Haydée: Una mártir viva

En ocasión del aniversario 69 del asalto al Cuartel Moncada, este 26 de julio, y con motivo del centenario de Haydée Santamaría, que se conmemora el 30 de diciembre del presente año, publicamos este texto elaborado a partir de dos entrevistas realizadas a la periodista y escritora cubana Marta Rojas (1928-2021) para el documental Nuestra Haydée (2015).

La primera de ellas la hicieron Xenia Reloba y René Arencibia en la Casa de las Américas, en 2009. La segunda fue un diálogo en casa de Marta, en 2014, con Esther Barroso Sosa y Ana Niria Albo con la finalidad de precisar detalles, revisar documentos y filmar sus declaraciones para el documental.

Este testimonio de Marta Rojas es parte de un libro en preparación que recoge anécdotas, impresiones y valoraciones de cerca de 20 personas, entre compañeros de lucha, intelectuales, artistas, amigos y familiares de Haydée Santamaría, reunidos por Esther Barroso Sosa desde 2014 hasta la actualidad.

Yo vi a Haydée por primera vez sin saber que era ella el 26 de julio de 1953, a la 1:00 p.m. aproximadamente. Había una conferencia de prensa en el Moncada. Me había graduado de Periodismo, no trabajaba todavía como profesional, pero estaba en Santiago de Cuba, me enrolé con los periodistas y estuve en esa conferencia de prensa. Un fotógrafo, Panchito [1], me dijo: “Por ese pasillo hay dos mujeres presas, si tú pides permiso para ir al baño, seguramente te dicen que vayas al de los oficiales y miras a la izquierda”. Eso hice y vi a esas dos mujeres, una rubia y una trigueña. Yo las miré y ellas me miraron sorprendidas. Estaban interrogándolas.

Así que cuándo empezó la conferencia de prensa, le pregunté a Chaviano [2]: “¿Quiénes son las dos mujeres presas?”. Y él me dijo: “Aquí no hay presos, todos cayeron en el combate”. Un oficial le dijo algo y él dijo entonces: “Es posible que en este ínterin hayan cogido alguna mujer presa, yo no sé quiénes son”.

No vuelvo a verlas hasta el 21 de septiembre cuando comenzó el juicio del Moncada. Melba y Haydée se sentaron entre los demás combatientes y ella me volvió a mirar, con una mirada inquisidora. Ella era así, miraba con curiosidad. Si tú analizas sus fotografías, te vas a dar cuenta. Yo les sonreí y Melba se sonrió, pero ella no.

Pasó un día de juicio y otro… No querían que Haydée declarara. Un día, hacía mucho calor en aquella sala y Haydée y Melba se estaban secando el sudor con el mismo pañuelo. En un pequeño receso, le mandé con el alguacil un pañuelo negro de hilo con unas hojitas bordadas que yo tenía. Ella lo cogió y sonrió, era como una sonrisa de agradecimiento. Cuando terminó el juicio, yo me acerqué y les dije: “¿Cómo puedo saber sobre ustedes?”. Y rápidamente ella dijo: “Jovellar 107”. Regresé a La Habana y fui directo a esa dirección que resultó ser la casa de los padres de Melba, cosa que yo no sabía. Ahí entré en contacto con Elena y Manuel, ellos sí podían ir a la cárcel, yo no.

El día 6 de enero de 1954 fue Día de Reyes, y era costumbre que las damas de la sociedad y las monjas llevaran regalos a los hijos de las presas. Ya en ese momento yo estaba trabajando con Enrique de la Osa en Bohemia. Le dije a Enrique que yo quería ir a esa entrega de regalos para tratar de ver a Haydée y a Melba. Llamé a la madre de Melba para que les avisara que trataría de ir. Pero nos enteramos de que iba la primera dama a la prisión y que tal vez no dejarían abrir la puerta de la celda de las asaltantes.

El fotógrafo Panchito Cano fue conmigo, él llevaba dos cámaras y me dio una. Mientras él tomaba el acto de la entrega de regalos, yo le dije a uno de los niños: “enséñale tu juguete a aquella rubia” y les dije a ellas: “Párense”. Y esa es la famosa foto donde están ellas de pie detrás de la reja, que se publicó después del triunfo de la Revolución, pero la primera foto que hice fue de los niños delante de esa celda, que se publicó en un reportaje 20 años después y uno de los niños se reconoció. Haydée, en medio de esa vorágine, quiso saber mi versión del juicio de Fidel y nunca hice una síntesis mejor que la de ese día.

Posteriormente, cuando se anunció la salida de ellas de la cárcel, yo fui a Guanajay y es esa otra foto en un banco afuera de la prisión. Y ahí fue cuando por primera vez estuvimos cerca y conversamos. Haydée me preguntó: “¿Y la foto, la que nos tomó el fotógrafo en el Moncada?”. Y yo le dije: “No, esa foto nunca se hizo”. Y entonces ella me comentó: “Un soldado nos dijo que nos habíamos salvado porque un fotógrafo nos había tomado una foto”. De ahí fuimos al cementerio a llevarle flores a Chibás [3] y a partir de ahí comenzamos una relación de amistad y nos veíamos casi a diario.

Un día yo le pregunté: “¿Haydée, por qué tu me miraste con los ojos atravesados aquel día en el Moncada?”. Y ella me respondió: “Porque me resultó raro que una muchacha tan jovencita estuviera en ese cuartel, donde había tantos asesinos caminando por los pasillos. Yo no tenía la menor idea de que eras periodista. Pensé que te iban a usar para interrogarnos y por eso mi reacción”.

En Bohemia todos los periodistas tenían que andar en automóvil. El director daba una entrada y tú lo seguías pagando mensualmente. Un día yo fui a Ambar Motors [4] a sacar el carro y como Jovellar está cerca, llegué con el carro hasta la casa de Melba, adonde Haydée fue a vivir al salir de prisión, y les dije: “Tengo un carro”. Y enseguida Haydée dijo: “Ese es el carro que necesitamos, tú nos llevas”. Y dije “¿A dónde?, si yo ni sé bien los mecanismos de este carro”. “En ese carro vamos a un lugar que tenemos que ir”. Se vistieron y en un segundo las tenía a las dos en el carro y fuimos a varios lugares. Ellas estaban trabajando en la clandestinidad para publicar La historia me absolverá. “Este es el carro que nos hace falta porque no está circulado”. Haydée tenía una chispa tremenda.

Cuando ya regresábamos, empezó a llover y en la esquina de Ayestarán, Infanta y Carlos III, con un tráfico tremendo, yo no sabía dónde se activaba el limpiaparabrisas y no podía avanzar. Y de repente, Haydée llamó a un policía que estaba en el semáforo para que nos ayudara. Después me di cuenta de que si nos quedábamos ahí más rato, hubiera sido peor. Esas eran las cosas de Haydée. Cuando llegamos a la casa me dijo: “Pasado mañana tenemos que ir a otros lugares”.

Ella era una trabajadora excepcional de la lucha clandestina. A partir de ese momento tan traumático de la muerte de Abel y de Boris, ella lo dice en el libro del Moncada, la tarea que le dio Fidel con respecto al alegato del juicio le sirvió para rebasar esas situaciones tan traumáticas. Recibió una carta de Fidel con la misión de publicarlo. Haydée me dijo que ese fue de los momentos más felices pues “tenía por qué vivir”, y era lograr que se divulgara La Historia me absolverá. Empezó una búsqueda febril y esa idea de la muerte fue superada. Era una Haydée eufórica.

Tener La Historia me absolverá era tener dinamita en las manos. Yo deshice el folleto, una primera edición que me regaló Haydée. Lo metí en una enciclopedia, porque así era más difícil de encontrar. Después del triunfo lo saqué, lo presillé y lo volví a ver hace unos años. Fidel hizo un viaje a Birán [5], llevé ese ejemplar y le dije: “Mira lo que tengo aquí, es el que Haydée me dio”. Y Fidel me dijo: “Te lo voy a firmar”. Lo conservo, por supuesto.

Un día me aparecí muy contenta, porque yo iba a salir con un novio y llevaba un pulóver precioso. Y Haydée me dijo: “Ese pulóver me queda bien a mí, te voy a dar una blusa”. Le dije: está bien, pero pensé que era un capricho. Cuando se fue a EE.UU. se lo llevó, lo tuvo mucho tiempo. Después del 59, un día me lo trajo en una cajita. Y me dijo: “Lo he usado varias veces, pero aquel día te lo pedí porque tenía un encuentro clandestino en un cabaret”.

Yo no iba mucho a Santiago de Cuba, me lo aconsejaron en Bohemia porque antes del 26 de julio del 53 yo no era conocida, pero después sí. Sin embargo, tuve que ir a Santiago una vez en plena clandestinidad. Y estaba un día en la calle Enramada esperando un ómnibus y ahí había un café que se llamaba Las novedades. El ómnibus paró, pero justo en ese momento veo a una mujer desaliñada, como sin dientes, pero con un aire que me era conocido, no parecía limosnera porque estaba limpia. Yo la miraba y la miraba hasta que la mujer se me acercó y me dijo: “Acaba de montarte en esa misma guagua”. ¡Era Haydée! Parece que sintió que yo estaba a punto de decirle algo.

Después del 59 un día me dijo: “Oye, tú como luchadora clandestina eras mala, por poco me delatas ese día”. Esas eran cosas típicas de Haydée. Tenía la capacidad de transformarse.

Cuando triunfó la Revolución, a los pocos días yo fui al aeropuerto a recibirla cuando regresó de Miami. Hay una foto que yo le tomé ese día. En otra ocasión, la vi en el Ministerio de Educación donde ella empezó a trabajar y ese día me preguntó por Panchito, el fotógrafo. También estuve en la reunión donde se discutió el nombre de la Casa de las Américas. Alguien dijo que se le podía poner la Casa de América Latina y ella se quedó pensando hasta que dijo: “¿Y por qué no la Casa de las Américas?”. Y eso tuvo mucho que ver después con el compromiso de la Casa con el Caribe, con los latinos en EE.UU., etc. Ella me propuso ir a trabajar a la Casa. Y yo le dije: “No, soy tu amiga, pero no subordinada tuya, déjame en Bohemia, que desde allí puedo ayudar más”. Pero yo iba frecuentemente a la Casa.

Ella vivió cerca del mar, donde murió. Yo iba mucho a visitarla. En julio yo no faltaba. Eran días difíciles, se ponía a hablar de lo que pasó en el Moncada, se ponía tensa, se emocionaba. Yo a veces le decía: “Te quiero hacer una entrevista”. Y ella me decía: “A mí no, entrevista a los familiares de los mártires que son poco conocidos”. Cuando trabajé en el periódico Revolución, organicé un equipo para eso, porque ella sugirió que se hiciera un libro llamado Mártires del Moncada.

Es decir, que ese era un mes muy difícil para ella. Pero en realidad nuestra amistad fue así, tenía el componente político, el hecho del Moncada. El afán que yo tuve fue profesional, pero de ahí pasó a la simpatía y después a la solidaridad y de ahí al compromiso político.

Ella pasaba de un estado a otro, era provocativa, le gustaba hacer bromas a gente querida. Tenía una gran inteligencia. Y siempre fue muy cuidadosa de su imagen, en la medida de lo posible. Y eso se ve en las fotos.

Fui armando mi libro durante todo ese tiempo, desde el asalto al cuartel, con datos que iba anotando. No se publicó hasta después del triunfo de la Revolución: El juicio del Moncada. Y cuando se celebró el Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes en 1978, hice unos reportajes y se me ocurrió hacer un libro con los testimonios del hospital que no había incluido en el libro del Moncada. Yo tenía prejuicios de modestia, que por la amistad con Haydée no debía enviar el libro al Premio Casa. Lo titulé El que debe vivir porque Haydée me contó que, en el momento crucial, ella y las enfermeras querían que Abel se salvara. Se podía haber salvado porque el hospital tenía cuatro salidas y Fidel estaba en la posta 3 del Moncada, pero como Abel sabía todo, quiso atraer el fuego enemigo hacia el hospital. Ellas querían sacarlo y él dijo: “No, el que debe vivir es Fidel. Y ustedes, para que cuenten esta historia. Yo me quedo aquí”. Yo no le dije a Haydée que iba a presentar el libro al concurso y cuando lo supo, le dije: “Tú eras la única que no se podía enterar”.

Para mí, esa Haydée que se sobrepuso a ese trauma tan terrible del Moncada y actuaba a veces festivamente, llevaba por dentro un dolor. Para mí, Haydée era una mártir del Moncada, una mártir viva. Cuando yo iba en julio era hablar de Abel y de los otros, era una tensión muy grande. Todo ese sufrimiento, las torturas, las muertes, por dentro había algo muy fuerte. El suicidio fue en julio, el 28, acababa de celebrarse el 26. Yo la recuerdo con alegría, porque ella supo sobreponerse, servir a la patria y hacer una familia. Es digna de admiración.

 

Notas

[1] Panchito Cano. Corresponsal de la revista Bohemia en Santiago de Cuba. Junto a Marta Rojas cubría los carnavales santiagueros para la revista.

[2] Alberto del Río Chaviano. Militar de la tiranía de Fulgencio Batista, apodado el Chacal de Oriente, principal asesino de los asaltantes al Cuartel Moncada.

[3] Eduardo Chibás. Santiago de Cuba, 1907-La Habana, 1951. Político cubano, fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Se destacó en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado y la denuncia de la corrupción en la Cuba prerrevolucionaria

[4] Ambar Motors Corporation. Distribuidor de General Motors en La Habana. Su oficina se ubicaba en la esquina de las avenidas Infanta y 23.

[5] Birán: pequeña localidad en el municipio de Cueto, provincia de Holguín. Se refiere a la finca donde nació Fidel Castro Ruz.

 

Tomado de La ventana/ Fotos: Archivo Granma.

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