Internacionales

La involución democrática

Por Atilio Boron.

El Gobierno de Javier Milei está deslizando a la Argentina hacia una crisis de inéditas proporciones. Una crisis integral, multidimensional, polifacética. El inverosímil aspirante a premio Nobel de Economía está hundiendo los principales índices económicos a niveles sin precedentes. Caen los indicadores de actividad, las fábricas funcionan a media máquina, los comerciantes ven desplomarse sus ventas, la inflación está lejos de ser abatida, el dólar se dispara, la desocupación crece incontenible y las remuneraciones de los trabajadores, registrados o precarizados, al igual que los montos de las jubilaciones y pensiones, se derrumban mes a mes. Todo esto es celebrado como un éxito por los exóticos feligreses de la secta anarcocapitalista y sus inescrupulosos beneficiarios.

Claro que semejante debacle, cuyas repercusiones sociales y políticas son de extrema gravedad, no es nueva en nuestra historia. La dictadura genocida, el menemismo y más recientemente el macrismo promovieron ese proyecto con la eterna esperanza de que luego de tanto dolor –tenido como inevitable– la economía argentina renacería liberada de sus herencias estatistas y «populistas» y se encaminaría resueltamente hacia el desarrollo. Esta apuesta por los mercados libérrimos no fue sino una funesta ilusión pues jamás se había verificado en la historia, en ningún país, y la Argentina no fue la excepción. Pero servía como pretexto para ocultar que de lo que se trataba era de favorecer la redistribución regresiva del ingreso y concentrar la riqueza en cada vez menos manos. Sabemos cómo terminaron esos ensayos neoliberales: crearon sociedades mucho más injustas, acrecentaron el número de pobres e indigentes, profundizaron el atraso económico nacional y nuestra dependencia externa.


Con una sonrisa
No obstante, el caso actual presenta una abyecta peculiaridad: cuando Martínez de Hoz presentaba su programa de refundación neoliberal de la economía argentina lo hacía con un tono solemne y severo, reconociendo como un médico que diagnostica a un paciente gravemente enfermo, que era una medicina amarga, pero necesaria para sacar a la economía argentina del pantano del subdesarrollo. En cambio, cuando sus herederos ideológicos anuncian la misma política lo hacen con una luminosa sonrisa en sus rostros, delatando así el goce sádico que les produce la obra de destrucción comandada por el «topo», cuya autoasignada misión es destruir el Estado desde dentro y, con ello, liquidar las conquistas económicas y sociales logradas durante un siglo de luchas populares. Este y no otro es el objetivo fundamental del actual experimento político.

Un proyecto de ese tipo no puede sino debilitar la vitalidad de nuestra democracia, lo cual hace que la Argentina actual solo pueda ser rigurosamente conceptualizada como una semidemocracia, con tendencia a degenerar en un régimen francamente autoritario. La prepotencia presidencial, el fanatismo con que Javier Milei adhiere a sus ideas, esto unido a su absoluto desprecio por el diálogo –dado que, como profeta iluminado, el presidente se cree dueño de la verdad absoluta– cristaliza en un conglomerado de actitudes y prácticas profundamente refractarias con el juego democrático. De ahí se desprende su permanente atropello a la división de poderes y los insultos y groserías que le dedica a diputados, senadores y gobernadores –la nefasta «casta política»–, así como a periodistas y políticos que no comparten sus delirios, amén de su abierto desafío a las normas de la república democrática cuando amenaza con vetar cualquier ley que apruebe el Congreso que no sea de su agrado. Dicho esto, es obvio que, por el carácter de su gestión, así como por lo desaforado de su estilo personal, el presidente se sitúa a tan solo un paso de convertirse en un dictador, violando las atribuciones establecidas por la Constitución y las leyes de nuestro país. 

Este deterioro en la calidad de nuestra democracia transcurre con la mal disimulada complicidad de la «prensa seria», que hace rato dejó de hacer periodismo, y de fiscales y jueces absortos en la preservación de sus antidemocráticos privilegios, que no hacen el menor gesto para evitar el desenlace autoritario que conlleva el ejercicio despótico del poder presidencial. Panorama que sí preocupa en lo institucional empeora cuando se toma nota de las crecientes limitaciones a los derechos civiles y políticos de la ciudadanía impuestas por estos farsescos libertarios que, como lo demuestran los acontecimientos recientes, conciben a la libertad de reunión y de expresión, o a la protesta pacífica, como actos terroristas o como conspiraciones destinadas a producir un golpe de Estado.


Mentiras piadosas
Con el Gobierno de Milei la Argentina no solo se volvió una sociedad más injusta y desigual. También se resintió la calidad de su democracia, cada vez más desprestigiada ante los ojos del pueblo. Los «aprietes» del presidente a legisladores y gobernadores provinciales, practicados a plena luz del día, y la escandalosa compraventa de votos en el Congreso Nacional para aprobar la Ley Bases, el DNU 70 o cualquier iniciativa del Ejecutivo fortalecieron la convicción de que la corrupción está enquistada en las alturas del Estado y que la soberanía popular y la democracia representativa son piadosas mentiras divulgadas por la autocracia gobernante. Tal como una vez lo recordara el expresidente de Brasil, Fernando H. Cardoso, para referirse a las vicisitudes de la democracia en América Latina, situaciones como las que acabamos de describir «impregnan con un olor de farsa» al régimen democrático.

Pese a la gravedad del diagnóstico, aún estamos a tiempo para evitar la destrucción de nuestra democracia. Claro que no serán sus instituciones las que nos preservarán de semejante tragedia. Ni los legisladores ni jueces o fiscales acudirán en nuestra ayuda para recuperar el orden democrático. Tampoco lo hará la prensa hegemónica. Solo la presencia multitudinaria y pacífica de las masas en las calles y plazas de la república podrá poner freno a la instauración de un régimen autoritario. Las instituciones, duele reconocerlo (pero mucho peor es negarlo), han traicionado a la democracia. Como ciudadanos estamos indefensos, y solo nuestro protagonismo nos salvará de caer nuevamente en una cruel dictadura, revestida hasta ahora con raídos ropajes pseudodemocráticos. 

Fuente: Acción

Foto: Getty Images

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