Cuba: Buen talento y corazón

Por Dailenis Guerra Pérez/ Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

Amaneció 4 de abril y diminutos corazones se dan a la fuga. Parece que hay fuego en  el panal. Hay abejitas que corren a salvar vestuarios, maquillaje y guiones importantes. Un rey casi desquiciado, que pierde el juicio instantes antes de que abra el telón, intenta dar ánimos y calmar otros nervios.

La función va a comenzar. El cine – teatro está lleno. Han venido muchos  insectos del bosque a ver la puesta en escena. Nadie sabe qué pieza es. Uniformes tricolores se amontonan en los pocos espacios que quedan libres. Ya se encienden las luces. El pecho se oprime. Hay silencio aterrador. Se da la orden y  el telón comienza a subir.

Es del Apóstol la obra escogida para celebrar el 61 Aniversario de la Organización de Pioneros José Martí y el 60 de la Unión de Jóvenes Comunistas. Meñique propició  risas, aplausos, música y alegría. Se sintió también algún que otro llanto de una madre orgullosa. Termina el espectáculo: aplausos, vítores, flores, pañoletas al aire. Salen las abejitas tomadas de las manos, el director al fondo recupera el juicio,  se desplaza lentamente por el espacio vacío el telón. Se apagan las luces.

Para tener talento, hay que tener buen corazón

No es La Colmenita de Tin Cremata, pero aman el arte con similar  pasión. Este proyecto, único en Las Tunas, surgió como sueño de madrugada,  se arropó con otras utopías y permaneció latente. Aprendió a sobrevivir de la música y la palabra, a combatir el tiempo.

 Fue de la mano del Ministerio de Educación del municipio Jobabo que aprendió a caminar. Y allí, en la mente de un instructor de arte creció. Logró materializarse e incluyó más de 20 escuelas del territorio.  La tarea no fue sencilla, había que lograr integrar a varios niños. Se reunieron muchas veces, venían e iban papeles, se convocó a artistas, instructores, pedagogos y padres, ¡al propio Cremata!; hasta que llegó el acuerdo.

El objetivo sería crear una compañía infantil capaz de no solo enseñar arte, sino inculcarles a las niñas y niños valores y principios, educarlos en el amor a la Patria y a la cultura, a la familia, la Revolución; pero principalmente predicar la extensa obra martiana y fidelista. Estaba dicho y casi hecho.

Al inicio La Colmenita tenía como  propósito  el trabajo comunitario.  Luego se extendió a niños con discapacidad, síndrome de Down, con dificultades en el aprendizaje, problemas en el entorno familiar y social; para lograr en ellos una transformación y ayudarlos a resolver situaciones diversas.

Alrededor de 20 centros educacionales del municipio integran el proyecto entre el poblado urbano y rural. Desde pequeños del Programa «Educa a tu Hijo», hasta los adolescentes de las secundarias básicas, son 156 los niños y niñas que conforman el panal. Hay diez intructores que imparten talleres de las diversas especialidades: música, teatro, danza y temas martianos. Recién se ha incluido  una psicopedagoga y al historiador de la ciudad, porque no se puede hacer arte sin conocer la raíz que se pisa. 

Con 5 años de fundada, incluyen en su repertorio  8 obras bien montadas, de ellas 2 pertenecen al Apóstol. El mítico Meñique y Para mi amigo sincero, una  adaptación del poema Cultivo una Rosa Blanca, donde las abejas  distinguen el valor de la amistad.

Para el director del proyecto, Freddy Hechavarría, Martí y Fidel son las manos que los sostienen. «Podemos montar varios espectáculos, pero siempre trabajamos los textos martianos. Cada lectura es un exponente a seguir por los valores que inculca a los niños en su sagrada prosa, por lo que representa su autor, por el mensaje alentador de que mañana podemos ser mejores».

En el árbol todos aman la colmena. Con ese corazón sin muros, han recorrido otros parajes de la isla para mostrar su talento. Han sido reconocidos en Santi Spíritus, Holguín, Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo. A cada lugar que llegan dejan un mar de emociones. Luego de la función,  siempre hay oportunidad para el intercambio, estrechar manos y fundirse en abrazos. También para tomar fotos, conocer la historia local y la diversión.   Porque «son niños y niñas de alma noble, con ganas de saberlo todo, que preguntan todo», dice el director.

Por eso al proyecto no puede faltarle la familia. Va ahí, en la retaguardia, sostiene la casa, salva a la Compañía de tropiezos y derrama en lágrimas todo el orgullo. «Sin la familia La Colmenita no se hubiese materializado. Se ha convertido en ese núcleo que nos apoya y nos sigue. Son los padres, abuelos y otros miembros quienes han confeccionado sus vestuarios, colaboran en todo lo que se les pide, ayudan en la confección de materiales útiles e instrumentos. Los arrastramos a los viajes; están siempre.  Creo que ese es otro logro que hemos tenido nosotros. Indiscutiblemente el principal apoyo ha sido el de la familia«, manifiesta Hechavarría.

Utopías

Hay ensueños que ahora se arropan en la mente de ese instructor de arte. Quiere buscar la melodía del silencio y extirpar  lo dulce a lo amargo; quiere crecer.

«Cada día es una meta dentro de la colmena: desde la logística hasta lograr que los niños evolucionen a través de la compañía para que tengan una plena convivencia y una mejor forma de ser. Tenemos muchos sueños, el inmediato es hacer una gira nacional, sería el logro más importante del proyecto».

«Anhelamos tener nuestra propia sede en el municipio para proteger nuestros recursos, ensayar, impartir talleres. Allí podremos ofrecer al pueblo puestas en escena los fines de semana y lograr una atención diferenciada a los niños en dependencia de sus catacterísticas. Sería placentero y reconfortante».

«Todavía no me siento satisfecho, pero estoy feliz por materializar el proyecto que alguna vez fue sueño. Hoy es realidad, pero hay que ser  inconformes para superarnos. En lo personal me queda mucho. Quiero ver a mis niños en el futuro y decir que esos hombres y mujeres de bien, dotados de amor por la Patria y la familia, fueron forjados también en La Colmenita».

Milito en el bando de los impacientes

Con 34 años de edad, 17 dedicados a su profesión, Freddy Hechavarría Tamayo, milita en el bando de los impacientes, de los que como Fidel andan apurados, de los que siempre presionan para que las cosas se hagan y de los que muchas veces tratan de hacer más de lo que se puede. Tal vez le nació allí, cerquita del Comandante, en la segunda graduación de la escuela de Instructores de Arte,  en la capitalina Ciudad Deportiva.

Fue en la Rita Longa, de Las Tunas, donde estudió la especialidad de música. Sabía que no llegaría a ser un profesional del arte, pero decidió expandir la cultura.

«Soy de los que permanecen en la especialidad porque me gusta lo que hago, el trabajo con los niños y las niñas. Siempre pensé en dar lo mejor de mí, inculcarles lo que aprendí en la academia y hoy  me siento satisfecho y orgulloso.  Creo que he cumplido con mi Comandante cuando nos creó con el objetivo de que Cuba fuera uno de los países más cultos del mundo. Siento que desde esta profesión cedo mis experiencias, mis energías e ingenio para crear valores».

«Con La Colmenita me siento orgulloso de  ser un verdadero instructor de arte: consagrado, enamorado de mi trabajo, abnegado. No hay nada que me pidan que no haga, incluso pongo más de mi empeño por tal de que mis abejitas y familia no se desmotiven».

«No estoy conforme. Cocino muchos proyectos  que surgen de la propia colmena. Quiero estudiar, seguir perfeccionando y adquiriendo conocimientos mediante la maestría. Mi mayor sueño es materializar  un proyecto que masifique la cultura en niños y niñas del territorio, por eso  digo que no estoy satisfecho».

«Estoy orgulloso, satisfecho nunca. Siempre hay algo que crear, que modificar y moldear. Es una meta compleja. Entran, salen niños y tienes que estar ahí enseñándole todo de nuevo. Es sacrificado pero reconfortante».

«Siempre habrá trabajo, pero valoro el empeño de mis pequeños, de los logros batallados, del pueblo que reconoce nuestro esfuerzo. Siento orgullo también de mi familia, que es paciente, comprensiva y mi sostén. Ella, que me ha permitido en muchas ocasiones estar ausente, porque se necesita mucho tiempo para prepararnos. El éxito de la colmena no ha sido hacerla, sino mantenerla. Ser perseverantes y sacrificados, como lo son  las niñas, niños,  profesores y familia; que incluso dedican su tiempo de descanso al proyecto. Ha sido sobreponernos a obstáculos, a la pandemia y al tiempo».

La Colmenita de Jobabo es la encarnación del bien, el ímpetu hecho miel.  Es la inocencia temprana, que hoy, día de fiesta  para niñas, niños y jóvenes cubanos,  augura un mejor futuro, donde prime el talento y buen corazón.

Fotos: Cortesía del entrevistado.

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