Cuba

Hotel Saratoga: Un recuento 168 horas después de la explosión

Por Dinella García Acosta,  Lissett Izquierdo Ferrer y  Jorge Suñol Robles.

En algún punto entre las 10:30 y las 10:51 de la mañana del viernes 6 de mayo, Lázaro estaba buscando el cinto para ponerse un short y salir a la calle. Dos personas vestidas de blanco tenían una entrevista de trabajo. Un grupo de constructores se reunía para trabajar en el plan de la próxima semana. Una jueza recién había llegado a su oficina. Dos madres compraban en tiendas cercanas a casa y una abuela tendía la ropa. De fondo veía el Capitolio. Su nieta estaba en la escuela. “Chao, Ita”, le había dicho un par de horas atrás, antes de caminar las tres cuadras que la separan de clase.

En algún punto entre las 10:51 y el minuto siguiente las paredes temblaron. Todo se llenó de humo. Una arenilla comenzó a sentirse en los ojos. Se cayó un adorno de encima de un refrigerador. Unas fracciones se quedaron sin resolver en una pizarra. La gente subió, bajó, gritó, corrió… Se fue la luz. Los teléfonos fijos dejaron de funcionar. El hotel Saratoga había explotado a las 10:51 con dos segundos, cuatro días antes de su reapertura, luego de estar cerrado dos años por la pandemia. 

El coreógrafo franco-tunesino Radhouane El Maddeb, el compositor italiano Matteo Franceschini y los bailarines de Mi Compañía, bajo la dirección de la coreógrafa Susana Pous, estaban felices. Nerviosos y felices. El 6 de mayo estrenaban en Cuba su obra “Réquiem, Siá Kará”. La pieza ya ha tenido un circuito fuera de Cuba, pero ese viernes era su puesta en escena en el Teatro Martí. Sus creadores llevarían a las tablas habaneras el “siá kará” de las calles cubanas, su “deja de quejarte y vamos pa´ alante”. Esa es la información que podía leerse en Facebook, junto al anuncio de “Evento programado”. 

A las 11 de la mañana, aunque horas antes todos estaban allí para un pase de prensa, ya no quedaba ningún grupo de artistas en el teatro. Todos se habían ido a preparar para la función. Dentro quedaban solo miembros del personal. El sonidista Luis Alain Rodríguez Paradiz era uno de ellos.

“Estaba dentro de la cabina de audio y de pronto siento algo raro que me comprimía. Me faltó el aire por unos segundos. Cuando sentí la explosión salí y empecé a ver cómo se derrumbaban las paredes, marcos y falsos techos. Entonces, me escondí dentro de la cabina, al lado de una pared, lejos del cristal de la ventana. Cuando sentí una calma, salí y corrí hacia el lobby, que estaba desbaratado. ¿Cómo bajé y salí del lugar? No lo sé. Pasé por dentro de todos los escombros”.  

Horas más tarde alguien editó una publicación en la página de Facebook de la compañía. “Evento cancelado”, se lee. 

 

—Profe, ¿qué es esto? ¿Qué pasó?

—No sé, no sé. Vamos a ir bajando la escalera. Despacito. Despacito. No se vayan a lastimar. 

“No te puedo explicar, tenía unos sentimientos encontrados. No veía nada. Me desesperé porque no veía nada. Pensé en todos y no veía a ninguno. No se veía nada de nada. Mucho polvo. Sentía solo sus voces y la gritería, y cómo me llamaban”.

“Las ventanas se fueron con la junta y todo. Las sillas todas para arriba. Los bombillos colapsaron. No se veía nada. Polvo, mucho polvo. Y desesperante. Tantos niños bajo tu responsabilidad. Y tratar de que a ninguno le pase nada. No era nada fácil”. 

Prado 617 tiene tres pisos y Vivian Mela vive en uno de ellos. Pero cuando el edificio tembló, los cristales se rompieron y el adorno de su refrigerador se cayó, ella corrió escaleras abajo a ver cómo estaba su mejor amigo. Juan Carlos es el delegado de la circunscripción y vive en Prado 609, el edificio ubicado justo al lado del Saratoga que quedó destruido tras la explosión.  

Del apartamento de enfrente de Mela una vecina salió corriendo a buscar a su hijo a la escuela. Otro salió descalzo a por el suyo. A otra le dio por salir al balcón y mirar. Ver el humo negro saliendo del hotel y llorar. Dentro de Prado 617 no se veía nada. La nube de polvo llegaba hasta allí. 

“Nos mandaron a salir porque podía haber un escape. Yo pensé que había explotado una bala de gas. También pensamos que podía haber sido un derrumbe. Cuando bajamos había gente que decía que habían explotado las calderas, pero en realidad no sabíamos qué había pasado. Era un olor que yo jamás había olido. No te lo puedo describir”, nos contó Mela, más de 24 horas después, casi a la medianoche. A esa hora limpiaba el polvo que seguía entrando por las ventanas y no podía dormir.

Mientras conversaba con nosotros en la puerta, cuatro de sus vecinos se mantenían mirando al hotel desde el balcón. En el Saratoga todos tienen fija la vista desde las 10:51 de la mañana del viernes 6 de mayo. En una semana se contabilizarán 99 personas lesionadas y 45 fallecidos.

La cuenta oficial de la Presidencia de Cuba asegura que “las investigaciones continúan y todo indica que la explosión fue ocasionada por un accidente”. Según informaciones ofrecidas a la prensa por Alexis Acosta Silva, intendente de La Habana Vieja, “se estaba habilitando una bala de gas licuado en el hotel. El cocinero siente el olor a gas, revisa las conexiones y descubre que hubo una fisura en la manguera de abastecimiento. Eso fue lo que provocó la explosión. El hotel estaba cerrado y solo se encontraban dentro trabajadores de servicios”.

Del otro lado del túnel, el hijo de Mela también escuchó la explosión. Trabaja en La Cabaña y allá dice haberla oído, “como si fuera una goma de camión que se reventó”. Cuando lo llamaron vino corriendo y se puso a ayudar con varios vecinos en lo que hiciera falta. 

Uno de ellos es Lázaro Armando Acosta Moreno. Tiene 25 años y un tatuaje en el hombro derecho. Un tatuaje y un corte. Se lo hizo mientras, junto a otros muchachos, levantaba una guagua Transtur, parqueada al costado del Saratoga, para sacar al chofer que había quedado atrapado. “Uno, dos, tres, ¡vamos!”, se decían entre ellos para entre todos levantar el ómnibus.

Minutos antes de estar levantando una guagua y sacar a una persona con la cara llena de sangre, Lázaro estaba buscando un cinto en la barbacoa de su casa. Debajo estaban su mamá, su hermana, una vecina y su hijo más pequeño. De modo que, cuando todo pasó y “parecía que se había caído el edificio, que había caído una bomba aquí adentro”, salió sin zapatos, sin camiseta y sin nasobuco. 

Lázaro y otros muchachos también entraron al hotel a intentar ayudar y “sacar personas con vida”, pero la policía y los bomberos los sacaron rápido de allí. Podía haber peligro de derrumbe. Dentro del hotel no se veía nada. El humo era espeso. 

—Indique usted.

—Que usted me envíe técnica del SIUM al lugar. Se fue completo la parte lateral del Saratoga.

—La técnica del SIUM avanza hacia el lugar. Ya se coordinó con el Centro de Dirección del SIUM y avanzan varios medios del SIUM al lugar. ¿Copió? 

—Así como técnica del “Z99” (Policía).

—Correcto. ¿Estamos hablando que es el desplome de una de las partes del hotel Saratoga?

—Tenemos una escuela aquí y vamos a evacuar la escuela, vamos a evacuar la escuela completamente. Hay mucho pánico aquí. ¿Recibió? Es necesario ahí que usted me vaya enviando la técnica de rescate urgentemente. Urgentemente la técnica de rescate. 

A las 10:52 con 23 segundos los dos carros de primeros avisos del Comando 1 de Bomberos estaban llegando, casi a la misma vez, al Saratoga. Hacía solo poco más de un minuto que a dos cuadras de allí, en Zulueta y Corrales, esos mismos bomberos preparaban una actividad por el Día de las Madres.

Creyeron que era una bomba. Fue lo primero que pensaron muchos trabajadores del Tribunal Provincial Popular de La Habana, en Prado y Teniente Rey. La explosión sonó cerrada y no olía a gas. “La gente empezó a llorar y llorar. Había muchos padres vueltos locos, llorando y gritando, porque no encontraban a los niños. Dijeron que saliéramos porque podía haber una segunda explosión. Toda la gente salió corriendo, Prado abajo”, cuenta el presidente del tribunal, Yojanier Sierra Infante.

Toda la sede del tribunal quedó vacía. Los papeles sobre el buró, la taza de café sin tomar. Y en medio de eso, los gritos, el pánico y el llanto, la incertidumbre de no saber qué pasa, de no comprender aún por qué todos corren por las escaleras oscuras hacia la calle y se encuentran en Prado a los niños llenos de polvo, heridos algunos.

“¡Busquen a los niños! ¡Busquen a los niños! Que no quede ninguno en la escuela”, se oyó decir a muchos. “Al frente del hotel hay una escuela primaria, coño”, “saquen a todos los niños de allí”… Los padres llegaron corriendo, con el desespero de no saber dónde estaban sus hijos, hasta que se encontraban y se fundían en un abrazo duro, seco, y rompían en llanto.

Yuleydis corrió desde el tribunal –a donde había llegado 30 minutos antes de la explosión– hasta la escuela. Miró al cielo y se hizo la pregunta que nos hicimos muchos: “¿será una bomba?”. Una nube de polvo y humo cubría toda la calle y la gente abandonaba la zona, espantada, intentando ponerse a salvo; otros se acercaron al Saratoga, intentando encontrar personas con vida, heridos quizás, pero vivos. Era la esperanza. La jueza Yuleydis Maceo Ballá, presidenta del tribunal municipal de La Lisa, llegó a la escuela Concepción Arenal y ayudó a evacuar a los pequeños. Los niños son también la esperanza. La esperanza del mundo entero.

Vio a un pequeño, asustadísimo, tembloroso, herido en la cara por los cristales que se desprendieron tras la explosión. Y ¿quién puede contener el llanto cuando se ve a un niño herido? Yuleydis lo cubrió con su ropa, corrió con él para el lobby del tribunal y regresó a buscar más niños hasta que, entre todos, lograron trasladarlos hacia diferentes puntos: el parque del Cristo, el Parque Central y el Capitolio.

El último en salir de la escuela fue el director que estaba herido. Me preguntó qué tenía en la espalda. Logré subirle el pullover y tenía una herida provocada por una viga o cristal de los que se desprendió. Explotaron puertas y cristales. El director preguntaba todo el tiempo si ya habían salido todos los niños”.

“Los padres luego pudieron encontrarlos y nosotros fuimos guiándolos. Muy nerviosos todos. No sabíamos en ese minuto qué había sucedido ni lo que había provocado semejante situación. Algunos padres se desmayaron, otros no aguantaban los gritos”, recuerda la jueza.

Luego, cuenta, varios trabajadores del tribunal fueron hasta los escombros para rescatar a quienes estuvieran atrapados allí. Enseguida llegaron los bomberos, las ambulancias, los rescatistas, una camilla detrás de otra, las sirenas que no paraban de sonar, el peligro de una segunda explosión. De vez en vez, entre el humo, destellaban unos cascos y chalecos naranjas. Largas filas de cascos, formados, corriendo. La gente les abría paso.

A las 10:00 a.m del 6 de mayo la dirección del proyecto Payret estaba reunida, como cada viernes, haciendo el plan de la semana. Casi una hora más tarde se iría la corriente y una explosión estremecería las oficinas de las “facilidades temporales” en la calle Zulueta.

“Pensamos que había sido en nuestra obra, porque tenemos varias grúas y estamos estabilizando una fachada. Incluso pensamos que había explotado un transformador”, nos dijo Geosvanys Hernández López, el director del proyecto. 

Salen asustados y ven que la obra está intacta. Pero había una humareda. “En principio, pensé que salía del edificio que está en ruinas frente a la unidad de la PNR situada en calle Dragones. Me dije: ‘se derrumbó el edificio’. Entonces salimos corriendo y en ese instante, alguien dice: ‘la humareda está saliendo del Saratoga’. Hasta que pudimos ver la primera parte del derrumbe, la multitud”. 

Minutos antes, Reinier Navarro colocaba unas cabillas en el tercer nivel, en el área del antiguo cine Payret frente al Capitolio, a una cuadra del Saratoga. Se asusta al sentir la explosión, “porque fue algo inusual”. Por la ventana ve humo y gente corriendo. “Vamos que esto no es normal, algo hubo ahí”, le dice a sus compañeros. Luego recordaría aquellos años de trabajo como técnico en rescate y salvamento. 

Hombres con chalecos y cascos blancos y naranjas llegan de inmediato al Saratoga a apoyar en lo que hiciera falta. Ricardo Reyes Díaz, el coordinador general del proyecto, es uno de ellos.

“Los primeros que nos reunimos allí entramos a la escuela. La mayor parte de los niños ya había salido, pero faltaban algunos. Estaban muy asustados y en silencio. Se sentía la bulla de la gente, pero la bulla de los niños no se escuchaba. Eso fue muy impactante. Se veía mucha destrucción en la escuela. Había sangre”, dice este informático de 35 años de edad.

—Corre para arriba que el hotel Saratoga se cayó.

Cuando Katerin Marrero logró salir de la tienda Harris Brothers, luego de que se estremeciera el piso, los cristales temblaran y recibiera una llamada diciendo que el hotel ubicado en la esquina de su casa había explotado, pensó que había perdido a su hijo. Yosmany está en quinto grado y pasadas las 11 de la mañana se abrazó a su madre en la acera del Capitolio y le dijo: “Sácame de aquí, mamá”.

Un cordón policial rodea el lugar. Habían llegado al instante, desde la unidad de la PNR de Dragones y del cercano laboratorio de Criminalística. Otro grupo de obreros levanta piedras inmensas para sacar a personas atrapadas. Había cadáveres y gente pidiendo auxilio entre los escombros y el polvo.

Geosvanys se encarga de organizar el respaldo: “Mueve este equipo para acá, organiza las brigadas. Había que ‘contar nuestros pollitos’, porque había un peligro inminente de que el edificio siguiera derrumbándose. También estaba el riesgo de que explotara el carro cisterna. En ese minuto no sabíamos qué había pasado”.

Junto a la PNR, los obreros del Payret tratan de evitar que más gente, con el ánimo de ayudar, se metieran en el lugar y resultaran heridas. 

“Había mucha población civil involucrada y eso conmueve, porque uno no espera que en una situación tan difícil la gente tenga esa valentía. Se veía a gente de calle, humilde. Había también médicos. Vi al menos a dos personas con batas blancas, muy abajo de la galería del Saratoga sacando a las primeras personas que pudimos”, cuenta Ricardo. 

Los camiones rojos del Comando de Bomberos ya habían llegado cuando Reinier se convirtió casi en uno de ellos. “Fue una experiencia muy desagradable. Vi mucho dolor”. 

Desde el proyecto Payret traerían luego varios equipos para comenzar con las labores de movimiento de escombro. Sus grúas fueron las primeras que intentaron mover el camión cisterna, pero se tuvieron que buscar otras de mayor capacidad. Hasta tarde, ayudando en todo lo que se pudiese, estarían ese día los obreros de chalecos y cascos blancos y naranjas.

“Estábamos en la tienda La Isla de Cuba y sentimos una explosión. Lo menos que nos íbamos a imaginar es que era aquí al lado de la escuela de los muchachos. De pronto se escuchó un silencio y se oyó una explosión más grande. Ahí ya la gente salió corriendo para abajo a protegerse porque dijeron que estaban tirando bombas. Y nos mandamos a correr. Pero cuando logramos subir para Monte y ver lo sucedido vimos que estaba el Saratoga completamente destruido y los cristales de la escuela y sin puertas y nos mandamos a correr para ver a los muchachos”. 

Tu veías a algunos con sangre en la camisa, en la cara. Alterados, gritando. Fue un momento desesperante. Gracias a Dios que no sufrieron muchos daños porque para como quedó la escuela era para que muchos niños estuvieran afectados. Los muchachos de primer grado, que dan clases al lado del hotel, gracias a Dios están vivos. Eso se fue completamente abajo”. 

“Verdaderamente el momento hay que vivirlo. No se puede describir con palabras. La angustia que te cae es demasiada. Y uno corriendo. No ves a tus hijos. Te decían que estaban en un lado, ibas, y luego los habían corrido para otro lado. Los sacaron en minutos, lo más rápido posible. 

Silvia Cala es la abuela de Helen. Apenas sintió la explosión se quedó unos segundos en shock hasta que reaccionó. Su nieta está en sexto grado y estudia en la escuela frente al hotel. “Ay, Dios mío. Yo no sabía ni qué iba a hacer cuando vi el humo. Me dio un ataque de nervios. Empecé a llorar y gritar. Cuando me di cuenta de mi nieta Helen me desprendí. Bajé escaleras abajo como si me comiera cada escalón”.

–¡Helen!

–¡Ita! –le respondió la niña y se abrazaron.

En algún punto de la tarde noche del viernes 6 de mayo, a la misma hora que estarían haciendo sonar las tablas del Teatro Martí, los bailarines donaron sangre. Los vecinos de la calle intentaron ayudar y esperaron en los bajos del edificio para subir a casa. El dueño de una cafetería cercana les llevó merienda y comida. Un matrimonio viajó de Cojímar al Saratoga con un termo de café para los rescatistas. Los padres recogieron las mochilas de sus hijos de entre los escombros de la escuela.

Decenas de familiares esperaban noticias en los alrededores del hotel. Silvia miraba al Capitolio desde el balcón, Helen se le abrazaba, mientras le decía: “Ita, Ita”.

Una semana después del accidente, 45 familias necesitan ese abrazo. En el Saratoga y en el edificio contiguo quedaron intactos espejos, cuadros, unas tazas de café sobre una mesa, las sábanas y algunas camas tendidas, una foto de 15 y un sombrero, como si no hubiese sucedido nada, como si desde las 10:51 de la mañana del viernes 6 de mayo no se hubiese estremecido toda Cuba y la gente sintiera, desde entonces, que el dolor por el siniestro del Saratoga tiene al país en luto.

Tomado de Cubadebate/ Infografías: Edilberto Carmona Tamayo / Foto de portada: Andy Jorge Blanco.

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