Cuba: Una nueva página en la historia de América

 Por Gustavo Robreño Dolz.

Sin duda, y cada día se confirma, la I Declaración de La Habana abrió definitivamente una nueva página en la historia de América. Cuando el 2 de septiembre de 1960, en horas de la tarde, la Asamblea General Nacional del pueblo de Cuba se reunía en la Plaza de la Revolución, «junto a la imagen y el recuerdo de José Martí» –tal como comienza el texto–, estaba naciendo un documento histórico e irrepetible que, de una manera u otra, marcaría el devenir de las luchas por la segunda independencia de América Latina y el Caribe, y de los sueños y esperanzas aún pendientes de los libertadores y los pueblos que la forjaron.

En este caso, sus nueve capítulos constituyen respuesta a la titulada séptima Reunión de Cancilleres de la OEA, que el 22 de agosto, en San José, Costa Rica, había sesionado para avalar una de las primeras y más sucias maniobras yanquis para agredir y aislar política y diplomáticamente al Gobierno Revolucionario de Cuba, y así facilitar y conformar la intervención militar directa que ya se organizaba por parte del Gobierno de Estados Unidos, y que culminaría con la bochornosa derrota mercenaria de Playa Girón, seis meses después.

La I Declaración de La Habana fue, por tanto, no solo la contundente y esclarecedora respuesta de Cuba a los planes yanquis y de sus satélites, fue una síntesis y análisis de la situación hemisférica basada en sus antecedentes históricos; también una alerta y advertencia razonadas y verificadas por los hechos posteriores ocurridos en nuestra región y en el mundo.

No fue un panfleto de ocasión ni una receta, ni una andanada desesperada ante el enemigo inescrupuloso y cruel. Fue y es una reflexión serena, profunda y sin antecedentes inmediatos en aquellos tiempos.

Seguida por la II Declaración de La Habana, el 4 de febrero de 1962, constituyen ambas las bases teóricas de análisis y soluciones que hoy siguen vigentes para buena parte de la realidad latinoamericana y caribeña; de ahí sus valores permanentes para las luchas de hoy y de mañana, en cualquier terreno en que estas se presenten.

Asimismo, proclamó la existencia de una sola China, frente al engendro imperialista de Taiwán, y expresó el reconocimiento diplomático de Cuba –como primer país latinoamericano y caribeño que lo hacía– a la República Popular China, y reconocía sus plenos derechos como único representante legítimo del pueblo chino.

En medio del grotesco convite de la OEA, se alzó la voz digna de los gobiernos de Uruguay, Bolivia y México. Curioso es también que, a su regreso, presentaron las renuncias los cancilleres de Venezuela y Perú, país este último que había sido utilizado como convocante de la reunión.

Como epitafio de la tramposa encerrona de Washington y su OEA, quedaron allí, firmes, las palabras del Canciller de la Dignidad, el cubano Raúl Roa, cuando estremeció al Teatro Nacional de San José: «Señores, la delegación que me honro en presidir ha decidido retirarse de esta reunión de consulta de cancilleres americanos. La razón fundamental que nos mueve a ello es que, no obstante todas las declaraciones y postulaciones que aquí se han hecho, en el sentido de que Cuba podía tener en el seno de la OEA, a la cual pertenece, protección y apoyo contra las agresiones de otro Estado americano, las denuncias presentadas por mi delegación no han tenido aquí eco, resonancia ni acogida alguna, ¡Conmigo se va mi pueblo, y con él todos los pueblos de América Latina!

Así nació la primera Declaración de La Habana que, desde entonces, vive y actúa en las más diferentes formas, con su esencia patriótica y democrática, martiana y antimperialista, de integración y justicia social, de unidad en la diversidad.

Tomado de Granma / Foto de portada: Archivo.

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