Jair Bolsonaro y el remake del golpe fracasado

Por Raúl Antonio Capote.

Obra del azar, elección atinada o construcción bien planeada de la oligarquía y de los servicios especiales estadounidenses, Jair Bolsonaro, el «Mesías» de los ricos y poderosos, expresidente de Brasil e incondicional servidor de los intereses yanquis, no podía parecerse más al exmandatario estadounidense Donald Trump.

Muchas cosas les unen. Trump y Bolsonaro son defensores de la tortura, promueven las prácticas brutales y defienden la venta indiscriminada de armas de fuego.

Ambos son profundamente xenófobos, misóginos, intolerantes, homófobos, ninguno de los dos quiere escuchar hablar del cambio climático, los dos son grandes usuarios de las redes sociales y constructores de fake news, y han sido protagonistas de campañas electorales con discursos extremistas.

La lista de sumisiones de Jair Bolsonaro a su padre putativo es larga. En junio de 2019 comunicó, con gran entusiasmo, que Brasil fue aceptado por Estados Unidos como aliado extra-OTAN, un estatus especial que posibilita la entrega de artículos excedentes de defensa y la organización de maniobras conjuntas.

El máximum de la subordinación del gigante sudamericano al estadounidense fue la firma del Acuerdo de Salvaguardias Tecnológicas, asociado a la participación de EEUU en lanzamientos espaciales desde la base de Alcántara, garantizando el manejo de la tecnología «sensible» de EE. UU.

Un verdadero Caballo de Troya tuvo Washington en Brasil.Los avances innegables en muchos terrenos, sobre todo en el económico y social, de los gobiernos del PT, fueron desarticulados, «ejemplarmente» por el imitador sudamericano.

Siendo fiel a su carrera de Donald Trump de bolsillo, no hizo nada para proteger a su pueblo de la pandemia de la covid-19, y llegó a superar con creces la estulticia fanática de su ídolo, lo que costó la vida a cientos de miles de brasileños.

Para rematar con broche de oro su actuación, las fuerzas oscuras y fanáticas que le siguen invadieron el edificio del Congreso Nacional, el Palacio de Planalto y el Supremo Tribunal Federal. Claro, no es casualidad que fuera en los primeros días de enero.

No por gusto Bolsonaro estudia cada acto y cada gesto de su mentor: El expresidente puso mar y tierra por medio, para salvar su pellejo y su desprestigio en caso de que fracasara el golpe.

El intento de golpe es un acto premeditado no exento de una gran dosis de desesperación por parte de la ultraderecha brasileña y continental, ante el peligro, para sus intereses, que representa el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. La trama que llevó a los actos vandálicos y antidemocráticos del 8 de enero comenzó mucho antes.

Recordemos los primeros pasos, el jueves 5 de abril de 2018. El juez Sergio Moro redactó la orden de detención del entonces exmandatario Lula da Silva.

Lula fue condenado sobre la base de rumores, sin pruebas, tras un proceso judicial anómalo, cargado de parcialidad. El pronunciamiento judicial y la orden de detención contra Lula constituyeron una clara proscripción política de un candidato popular.

Como si no bastara, el Jefe del Ejército amenazó a los jueces del Tribunal con un golpe de Estado clásico, en el caso de que Lula quedara libre.

El encarcelamiento de Lula constituyó el segundo paso del golpe que comenzó con el impeachment a la expresidenta Dilma Rousseff, en 2016.

El imperio estadounidense, sus aliados, cómplices y servidores necesitan deshacerse a toda costa de un líder como Lula, para alejar a Brasil del grupo Brics, impedir la integración latinoamericana, privatizar bancos y servicios, evitar la aplicación de nuevo de las políticas públicas que beneficiaron a millones de brasileños durante los gobiernos del PT, y profundizar el control de las inmensas riquezas del país.

Acciones como las del pasado domingo muestran lo peligroso del panorama en la región y la necesidad de la unidad continental frente al gigante de las siete leguas.

Lo cierto es que nada nuevo tiene que ofrecer la derecha latinoamericana. Su agenda es la misma y es simple, sus políticas son claras, su subordinación al imperio es mayor: es más dependiente que hace 40 o 50 años, pero sigue siendo igual de intolerante, criminal y abyecta.

Tomado de Granma / Foto de portada: AP.

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