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Cuba es escuela, salud y esperanza para el mundo

Por Ortelio González Martínez.

Hay momentos en que los hechos hablan con más fuerza que cualquier discurso. Y estos días tras el final del periodo lectivo, tensos y difíciles como solo este pueblo sabe –porque aquí nada se regala y todo se conquista con sacrificio y voluntad–, las universidades cubanas han entregado al país y al mundo una cosecha que merece ser contada y forma parte de la respuesta más digna.

¿Cómo se atreven a llamar terrorista a un país que no ha invadido a nadie, que no tiene bases militares en ningún continente, que no ha lanzado una sola bomba sobre población civil alguna, que no ha derrocado a ningún presidente extranjero?

¿Cómo se atreven a poner en la misma lista –la infame lista de países que supuestamente patrocinan el terrorismo– a una nación cuyo principal legado para el mundo no es la muerte, sino la vida?

Porque Cuba, en lugar de fabricar armas, forma médicos. En lugar de entrenar soldados para la guerra, prepara profesionales para la paz. En lugar de cerrar fronteras, abre sus universidades a quienes vienen de los rincones más castigados del planeta. En lugar de sembrar odio, siembra conocimiento.

Y no es retórica. Son hechos.

A finales de este curso las universidades cubanas entregaron al país y al mundo 30 185 nuevos profesionales. Ingenieros, arquitectos, pedagogos, científicos, enfermeros, tecnólogos… Jóvenes que han sudado en las aulas, que han estudiado con los recursos justos, que han vencido el cansancio y la adversidad para convertirse en lo que este país necesita para seguir adelante.

Entre esos 30 185 hay 735 jóvenes de 62 países. Estudiantes que llegaron desde todos los continentes –África, América Latina, Asia, Europa–, que compartieron pupitres con cubanos, que aprendieron nuestro idioma, nuestra medicina, nuestra solidaridad, nuestra manera de entender la vida como servicio. Que regresan a sus tierras con un título y, también, con una forma de ver el mundo que no se enseña en ningún manual.

Y entre ellos, dos cifras deberían hacer reflexionar a los más ciegos: 23 nuevos médicos palestinos.

Jóvenes que regresarán a su tierra –una tierra que arde bajo bombas y escombros–, no con armas en las manos, sino con estetoscopios al cuello. Con el conocimiento para salvar vidas en el lugar del mundo donde más falta hace. Con la ética que la Medicina cubana inculca: primero el ser humano, después todo lo demás.

Y cinco médicos estadounidenses. Pudieran ser más, pero aquel país no permitió aumentar la cifra en su demencial política contra Cuba.

Ciudadanos nobles del país que mantiene el bloqueo más largo de la historia contra nación alguna. Jóvenes que tuvieron que vencer barreras, prejuicios y hasta sanciones para venir a estudiar a la Isla que su propio gobierno acusa. Y que hoy regresan a ejercer su profesión, quizá con una mirada distinta, quizá con la verdad en la maleta.

¿Y a esto le llaman terrorismo? ¿A formar médicos para Palestina? ¿A formar médicos para Estados Unidos? ¿A abrir las puertas a 735 jóvenes de 62 países? ¿A compartir lo poco que tenemos con el mundo?

Si eso es terrorismo, entonces la palabra no significa nada. O significa todo lo contrario.

Porque lo que Cuba está haciendo, en silencio, contra viento y marea, es lo que deberían hacer todos los países: invertir en educación, en salud, en solidaridad. No en misiles. No en bombas. No en guerras. No en bloqueos.

Cuba es un país limpio. No derroca ni secuestra gobiernos. No financia golpes de Estado. No instala campos de tortura en otras naciones.

Su historia –la verdadera, la que no se cuenta en los grandes medios de noticias– es otra: la de un país que ha enviado cientos de miles de colaboradores médicos a los lugares más pobres y golpeados del planeta; que recibió a niños de Chernóbil para curarlos; que ha alfabetizado a millones en el mundo con su método «Yo sí puedo»; que devolvió la visión a miles de ciudadanos cuando la Misión Milagro, que ha formado a decenas de miles de médicos de más de cien nacionalidades en sus escuelas de Medicina.

Esa es la Cuba real.

La otra, la de la lista del terrorismo, la del informe falso que ni sus redactores creen, es una construcción fruto del odio, una mentira repetida hasta el cansancio, una infamia que no resiste el menor análisis. Porque si Cuba es terrorista, entonces la solidaridad es un delito.

Cuba es un país de paz, que salva vidas, que educa. Es un país que acoge, que abraza. Que el mundo lo sepa y defienda esa verdad, así, la infamia no tendrá jamás la última palabra.

Tomado de Granma / Foto de portada: Dunia Álvarez Palacios.

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