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Brasil hacia el 4 de octubre de 2026: análisis del escenario electoral

Por Ernesto Limia.

El 4 de octubre se celebrarán elecciones en Brasil en un contexto de alineamiento de la oligarquía latinoamericana a Estados Unidos, en lo que mucho tiene que ver la injerencia de Trump en los sufragios efectuados durante su segundo mandato. No es una práctica nueva en Washington, lo diferente es el desparpajo con que lo declara. Ya anunció su predilección por Flávio Bolsonaro, el hijo de Jair Bolsonaro que se presenta como candidato del Partido Liberal (PL). Se trata de una de las diez mayores economías del mundo, el segundo mayor poseedor de tierras raras del planeta —detrás de China— y un importante proveedor a Estados Unidos, paradójicamente marcado por una de las mayores concentraciones de renta del planeta y una desigualdad estructural que hoy manifiesta una cifra de 12,9 millones de personas viviendo en la miseria. ¿Conseguirá Trump sus propósitos? 

Jair Bolsonaro y la intentona golpista de 2023

Jair Bolsonaro asumió la presidencia de Brasil en 2019 y su régimen devino parodia del nazismo. Lula lo derrotó en 2023 con margen apretado: 50,83 por ciento contra 49,17. Juró por tercera vez fidelidad a la Constitución el 1 de enero de 2024 y el 8 una turba vandalizó el Congreso, el Palacio de Planalto y el Supremo Tribunal Federal (STF) empujada por operadores digitales que generaron la percepción de una “victoria inevitable”. El proceso judicial contra Bolsonaro concluyó con la condena a 27 años de cárcel en 2025. Lidera la corriente neofascista y la ultraderecha, pero como está preso e inhabilitado hasta 2030, “ungió” como candidato a su hijo Flávio, senador desde 2019 y, aunque fue designado por su padre como heredero político, no generó entusiasmo unánime ni siquiera en el PL. 

Comportamiento económico de Brasil en los últimos cuatro años

El Producto Interno Bruto creció 3,2 por ciento en 2023 y 3,4 por ciento en 2024; pero un contexto global inestable unido a los aranceles de Trump provocaron la baja al 2,3 por ciento en 2025. Para 2026 el Banco Central proyectó un crecimiento del 1,5 por ciento. Las políticas redistributivas de conjunto con el impulso de programas sociales sacaron de la pobreza a 14,17 millones de personas y en 2025 Brasil salió del Mapa del Hambre. El desempleo cayó a mínimos históricos (5,6%-6,2 por ciento) y desde 2026 la exención del impuesto sobre la renta a quienes ganan hasta cinco mil reales al mes (975 mil 50 dólares) beneficia a 15 millones de personas. 

El país experimentó progreso en la movilidad social y un crecimiento de la renta media familiar: 5,8 millones de personas pasaron a clase media y 6,4 millones salieron de la miseria; no obstante, la popularidad del Gobierno rondó el 24 por ciento en 2025, una desconexión sin precedentes. ¿A qué se atribuye? Más de la mitad de la población no siente los indicadores macro en su bolsillo. A Lula le resultó imposible reindustrializar el país con un Congreso que representa los intereses de los agronegocios y el capital financiero, y tiene en sus manos el 25 por ciento de los gastos no discrecionales a través de enmiendas fiscales; por ende, los avances no son estructurales y su sostenibilidad se percibe con desconfianza.      

Un dato: hasta marzo de 2026, 8,9 millones de empresas tenían deuda en mora por valor de 213 mil millones de reales (41 mil 556.3 millones de dólares). La mayoría son empresas pequeñas que sostienen el 30 por ciento de la mayor economía de América Latina. Ello genera tensión para mantener sus puertas abiertas a pymes, tiendas de barrio y cafés, que deben hacer frente al costo de los empréstitos rondando un máximo de dos décadas, con el crédito cada vez más escaso y una inflación del cinco por ciento. Otro flanco débil es la seguridad: el 29 por ciento de los brasileños lo cita como un problema grave que el Gobierno no es capaz de resolver, y aunque en 2026 Lula lanzó la Ley Antifacciones y el programa “Brasil Contra el Crimen Organizado”, se aprecia como una reacción tardía.

Injerencia de Trump en los asuntos internos de Brasil

En julio de 2025 Trump estableció un arancel del 50 por ciento a las importaciones de Brasil —comida, calzado, textiles, muebles, piezas de automóviles—; y al amparo de la Ley Magnitsky (castiga a extranjeros por graves violaciones de derechos humanos y prácticas de corrupción) sancionó al juez del STF, Alexandre de Moraes —en ambos casos en expresa represalia por el juicio a Bolsonaro. 

Lula desafió a Trump con un discurso centrado en la soberanía y recuperó su popularidad en Brasil del 24 por ciento en 2025 a entre el 44-48 por ciento a comienzos de 2026. Decenas de reuniones entre funcionarios de ambos Gobiernos y la sentencia de la Corte Suprema que puso límites a los arancelas de Trump, desmantelaron la versión inicial; pero el 21 de julio de 2026 Trump sorprendió con tasas de entre el 12,5 y el 37,5 por ciento, y ello provocó una caída de las exportaciones a Estados Unidos a su nivel más bajo desde 1997. 

Flávio Bolsonaro fraguó en Washington con Marco Rubio las sanciones y prometió poner un equipo de transición a disposición de Estados Unidos si resulta electo. Dos días después de la promulgación de los aranceles Rubio lo “santificó” en una carta pública y poco después declaró que Brasil no es amigo de Estados Unidos, un pronunciamiento sin precedentes hacia el gigante sudamericano. La Faria Lima (capital financiero) y el Centrão, bloque mayoritario en el Congreso de legisladores tan corruptos que se alinean con el mejor postor, se inclinaban por el gobernador de São Paulo; sin embargo, después de estas señales se alinearon con Flávio.     

Lula respondió el 26 de julio en The Washington Post. Resalto algunas ideas: “América Latina y el Caribe no necesitan portaaviones patrullando sus aguas ni aranceles punitivos”; “Dividir el mundo en esferas de influencia y buscar empresas neocoloniales para obtener recursos estratégicos, son gestos anacrónicos y retrocesos”; “No se permitirán los intentos de imponer restricciones ideológicas a la asociación bilateral, o de instrumentalizarla con fines electorales”; “Nadie nos derrotará con mentiras”; “…el destino de Brasil solo lo deciden los brasileños —sin interferencias o sumisiones extranjeras” (Lula, 2026).  

En el orden práctico, lanzó el Plan Brasil Soberano: 40 mil millones de reales (siete mil 760 millones de dólares) destinados a compensar pérdidas de sus exportadores; y reorientó aún más sus relaciones con China, mayor socio comercial brasileño desde 2009 —absorbe alrededor del 25 por ciento de sus exportaciones y representa alrededor del 40 por ciento de su superávit comercial. 

“Israel”, Netanyahu y la campaña de Flávio Bolsonaro

Bolsonaro prometió en su campaña electoral de 2018 trasladar la embajada brasileña de “Tel Aviv” a Jerusalén y el 1 de noviembre lo confirmó en Twitter (hoy X), ya como presidente electo. Netanyahu viajó a Río de Janeiro para asistir a su toma de posesión, poniendo fin a 15 años de relaciones tensas que tocaron fondo cuando en 2014 Dilma Rousseff retiró al embajador en respuesta a la ofensiva en Gaza. 

La promesa del traslado de sede de la embajada no se cumplió: la ultraderecha evangélica ve como un mandato divino reconocer a Jerusalén como capital única de “Israel”; pero Brasil es uno de los mayores exportadores de carne “halal”, que cumple normas islámicas, y casi la mitad de sus ventas de carne bovina y pollo van a Medio Oriente. Los representantes de los agronegocios en el Gobierno y el legislativo estimaron que reconocer la soberanía israelí sobre Jerusalén, incluyendo el sector oriental ocupado en 1967, provocaría represalias comerciales de los países árabes y se opusieron. Bolsonaro viajó a “Tel Aviv” en marzo de 2019 y anunció la apertura de una oficina comercial en Jerusalén, gesto simbólico sin estatus diplomático pleno que defraudó a los círculos de poder sionista.   

En enero de 2026 Flávio Bolsonaro viajó a “Tel Aviv” en busca de respaldo político y operativo. Retomó el tema con Netanyahu y prometió hacerlo si gana las elecciones. En una entrevista al Jerusalem Post adelantó que enmarcaría la política exterior en valores judeocristianos y reveló el primer nombre de su gabinete: Cláudio Lottenberg, oftalmólogo que preside la Confederación Israelita de Brasil, quien en 2024 viajó a Israel y se reunió con el presidente Isaac Herzog. A su regreso escribió el libro: Entre la luz y la oscuridad, un panfleto sionista a manera de manual en el que presenta la colonización de Palestina y el genocidio como un conflicto entre modelos civilizatorios en el que la luz proviene de “Israel”.

Cinco meses más tarde, el 25 de julio de 2026, Netanyahu envió un video con un mensaje de apoyo a Flávio a la convención del PL que oficializó su candidatura a la presidencia (también contó con un mensaje de apoyo de Javier Milei). 

Como trasfondo de las declaraciones y el libro de Lottemberg está la ruptura diplomática entre Brasil e «Israel» en 2024, cuando Lula comparó la ofensiva en Gaza con el Holocausto y Netanyahu lo declaró persona non grata (Brasil no tiene embajador en “Israel” desde entonces).

Caso del Banco Master y su impacto en las elecciones   

En 2025 estalló el caso del Banco Master, el mayor fraude bancario en toda la historia de Brasil —el agujero podría sobrepasar los dos mil  200 millones de dólares y afectó a 1,6 millones de acreedores. El socio mayoritario del Banco Master: Daniel Vorcaro, fue detenido el 17 de noviembre; mas el verdadero escándalo comenzó al salir a flote la densa red de contactos que tejió entre diputados, senadores, exgobernadores, exministros y jueces del STF. “Hermano, estoy y siempre estaré contigo, no hay media conversación entre nosotros”, le escribió Flávio por WhatsApp el 16 de noviembre —un día antes de la detención (The Intercept Brasil, 13 de mayo 2026). El mensaje forma parte de un registro que indica que Vorcaro prometió conceder 24 millones de dólares a la producción de Dark Horse, filme biográfico sobre Jair Bolsonaro con rol protagónico del actor estadounidense Jim Caviezel. 

Al menos, 10,6 millones de dólares de la cifra prometida los entregó en seis transferencias bancarias entre febrero y mayo de 2025. Eduardo Bolsonaro, el hermano de Flávio que reside en Estados Unidos es el productor ejecutivo de la película y quien recibe el dinero. The Intercept Brasil comprobó que tiene rentada como vivienda una mansión en Southlake, Texas —la séptima comunidad más rica de Estados Unidos—, y aunque se investiga si empleó el dinero de Vorcaro para cubrir gastos personales, las evidencias apuntan a que varias de las partidas negociadas por Flávio fueron a parar a un fondo controlado por el círculo de Eduardo, incluido su abogado en el proceso migratorio. 

Vorcaro, no obstante, apuntó a todos lados y entre la red de funcionarios que se beneficiaron por actuar en su favor saltó el nombre de Alexandre de Moraes, el juez del STF que puso tras las rejas a Jair Bolsonaro, el látigo de los principales golpistas del 8 de enero —razón por la que su nombre se vincula al de Lula. 

El relator de la investigación: André Mendonça, pastor neopentecostal que Bolsonaro elevó al STF, ni siquiera citó a declarar a Flávio; en cambio, promovió filtraciones selectivas que alimentan la campaña contra Lula y el 1º de septiembre levantó el secreto de sumario solo en el capítulo de los nexos entre Vorcaro y Moraes. El hecho disparó la Bolsa de Valores de São Paulo hasta el 3,4 por ciento, subida poco común que expresa optimismo entre los sicarios financieros. Desde el Palacio del Planalto trascendió que el magistrado cuenta con la venia de Trump.

Moraes ripostó el 3 de septiembre con un informe de la Policía Federal que sitúa a Mendonça en una trama para contaminar la agenda preelectoral con tensiones en el STF que deriven en un clima de caos provechoso a la campaña de Flávio. 

En paralelo, ICL Notícias divulgó mensajes y audios del móvil de Vorcaro que revelan la reunión que sostuvo el 14 de marzo de 2025 con Mendonça para tratar sus “dificultades” con el Banco Central, no en la sede del STF sino en un instituto propiedad del magistrado. La coordinaron Cezinha de Madureira, diputado del PL y vicepresidente del Frente Parlamentario Evangélico; y el abogado Ciro Rocha, quien el 8 de febrero envió a Vorcaro por WahtsApp una foto en la que aparece junto a Mendonça en una unidad en São Paulo de la sastrería Vasco Vasconcelos —la más exclusiva del país—, con un audio: “¡Qué tal, Vorcarinho! Trabajando para ti. Llevé a André ahí donde Vasco, ahora, para hacerle un traje” (Motoryn, 2026). 

A solicitud de Lula, el presidente del STF, Edson Fachin, encabeza una investigación de las sospechas que recaen sobre los dos jueces; pero al girar la controversia en torno a cuestionamientos a la actuación de Mendonça, este 15 de septiembre Estados Unidos amenazó con emplear contra otros dos magistrados la Ley Magnitsky, entre cuyos mecanismos punitivos figuran restricciones sobre activos sujetos a la jurisdicción estadounidense y limitaciones para realizar determinadas operaciones financieras. 

Desafíos de Lula de caras al 4 de octubre y pronósticos

La unidad entre la izquierda y el movimiento obrero brasileños se construyó tejiendo una red capilar en fábricas, sindicatos, asociaciones vecinales, comunidades eclesiales de base y organizaciones populares y estudiantiles. La fortaleza del PT nació de su arraigo en esa lucha; pero frente a las urgencias políticas tras conquistar el Estado, perdió contacto con las masas. Ante el imperativo de preservar el poder político, devino partido electorero cada vez más dependiente de la figura de su único líder: Lula, que con 81 años no dispone de relevo. 

La pérdida de arraigo del PT se agravó cuando las nuevas tecnologías de la comunicación cambiaron las reglas de juego: el mundo laboral se fragmentó, las jornadas de trabajo son cada vez más largas y solitarias, la protección social es cada vez menor. La orfandad de los trabajadores/ras los hace vulnerables al chantaje y la experiencia colectiva es subvertida por algoritmos que los idiotizan. 

Es común el criterio de que Lula no hará nada por minar las bases del neoliberalismo, porque tiene al consumo como el motor del desarrollo social y, aunque es capaz de auscultar el latido popular, no ha promovido un proceso de transformación revolucionaria. Y toda apunta a que la clase media no lo secunda hoy con el optimismo de siempre dada su incertidumbre. 

La izquierda está dividida en tres grandes grupos: un sector sigue con lealtad acrítica a Lula y expresa rechazo visceral hacia cualquier expresión de “fuego amigo”; otro, crítico, está decepcionado con la gestión, pero tiene conciencia del momento histórico e ira a votar por él. Un tercero, del que forman parte la militancia marxista y la extrema izquierda, expresa indignación con un Gobierno plagado de tecnócratas neoliberales. Segmentos en sus filas tildan al propio Lula de “neoliberal” y “traidor”, y se declaran neutrales para los sufragios. 

Lula tiene una hoja de servicios capaz de movilizar profundos afectos. En Brasil existe la percepción de que se identifica con las aspiraciones de las grandes mayorías y trabaja en función de sus demandas. Ello le propicia respaldo popular, sobre todo entre los segmentos de ingresos más bajos; sin embargo, el trabajo informal, la precarización del transporte y la distancia a los colegios electorales, provocan que sean los de mayores dificultades para acudir a las urnas. La abstención entonces “…deja de ser solo ruido estadístico y empieza a producir efectos distributivos en la representación política” (Vasconcelos, 2026).

La oligarquía controla las cadenas de radio, las plataformas digitales y está en capacidad de manipular los circuitos de comunicación informal. Tiene dinero para comprar líderes de opinión en las redes sociales de Internet que fabrican miedo, esperanzas, resentimiento o sentido de pertenencia. Flávio dispone también de las estructuras de Inteligencia y ciberseguridad de Estados Unidos e Israel.

Las encuestas muestran un empate técnico, inédito en la carrera de Lula. El 4 de octubre casi con certeza no definirá ganador. La segunda vuelta el 25 de octubre sería el escenario base. Su resultado es más incierto que en cualquier elección anterior de Lula, quien conserva ventajas estructurales: economía, posición frente a Trump, resultados en materia de biodiversidad; pero enfrenta desgaste por la inseguridad ciudadana, la crisis en el STF, desconexión con el electorado joven y desencanto entre el sector más radical de sus bases históricas. Flávio Bolsonaro, con menos carisma que el padre y cargando el escándalo del Banco Master, se beneficia del rechazo acumulado al Gobierno, el respaldo internacional (Trump, Netanyahu y Milei) y el giro generacional hacia la derecha.

Es probable un triunfo de Lula en segunda vuelta, similar en estrechez al de 2022, apoyado en el voto anti-Bolsonaro que se activaría en el balotaje; pero un triunfo de Flávio es plausible. Es, con diferencia, la elección más incierta en Brasil desde el retorno a la democracia en los años 80.

La izquierda y el pueblo brasileños tienen ante sí a un candidato que no se esconde para decir que pondrá a la nación a los pies de Estados Unidos. Con Flávio se elevarían a diez los regímenes neofascistas o de ultraderecha en América Latina, el Cono Sur —excepto Uruguay— caería bajo la tutela de Trump y se elevarían a 19 —de 33 (57,57 por ciento)— los Gobiernos incorporados al Escudo de las Américas, instrumento de la Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos para barrer toda oposición a sus designios mediante la fuerza militar.

¿Se puede ser neutral cuando lo que está en juego es la instauración del neofascismo? “Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes” —advirtió Martí hace más de un siglo con palabras que atraviesan el presente (Martí, t. 6, 1975: 15).

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Tomado de Al Mayadeen / Foto de portada: PT.

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