Aislar Cuba es avalar la ley de la selva
Por Juan Grabois / Abogado, dirigente político y social argentino
No hay ningún argumento, ningún objetivo ideológico, político o económico que pueda justificar someter a un pueblo a la hambruna. Así como sucedió en palestina, está sucediendo en Cuba. Los latinoamericanos, empezando por nuestros gobernantes, tenemos que evitarlo. Combatir el bloqueo es una obligación moral de todas las personas de buena voluntad.
Hace algunas semanas, Donald Trump firmó un decreto (Orden Ejecutiva 14380) que dispone un bloqueo energético absoluto sobre Cuba. Esta medida, legitimada por una insólita declaración de “emergencia nacional”, se funda en el ridículo argumento de que Cuba constituye un peligro para la seguridad nacional de los Estados Unidos.
Cuba no ha realizado acción alguna que ponga en peligro la integridad territorial, la seguridad nacional o la estabilidad institucional de los Estados Unidos. En efecto, no podría hacerlo aunque quisiera. No posee los medios militares ni el poderío económico necesarios. La asimetría de fuerzas entre ambos Estados es gigantesca.
Por ese motivo, nadie puede creer seriamente el fundamento que esgrimen desde el Salón Oval. El propio presidente no se esfuerza demasiado en disimular que se tratan de hechos de fuerza bruta para imponer los intereses de las élites norteamericanas sobre territorios extranjeros. La Casa Blanca pretende mandar un mensaje unívoco: todas las naciones militar o económicamente débiles deben obedecer o atenerse a las consecuencias.
Son, paradójicamente, los formadores de opinión latinoamericanos quienes, con anteojeras ideológicas, justifican la ley de la selva en nombre de la democracia. Algunos lo harán inocente, pero honestamente; otros, por intereses particulares. Lo cierto es que Donald Trump, actor principal de esta etapa, desmiente a sus propios defensores y reafirma su derecho al uso discrecional de la fuerza en sistemas de partido único como Cuba, en democracias tradicionales como Brasil o en monarquías constitucionales como Dinamarca.
Cuba no ha realizado acción alguna que ponga en peligro la integridad territorial, la seguridad nacional o la estabilidad institucional de los Estados Unidos. No podría hacerlo aunque quisiera.
El bloqueo total contra Cuba viola flagrantemente el principio de no agresión, base de una civilización mundial que intentaba superar para siempre la carnicería de la Segunda Guerra Mundial. En efecto, la creación de las Naciones Unidas se basa en este principio, y su existencia está orientada al mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales. En términos geopolíticos, no existe valor superior a este.
Sin embargo, comienza a naturalizarse la negación abierta y descarada del orden jurídico mundial. Es el nuevo modus operandi de la principal potencia militar del mundo. Esto puede inaugurar una nueva etapa en la que regirá la ley de la selva para cualquier país que se encuentre en la zona de influencia norteamericana.
En ese sentido, aislar a Cuba es avalar la ley de la selva y abolir el derecho de los pueblos.
Las nuevas medidas impuestas sobre el pueblo cubano agravan salvajemente el ya brutal bloqueo norteamericano sobre la isla, considerado ilegal por la aplastante mayoría de las Naciones Unidas. Si las medidas de Trump se sostienen en el tiempo, llevarán irremediablemente de la actual crisis alimentaria a una verdadera catástrofe humanitaria.
Nuevamente, aislar a Cuba es consentir crímenes contra el derecho internacional humanitario.
Asociar la defensa de la paz con la adhesión a un determinado sistema de gobierno es una falacia evidente frente a la que no debemos intimidarnos.
En este contexto, el silencio no es una opción moralmente válida. “El que calla, otorga”, como decimos en Argentina. Hay que tener el coraje para enfrentar la estrategia de intimidación que se aplica usualmente. Nadie debería tener que justificarse por enfrentar bloqueos como el que sufre Cuba, ataques como el que sufrió Venezuela, genocidios como el que sufre Palestina, amenazas como la que sufre Dinamarca. Asociar la defensa de la paz con la adhesión a un determinado sistema de gobierno es una falacia evidente frente a la que no debemos intimidarnos.
Hay demasiado silencio, demasiada timidez, demasiada autocensura frente a tanto atropello al derecho y demasiada tolerancia frente al ultraje a la soberanía territorial de los Estados. Es hora de que toda la dirigencia social, política y cultural de América Latina -en particular sus gobiernos- diga basta y realice acciones efectivas tendientes a garantizar la paz entre todas las naciones y los derechos elementales de todos los pueblos.
Unamos nuestra voz al Papa Francisco y al Papa León XIV para denunciar el bloqueo y clamar por la resolución pacífica de los conflictos.
Estar con Cuba en este momento no es una opción ideológica: es puro instinto de supervivencia para todos los que queremos sostener Latinoamérica como zona de paz.
Tomado de Diario Red / Foto: Cubadebate

