Los paradigmas: esenciales en la infancia

Por Marilys Suárez Moreno

No son pocos los padres y las madres que se quejan de la desobediencia e irrespetuosidad de sus hijos e hijas. En sintonía con estas situaciones discordantes que hoy vemos, hay padres y madres permisivos que jerarquizan la satisfacción de  lo material: juguetes, ropa, dispositivos electrónicos y los más disímiles objetos de regalo, en afán desmedido por aparentar y ser reconocidos.

Según esta filosofía existencial, lo ostentoso y banal es lo que vale, sin ver que están precipitando etapas fundamentales de la vida, como son la niñez y la adolescencia. En esa especie de desafío superficial, echan el resto para peinarlos y vestirlos a la última moda, con atuendos de marcas—las más de las veces inapropiados para sus edades— y dotarlos de los últimos artefactos tecnológicos que puedan conseguir.

Los paradigmas son esenciales en la infancia. Una vez que se alcanza un determinado desarrollo, podrán fijarlos y cotejarlos consecuentemente, lo que resultará esencial para futuros procederes, y así sucederá también con las maneras de proyectarse en la vida.

La realidad es que el mundo marcha de una manera muy acelerada y, a veces, la mentalidad del individuo y sus formas de vida se quedan rezagadas o marchan demasiado aprisa. Se necesitan nuevos enfoques y conocimientos sobre las características de niñas, niños y adolescentes que crecen en estos tiempos y no en los de nuestros abuelos y abuelas.

La conducta social que manifiestan las infancias en la actualidad está estrechamente influida por la educación hogareña. Es en ese medio donde se deben aprender y practicar las costumbres y modelos positivos de convivencia. Esto solo es factible a través de las relaciones que se establecen entre padres, hermanos, abuelos y otros miembros del grupo familiar, basadas en el cariño, la comprensión y el respeto.

Nada sustituye la responsabilidad familiar en la crianza de los hijos e hijas. No existe escuela, por perfecta que sea, capaz de hacerlo; pues esta es una tarea que compete, en primera instancia, a padres y madres. Son ellos quienes tienen que preocuparse por la instrucción de sus vástagos; enseñarles y exigirles respeto y disciplina.

Tan importante como las normas de vida que les inculcamos desde que nacen, es la formación de los hábitos sociales. Ningún padre o madre aspira a formar descendientes que, por su conducta,  no se ajusten a la vida en sociedad. Todos quieren que sea aceptada, que mantenga relaciones armónicas y estables con sus semejantes. Pero ello no se logra más que de una manera: en el hogar y con el ejemplo que les cobija.

A todos y todas nos toca elegir qué camino escogemos, pero de algo estamos seguros: no es alentando conductas egoístas y malas prácticas en nuestra descendencia que lograremos que sea feliz, sino formando y educando en la modestia, la ética, la responsabilidad, el civismo y la bondad.

Cabe a los adultos la responsabilidad de tratar de compatibilizar los intereses y concepciones de las edades extremas, en caso de convivir con ellas; enseñarles desde muy temprana edad a quererse y protegerse mutuamente, inculcándoles sentimientos hermosos.

Cada componente del núcleo familiar tiene su parte en la preservación de la armonía hogareña, tan necesaria para el orden emocional de las y los menores que en ella habitan, para el despliegue de sus aptitudes en una vida independiente y socialmente útil.

Tomado de Revista Mujeres/ Foto de portada: Natasha Salomé Tachín

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