con los otros niños “artistas”, con la abejita reina, con el perrito y el elefante gigante…  Ian perdió aquí su último combate.

De pronto, una confusión de raíces y colores cubanísimos. Suenan a lo lejos los tambores chinos, las tumbadoras africanas… Más allá se acercan dos inmensos dragones de vivos colores rojo y amarillo; les siguen los orishas, también diversos en formas edades y colores, negro, rojo, amarillo, blanco, todo al unísono, todo mezclado. Bailan con sus garabatos los padres; muestran su folklor con hidalguía y belleza los niños y las niñas, esos mismos que venían dormidos en la guagua…

La Asociación Min Chih Tang y el Grupo Raíces de la Güinera hacen como por arte de magia un espectáculo único, que sin dudas sería ovacionado en los más encumbrados escenarios del mundo.  Ahora, desde los techos de las casas, desde los portales y en medio de la calle ya embrujada, hay silencio, asombro y humildad ante lo indescriptible. Vencido por las deidades africanas y los ancestros del Mekong, el espíritu de Ian huye despavorido. Se lo llevan finalmente los aplausos, mientras se apagan los últimos golpes sobre el cuero.

Y, cuando parecía que el calor y el sol inclemente de la tarde anunciarían ya el “calabaza, calabaza”, un rostro esperado, el más fotografiado por las muchachas del pueblo, ilumina aún más esta fiesta del nunca acabar. Duani Ramos, cantante líder del grupo Moncada sale al centro del redondel. Carisma y una voz privilegiada, canciones que todos saben de memoria y tararean, mueven nuevamente el piso del poblado, más fuerte que cualquier ciclón. Corren los jóvenes y los no tanto desde los portales para ver de cerca, en vivo y en directo, al muchacho de la televisión.

El éxtasis viene cuando al unísono, con la mayor espontaneidad del mundo, Duani, la Madrina, los muchachos de la Castellana, los del grupo Raíces y de Min Chih Tang, todos en el pueblo, cantan y bailan juntos: “Y que no suba la marea no, porque si sube se lo va a llevar”… Cuba sonríe desde sus entrañas más profundas, porque se siente absolutamente querida.

Es hora de volver a los ómnibus, y bajar la cuesta, porque la mejor parte de la Operación Fidel está por comenzar.

Sonrisas que valen millones

Merendar, tomar agua, hacer pipí y avanzar hacia la última misión toma apenas unos minutos.

El Caracol, en las afueras de Quiñones, es un barrio de casitas muy humildes, la mayoría de madera, bloques y techos con tejas de asbesto-cemento, construidas en redondel, como un caracol, según permiten las pequeñas lomitas que conforman el relieve del lugar.

Fue aquí donde Ian se ensañó con su gente. Ellos nunca olvidarán aquella madrugada cercana al amanecer. Pensaban que lo peor del huracán había pasado, y ya se disponían a recoger sus pertenencias y alguna que otra puerta, teja o ventana caída, cuando llegaron los peores zarpazos del fenómeno. En unos segundos sobrevino el infierno, el pánico, y el instinto de supervivencia: la vida de los niños primero. A taparse todos con la última manta, a correr envueltos en lo que fuera hacia las casas que no cayeron seguida…

Ahora, pocas semanas después, la Operación Fidel se suma a los esfuerzos del gobierno por restañar los daños. Se abren por fin las puertas del contenedor, donde vienen las donaciones que durante varios días Amadito Riol y los miembros de su proyecto habían estado juntando, y que el día antes habían cargado en La Habana. En los estrechos pasillos de su casa no cabía un clavo más, la tarde anterior se abarrotaron también los corredores del primer piso y la entrada de su edificio en el Vedado.

Lo que sucede de aquí en adelante es difícil de describir. Puerta por puerta “Mire, somos del proyecto A Cuba hay que quererla, les traemos estas donaciones”. Expresiones de asombro, frases entrecortadas de agradecimiento, estrechones de manos y abrazos apretados entre cubanos que no se habían visto nunca…

La imagen se repite, una y otra vez. Por acá los jóvenes que venían acurrucados en la Yutong entregan también sus cajas: ropa, calzado, material de aseo… Por allá una niñita alza al aire su muñeca “nueva”, que otra niñita despidió días antes con un beso en La Habana. Más acá un hombre inmenso, un guajiro rudo, no puede contener la emoción cuando sostiene entre sus manos la colchoneta que acomodará la vida a su familia. En el contendedor vienen libros, muchos libros infantiles y juguetes diversos, algunos elaborados por trabajadores por cuenta propia. Los muchachos se apilonan ante la piñata de cariño.

De casa en casa, Amadito es el hombre más feliz del mundo, porque ya estuvo, porque sabe de los más necesitados, no los olvidó, y a muchos les trae lo prometido, lo imprescindible para devolverles en algo la felicidad perdida. “No soy yo –repite una y otra vez– es el proyecto, es la Revolución”.

Hay mucho y muchos más. En el camión vino también el aporte solidario de cubanos residentes en varios países como Bélgica, España, México, en lo fundamental insumos médicos deficitarios, que son entregados a las autoridades para los centros de salud del municipio. “Esto debe saberse, es muy importante”, recalca Amadito Riol. Su piel y su rostro están empapados de sudor, pero toma en sus manos otra caja y sigue adelante Caracol abajo.

Alguien había preguntado en estos días si todo esto se contabilizaba en alguna moneda. Las sonrisas en los rostros curtidos por el sol, de los niños que sostienen fuerte sus juguetes y sus libros de colorear, de las madres que ven reír nuevamente a sus hijos. Esas son las que valen millones.

Mucho más que dar

A una orden, los ómnibus comienzan el camino de regreso. La tropa ocupa los mismos asientos. A través de las ventanillas, los de adentro y los de afuera se despiden y se agradecen mutuamente las emociones de estas horas.

Un último descubrimiento: en las guaguas, en las manos y las mochilas de algunos de los niños actores, niños de barrios en la periferia habanera, viajan de retorno a la capital libros de cuentos y de colorear. Ellos también, ¿quién se los iba a impedir?, pescaron sus tesoros en la piñata imaginaria a los pies del contendedor.

Vinieron a dar y lo dieron todo. Se llevan mucho más. Además de sus trofeos, regresan a casa con el recuerdo de este día cuando hicieron el bien y recibieron un agradecimiento inmenso, ese que aún ahora, mientras vuelven a cerrar sus ojitos cansados, no pueden del todo aquilatar.

¿Que por qué Operación Fidel? Porque nosotros no descansamos, del mismo modo que el Comandante nunca descansó para hacer el bien a nuestro pueblo”, explica Amadito su secreto más simple. Pocos minutos después, el hombre victorioso cae rendido en uno de los asientos de la Yutong.

 

Epílogo: Unas horas más tarde, alguien trae la primera caja con nuevas donaciones al estrecho apartamento de Amado Riol en el Vedado. La Operación Fidel apenas ha comenzado.

 

Tomado de Cubadebate/ Fotos: César Gómez Chacón.

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