Competencia, no competitividad

Por Flor de Paz* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

El mercado de los productos limpios y naturales, “no agresivos”, seduce los bolsillos de los clientes, hastiados del señorío de la industria química y de cuanta sustancia nociva invade sus cuerpos. La brecha abierta por el asedio de microorganismos emergentes, condiciona demandas y ofertas de toda suerte de sustancias prometedoras de inocuidades.

Esta carrera competitiva por la obtención de ganancias, sustentada en la creación de mercancías cuyos tópicos especulativos radican en lo supuestamente natural e inocuo (medicamentos, alimentos, cosméticos o productos de limpieza y aseo), florece gracias a la infinitud del ingenio humano, precisamente de esa facultad de adaptación, que también puede dar sentido a la edificación social.

Tal es la contradicción que habita en el universo tecnocientífico, mecanismo de las sociedades modernas para fomentar el desarrollo de la mayoría de las tecnologías avanzadas mediante el financiamiento privado y público.

Así, la competencia es puesta al servicio de la competitividad para beneficio de una parte de la humanidad. Otra porción, desconoce la existencia de los productos emergidos de esa relación, supuestamente concebidos para mejorar la calidad de la vida y, una tercera, sabe que no puede alcanzarlos, más allá de gracias o menoscabos que estos puedan ocasionar.

El reto de la equidad y de la socialización del acceso a las tecnologías y al conocimiento científico, es, por tanto, uno de los pendientes más determinantes para la sobrevivencia de los habitantes de este mundo, cada vez más inteligente.

En su libro El provenir de la humanidad, el científico Eudald Carbonell —arqueólogo y pensador español — reflexiona al respecto: “Debemos trabajar no para hacer crecer la competitividad, sino para intensificar la competencia (en su acepción de capacidad) en todas sus facetas, aprovechando el cerebro social”.

Y aclara: “Esta concepción, que contrapone competencia con competitividad, es fundamental para cortar las raíces animales que aun determinan la organización de las poblaciones humanas”.

Carbonell basa sus proposiciones en las trasformaciones que deben conducir los humanos para construir un futuro mejor, el de una humanidad que hay que diseñar, “la que nos relevará en la sucesión evolutiva” que por azar nos ha traído hasta aquí.

“Necesitamos humanizar nuestro planeta en beneficio de todos y no solo de una minoría privilegiada. El Covid lo ha puesto de manifiesto: la pandemia ha contribuido a acelerar la necesidad de pensar en la debilidad del sistema humano en este momento de crecimiento exponencial, en el cual se dan niveles elevados de desarrollo, pero poco progreso real”, precisa el científico.

(*) Periodista cubana especializada en temas científicos y Directora de Cubaperiodistas.

Foto de portada: Cusezar.

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