El nuevo mapa del poder en Washington: elecciones 2026 y sus efectos globales
Por Raúl Antonio Capote / Foto: Internet
La ola demócrata que barrió el Congreso el pasado 3 de noviembre no solo reconfigura el tablero doméstico de Estados Unidos; también introduce un factor de incertidumbre en la política exterior de la administración Trump para sus dos últimos años de mandato.
La premisa que guiará este nuevo escenario es de una tensión institucional inédita: un presidente que conserva amplios poderes constitucionales en materia de defensa y diplomacia frente a un Legislativo decidido a utilizar su principal arma, el control del presupuesto, para marcar límites y forzar cambios de rumbo.
El impacto más inmediato y tangible se sentirá en el frente de la guerra con Irán, el conflicto, que ha sido un lastre para la popularidad del presidente, enfrenta ahora una amenaza directa de desfinanciamiento.
Con la mayoría en ambas cámaras, los demócratas tienen la capacidad de cortar los fondos para la contienda, tal como ocurrió en su momento con la Guerra de Vietnam.
Esta es una herramienta poderosa que transforma la relación de fuerzas, el presidente podrá vetar leyes, pero el Congreso puede asfixiar económicamente una guerra que ya es profundamente impopular entre el electorado.
La presión no será únicamente financiera; se esperan audiencias e investigaciones exhaustivas sobre la conducción del conflicto, lo que sin duda limitará la libertad de acción de la Casa Blanca.
En el flanco europeo, la lectura que se hace desde las capitales aliadas es de una cautela profunda. La expectativa no es un retorno a épocas pasadas, sino más bien la preparación para una posible intensificación de las tensiones.
Es una lógica perversa, un Trump debilitado en el plano interno podría buscar en el escenario internacional un terreno donde intentar demostrar que sigue teniendo el control.
Lo que también constituye un peligro para América Latina y el Caribe.
El enviado estadounidense ante la Alianza Atlántica ha afirmado que no espera cambios en la política exterior, pero en los pasillos de Bruselas y otras capitales la desconfianza persiste, y se teme que el presidente pueda ordenar nuevas reducciones de tropas o recortes de fondos para presionar a los aliados.
Por otro lado, la nueva mayoría demócrata simpatiza con la causa de Kiev y podría intentar poner sobre la mesa nuevos paquetes de ayuda militar y económica que la anterior mayoría republicana había bloqueado o condicionado.
Sin embargo, el camino no será sencillo ni rápido. Cualquier iniciativa legislativa deberá sortear el veto presidencial, y los procedimientos burocráticos pueden demorar meses.
El Congreso puede abrir una puerta a la asistencia, pero será el presidente quien, en última instancia, controle la cerradura de la puerta principal.
La competencia con China y la política hacia Rusia también adquieren un matiz diferente. Un Congreso demócrata es probable que impulse una legislación más dura y sistemática contra Pekín, especialmente en lo relativo al control de cadenas de suministro críticas.
Respecto a Moscú, se anticipa la promoción de nuevas leyes para imponer sanciones que la Casa Blanca había evitado, forzando así un endurecimiento de facto de la postura hacia el Kremlin.
En este sentido, el Legislativo no solo buscará limitar al presidente, sino también imponer su propia agenda estratégica en los puntos donde considera que el Ejecutivo ha sido demasiado blando o errático.
En definitiva, el efecto en la política exterior no será un giro copernicano.
El presidente Trump conserva la autoridad para dirigir la política exterior y comandar las fuerzas armadas, pero ya no podrá hacerlo sin el contrapeso de un Congreso que controla el dinero y tiene la voluntad política de utilizarlo como instrumento de coerción.
Será, quizás, una política exterior más negociada, más condicionada por el veto y el presupuesto, y, en última instancia, menos predecible, lo que introduce una variable adicional de inestabilidad en un orden global ya de por sí fracturado.

