Cuba: El Pepe Alejandro de la gente

Por Liudmila Peña y Rodolfo Romero Reyes.

Esta historia comienza con una cuartilla en blanco en la redacción del diario Juventud Rebelde. Le han encargado unas líneas dedicadas al aniversario 30 del triunfo de la Revolución. Enemigo del «teque» y aliado de lo creativo, recorre los archivos en busca de inspiración. Descubre una grotesca imagen tomada en 1956 en la ciudad de Santiago de Cuba: una madre pide limosnas y, a su lado, dos pequeños duermen en la acera, semidesnudos.

Se sienta frente al papel y el periodista-papá, o quién sabe si el papá-periodista, empieza a escribir una carta para su hija. «Laura, ojalá esa niña que tanto se te asemeja durmiendo haya sobrevivido a tantas confabulaciones del desamparo». La identidad de los pequeños y de su pobre madre, asegura quien escribe, «está perdida en el tiempo, en un mar de tristezas y soledades, en un oscuro abismo de carencias». Tal vez, y lo sugiere con tristeza, ni la niña, ni su hermanito «hayan podido alcanzar el 1ro. de enero de 1959».

Casi al final de la misiva, le pide a su pequeña que nunca olvide a esos niños: «Tu risa está hecha con sus lágrimas, y de sus desnudeces el último vestido que estrenaste». Para palear la desmemoria, sentencia: «No es honorable vivir con amnesia». No obstante, le advierte: «Tampoco te acomodes sobre el pasado, ni lo esgrimas como referente para empequeñecer los errores del presente». El periodista no termina con su habitual pie de firma, en cambio, utiliza cuatro letras: Papá.

Enero, 1959. Treinta años antes de escribir la carta, él es apenas un niño. La noticia sacude a Jovellanos y a Cuba entera: el dictador Fulgencio Batista ha huido del país; se consolida el triunfo de la Revolución Cubana. ¿Y por qué precisamente tal suceso constituye un punto de giro en esta historia? Porque de no haber triunfado los barbudos, quizás su padre no hubiese sido elegido el primer alcalde de Jovellanos, ni designado dos años después por Armando Hart — entonces Ministro de Educación — como director de un preuniversitario, cuando el colegio privado donde era maestro, dueño y director fue nacionalizado; y aquel niño, que no quería estudiar en una escuela dirigida por su padre, no hubiese venido a un «pre» en La Habana; quizás tampoco hubiese matriculado Periodismo en la Universidad. Por eso volvamos a enero de 1959 para conocer cuánto de aquellos primeros años de vida sería decisivo en la formación del periodista que hoy es José Alejandro Rodríguez Martínez.

Jovellanos, Colón, La Habana, Periodismo

«Mi infancia tuvo la garantía de la prosperidad y del bienestar material. Mis padres supieron encauzarnos por una visión espiritual de las cosas. Ambos eran maestros y trabajaban en el colegio privado de Jovellanos, en Matanzas, del que mi papá era dueño y director. Personas honestas, humanistas, nos enseñaron a mí y a mis hermanos a ver más allá», dice Pepe, que era el más joven de los tres hermanos.

Su padre fue el único de aquella élite ilustrada matancera que no abandonó el país tras el triunfo. En otras palabras, se suicidó como clase: «Una vez nos dijo: Hemos descendido en la escala social, ya no vamos a vivir como antes, tenemos que descender para que la gran mayoría ascienda», recuerda Pepe, que entonces tenía 8 años. Aquella reflexión no lo alarmó, sus padres siempre le habían inculcado a «pensar en los demás, decir la verdad y compartir lo que tuviéramos».

La casa estaba dentro de la escuela, detrás del inmueble principal, al lado de un patio con árboles. Pepe recuerda el camino de baldosas, una enorme galería con cuadros de Céspedes, Agramonte, Martí… y la biblioteca.

Aquel 1ro. de enero de 1959, él tenía cinco años. Los recuerdos le llegan como flashazos: el televisor con Manolo Ortega dando la noticia; su madre con una blusa roja y una saya negra; las personas en la calle abrazándose y caminando rumbo al cuartel de la policía, del que sacarían los cuadros con la imagen del dictador para astillarlos contra el suelo; su abuelo — gallego falangista y compañero de aula en la escuela primaria, nada más y nada menos que de Franco — cerrando las puertas de su casa ante la euforia popular y maldiciendo a Fidel: «Este tío es comunista, acuérdense, es comunista».

Pepe hace un paréntesis y repara en su abuelo: «Vino huyéndole a la República Española. Tenía una actitud familiar totalitaria. Casi nunca habló conmigo. Cuando comíamos en su casa, todos usábamos vasos pequeños y él uno más grande, lleno de jugo de naranja. Trabajaba en el central España, por allá por Perico, era maestro de azúcar. Muy reaccionario y racista. Murió en 1964. Mi mamá, por el contrario, era revolucionaria. Aquello fue una contradicción insalvable».

«Eran años de mucha efervescencia. Veníamos a La Habana a todas las movilizaciones. Recuerdo aquel 22 de diciembre de 1961 en que me perdí entre la multitud y pasaron horas hasta que me llevaron a donde estaba mi mamá. Aquellos lápices de cartón inmensos eran un sueño para mí», confiesa y, en el momento en que la voz se le entrecorta, adivinamos que florecen otras muchas emociones.

Después de la nacionalización de la enseñanza, al padre de Pepe lo nombran director de un antiguo colegio religioso que había en Colón y que llevaba por nombre Padre Varela; la familia se muda a una nueva vivienda que, al igual que la anterior, estaba dentro del centro docente.

Estudió la secundaria en Colón y el preuniversitario en el reparto capitalino Siboney, en la antes Ruston Academy, rebautizada Carlos Marx (hoy preuniversitario Hermanos Martínez Tamayo). «No quería estudiar en un pre en el que mi papá fuese el director». Inadaptado a una disciplina cuasimilitar estuvo ocho meses sin salir de pase por lo interminable de su hoja de reportes. «No sabía ni marchar», nos dice y se pone de pie, imitando la manera de caminar en las «cortes» que se hacían en esas escuelas.

Allí estudiaban muchachos de todo el país. «Algunos nunca antes habían estado en La Habana; yo sí — recuerda él — . Mi mamá nos traía una vez al mes a comprar ropas en la tienda El Encanto. Quería estudiar Psicología, porque la conducta humana siempre me ha cautivado. La idea del periodismo también rondaba, sentía necesidad de comunicarme con los demás. Leía mucho, había escrito algunos poemas, y quería perfeccionar mi manera de redactar».

Con 16 años empezó a estudiar Periodismo en la actual Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Matriculó junto a Senel Paz, Susana Tesoro, Eliseo Alberto, pero solo los acompañaría ese primer curso, pues suspendió Gramática e Historia de la Filosofía. Durante toda la carrera estuvo becado en el piso 14 de F y 3ra., por decisión propia, pues sus padres se habían mudado en 1970 para el capitalino reparto Camilo Cienfuegos, al este de La Habana.

«Dos de aquellos profesores, tuvieron mucho que ver en mi vocación Miriam Rodríguez Betancourt y Eduardo Heras León. Ella sacrificó su talento por dar clases, por enseñarnos, es una gran periodista — afirma — . Él, con su asignatura Redacción y técnica periodística, nos hizo amar la crónica como género periodístico. Por eso, cuando se produce la conjura contra Heras por el libro Los pasos en la hierba (Casa de las Américas, 1970), no estuve de acuerdo con que los estudiantes le hiciéramos un mitin de repudio, ni yo ni Manuel González Bello. Recuerdo que les dije: la vida dirá si ese libro es contrarrevolucionario o no, pero mi profesor Eduardo, ese que, cuando nos enseñó la crónica, nos leía a Pablo de la Torriente Brau, a Rubén Martínez Villena, y se le humedecían los ojos, ese no puede ser un contrarrevolucionario».

Después de aquello, y aunque siempre fue un buen alumno, cuenta que lo llevaron muy recio los que estaban a cargo de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC): «Imagínense que yo vine a ser militante del Partido en agosto de 1994. Lo común era que nadie pensara en mí para la militancia porque, supuestamente, tenía problemas político-ideológicos».

Entre la radio y la tinta impresa

«El periodismo impreso es el testigo de tu excelencia o de tu mediocridad, porque queda ahí para toda la vida. La radio y la televisión tienen otros ornamentos que te visten: la imagen, los efectos sonoros, pero en la prensa escrita te desnudas ante los lectores», afirma alguien que, aunque se ha entregado en cuerpo y alma a las letras, tiene también sus deudas con el mundo de los sonidos.

Recién graduado, con apenas 21 años, lo enviaron a Radio Cadena Agramonte, en Camagüey, para cumplir con su servicio social. «Quien decidió las ubicaciones pretendió ponernos a madurar políticamente a algunos que “necesitábamos” chocar con la realidad — cuenta Pepe — . A Manuel González, Mirella Santana y Alina Martínez los mandaron para la Isla de la Juventud; a mí, para Camagüey; y a muchos de otras provincias, que ni siquiera tenían casa en La Habana, los ubicaron aquí, en los medios nacionales».

Aquellos dos años fueron para Pepe un entrenamiento insoslayable:

«Llegué a una emisora muy profesional. Allí aprendí el deber y la consagración, la disciplina, el método, el sentido de la oportunidad. Me atrapó el duende de la radio, ese “sonido para ver” que inmortalizó César Arredondo. Hice muy buenas migas con mis compañeros, la mayoría de ellos procedían de curso de trabajadores y estaban estudiando la carrera en la Universidad de Oriente».
Con una grabadora de cinta que se colgaba del cuello, cubrió informaciones, hizo reportajes… Prefería ambientar sus trabajos con efectos naturales, de ahí que grabara el sonido de los remos o el ajetreo de los pescadores en el momento de la captura, cuando reportaba, por ejemplo, desde una presa de agua dulce.

«Me puso los pies en la tierra. Creo que lo mejor que le puede suceder a un recién graduado es ir a hacer periodismo a una provincia que no es la suya para conocer el país en sus diversas dimensiones — analiza, con la autoridad que le brinda su experiencia — . Los que vivíamos en La Habana teníamos expectativas demasiadas metropolitanas y citadinas. A mí, en lo personal, me gustó mucho Camagüey, es una ciudad encantadora; y la radio me gustó muchísimo, pero yo sabía que terminaba en la prensa escrita».

Las evaluaciones coincidían en que tenía habilidades para el periodismo impreso. Así que, de regreso a La Habana, en octubre de 1976, lo ubican en el periódico Trabajadores.

«Cuando llegué era prácticamente una publicación interna de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), y cuando me fui ya se había convertido en un diario de alcance nacional. Salía una vez por semana y casi toda la tirada se distribuía en los centros de trabajo. Me ubicaron en el equipo de Internacionales, creo que fue un error: no es una temática para principiantes. Soy del criterio que uno tiene que empezar haciendo notas informativas, no comentarios ni artículos en profundidad. Ahí estuve dos años, hasta que solicité el cambio para Nacionales, para poder hacer reporterismo».

Ya desde entonces, el joven periodista le concedía mucha importancia a los títulos. «Guatemala: más botas que votos», adelanta el contexto de un proceso electoral mediado por el militarismo. «Gracias al título y a las primeras líneas logras el enganche, algo vital para que la gente te siga leyendo y no cambie a otra página — explica — . El señuelo es lo más difícil, como lo es mantenerse; el final, por supuesto, también es importante».

Trabajadores le dio la posibilidad de moverse por todo el país, de conocerlo en sus complejidades:

«Era un medio de prensa con mucha devoción por la gente común. Eso me enseñó que el periodista no es nada, solo un vector, un transmisor. Si uno logra transmitir la realidad de otros, con autenticidad, con gracia, ya tiene motivos para sentirse feliz. No se necesitan ni los aplausos, ni los premios. También era una redacción muy cálida, en la que encontré a personas que influyeron mucho en mí, como Luis Sexto, un hombre que miraba más allá, que trabajaba el colorido de las palabras; que, si iba a hacer una entrevista a un héroe del trabajo, buscaba su veta humana. Me fui alineando hacia ese periodismo que trata con devoción a la gente sencilla, a la gente común, que son, en definitiva, quienes sostienen este país».

El periódico fue, usando sus propias palabras, una rampa de lanzamiento. Diez años en los que, por fortuna, no tuvo que hacer «ese periodismo aburrido de actas o de oficinas». Confiesa que no le interesaba el movimiento sindical, ni su dirección, sino las vivencias y los conflictos de los trabajadores. «Yo tenía de paradigma a Lázaro Peña, a quien todavía no se le ha hecho la justicia que se le debe hacer».

Pepe también empezó a desarrollar lo que él llama su arsenal expresivo, que era «muy elemental por aquella época», nos dice: «Uno va cogiendo, con los años, la capacidad de sugerir, en vez de evidenciar».

Después de una década allí, su sueño era ir a Juventud Rebelde. «Tenía una gracia, un misterio. Era el más cercano a la huella personal de los periodistas. No reflejaba tanto lo que sucedía, sino cómo sucedía. Recuerdo que cuando Magali García Moré dejó de ser la directora de Trabajadores, uno de los cuadros que asumió un día vino de una reunión y dijo delante de todo el colectivo: “Aquí necesitamos personas que cojan la seña rápido, no queremos a cuarenta José Alejandro Rodríguez”». Pepe se puso de pie y respondió: «No le permito que me coja a mí de material de estudio». Salió de aquella reunión y al otro día solicitó su baja del periódico.

El sueño de Juventud

Su primera cobertura en Juventud Rebelde se la encargó Ricardo Sáenz. «Mira, allá abajo — en las inmediaciones del Capitolio, pues el rotativo radicaba en las oficinas del extinto Diario de la Marina — hay unas personas quejándose de que hace dos días un remolcador del puerto se está hundiendo en la bahía y nadie hace nada. Vete con un fotógrafo, con Batista, y haz una nota para la primera plana».

Esa misma tarde (el periódico era vespertino) aparecería el texto en la portada del diario. Octubre de 1986. Comenzaba una nueva década de trabajo en la hoja de ruta de Pepe Alejandro.

«Fueron los años del proceso de rectificación de errores, la caída del Muro de Berlín, el Periodo Especial. En el periódico — bajo la batuta de Jacinto Granda, primero, y de José Ramón Vidal, después — eran los tiempos del periodismo literario de Leonardo Padura, Ángel Tomás y Emilio Surí. Nosotros, los de Nacionales, producíamos los contenidos de la semana, para que ellos hicieran los del domingo. Pero yo, muy gustoso, porque las cosas que publicaban eran memorables».

Por aquellos tiempos, la Agencia Rusa de Información Nóvosti tenía un convenio con la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC): ellos enviaban a Cuba a uno de sus periodistas, con un programa para hacer reportajes, y la UPEC hacía lo mismo, a la inversa. Pepe fue el último de los cubanos en participar de ese intercambio. Llegó poco antes de que aquello se desmoronara. «El pato Donald camina por Moscú», fue uno de los títulos que nació de aquella experiencia. También visitó, en la Siberia, a un contingente de cubanos que cortaba leña, pero lo que más le impactó fueron los cambios: «La frivolidad se abría paso en aquella ciudad».

Durante el Periodo Especial en Cuba — consecuencia directa de la desaparición del campo socialista y la desintegración de la URSS — muchas revistas dejaron de salir ante la ausencia de papel; la movilidad de los periodistas se vio reducida por las carencias de combustible. El periodismo también debió reinventarse.

«Juventud Rebelde se vio obligado a editarse una vez por semana — precisa — . Hicimos un espacio radial que se llamó “Rebelde en Rebelde”, con Magda Resik como conductora. Era una revista matutina de dos horas que reforzaba lo que salía en el periódico. Veníamos con una tradición, que no la tenían ni Granma, ni Trabajadores: los espacios de opinión».

En medio de aquella precaria situación existían fuertes diferencias. Pepe recuerda la vez que debió cubrir la inauguración de una de las primeras Ferias de La Habana en Expocuba: «Las marcas, como la SONY, el brillo de los decorados, la elegancia de los nuevos empresarios cubanos, contrastaban muy fuerte con mi Alamar, con la miseria, con las personas apretadas en las guaguas».

Según Pepe Alejandro, la prensa reflejó más o menos esa situación, aunque quizás no en toda su dimensión. Así resume su vivencia:

«Apagones de 8 horas. No tenía ropas que ponerme. Un solo par de zapatos, con un hueco que, cuando llovía, se me llenaban los pies de agua. El hambre. Mi hija estaba en la Lenin y nosotros no nos comíamos los panes que nos correspondían en la bodega; guardábamos ese pan diario, el de mi mujer, el de mi hija y el mío, toda la semana, y hacíamos tostadas para que se las llevara para la escuela, porque permanecía becada por casi 15 días. Allá, en su escuela, no se iba la corriente y, al menos, tenía garantizada la comida, mala, pero tenía».

Pepe no dejó de hacer ese periodismo crítico y honesto que siempre defendió. Algún que otro texto levantó polémicas que vinieron acompañadas lo mismo de un regaño a su directora, Arleen Rodríguez Derivet, por determinado funcionario del Partido, o de una carta personal y privada de otro dirigente, comentándole, en un tono amigable, los desacuerdos con lo publicado. Sin embargo, su salida de Juventud Rebelde no estuvo relacionada con acontecimientos como esos.

«Se creó una crisis generacional en el periódico. La gente más vieja se empezó a resentir. Los jóvenes no estaban contentos. Yo dirigía la delegación de la UPEC en Juventud Rebelde, todos venían a verme, el clima ya no era el mismo que cuando llegué, diez años antes. Me senté con Arleen y le dije que me iría para Bohemia; me acuerdo que ella escribió la crónica “Cuando un amigo se va”», nos dice sin ambages, y acto seguido argumenta los atractivos de su nuevo destino: «Era una redacción más reposada. Allí estaban grandes colegas: Mirta Rodríguez Calderón, Luis Sexto, Ariel Terrero, Elsa Claro».

«El loco más noble», reportaje sobre los últimos días de El Caballero de París; «La soledad de la otra Isla», de sus días en la Isla de Pinos donde, entre otras vivencias, permaneció cinco horas encima de un bote en medio de un pantano, durante una cacería de cocodrilos; sus recuerdos de aquel 1ro. de enero en Jovellanos; el gran reportaje de cuando cerraron las Minas de Matahambre, entre otros, engrosan las páginas que escribiría para Bohemia durante cuatro años.

«La Mina era incosteable. Me aparecí a hacer el reportaje, con toda intención, de aquel momento telúrico para esa comunidad. Estuve tres días allí. Me reuní con los mineros, hombres rudos, toscos, que lloraban ante el inminente cierre. Aquel reportaje reflejaba la desaparición del sentido de una colectividad», nos cuenta en garcíamarquiano relato, que incluye la tradición implantada por Fidel de que cada minero, luego de trabajar expuesto a alta dosis de calor, tuviese derecho, al subir, a una jarra de cerveza diaria; o la bronca tumultuaria que se originó durante una de sus entrevistas y que terminó con el arresto de varios de los implicados y, además, del fotógrafo y del periodista, que habían intentado separar la trifulca.

Aunque evoca aquellos años como algo placentero, destaca que Bohemia fue muy afectada por el recorte de la prensa: disminuyeron sus páginas, la cantidad de ejemplares. Sentía que ahora lo leían menos personas. Por eso aceptó la propuesta que le hizo Rogelio Polanco, entonces director de Juventud Rebelde, de crear la sección Acuse de Recibo. «La idea era que lo hiciera como una colaboración manteniendo mi plaza en Bohemia. Sería un espacio para las cartas de los lectores, pero en el que el periodista se implicaría en la historia; compartiría algunas frases textuales de la carta, pero también ayudaría a encauzar el problema».

Acuse de Recibo marcó una pauta en el periódico. Al principio salía dos veces por semana, luego se convirtió en una sección diaria. El impacto en los lectores se tradujo en una avalancha de misivas y llamadas telefónicas, que llevaron a Pepe de regreso a la redacción de la cual emocionalmente nunca se había marchado.

Otra vez en casa, Polanco puso las reglas del juego, siempre en función de una óptima práctica periodística: «Quien te cite porque ha sido emplazado en una de las cartas tiene que venir aquí a reunirse contigo y conmigo. Publicamos sin pedirle permiso a nadie, bajo el principio de confiar en lo que nos escriben los ciudadanos; si un día nos mienten o nos engañan, será explicado cuando publiquemos las respuestas». La sección sería un puente entre los ciudadanos y la institucionalidad.

Al principio los funcionarios, las instituciones, no estaban preparados para asumir algo así. Empezaron las llamadas, las iras, las molestias. Más de uno lo acusó de «hacerle el juego al enemigo». Cuenta Pepe que Polanco supo hacer de cada reunión una escuela.

«Si todavía estoy aquí es, en gran medida, porque tuve a un director que defendió mi trabajo a capa y espada — reconoce — . Con esa sección él subió la parada de la retroalimentación en la prensa cubana. Guillermo Cabrera también lo hacía, le daban la posibilidad de hacerlo, pero una o dos veces al mes. Y esta sección era diaria, ya lleva 23 años».

En más de dos décadas sobran las anécdotas. Desde discusiones enconadas con finales felices, hasta la historia de aquel recluso de Camagüey que, gracias a una carta publicada en el diario, recibió disímiles consejos y muestras de apoyo que le permitieron, ocho años después, reinsertarse en la sociedad de una manera más satisfactoria.

«La premisa esencial ha sido la constancia y la ética. No podía coger la sección para beneficios personales. Y oportunidades tuve, lo mismo vi llegar a una persona con un billete de 20 cuc en la mano para que yo le publicara una carta, o a un hombre traer en un tren un racimo de plátanos. Una vez publicamos una carta de una persona de la que, al parecer, no se tenía un buen criterio por su ideología; pero la defendimos como a cualquiera: yo no busco en la base de datos del DTI para saber quién me escribe la carta. Para mí los remitentes son cubanos, piensen como piensen».

El hombre de las mil anécdotas

Pepe Alejandro no solo es el periodista de Juventud Rebelde. Para la gente es también el de Acuse de Recibo, el de Papelitos hablan, y el de En buen cubano (programa de Cubavisión Internacional); todos, espacios que hablan de los problemas del pueblo, y en el lenguaje del pueblo.

En muy pocas ocasiones, también ha sido «el profe». Fue en la época en la que Magali García era la decana de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Ante un claustro prominentemente académico, con escaso ejercicio periodístico, trajo a un grupo de experimentados a dar las clases. «Entre ellos estábamos Juana Carrasco y yo, que impartíamos género de opinión. Di dos cursos. Debo decir que mis clases eran muy heterodoxas, extrañas. Incluso, años después, cuando Guillermo Cabrera me envía a Bolivia a impartir un diplomado junto a Ana Teresa Badía pasé tremendo aprieto. Ella llevaba su programa escrito, como corresponde, y yo…, yo solo sabía que debía hablar de los géneros periodísticos. Recuerdo que me inventé un personaje y les dije a los estudiantes: “Soy Gabo, he llegado a Sucre para dar una conferencia, pero antes les permitiré hacerme las preguntas que deseen”. Empezó aquello. Algunas preguntas fueron pésimas, y otras muy buenas. De cada una les fui desmontando elementos y fue así que impartimos la clase de la entrevista».

Con el Comandante Fidel también tuvo sus anécdotas. La más conocida quizás fue aquella en la que, delante de todo el gremio, le solicitó entrevistarlo, alegando que el líder de la Revolución le había concedido importantes entrevistas a personalidades internacionales, pero nunca a un periodista cubano. «Tenía pensada 70 preguntas — dice — . Me había preparado. Lamentablemente nunca ocurrió. Después de aquel pleno de la UPEC, cada vez que nos encontrábamos, me decía: “Oye, ¡qué mal he quedado contigo!”».

Conserva, también, recuerdos más privados, como aquella vez que, ante un artículo suyo publicado en Juventud Rebelde, Fidel indicó a uno de sus colaboradores que, con mucha cautela y cuidado, lo llamaran para compartirle algunos criterios del texto con los que él discordaba:

«Fue la época de los contingentes de la construcción. Escribí sobre uno que trabajaba en Las Tunas; una especie de tropa élite; como el ideal socialista: horas y horas, con todas las cosas garantizadas. Fui un tanto crítico con aquella iniciativa. Luego supe que había sido una idea de él. En aquel encuentro me trasladaron un grupo de informaciones sobre el tema. Me trataron con una delicadeza que lo único que pude hacer fue agradecerles las maneras, pero insistir en que lo que estaba escrito allí era lo que yo pensaba. Les hablé con transparencia: “No sería sincero si les digo: es verdad, tienen la razón, o me retractara de lo que escribí. Ustedes le dicen a Fidel que yo escribí eso porque es lo que pienso. Claro, que tendré en cuenta sus criterios, pero no puedo cambiar de ahora para ahorita lo que pienso”. Ellos quedaron en transmitirle mi mensaje a Fidel e insistieron que no había ningún problema».
También tiene un suceso inédito que algún día, nos dice, debería escribir. Fue durante un recorrido de Fidel por los Campamentos Agrícolas durante los momentos más difíciles del Periodo Especial, en los que el imperativo era producir alimentos como una vía para sobrevivir. Pepe y el fotógrafo Ángel González Baldrich fueron los únicos acreditados para el recorrido. El Comandante iba acompañado por un funcionario de Naciones Unidas.

«Imagínense que Fidel desvía la caravana para visitar la casa de un campesino. A diferencia de la gran euforia con que el Comandante era recibido en los Campamentos Agrícolas, aquella familia lo recibió con indiferencia, ni siquiera con sorpresa», relata Pepe y repite de memoria aquel diálogo como si no hubieran pasado ya más de 25 años.

— Buenas por aquí.

— Buenas.

— Viejo, ¿cómo anda la cosa?

— Muy jodío, Fidel — dijo el campesino, para sorpresa del visitante extranjero, que entendía el español, pues era de origen latinoamericano — . Nací aquí, todo lo que tengo y lo que usted ve aquí ha sido fruto de mi esfuerzo, y todavía no tengo luz eléctrica. Yo quisiera que aunque sea me pongan la luz para que, el día que me muera, me puedan velar con un bombillo encima.

— Yo no te puedo engañar y decirte demagógicamente que te van a poner la electricidad. ¿Nunca te han dado la posibilidad de mudarte para una comunidad rural? Allí estarías junto a otros campesinos y en mejores condiciones, con corriente eléctrica. Mantienes tus tierras aquí, pero vives en la comunidad.

— Aquí nací, aquí vivieron mis padres y aquí me voy a morir.

La señora preparó un poquito de café, bajo la mirada siempre supervisora de un escolta. Fidel tomó un sorbo y siguió conversando con el renuente viejo. Al final, luego de indagar en qué trabajaban sus hijos, y en lo descuidadas que estaban las tierras, concluyó que por eso eran importantes los Campamentos Agrícolas.

— Nadie quiere trabajar la tierra, mi viejo. Y hace falta comida. Por eso son estas movilizaciones — le explicó Fidel, pero el viejo siguió sin dar su brazo a torcer.

«Después supimos que aquella familia, que vivía en aquella casita de madera digna al final de la guardarraya, no estaban tan integrados a la Revolución — recuerda Pepe — . Por eso aquella escena fue tan insólita, pero yo, como periodista, vi lo positivo de aquel encuentro, tan distinto a los tradicionales y alegres recibimientos que le daban a Fidel en cualquier lugar que llegaba. Aquel viejo campesino le estaba hablando al presidente de un país, como si se conocieran de toda la vida. Era una escena democrática, fuera de cualquier guion; aquel campesino le estaba diciendo lo que pensaba, incluso, contradiciendo lo que decía Fidel».

Antes de irse, el Comandante insistió:

— No me gusta prometer lo que no puedo cumplir. Si algún día quieres acercarte a una de las comunidades campesinas que tiene corriente eléctrica, tendrás esa oportunidad.

«Cuando llegamos a Melena una mujer le dijo: “Tienes que ir a mi casa, Fidel”; y él le contestó que no tenían mucho tiempo. Aquella señora lo cogió del brazo y lo llevó hasta su casa para que entrara y viera la vivienda que le habían construido. Y lo hizo sentarse en su cama para que comprobara la calidad del colchón que le habían entregado. Fidel se tiró en la cama, de espaldas, con los pies hacia arriba, como hacen los niños chiquitos cuando les gusta un colchón». Y Pepe entra al cuarto, y se deja caer sobre el colchón, y pone los pies para arriba, recreando lo que aquel día hizo Fidel.

Pepe también «atesora» los dislates más grandes del gremio periodístico cubano. No solo rompió con el codo una milenaria taza de té de la dinastía Ming cuando acompañaba a una delegación de la UJC en visita oficial a China; años después caería al río Aranjuez, abrazado a una estatua, mientras posaba para una fotografía, hecho que incluso fue titular en El País, el 16 de enero de 1995.

¿Y las broncas? Pocas, pero intensas. Una vez, desde el Departamento Ideológico, le «tiraron los tanques» por su ponencia «Una pelea cubana contra los demonios de la información secuestrada», en un festival de la prensa escrita.

«Una cosa es lo que uno escribe para un evento, y otra para publicar. Como era una ponencia, utilicé términos como «mesaredondización» y «granmatitis», para referirme a cómo ambos medios eran privilegiados por el poder, a la hora de recibir determinada información, que no llegaba al resto de los medios cubanos. La ponencia defendía el derecho humano a la información. Pero luego la subieron a Internet, la replicó el Nuevo Herald, y me citaron a una reunión». De aquel acalorado encuentro, que ahora nos cuenta en voz baja, recuerda haber esgrimido: «¡Yo no soy revolucionario ni por ventajismos, ni por conveniencia!».

La anécdota nos sirve de pretexto para dialogar sobre esas personas que se atribuyen el derecho de decir quién o qué es revolucionario. Para ellos, trae a colación la frase que le dijera José María Vitier a Amaury Pérez durante una entrevista: «La Revolución es una cosa y la institucionalidad es otra». También rememora a Fidel: «Hemos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos». Y, por supuesto, le pone su impronta: «La Revolución es un estado de gracia, que yo llevo dentro y que no me lo puedo arrancar. Por eso nunca me he callado la boca, porque yo soy la Revolución también».

Casi al final, menciona a aquel niño de 12 años que, antes de morir trágicamente ahogado en una poceta, durante su primer día en la escuela al campo le enseñó a amarrar su hamaca. «Aquel gesto… su última acción… por eso hay que hacer siempre el bien y ser agradecidos… es la vida… algo místico… celestial tal vez», y detiene la voz, porque siente que el corazón le late con fuerza.

Después de una breve pausa, creemos que ya es momento de ir poniendo punto final a una larga conversación de más de tres horas — con almuerzo incluido, porque Mercy, la esposa de Pepe, la madre de Laura, la estudiante de Artes y Letras que lo acompaña desde aquellos años imberbes de la beca de F y 3ra., insistió.

Nos permitimos unas últimas brevísimas preguntas.

— ¿Cuál es tu género periodístico por excelencia?

— Me gusta el columnismo, los comentarios, las entrevistas de personalidad, pero mi género preferido es la crónica. Es el género que más he disfrutado. Quisiera reunir varias de ellas en un libro. Dice un amigo que debería llevar por título Cuba de La Caridad.

— ¿Podrías mencionar dos debilidades del periodismo cubano en las últimas décadas?

— Muchas veces soslaya la diversidad. Abusa del monolitismo, de la propaganda y del triunfalismo.

— ¿Y dos fortalezas?

— La más importante: es un periodismo revolucionario, que ha sabido desentenderse de las peores tendencias de la actualidad: la perversidad, la alevosía, la patraña. El periodismo cubano, en sentido general, no miente; así que una segunda fortaleza es su ética.

— Si pudieras escoger tu legado, cuál sería: ¿La familia? ¿El calor y la fe del pueblo? ¿Tus crónicas?

— No aspiro a tanto. Lo que más me interesa es que me recuerden como una buena persona.

*Esta entrevista forma parte de un libro en proceso de edición con la editorial Ocean Sur.

Tomado de Alma Mater / Foto de portada: Cortesía del entrevistado.

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