Cuba: La luz que Ian no se llevó

Por Yaimi Ravelo / Resumen Latinoamericano Corresponsalía Cuba.

La Habana, 1 de octubre de 2022.– La noche del viernes 30 de septiembre llegaría pronto y aún no había corriente en el edificio después del paso del huracán Ian por el occidente de Cuba.

Sumaban cuatro días sin electricidad, la reserva de agua de las viviendas se agotaba, perdían la comida y entendían que la situación se volvía crítica para las familias.

Llegaban al barrio noticias de todo tipo, esas que andan de boca en boca cuando se pierde el acceso a los medios de comunicación estatales ante la falta de electricidad. Pero las noticias que más dolían eran las de Pinar del Rio, lo perdieron todo, “pobres pinareños, al menos tenemos un techo”.  -fue el inicio de un breve debate sobre todos los temas que pululaban en la calle entre vecinos desde los balcones de un edificio en Alturas de Belén, en Marianao.

-«Esto lo tenemos que resolver nosotros, oye que no se diga».

-«Caballero la cisterna del edificio tiene agua», -gritó un vecino. «No tenemos electricidad pero si tenemos luz».

Entre risas y jaraneo cubano aquel breve debate se convirtió en una convocatoria espontánea de solidaridad. La salida del egoísmo importado al principio más noble de los nacidos en Cuba “el problema de uno, es problema de todos”.

«Yo tengo una roldana, si me ayudan con brazos y cubos llevamos agua a todos», exclamó a quien pudiéramos considerar líder nato del conglomerado familiar.

Aquel espíritu de cooperación comenzó a crecer, lo sentía en cada llamada a las puertas, en aquellos pedidos de soga, manguera, cubos y cubetas que resonaban en cada ladrillo, bloque o columna del edificio. 

La entrada a mi apartamento se venía abajo:

-«¡Vecina!» -pum, pum, pum- «¡Vecina!»

Redoblaron a golpes y gritos mi presencia, estaba sorprendida. Al llevar poco tiempo en el edificio no sabían mi nombre, ni yo el de ellos.

-«Vecina vamos a llenar de agua los tanques de las casas», -me anunciaron.

-¿Hasta el 4to piso?- pregunté sorprendida.

-«Hasta el 5to piso también. Tranquila, tenemos solución para todas las inconveniencias. ¿Tienes tanque? Si tienes tanque vas a tener agua y si no tienes tanque también», -dijo con autoridad y yo no sabía cómo agradecer que me tuvieran en cuenta.

Aquellos hombres sencillos, sin otra cosa que humanidad entre sus manos reunieron cubos, mangueras, sogas y habilitaron la roldana en lo último del 5to piso.

Unos sacaban el agua de la cisterna, llenaban los cubos de otros abajo y desde el techo hacían viajar las cubetas llenas de agua hasta los pequeños patios donde estaban los tanques.

Encontraron solución para todo tipo de instalación hidráulica casera. A los tanques elevados que estaban pegados al techo le pasaban una manguera desde el apartamento superior y “el agua baja por gravedad”, -fue el mecanismo que usaron con mi tanque. Después rellenaban el tanque que había ofrecido el modesto servicio con la manguera y la gravedad. A los tanques bajos, -esos que están en el suelo- los llenaban a cubos desde la roldana.

En dos horas abastecieron de agua a cuatro apartamentos. Cuando pensé que terminaban dijeron-, “vamos para la otra banda de apartamentos”. Dos minutos tardaron para tomar café y agua. “No podemos perder el ritmo, dale que sí podemos”, – se animaban.

Algunos nos atribuimos la misión de vigilar que las sogas no se enredaran, que los cubos no chocaran con tubos, con ventanas. Vigilábamos las pisadas de quienes saltaban por los balcones, los techos, “¡cuidado!”, -exclamábamos.

Desde arriba se apreciaba sincronización total; llena, echa, sube, hala, echa, baja, llena. La noche se acercaba y era nuestro temor que la maquinaria perfecta perdiera su ritmo y empuje, los que ya teníamos agua queríamos que todos estuvieran en igual condición.

-¿Qué van a comer hoy? Me preguntó la vecina de la esquina y solo atiné encogerme de hombros, toda la comida se echó a perder. En un rato aparecieron pedazos de pollo, viandas y cuanto hueso con carne se pudieran salvar. La caldosa alcanzó para todos. 

Llegó la noche y no supe hasta ese momento en que apenas veía las siluetas de esos hombres “sin nombres” sacando cubos de agua desde la cisterna que estaba presenciando con mis ojos la noticia más bella del día. Hay una luz que no se apaga, la nuestra.

Foto de portada: Yaimi Ravelo.

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