Carema Sarabia: «No he dejado de pensar en los que se quedaron atrapados»

Por Santiago Jerez Mustelier.

Testimonio de una joven universitaria, miembro de la Cruz Roja en Matanzas, quien estuvo como personal de socorro en la zona industrial, en las horas más duras del incendio que mantiene en vilo a Cuba.

Seis de la tarde del 5 de agosto. Carema Sarabia Águila se preparaba para ir al hospital a cuidar a su hermana. Días atrás habían ingresado a la pequeña por una intoxicación medicamentosa. Su mamá estaba operada y también con criterio para el ingreso, desde mayo. Pero una llamada fue suficiente para que cambiara sus planes.

Su jefa en la Cruz Roja Provincial le dijo a través del móvil — «Vístete corriendo, te recojo en cinco minutos en tu casa, hay un tanque de Versalles, por la zona industrial, que está cogiendo candela».

Alistó su equipamiento, se enfundó la vestimenta y fue hasta el punto de recogida pactado. Allí se dio cuenta de los penachos de humo y del paisaje diabólico que reflejaba su ciudad.

Al llegar al lugar estuvo con el equipo de rescatistas cerca de la zona del incendio, por si había necesidad de socorrer a alguien. Poco después de las 11:30 p.m. se produce una explosión. Carema hablaba con su novio por WhatsApp y le contaba lo mucho que había crecido la candela. El estruendo la sorprendió. «¡Se calentó esto!», le dijo al muchacho en un audio y salió corriendo; dejó mochila, equipamiento, todo.

Cuenta que en aquel intervalo de tiempo la gente se lanzó a la yerba, corrió todo lo que pudo y hasta se internaron en los carros para huir; muchos medios de transporte chocaron por la desesperación y la prisa por alejarse de los supertanqueros.

«Aquello fue solo un primer susto, no hubo heridos ni lesionados. Estaba cansada de correr y tenía un muro ante mí, un muchacho del SIUM me dio ánimo para que pudiese seguir y brincar. Me recuerdo de él porque luego de la próxima explosión, en el hospital, fue el que me abrió el pullover y el pantalón para poderme curar las heridas».

Lo siguiente que vería «fue como una guerra, con heridos de combate y civiles lesionados».

Alma Mater conoció de la historia de Carema por una cadena de estados de WhatsApp en la que varios universitarios de todo el país, en su mayoría miembros del Grupo Científico Estudiantil Nacional, colocaron un cartel que mostraba a la muchacha con sus cicatrices de contienda y un mensaje en el que se podía leer: «Te damos las gracias por tu esfuerzo y sacrificio, por ese compromiso con tu profesión. Hoy más que nunca estamos orgullosos de ti. Estamos contigo. #TeQueremosCarema».

Carema es dirigente de la FEU y directora de la Revista Científica Estudiantil MedEst, de la Universidad de Ciencias Médicas de Matanzas. Nos respondió, a través de audios por WhatsApp, pues se le dificulta escribir todavía y le duelen un poco las manos.
 
«De un momento a otro siento que mis compañeros gritan: — ¡Vamos, que va a explotar! Minutos antes estaba en mi turno de descanso en las camillas, así que ellos nos salvaron la vida.

«Todo indicaba que podíamos ganar la batalla, que le habíamos podido dar una buena ofensiva al fuego, parecía estar controlada la situación. Estábamos casi seguros que el segundo tanque no estallaría, lo estaban enfriando hace horas. Pero a las 4:30am, mientras salíamos corriendo, sentimos la explosión.

«Honestamente lo que yo te pueda decir es poco. Era como la película del 2012, parecía que el mundo se iba a acabar. ¡Ay, me quemo, me quemo!, grité cuando el vapor del siniestro tocó mi cuerpo. Al parecer el viento se viró y empujó el vapor hacia el lado en que estábamos, un sitio que al inicio nos resultaba más seguro.

«No me dio tiempo a coger nada, solo corrí. Hubo personas que tuve que dejar atrás, tiradas en el piso, porque el vapor estaba tan caliente y fue lo que nos quemó. Recuerdo que quise auxiliar a un compañero que estaba en el suelo y parecía tener una lesión en el pie, pero él me respondió con firmeza que siguiera corriendo. Que corriera todo lo que pudiera hasta estar lejos. Tiempo después, cuando ya logramos rebasar toda esa hierba y llegamos a unos almacenes, lo vi. Es decir que él se salvó, con un poco de lesiones, pero se salvó.

«Mientras iba corriendo atrás de mí vino un militar y me empujó — no solo a mí, también a otros compañeros — para unas hierbas altas que habían y me quedé ahí unos instantes hasta que el vapor bajó un poco. Eso me ayudó mucho, hizo que no me quemara tanto.

«Estando en los almacenes nos encontramos con personas que sufrieron quemaduras graves, las socorrimos y las ayudamos a caminar. En esa parte estábamos fuera de peligro porque ahí no llegaba el vapor de la explosión.

«Nosotros éramos ocho, y una de nuestras muchachas, Lorien, no aparecía. Pensamos que se había quedado atrapada, que se había desmayado, que no había resistido. Nos pasaron tantas cosas por la mente. Intentamos buscarla, pero no la hallamos.

«En ese instante pensamos en los que tristemente no pudieron salir porque estaban aún más cerca de la explosión que nosotros, y a ellos sí se les dificultaba correr del lugar como habíamos hecho. Había bomberos en la primera línea, enfrentando el fuego. Nosotros éramos su retaguardia. Esperemos que estén bien (dice en un tono bajo y desolador).
«Mi función específica era hacer de paramédico porque estudio 4to año de Medicina y llevo un tiempo preparándome para este y otros tipos de accidente como miembro del Grupo de Rescate y Salvamento de la Cruz Roja de Matanzas, equipo del que soy parte desde que estaba en mi IPVCE, con 17 años.

«Nos han convocado anteriormente cuando se han dado casos de ahogados o desaparecidos, durante inundaciones o tras el paso de ciclones. Esto fue otra cosa, muy duro, me parece una pesadilla. Matanzas es una ciudad tan linda, y se estaba embelleciendo más; ninguna región del mundo merece un hecho así, mucho menos Matanzas».
 
«Cuando escapé del mayor peligro pude comunicarme porque tenía el teléfono encima. También en los bolsillos tenía un par de guantes, un paquete de torundas, un rollo de gasa y un pañuelo triangular por si había que socorrer a alguien o ponerle algún vendaje.

«Me monté en la primera camioneta que pasó. En ese momento no había ambulancias, llevaban a los primeros heridos que huyeron del siniestro. Por el camino recogimos otros lesionados. Llegué al hospital y a la primera que veo es a Lorien. Fue un alivio. Le di un abrazo. Saber que estaba a salvo fue tremenda tranquilidad.

«Luego me percaté del panorama a mi alrededor. Éramos muchos los lesionados, muchos los que llorábamos por el dolor de no saber de los compañeros o porque las heridas nos recordaban la terrible escena que habíamos vivido.

«Hubo quien si llegaba alguien, preguntaban — ¿Tu viste a fulano? Si una decía que sí, que lo vio y viene en camino, que logró salir, las personas te agradecían y respiraban. Si la respuesta era negativa, una sensación de vacío se reflejaba en sus miradas.

«Recuerdo a alguien que no tenía quemaduras graves, sin embargo comenzó a convulsionar. Debió ser por el fuerte choque emocional que habíamos experimentado.

«En el hospital estuvo muy bien organizada la atención. Me dieron agua para beber desde que llegué. Vi a mis profes de la carrera, a la directora del hospital, al doctor Wong, director provincial de Salud. También vi al Presidente Díaz-Canel.

«Yo no podía ni flexionar los pies por las quemaduras que tengo en las pantorrillas, pero el personal que estaba allí me ayudó a desplazarme. Tengo heridas en los dos brazos completos, en el hombro izquierdo, en la espalda tengo un poco, y también en la pantorrilla. Las más graves son las de la mano izquierda. Las curas son dolorosas, no me quiero acordar.

«De mis compañeros, Lorien es la que tiene un poco de quemaduras en los brazos, los otros tienen ampollas pequeñas en las orejas.

«Fue duro y triste ver a quienes lloraban porque no sabían el paradero del que estuvo a su lado durante el incendio.
«Mi padre y yo preferimos no contarle a mi mamá lo que había pasado. Un amigo de la familia llamó a la casa para saber de mi estado y ahí ella se enteró. Estaba atacada en llanto, las primeras horas estuvo un poco tristona, pero ya está más tranquila.

«Siempre trato de mantener la sonrisa para que ella no se preocupe. He recibido muchas muestras de cariño. Una vecina, que también es profesora de la Universidad e hicimos buena amistad durante las pesquisas, sabe que me encantan los dulces y me trajo un cake. Cuando me levanté tenía un montón de llamadas al teléfono, mensajes de muchos amigos, algunos a los que no veo hace años; ese acompañamiento me fortalece mucho.

«Hay gente que, por el miedo de que me pasara algo, me han dicho que fui imprudente, que no debía estar allí. Pero han sido más los que me han expresado que me admiran, que están orgullosos de lo que he hecho. Solo siento que he cumplido con mi deber.
«Incluso ahora me siento totalmente inútil, quisiera hacer más, recuperarme lo antes posible para asumir guardias en el hospital con mis compañeros, estar con la gente de la FEU ayudando, o volver al Comando para sacar las víctimas que puedan quedar en la escena (se le quiebra la voz).

«Me da tristeza saber que estoy aquí sin poder hacer nada. Me siento con muchas ganas de ayudar y más ahora que la provincia lo necesita de verdad.

«Ver las fotos del suceso me hacen chocar una y otra vez con la horrible realidad. Ojalá que podamos salir pronto, lamentando siempre las personas que no lo consiguieron, que no pudieron sobrevivir a esto. Es triste estar ahí, y saber todo lo que la gente que está cerca del fuego está pasando.

«Una sale, está viva, pero no he dejado de pensar en los que se quedaron atrapados».

 

Tomado de Alma Mater.

 

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