«Por esta Revolución, todo»

Por Dailenis Guerra Pérez* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano .

Este primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, casi todos iremos al desfile. Tal vez  si hay una rotura que impida el bombeo del agua, Igarza no se aparezca en toda la mañana por la plaza; aunque su alma esté allí, perenne; su suspicacia y energía estarán pendientes en solucionar el problema; como tantos que ha resuelto por más de cincuenta años.

Eduardo Igarza González no es ingeniero hidráulico y yo no sé si conserva el título de técnico medio en mecanización agrícola que ganó para satisfacción familiar, aunque su destino sería el de proporcionarles el líquido vital a los pobladores de uno de los territorios más secos del país.

Fueron los líderes del Poder Popular quienes le solicitaron su incorporación en las tareas de crear el acueducto del municipio Jobabo, en 1968. Sin dudar dijo que sí, era la obra más importante de la época, le proporcionaría el agua al central, que ya preparaba la molienda de 1970.

Estuvo al ladito del Comandante Guillermo García cuando éste vino a supervisar las obras y aunque no terminaron a tiempo con el colosal proyecto, el central tuvo agua para producir azúcar y cumplir con la tarea dada por Fidel. Ahí sintió una satisfacción en el pecho, y comenzó ese apego a las redes y la tierra.

Durante 20 años Igarza dirigió el acueducto del municipio. Aprendió la teoría en la práctica y se volvió un mago para resolver las dificultades a tal punto, que si no está presente en cualquier desafío, no se garantiza solución duradera.

Igarza tuvo que apartarse de sus funciones, porque los años pesan sobre la espalda. Sin embargo, la añoranza fue más fuerte y a los diez días tuvo que volver.  De sus 71 años, lleva más de cincuenta entregado a su oficio. ¡Mire que ha vivido situaciones! Y las cuenta con frescura, como los héroes de la Revolución, cuando rememoran un feroz combate.

Que si un día se encajó un pedazo de hierro en el tobillo y nadie se atrevía a extraerlo y tuvo que hacerlo él, o el día que le calló la tubería en la cabeza y la sangre le borboteaba como agua de manantial, que si la primera vez que no llegó a casa, no existían celulares para avisar, y a la mujer casi le da un infarto de la preocupación.  Y así cuenta su andar en esta vida.

En una ocasión Igarza tuvo un accidente de trabajo que le provocó daños graves en ambas manos. Le enyesaron los dos miembros y así, lesionado, la gente no podía creer que aquel hombre delgado y esbelto, estuviera metido en un hueco hasta la cintura, dando instrucciones para instalar una tubería y abastecer al pueblo.

Dice que si hay un problema con el bombeo del agua, esa noche él no duerme. Que al otro día  tiene que darle solución y si no la encuentra, allí, arriba del asunto, reúne a toda la gente para arreglar la dificultad que sea.

Igarza es un hombre de buen destino, de esos que no tienen muerte, de los que salen del confort y parten a otros caminos para ofrecer su experiencia en los difíciles vericuetos de las redes hidráulicas.

A lo largo de 50 años atesora muchísimos reconocimientos que estimulan su desempeño como destacado obrero. Ostenta en varias etapas la condición de Vanguardia Nacional, el mérito Por la Obra de la Vida y muchos más.

Fue de los que estuvo de cara a la Covid-19 en los momentos en que la enfermedad ganaba seguidores. Su misión fue dirigir las obras que garantizarían el abasto del agua en los centros de aislamiento del territorio.

Tiene tanto sentido de pertenencia que muchas veces dejaba que  el transporte se fuera con el resto de los trabajadores y él se quedaba en la oscuridad del día para continuar las labores. Luego recorría a pie más de 3 km para llegar al hogar y poner un rato la cabeza en la almohada.

A Igarza le preocupa que ya con tantos años vividos, la muerte lo sorprenda en su andar. Su propósito es ahora asegurar el futuro y enseñarle a las nuevas generaciones cómo  buscar las soluciones con los recursos disponibles.

Este hombre de lenguaje y apariencia sencilla, descolla orgullo por lo que ha logrado en más de cinco décadas como obrero. Dice que para ganarse al pueblo hay que tener sentido de pertenencia, «tiene que dolerte el problema, como si fuera en tu propio pellejo, hay que cogerlo con mucha responsabilidad y respeto; porque esa es tu gente, la que confía en ti.

«Yo siento un orgullo cuando alguien dice: ¡Ya viene Igarza! y a mí el sol me evapora pero yo tengo que solucionar la rotura. En esos momentos de tensión, llego con una sonrisa, con cariño; y el trabajo sale. Mi mayor orgullo es cuando llega el servicio a la población. Oiga, eso te llena.»

No hablamos de religión, pero de Fidel se expresó como si fuera un santo. «Eso es lo más grande que ha tenido este país.  Yo me prometí que mientras tenga energía y salud,  lo voy a dar todo por la Revolución, porque como Cuba no hay otra.

«Yo voy hasta enfermo a Acueducto. Y todo el mundo dice «¿Qué tú haces aquí?» y es que si me quedo en la casa, me duele más. Un buen obrero debe de tener siempre por delante la responsabilidad, el amor a la Patria y al oficio.»

(*) Periodista cubana, Colaboradora de Resumen Latinoamericano corresponsalía Cuba.

Fotos: Esnilda Romero Mañas / Osmani Espinosa Rodríguez.

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