Internacionales

Trump, Carney y el nuevo orden internacional

El gobierno estadounidense (lo mismo Biden que Trump) entregó armas a Israel y vetó en el Consejo de Seguridad cualquier condena a su gobierno y cada propuesta de tregua, en su decisión de exterminar al pueblo palestino. Trump fue más lejos e insinuó que una vez desaparecidos (muertos o expulsados) los gazatíes, su gobierno se haría cargo de la Franja para convertirla en una lujosa y lucrativa zona turística —el llamado Gaza Masterplan, diseñado por su yerno, la concibe como el Dubai mediterráneo, lo cual se traduce en playas y rascacielos sobre cadáveres—,  y difundió un video de IA en el que Netanyahu y él descansaban en sendas tumbonas frente al mar. Muchos, sin embargo, no se sintieron aludidos: ellos no eran palestinos, y llevarse bien con el imperio y con su guardián en el Medio Oriente era lo aconsejable, lo redituable, a pesar de que quedaban fuera del negocio. 

Cuando Trump habló de recuperar su “patio trasero” y desempolvó la Doctrina Monroe, con un Colorario que lleva su sello, y declaró sin pudor que el Canal de Panamá sería nuevamente suyo, bloqueó navalmente, bombardeó y secuestró al presidente de Venezuela porque —dijo con franqueza—, quería su petróleo y amenazó con proceder de igual manera en Cuba y Nicaragua, pero también en México, Colombia y Brasil, Europa entendió que el asunto era en realidad contra chinos y rusos que se entrometían en el área de seguridad “nacional” de los Estados Unidos y el portentoso jardín de civilidad debía abstenerse si la voracidad imperial iba dirigida hacia lo que Borrell, inspirado, llamó la selva. Pero entonces declaró que se apoderaría del vasto territorio canadiense, y de la helada y rica Groenlandia, actualmente de bandera danesa. Entonces, rieron nerviosos, pero sus sesudos analistas, incrédulos, especularon: el emperador formula amenazas absurdas, para luego negociar bajo presión resultados convenientes (tesis que el 3 de enero se hizo trizas en Caracas).
 
A estas alturas del juego, Europa había sido ya privada del gasoducto ruso que la proveía de gas barato (unos extraños buzos habían colocado potentes explosivos para que las sanciones no pudieran ser revertidas), y obligada a comprar gas licuado en los Estados Unidos, mucho más caro y contaminante, transportado desde entonces en grandes buques cisternas. Pero el hambre del emperador crecía con cada bocado humano, y sus antiguos socios se sintieron ofendidos (pero lo comentaban en voz baja, porque tampoco querían ofender) cuando este empezó literalmente, a comprar la codicia de las grandes empresas europeas con subvenciones que no todos los estados del jardín podían pagar, y estas emigraban hacia territorio estadounidense y usaba la aplicación de caprichosos aranceles para castigar o premiar a sus competidores o adversarios políticos. 

Desde los primeros meses de su segundo mandato Trump habló claro (y eso es justo reconocerlo), pero esa claridad fue cada vez mayor, de cierto modo impúdica, ajena a la larga tradición de mentiras sofisticadas que siempre enarboló el imperio para iniciar guerras de conquista o asesinar a presidentes incómodos. Los académicos temieron incluso perder sus cátedras universitarias, en parte porque eran expulsados si no respaldaban los atropellos, pero sobre todo porque ya no era necesario elaborar teorías conspirativas o deducir, con mayor o menor fortuna, el comportamiento futuro y sus razones ocultas: Trump las exponía con la sinceridad propia de los niños ricos malcriados. La advertencia de Bertold Bretch, que describía la dolosa actitud de Occidente ante la emergencia del nazi-fascismo en los años treinta del siglo pasado, había recobrado actualidad, hasta que el globo de la conveniencia explotó:

Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos (¡Dios mío, cómo es posible que los sionistas se convirtieran tan rápidamente de víctimas en victimarios, con respecto a los palestinos!), y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.

Ya el emperador había sido lo suficientemente explícito y persistente en sus reclamos, chantajes y castigos, cuando Mark J. Carney, primer ministro de Canadá, uno de los países amenazados, hombre conservador y bienpensante, pero lo suficientemente lúcido como para entender que la amenaza era real, repitió lo que ya su vecino belicoso había declarado: “Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial —expresó—, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno”. Carney utilizaba una cita de Václav Havel, el anticomunista checo, que da por buena —de la que yo discrepo, como expondré más adelante— para establecer un curioso símil: 

“Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. (…) Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas”.

Esta confesión, especialmente valiosa para los pueblos del Sur, era algo que ya sabían, que ya habían sufrido, pero que nunca había sido aceptada de manera tan diáfana por un beneficiado. Pero Carney, arrastrado irremediablemente por la cínica honestidad de Trump, daba por finalizado el viejo orden internacional (¿alguien recuerda el insistente reclamo de los países del Tercer Mundo por un Nuevo Orden Internacional más justo? De lo que ahora se trata es de todo lo contrario) e incapaz de concebir otro mundo mejor, sobre todo si es anticapitalista, sentencia: 

los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. 

¿La lógica natural? Dejemos, por el momento, esta pregunta abierta. Porque Carney reitera una verdad que debemos aprender: “ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. No lo hará”. ¿Cuál es la solución? El premier canadiense habló desde el podio de un estado de poder medio, y aunque acataba las nuevas no-reglas, su propuesta iba dirigida a otros estados como el suyo que pueden y deben construir alianzas económicas excluyentes capaces de protegerlos: “Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú” —dijo. Cada cual a lo suyo, y se salvará el que pueda. Pero el multilateralismo al que aspiramos no debiera conducir a la fragmentación y al enfrentamiento de todos los países en bloques de intereses opuestos. El autoproclamado emperador abandona todos los tratados internacionales, las convenciones de convivencia surgidas después de la Segunda Guerra Mundial, para retrotraer a la Humanidad a los años que la precedieron, e intenta fundar una organización paralela a las Naciones Unidas encargada de ejecutar su voluntad.

¿Y qué deben hacer las naciones pobres, que son la mayoría de las naciones del mundo?, ¿los pueblos colonizados y neocolonizados, expoliados por unos pocos países, por las empresas trasnacionales y por un puñado de ricos insaciables? Algunos tratan de agacharse, de acatar la supremacía imperial. Dan pena los Milei y los Noboa, serviles camareros de un banquete en el que se sirven trozos de sus propios países. No por ello están más seguros sus activos. Ernesto Che Guevara lo advirtió: “No se puede confiar en el imperialismo ni tantito así, nada”. La voz de arrancada no puede significar el inicio de una carrera en la que nada valgan la lealtad, la solidaridad, los principios morales. 

Sí, la reflexión de Carney y las acciones de Trump, traen a colación un asunto más grave. ¿Quedará la Humanidad atrapada en un círculo vicioso signado por la ley del más fuerte o podrá saltar sobre su propio eje para alcanzar cotas superiores de humanismo? El mundo justo, equitativo, solidario, donde prime la hermandad y la colaboración, ¿es una utopía?, ¿un sueño poético, carente de sustento real, que desconoce los hechos de la testaruda realidad? ¿La confrontación histórica entre quienes dedican su vida, y muchas veces la entregan, por un concepto de justicia social que no solo atañe al interior de cada país, sino a la relación entre todos los países, y quienes ejercen el poder de la fuerza (militar o económica) para imponer sus intereses particulares —la maximización de las ganancias, la conquista de mercados y territorios— de espaldas a los de otros pueblos y a los del suyo, debe ser zanjada a favor de los segundos por ley natural? ¿Acaso los revolucionarios enarbolamos un mundo bello, sustentado en la moral, pero irreal, desconocedor de las leyes objetivas, “naturales”, que proclaman el triunfo de los más fuertes sobre los más débiles, como ocurre en el reino animal? La conducta selvática, contrario a lo que piensa Borrell, la exporta “el jardín”. Se nos impone la seudociencia de la colonización, el racismo, la explotación, la xenofobia. Pero nuestro camino es otro: debemos unirnos, interrelacionar nuestras economías, complementarlas, y en caso necesario, enfrentar con valentía, hasta la muerte si fuese necesario, al opresor. Mientras el mundo no sea otro, solo así nos respetarán. Los 32 cubanos que cayeron combatiendo en Caracas son nuestro paradigma. El capitalismo, el imperialismo, el fascismo, son enemigos de la Humanidad. Recordemos nuevamente a Bertold Bretch:

El fascismo es una fase histórica en la que ha entrado el capitalismo, y por lo tanto algo nuevo y al mismo tiempo algo viejo. (…) ¿Cómo puede querer alguien decir la verdad sobre el fascismo, al que se opone, si no quiere decir nada en contra del capitalismo, que es lo que lo causa? ¿Cómo podrá hacerse practicable su verdad? 

Y regreso ahora a la idea de Václav Havel, para quien el socialismo se sostenía porque todos repetían frases en las que no creían: 

Cada mañana, este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste.

Es algo que he comprobado en décadas de debates ideológicos: todo el que deja de creer, o nunca creyó, asume que nadie lo hace —dicen, por ejemplo, que en Cuba la gente asiste obligada a las masivas concentraciones públicas de respaldo a la Revolución o de condena al imperialismo—; pero las personas no entregan su vida por algo en lo que no creen. Tanto Havel como Carney obviamente no creían, no creen (y no les interesaba ni convenía creer, escoja usted el verbo) que un orden internacional justo sea posible. No se hará solo, por supuesto, lo haremos entre todos, especialmente entre aquellos trabajadores y pueblos que menos tienen que perder. Pues sí, entonces, levantemos la bandera: ¡trabajadores, pueblos de todos los países, uníos!

Tomado de CubaSí / Foto: Anadolu via Getty Images

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