Cuba

Cuba: 24 de febrero de 1895. La guerra de Martí

Por René González Barrios.

El 10 de octubre de 1868 prendió para siempre la llama de la independencia en la isla de Cuba. La gesta comenzada por Carlos Manuel de Céspedes, heredero del espíritu de lucha de quienes en la primera mitad del siglo XIX buscando liberar a Cuba del colonialismo español acompañaron al Libertador Simón Bolívar o pelearon en México contra las invasiones extranjeras, desde entonces, no se apagó jamás.

En los campos de Cuba se escribió con sangre una historia épica, gloriosa, que causó asombro y admiración en todo el mundo. Cientos de extranjeros inspirados en el ejemplo de los mambises, marcharon a la isla a pelear por ella. Pueblos y gobiernos en América y Europa, admirados, brindaron su apoyo y solidaridad. El heroísmo y la resistencia cubana, fue símbolo e inspiración para los pueblos del mundo.

En la pequeña isla se combatió, principalmente con las armas arrebatadas al enemigo, al más poderoso ejército colonial que jamás potencia alguna trasladó a este hemisferio –cerca de 300 000 efectivos– y que reprimió la insurrección con saña y alevosía. Primó en el gobierno español un odio visceral a los cubanos, el desprecio al negro, al chino, y a todo lo que no fuera subordinación ciega a España. Fusilamientos, incendio de ciudades y pueblos, saqueos de viviendas, violaciones, represión, deportaciones masivas, asesinatos, mutilaciones de cadáveres, fueron algunas de las características de aquella guerra.

Llegó España a tal falta de escrúpulos, que organizó batallones integrados por asesinos y delincuentes sacados de las cárceles, quienes actuaron con instinto criminal contra el pueblo. Formaron además guerrillas compuestas de cubanos traidores y facinerosos, que émulos de Atila, arrasaban con todo lo que encontraban a su paso.

A todo ello se enfrentó durante diez años el Ejército Libertador de Cuba, derrotando al colonialismo en batallas como Las Guásimas, Palo Seco, La Sacra, Minas de Guáimaro, Cafetal González, entre otras muchas. De las filas del pueblo surgieron jefes militares que supieron vencer a los mejores generales de España, veteranos de grandes campañas en África y Europa y se ganaron la admiración, como excelentes guerrilleros, de sus adversarios.

Ambiciones personales, indisciplinas y brotes de caudillismo y regionalismo le dieron a España la victoria que no lograban por medio de las armas. Vino entonces el Pacto del Zanjón el 10 de febrero de 1878, tras una intensa campaña de exagerada humanización del conflicto desplegada por el capitán general de Ejército Arsenio Martínez Campos que logró desmovilizar a parte de las fuerzas revolucionarias que aceptaron una paz sin independencia que mantenía el sistema de la esclavitud.

Pero al Zanjón se opuso el general Antonio Maceo con la protesta de Baraguá el 15 de marzo de 1878, y cuando la guerra había concluido oficialmente, el teniente coronel Ramón Leocadio Bonachea, decidido a no claudicar jamás ante España, la continuaba en Sancti Spíritus hasta el 15 de abril de 1879, fecha en la que protestó, émulo de Maceo, en Hornos de Cal, antes de abandonar la isla, para regresar en son de guerra y morir ante un pelotón de fusilamiento en Santiago de Cuba el 7 de marzo de 1885.

Tras la guerra de los Diez Años, vino la Chiquita (1879-1880), y tras ella,  el período conocido como Reposo Turbulento o Tregua Fecunda, en el que se continuó conspirando, luchando, y los más impacientes de los independentistas, desembarcaron expediciones en la Isla al precio de sus propias vidas.

En lo que esperaban el momento oportuno, los revolucionarios se dispersaron en Estados Unidos, Jamaica, República Dominicana, México, Panamá, Venezuela, Costa Rica, Honduras, España, entre otros países, arrastrando consigo prejuicios de la contienda anterior, resquemores y animadversiones, para algunos insalvables. En medio de la división y el escepticismo, cual Mesías, emergió José Martí. Con un trabajo meticuloso, incansable, indetenible, de ejemplar desprendimiento y magisterio, movilizó la emigración, tocó las fibras de los veteranos, y, curando viejas heridas, devolvió la fe y el optimismo a un pueblo que aún en medio de la inercia circunstancial, llevaba en su sangre y espíritu la decisión irreversible de ser independiente.

Para hacer la guerra creó un partido, el partido de todos los cubanos dignos que amaban su patria y, fiel a la historia del independentismo cubano, llamó a los boricuas, de quienes jamás se separaron los hijos de la mayor de las Antillas, en el ideal emancipatorio.

Para levantar el espíritu de lucha pidió a Fernando Figueredo Socarrás, coronel de la Guerra Grande quien fuese ayudante del Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, que escribiera de la épica gloriosa de los Diez Años. De esas conferencias nació la obra La Revolución de Yara, de la que Martí dijera que todo cubano debía llevarla consigo con la misma fe con la que el creyente llevaba la Biblia. Lo mismo pidió al joven periodista Manuel de la Cruz, quien, tras entrevistar a veteranos de la epopeya gloriosa, extrajo las anécdotas que conformaron su inigualable obra Episodios de la Revolución Cubana, de la que decía el Apóstol que siempre que pasaba ante ella, la tomaba en sus manos y la besaba.

Así Martí, dando conferencias, discursos, charlas, clases a los desposeídos, sin apenas tiempo para descansar, con los zapatos rotos, las ropas desgastadas, enfermo, pasando hambre a pesar de tener en sus bolsillos el dinero necesario para palearla, que no tocaba por pertenecer a la Patria, en el vínculo directo y permanente con el pueblo, entre la gente, tocándolos, arrastró tras sí a todos los que soñaron con ver la isla libre e independiente.

A las ofensas y acusaciones hijas de celos y hasta envidias, respondía con su limpia ejecutoria de hombre humilde y sencillo. Así lo recordaba el puertorriqueño Modesto Tirado, años después comandante del Ejército Libertador:

“Martí andaba con los zapatos rotos y la ropa vieja y raída, pero siempre encontraba en su bolsillo una moneda que ofrecer al que llegaba hasta él necesitado y triste. Él, más pobre que todos, repartía entre todos, las inagotables riquezas de su alma. Por eso todos los que sufrían iban a aquel cuarto; por eso era aquel un templo y el cuartel en donde siempre estaba de guardia y siempre vigilante el soldado que preparaba el acero, para defender en la tierra esclava el derecho que tenía a la libertad.”

Atrás quedaron las contradicciones entre los generales Antonio Maceo y Flor Crombet, o entre los generales Antonio Maceo y Máximo Gómez, o las reservas de algunos veteranos con el general Calixto García. Martí unía en torno a un nuevo pensamiento revolucionario, pues si la revolución de Céspedes nació en su esencia antiesclavista y solidaria, la de Martí incorporaba la convicción del papel que le tocaba jugar a la Isla en defensa de nuestra América ante el avance impetuoso del imperialismo yanqui.

Con el aporte de los emigrados consiguió los recursos necesarios para preparar las expediciones que desde Fernandina debían llevar a Cuba a los principales jefes insurrectos. Traiciones e indiscreciones hicieron fracasar el plan. Desde La Habana, el general Julio Sanguily reclamaba cada vez más dinero para asegurar un levantamiento que a la postre fracasó. Apenas le quedaron fondos para apoyar el traslado del general Antonio Maceo y sus hombres desde Costa Rica, en expedición que organizó y condujo el general Crombet. Maceo, desprendido y solidario, había entregado al general Eloy Alfaro recursos para que organizara la Revolución Liberal en Ecuador, tal como hizo en 1879 con el coronel peruano Leoncio Prado cuando en Jamaica le solicitó ayuda para combatir la agresión de que era víctima su país.

Pero a pesar de los sufrimientos, de la impotencia y las lágrimas que le causaran los contratiempos, con la idea fija en el futuro de su patria y el apoyo de quien lo admiró en todo lo que valía, el generalísimo Máximo Gómez, en un pequeño bote desembarcó en Cuba el 11 de abril de 1895, en una isla insurreccionada desde el 24 de febrero de ese año y en la que el general Bartolomé Masó mantuvo viva la llama redentora a todo trance, en lo que llegaban Martí, Gómez y Maceo.

La guerra iniciada en Baire, Ibarra y otros puntos de la Isla aquel 24 de febrero, se haría sin odio. En el Manifiesto de Montecristi, documento programático de la Revolución del 95, habían patentizado Gómez y Martí:

“[…] Los cubanos empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos. No nos maltraten y no se les maltratará. Respeten y se les respetará. Al acero, responda el acero, y la amistad a la amistad. En el pecho antillano no hay odio; y el cubano saluda en la muerte al español a quien la crueldad del ejercicio forzoso arrancó de su casa y su terruño para venir a asesinar en pechos de hombres la libertad que él mismo ansía. Más que saludarlo en la muerte, quisiera la revolución acogerlo en vida; y la república será tranquilo hogar para cuantos españoles de trabajo y honor gocen en ella de la libertad y bienes que no han de hallar aún por largo tiempo en la lentitud, desidia y vicios políticos de la tierra propia. Este es el corazón de Cuba y así será la guerra.”

Tras la reunión de La Mejorana y los desencuentros hijos de las dinámicas de las comunicaciones de entonces, caería gloriosamente en combate el 19 de mayo el hombre símbolo capaz de unir a todos los cubanos en pos de la causa sagrada. Su muerte fue antorcha, estímulo, inspiración. Levantó el espíritu de la nación y sería venerado por quienes identificaron en él a la patria misma. Conversando con Fermín Valdés Domínguez, el hermano del alma de Martí, le confesaría el mayor general José Maceo:

“Mi amor a Cuba me hacía pensar siempre en la revolución y por ella estaba dispuesto a sacrificarlo todo cuando vivía feliz en el extranjero, pero no pensaba en venir a la guerra ni en hacerla, sólo Martí pudo sacarme de mi nido de amores, solo él que me obligó con su patriotismo y me sedujo con su palabra; por él vine, y siento más que nadie que haya muerto, pues si las cosas se tuercen y mis padecimientos no se curan, me veré obligado a dejar mi puesto para que otro lo ocupe. Y no lo dejaría si Martí viviera.”

Pocos días después de la muerte del Apóstol de la independencia, el general Máximo Gómez escribiría al general Antonio Maceo:

“Esta guerra, General, la haremos usted y yo, pero será la guerra de Martí”.

Tomado de Cubadebate.

 

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