Argumentos a favor del fin del «embargo» a Cuba desde una perspectiva de «Estados Unidos Primero»
Por José Ernesto Nováez Guerrero.
El medio conservador norteamericano “The American Conservative” publica este 25 de enero un muy interesante artículo sobre las relaciones entre Cuba y Estados Unidos en este momento actual.
Más allá del enfoque en los intereses de Estados Unidos, cierta idealización de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional e incomprensión de la naturaleza de los vínculos de Cuba con Rusia y China, el artículo resulta sumamente valioso, ya que expone en blanco y negro verdades que no es habitual ver en los medios norteamericanos. Y esto lo dice, además, un medio conservador, no un medio de izquierda o con una histórica posición pro Cuba.
Desde el relevante papel de la isla en la seguridad regional, reconocido incluso por las propias agencias de Estados Unidos, hasta la corrupción evidente de algunos miembros del actual equipo de dirección del país. Comparto algunos fragmentos traducidos de este texto.
Una posición sensata y algunas verdades, en medio de tanto barullo mediático cómplice.
Argumento a favor del fin del embargo a Cuba desde una perspectiva de “Estados Unidos Primero”
Reed Lindsay (Fragmentos)
Ahora la atención del presidente [Trump] se ha centrado en Cuba. Trump ha sugerido que, sin el petróleo venezolano, Cuba está al borde del colapso, y el 11 de enero instó a su gobierno a “llegar a un acuerdo, antes de que sea demasiado tarde”.
Es una advertencia que los líderes cubanos deberían tomar en serio. Pero el colapso de la economía de la isla no sería un problema exclusivo de La Habana.
Durante décadas, la guerra económica de Washington contra Cuba ha debilitado a un gobierno que, sin duda, ha sido nuestro socio de seguridad más confiable en el Caribe.
En lugar de aumentar la influencia de Estados Unidos, las sanciones más duras han hecho que Cuba sea menos estable —y que Estados Unidos sea menos seguro— al desestabilizar la economía de la isla, acelerar una migración sin precedentes hacia la frontera estadounidense, socavar los esfuerzos de lucha contra el narcotráfico, perjudicar a las empresas estadounidenses e incentivar relaciones más estrechas con Rusia y China. Un Estado cubano verdaderamente fallido a solo 90 millas de nuestra costa probablemente generaría consecuencias aún mayores.
La política actual hacia Cuba no se basa en nuestros intereses nacionales fundamentales, sino en la nostalgia de la Guerra Fría y en la política del estado de Florida.
Pero en lo que respecta a Cuba, el enfoque de la administración Trump no es ni flexible ni realista. Supervisada por el Secretario de Estado Marco Rubio, un ideólogo neoconservador que se autoproclamó el “arquitecto” de las sanciones de máxima presión iniciadas durante el primer mandato de Trump, la actual política hacia Cuba socava los mismos objetivos y principios que sustentan la Estrategia de Seguridad Nacional.
Un giro de 180 grados hacia el diálogo no es una concesión ni una apuesta arriesgada, sino la forma más coherente de alinear la política estadounidense hacia Cuba con la visión estratégica de la administración para el hemisferio.
En ningún otro ámbito es tan evidente la incoherencia actual como en la lucha contra el narcotráfico.
A pesar de las constantes declaraciones en Washington sobre el narcotráfico como una amenaza para la seguridad nacional, la política estadounidense hacia Cuba ignora una verdad incómoda: Cuba es el principal socio de seguridad del gobierno estadounidense en el Caribe.
Según el Informe de Estrategia Internacional de Control de Narcóticos de 2024 del Departamento de Estado, los narcotraficantes evitan la isla debido a la “sólida y enérgica presencia de seguridad” del gobierno cubano, que impide que las organizaciones criminales transnacionales se establezcan allí. Lo mismo no puede decirse de aliados de Estados Unidos como República Dominicana, Haití, Jamaica y Bahamas, que son importantes puntos de tránsito de cocaína debido a la corrupción, la debilidad de las fuerzas del orden y las fronteras porosas. En contraste, Cuba es ampliamente reconocida como un “ejemplo positivo” en la lucha contra el narcotráfico en América Latina, colaborando estrechamente con la Guardia Costera de Estados Unidos y otras agencias estadounidenses para rastrear a los narcotraficantes, compartir información de inteligencia e interceptar las rutas de contrabando que atraviesan la región.
Bajo la supervisión de Rubio, cuyo cuñado fue condenado por tráfico de cocaína a Estados Unidos en la década de 1980, el Departamento de Estado eliminó por completo a Cuba de su Informe de Estrategia Internacional de Control de Narcóticos de 2025. No se ofreció ninguna explicación al respecto. Mientras tanto, bajo la dirección de Rubio, la administración Trump ha difamado a la isla con acusaciones alejadas de la realidad. Por ejemplo, la designación de Cuba como “Estado patrocinador del terrorismo” por parte del Departamento de Estado contradice la opinión generalizada de la comunidad de inteligencia estadounidense.
No existe evidencia creíble de que la isla patrocine el terrorismo, e incluso ha sido víctima de atentados terroristas perpetrados y financiados por individuos en Estados Unidos.
La ironía es evidente. En un momento en que la administración enfatiza la necesidad de garantizar la seguridad de las fronteras estadounidenses combatiendo la violencia de los cárteles y el crimen transnacional, la política estadounidense está socavando la cooperación con uno de los pocos gobiernos de la región que cumple consistentemente con sus compromisos.
La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) deja claro que el público estadounidense ya no está dispuesto a financiar proyectos permanentes de política exterior que no tengan conexión con los intereses nacionales fundamentales. La política estadounidense hacia Cuba viola este principio en todos los niveles.
Mantener el embargo no es gratis. Requiere un extenso aparato de control para vigilar los viajes, las transacciones financieras, el transporte marítimo y el comercio, a menudo dirigido contra ciudadanos y empresas estadounidenses en lugar de contra adversarios. Millones de dólares de los contribuyentes se gastan cada año en congelar activos, investigar infracciones menores e imponer multas que no contribuyen en nada a mejorar la seguridad de Estados Unidos.
Los contribuyentes también financian un extenso ecosistema de grupos sin fines de lucro, medios de comunicación e iniciativas de cuasi-inteligencia bajo el lema de la “promoción de la democracia”. Durante décadas, el gobierno federal ha despilfarrado cientos de millones de dólares con escaso impacto, más allá de subvencionar proyectos clientelistas con sede en Miami y enriquecer a los aliados de políticos cubanoamericanos como Rubio, Bob Menéndez y Mario Díaz-Balart.
Estos programas no solo no están contemplados en la Estrategia de Seguridad Nacional, sino que la contradicen directamente. Ni la democracia ni los derechos humanos se mencionan en la NSS en relación con nuestros intereses de seguridad hemisférica.
La administración Trump supervisó una reforma histórica de la burocracia de asistencia internacional, recortando miles de millones de dólares en programas de ayuda exterior en un esfuerzo por redirigir los recursos hacia los intereses nacionales fundamentales y reducir el gasto ineficiente.
Pero Rubio ha protegido la llamada “promoción de la democracia” dirigida a Cuba. Los sectores más intransigentes de Miami siguen disfrutando de cómodos salarios financiados por los contribuyentes estadounidenses y de una línea directa con Rubio y otros políticos cubanoamericanos en Washington.
Una política de acercamiento que normalice las relaciones entre Estados Unidos y Cuba haría innecesarios tanto el mecanismo de aplicación de las sanciones como la industria de la “promoción de la democracia”, impulsando directamente el objetivo declarado de la NSS de reducir el estado de bienestar, regulador y administrativo, y el complejo de ayuda exterior.
Los estadounidenses pagan la política hacia Cuba no solo con sus impuestos, sino también con sus libertades.
La NSS subraya que el primer deber del gobierno federal es salvaguardar los derechos constitucionales de los ciudadanos estadounidenses. Sin embargo, nuestra política hacia Cuba viola esos derechos al restringir los viajes, no debido a una emergencia nacional o a un problema de seguridad pública, sino para perseguir fantasías de cambio de régimen ideadas por neoconservadores como Rubio, quien, huelga decir, nunca ha pisado la isla.
Cuba recibe con agrado a los viajeros estadounidenses, quienes corren menos riesgos de seguridad allí que en otros países de América Latina. Irónicamente, el gobierno cubano permite que los visitantes estadounidenses viajen libremente a la isla, mientras que nuestro propio gobierno impide que sus ciudadanos viajen, violando así sus derechos constitucionales.
Por su parte, el gobierno cubano ha mostrado una constante disposición a sentarse a la mesa de negociaciones. Cuba desea estabilidad, una relación bilateral sólida y el fin de las sanciones. Solo hay una línea roja que no cruzará: su soberanía. Este principio innegociable es coherente con la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, que alienta a otros países a priorizar sus propios intereses y deja claro que Estados Unidos defiende los derechos soberanos de las naciones.
Desafortunadamente, la política hacia Cuba sigue atrapada en una lógica de cambio de régimen fallida que data de antes del fin de la Guerra Fría. Esta lógica se ha mantenido viva no por necesidad estratégica, sino por una política controlada por un puñado de cubanoamericanos intransigentes que llevan décadas insistiendo en que el único resultado aceptable es la rendición total.
Eso no es negociar. Es una receta para el fracaso. Cualquier negociación impulsada por exigencias ideológicas de ruptura política o transición democrática tiene pocas probabilidades de prosperar.
Artículo completo en inglés:
https://www.theamericanconservative.com/an-america-first-case-for-ending-the-cuban-embargo/?fbclid=IwY2xjawPkbERleHRuA2FlbQIxMABicmlkETE3dGlqdG9VYXFiZzdZMkVsc3J0YwZhcHBfaWQQMjIyMDM5MTc4ODIwMDg5MgABHsKwPakOJPKzoauLmy5lbPeixxW6MHunqfFw2p2WOXOqx5t9KwD-crHx1t5F_aem_4usY8ngSgQn8Jo_fWnKfGw
Tomado de Cubadebate / Foto de portada: AFP.

