Policías de Estados Unidos, se disputan la cima de la violencia (I)

Por José Luis Méndez Méndez* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

Ya resultan aburridas, por frecuentes, las noticias sobre los actos de violencia de la policía de Miami, están en la cima en ese índice violento, pero ahora ha aparecido otro cuerpo policial en Siracusa, Nueva York, que está decidido a desplazarlos.

El primer lance de los retadores, ha trascendido por sus características. El que haya sido un acto racista, no les otorgó excesivos puntos, eso es común en la ciudad del sol.

El titular, si punteó: “Niño negro de 8 años es detenido por robar papas fritas en Siracusa, Nueva York, se trató de una bolsa”, fenomenal, ascendieron en la escala de violencia.

La reacción de quienes fueron testigos de esa heroica acción policial, no se hizo esperar, un hombre que se ofreció a reparar el “daño”, al intentar  pagar la bolsa de chips, quedó perplejo ante el proceder policial y exclamó: “Le están tratando como un ladrón, un asesino”. Pero el argumento no convenció a los policías que se llevaron al menor de edad.

El procedimiento enérgico de detención al menor afro descendiente por el fornido policía, fue filmado y de inmediato se hizo viral en las redes sociales, con numerosos comentarios de censura. En horas, fue compartido y se registró haber sido visto por seis millones de personas, cuando el agente policial toma los frágiles brazos del infante, los lleva hacia atrás con rigor y lo sujeta firmemente.

«¿Qué están haciendo?», preguntó el autor del video, Kenneth Jackson, al agente que se lo lleva preso. «¡Parece un bebé!» y con sonrisa mordaz respondió el uniformado: «Adivina, adivina lo que estoy haciendo», Un colega que lo apoyaba en la viril detención le comenta a Jackson: “El chico estaba «robando cosas». Algunos usuarios se quejaron en redes sociales del tinte racista de la detención del chico por policías blancos.

Para no quedarse en desventaja la policía de Florida, hizo lo suyo: “Detenido un niño de 10 años acusado de amenazar con un tiroteo masivo”.

El estudiante de quinto grado una escuela primaria, en Florida, Estados Unidos, fue detenido y acusado de enviar un mensaje de texto amenazando con llevar a cabo un tiroteo masivo, según un comunicado de la oficina del sheriff del condado de Lee. En un vídeo compartido por las autoridades, se puede ver al niño siendo conducido a un vehículo policial.

La tragedia de estos niños comienza al ser detenidos, pero continua  cuando son juzgados, condenados y enviados a las cárceles “condicionadas” para ellos, proceso en ocasiones irreversibles, nunca salen, solo cambian la condición carcelaria, son los llamados secretos de la justicia juvenil de Florida, que los envilece y si los devuelven a las calles solo como delincuentes profesionales.

Hay decenas de historias terribles de esos centros, el más sórdido es el de Miami. Una de ellas narra como en el momento de regresar al local de internamiento después de comer, cuando uno de ellos golpeó con fuerza a Elord Revolte, de diecisiete años, de manera concertada, otros jóvenes internos, se sumaron al castigo contra la frágil víctima, que fue literalmente pisoteada por los atacantes, fue un linchamiento, que terminó en la morgue a consecuencia de una hemorragia interna debido a la golpiza, que dos de los jóvenes participantes dijeron fue instigada por un agente de detenciones.

“Trataron a mi hijo peor que a un perro”, dijo Enoch Revolte, el padre de Elord. “Mi hijo no era un perro. Mi hijo merece justicia”. Pero su hijo no tuvo justicia porque nadie fue acusado de su muerte, fue la respuesta. Ni siquiera los más de 12 jóvenes que lo emboscaron, recibieron corrección. Tampoco el oficial del centro de detención, identificado por un detenido como la persona que ordenó el ataque porque Elord había hablado de más unos minutos antes, fue amonestado. Las enfermeras esperaron un día para llevar a Elord al hospital mientras sangraba internamente, tampoco fueron requeridas. La obstrucción de la investigación de los administradores, quienes deliberadamente incluso después de repetidas advertencias, se demoraron en entregar los equipos de vigilancia modernos a los centros de detención juveniles.

Este caso, reafirmó los oscuros secretos del ineficiente sistema de justicia juvenil de la Florida, como la incompetencia en la supervisión, servicios médicos cuestionables, investigaciones internas que intencionalmente no tocaron ciertos hechos y casos de violencia inducida por el personal, a veces comprada por el precio de un dulce. Es un laboratorio donde el morbo que produce poder disponer de la vida de niños y jóvenes, que no tienen alternativa, hace que la línea entre la vida y la muerte sea impalpable.

La falta de control ha dejado a menores en peligro, a merced de empleados ineficaces con poder absoluto sobre los muchachos y a padres frustrados y temerosos, que en algunos casos han tenido que llorar la muerte de sus seres queridos.

También son frecuentes los casos de torturas físicas y mentales, el abuso de poder y la impunidad reinante en las macabras cárceles de Florida para menores. A raíz de la muerte de Revolte, que fue el duodécimo joven que falleció tras las rejas desde el 2000, el Miami Herald comenzó una amplia investigación del sistema de justicia juvenil en la Florida.

Se estudiaron tanto los dos centros estatales de detención de menores, donde están encerrados menores de entre 13 y 18 años acusadas de delitos, así como los “programas” estatales de residencias, instituciones parecidas a las prisiones adonde los jueces envían a los menores a cumplir sentencias y recibir tratamiento. Estas residencias son operadas por empresas privadas pero financiadas y supervisadas por el Estado.

Abarcó diez años de informes de incidentes del Departamento de Justicia Juvenil, investigaciones del inspector general y revisiones administrativas, así como informes de uso de fuerza, archivos policiales y casos judiciales, inspecciones estatales, registros de bienestar infantil y de prisiones, correos electrónicos, archivos de personal, videos de vigilancia y declaraciones escritas de testigos y víctimas. También realizaron numerosas entrevistas con administradores, defensores públicos, fiscales, jueces, defensores de menores, asesores, padres y jóvenes en toda la Florida.

La investigación concluyó que durante años, mucho antes de la muerte de Elord, los jóvenes se quejaban de que los empleados de los centros de detención los convertían en sicarios, ofreciéndoles panecillos dulces y otras recompensas por maltratar a otros detenidos. Es una forma en que los empleados ejercen control sobre los detenidos sin tener que arriesgar su empleo recurriendo personalmente a la violencia. Es muy raro que en estos casos se presenten cargos penales.

De las doce muertes cuestionables desde el año 2000, que incluyeron asfixia, golpes por parte del personal, un ahorcamiento, una golpiza de un detenido a otro, así como enfermedades y lesiones no tratadas, ningún empleado involucrado ha pasado un día en prisión.

La narrativa teórica es impecable, Christina K. Daly, secretaria del Departamento de Justicia Juvenil, afirmó que la agencia no toleraba el maltrato a los jóvenes detenidos, sin embargo; la cultura de castigos violentos en el centro de detención de menores de Miami-Dade pudo salir a la luz en un tribunal abierto cuando un adolescente enfrentó juicio por un asesinato cometido en una esquina de Liberty City. La madre de la víctima dice que el personal del centro de detención lo animó a golpear a otros. El supuesto agresor fue víctima de una golpiza un poco más de un año antes.

Después de la muerte de Elord, fiscales de Miami-Dade y la unidad anticorrupción de Miami-Dade comenzaron a investigar en respuesta a un reportaje investigativo del Miami Herald sobre el incidente. En el proceso, la principal asistente del defensor público para la división juvenil, Marie Osborne, dijo que el escaso personal hace que algunos detenidos hagan cumplir las reglas, asuman el rol que no les corresponde.

Aunque no se presentaron cargos penales, los fiscales concluyeron que los agentes de detención daban gratificaciones a los internos para que realizaran agresiones físicas como medio de castigo por comportamiento desordenado u ofensivo. Sin embargo, los fiscales concluyeron que la alegación de que un agente de detenciones instigó la golpiza que mató a Elord Revolte “no se corroboró con las pruebas descubiertas en esta investigación”.

A pesar de que varios testigos declararon a los investigadores que el personal del centro de detención instigaba peleas mediante el ofrecimiento de recompensas, el inspector general concluyó que no había pruebas suficientes para probar o refutar la alegación.

Para explicar este tipo de brutalidad, se aislaron algunas de las causas, todas perfectibles para un país que se precia de ser el más democrático del mundo y que impone su sistema al resto del planeta:

▪ Personal inexperto y mal pagado: el estado ofrece a los agentes de detención un salario inicial de $12.25 la hora para proteger y supervisar a jóvenes que muchas veces tienen enfermedades mentales, adicciones a las drogas, discapacidades y efectos de traumas. Eso significa $25,479.22 al año para un nuevo agente. La Legislatura no ha considerado necesario aumentar la paga inicial desde el 2006, aunque, como paliativo, se aprobó un aumento de $1,400 a los actuales empleados. El salario inicial se mantuvo sin cambios.

Entonces el Estado encontró la fórmula mágica para deshacerse del problema y de los infantes y jóvenes delincuentes, entregó sus programas de residencia a contratistas privados, renunció a tener algo qué decir voz sobre la paga de estos empleados, a menos que se estipule en el contrato. La compañía True Core Behavioral Solutions —que opera 20 programas en la Florida, más que cualquier otra— paga a los recién contratados $19,760 al año.

Algunos estados insisten en que los candidatos a estas plazas tengan un título universitario. Florida no. Entre los empleados de detención despedidos por acciones indebidas en años recientes hubo un albañil, un procesador de correspondencia, un representante de ventas, un maquinista y un boxeador, ninguno tenía el perfil para el cargo ni el adiestramiento requerido, pero eso si la mayoría compartían una característica común: un físico impresionante para dominar y someter por medio de la fuerza. Continuará…

(*) Escritor y profesor universitario. Es el autor, entre otros, del libro “Bajo las alas del Cóndor”, «La Operación Cóndor contra Cuba» y «Demócratas en la Casa Blanca y el terrorismo contra Cuba». Es colaborador de Cubadebate y Resumen Latinoamericano.

Foto de portada: ABC.

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