No olvidar a Palestina, el genocidio continúa
Por Carlos Aznárez.
Palestina sigue doliendo porque sus hombres, mujeres e infancias no tienen un minuto de paz. Porque la entidad sionista, ese cúmulo de psicópatas armados que parecen disfrutar con extender diariamente su perversidad, no deja de destruir todo lo que encuentra a su paso.
De hecho, hablar de genocidio, ya parece insuficiente para expresar todo lo que sucede ininterrumpidamente desde el 8 de octubre de 2023. Decir esto, no debe confundirse con condenar ese necesario levantamiento popular que significó el Diluvio de Al-Aqsa un día antes, sino todo lo contrario. Fue precisamente esa excepcional acción de la Resistencia, la que significó una patada en el tablero para que muchos, que no creían de lo que era capaz el sionismo a nivel de cometer atropellos, lo pudieran descubrir en toda su extensión.
Por eso, en estos momentos en que la causa de la solidaridad con Palestina pareciera haber perdido fuerza, o por lo menos no tener la potencia que generaron un año atrás, los pueblos movilizados en todo el mundo, es imprescindible seguir dando señales urgentes. Se trata de reanimar las acciones de todo tipo que impidan que la impunidad que sostiene el avance brutal israelí, no se convierta en algo natural que termine institucionalizando -y muchas veces justificando- tanta criminalidad.
En estos días, en que el principal cómplice y sostenedor de la entidad sionista, Donald Trump, busca perpetuar, junto a su socio Netanyahu, la ocupación a través de una «Junta de Paz», cuyos integrantes son parte del tinglado sionista para quedarse con el territorio palestino, vale recordar cuáles son las penurias cotidianas que sufre ese pueblo. Tomando nota de las mismas, se pueden entender las razones que esgrime la Resistencia para expresar que «no habrá paz mientras el ocupante se empeñe en hacer la guerra y no se retire de territorios que fueron, son y serán palestinos».
Así, las últimas noticias lacerantes que llegan desde Gaza y Cisjordania ocupada hablan por sí solas. A los bombardeos continuos en toda la Franja, a la voladura de lo que queda de refugio para quienes lo perdieron todo, a la hambruna, las inundaciones y el frío sin ningún tipo de protección, se suma el accionar de los francotiradores que compiten disparando contra mujeres y niños, y luego exponen en las redes sus fotos sonrientes por las «hazañas» cometidas. También, sobran episodios, que por si solos se convierten en crueles muestras de lo que es este nuevo nazismo que anida en las entrañas de la entidad sionista.
Está el caso de ese despreciable racista llamado Ben Gvir, que un día sí y otro también, se empeña en querer destruir la enorme dignidad de las y los prisioneros palestinos. Junto con su séquito de guardaespaldas y un puñado de «periodistas» cómplices del genocidio, se vanagloria de visitar los campos de exterminio, y dirigir personalmente sesiones de torturas a los presos. Lo hizo, hace un par de meses en el calabozo del líder palestino Marwan Barghouti, a quien sus esbirros le rompieron a golpes varias costillas, y lo volvió a repetir días atrás en la prisión de Ofer.
Allí, soldados sionistas se esmeraron en su brutalidad, arrojando a los pies del ministro los cuerpos esposados de quienes hace décadas vienen soportando, en cárceles-tumba, todo tipo de sevicias. No conforme, el Ben Gvir ordenó lanzar bombas aturdidoras en la puerta de los calabozos, a la vez que soldados sionistas corrieron para hostigarlos con sus fusiles. Todo ello, mientras el energúmeno gritaba: «los vamos a matar a todos, sépanlo, no va a quedar ninguno terrorista vivo». Lo dijo, haciendo un guiño para que tomara nota esa prensa canalla que lo rodea, y que luego festeja las amenazas del ministro en artículos que estimulan aún más la vena criminal de una población que parece contar con cientos de miles de asesinos seriales.
No es una exageración ni una condena xenófoba contra el pueblo judío, sino la triste constatación que el sionismo ha contaminado de tal manera el pensamiento de la gran mayoría de los israelíes, convirtiéndolos en cómplices, o lo que es peor, en ejecutores impunes de crímenes de lesa humanidad.
Es el mismo Ben Gvir que con su colega Smotrich, han convencido al resto del «muy democrático» parlamento israelí, de la aplicación de la pena de muerte a los presos y presas palestinas, y para ello ya han comenzado los «preparativos», construyendo espacios en las propias prisiones donde sus víctimas serían martirizadas en la horca.
Sin embargo, no son solo Ben Gvir o Netanyahu los ideólogos de estas iniciativas criminales que, al parecer ninguna institución, gobierno o coalición de países, ve necesario frenar, sino que todo este engranaje represivo viene acompañado del verdadero plan de colonizar todo el territorio palestino. En ese sentido, el enemigo avanza en dos andariveles. Por un lado, multiplicando la sangrante situación en Gaza, con la frontera de Rafah a disposición de las autoridades sionistas, obviamente con la aquiescencia egipcia, lo que significa que la ayuda humanitaria sigue sin llegar a la población palestina, a la vez que decenas de miles de heridos graves continúan sin poder salir hacia hospitales de Egipto. Tampoco se permite el retorno de quienes hace dos años pugnan por volver a Gaza para reencontrarse con lo que pueda quedar de sus familias.
Por otro lado, en Cisjordania, se da sistemáticamente la destrucción de pueblos y campamentos y la detención de miles de palestinos, gracias al accionar conjunto de las tropas de ocupación y los colonos armados. Ellos, se ocuparon de «limpiar la maleza» para que ahora se produzca la anexión en tiempo real de grandes extensiones de territorio. Conmociona ver flamear banderas sionistas en sitios que hasta ayer albergaban a familias palestinas, pero más chocante aún, es observar a soldados israelíes, bajar de sus vehículos artillados y a golpes de las culatas de sus fusiles arrojar a la calle a mujeres y niños que entre la rabia y el llanto defienden lo poco que les queda. Son postales hirientes de Tulkarem, de Hebrón, Nablus o la misma Ramallah.
Acompañando esta ofensiva, se destaca la total complicidad de los mandatarios árabes, excepto, claro está, los del Eje de la Resistencia, pero sí brillan por hacerle la venia a EE. UU. y los sionistas, los famosos «mediadores» (Qatar, Egipto y similares) y la decadente Unión Europea. Cada uno de ellos tienen las manos manchadas de sangre palestina, y eso no tendrá perdón ni olvido, en los años venideros.
Por último, es evidente que casi ocho décadas después de la Nakba, se sigue haciendo realidad el descarado robo de todo un territorio, dejando a la intemperie a millones de palestinos, que como señalan los responsables de las distintas facciones de la Resistencia, no dejarán de luchar jamás hasta conseguir su independencia.
Los sionistas podrán, en función de su poderío bélico, aumentar la cifra de los 750 mil colonos ya existentes, ocupando de forma ilegal tierras que no les pertenecen, pero lo que es seguro que jamás podrán vivir en paz. Nada ni nadie, podrá impedir que nuevas oleadas de palestinos que hoy mismo están naciendo, generen nuevas oleadas insurgentes que terminen convirtiendo esos asentamientos en un infierno cuando menos se lo esperen. Entonces se volverá a repetir la conocida sentencia que se multiplicó el 7 de octubre del 2023: «quien siembra odios…»
Tomado de Al Mayadeen / Foto de portada: GettyImages.

