Cuba

Los Capitanes Generales

Por: Ciro Bianchi Ross

El urbanista Pedro Martínez Inclán lo consideraba como el mejor edificio que nos legó la Colonia, un inmueble que será siempre el que represente a la ciudad “por razones de antigüedad e historia”, en tanto que para Joaquín Weis constituía, junto al Palacio del Segundo Cabo, el exponente más sustancial de nuestra arquitectura barroca.

El Palacio de los Capitanes Generales, actual Museo de la Ciudad, en la Plaza de Armas habanera, fue residencia y despacho oficial de los Gobernadores españoles. Al partir de la instauración de la República, en 1902, funcionó como Palacio Presidencial. Lo utilizaron Tomás Estrada Palma y José Miguel Gómez a lo largo de sus respectivos mandatos y también Mario García Menocal que en 1920 estrenó el edificio de Refugio número 1, y que antes se agenciara un Palacio Presidencial de verano en la casa Durañona en la Calzada Real de Marianao, actual Avenida 51.  El edificio fue sede del Palacio Municipal y, entre otros eventos, el escenario donde España traspasó sus poderes al mando militar norteamericano, y donde el interventor los trasladó a su vez al primer gobierno cubano.  En sus salones fueron velados los restos de Calixto García y Máximo Gómez.

Se bendice la sala

Don Luis de las Casas fue el primer gobernador español que residió en el palacio de la Plaza de Armas.  Arribó a La Habana en 1790 y estaban ya tan adelantadas las obras del soberbio edificio que en julio del mismo año pudo el recién llegado instalarse en el nuevo palacio aun sin terminar. Porque, aunque el 23 de diciembre de 1791 se bendijo la sala de ese inmueble donde celebraría sus sesiones el Ayuntamiento habanero, instalada provisionalmente en un entresuelo de la parte que ocupaba Las Casas, y en 1792 se alquilaban ya unas accesorias de la mansión, el palacio no pudo considerarse terminado hasta el mando de Miguel Tacón; 1834-38.  Fue precisamente en 1835 cuando el coronel de ingenieros Manuel Pastor, a quien tanto debió la capital de la Isla, unificó el estilo de las cuatro fachadas del edificio, subdividió la planta baja en departamentos y los dotó de sus entresuelos correspondientes.

El ciclón de Santa Teresa -15 de octubre de 1768- arrasó la casa que la ciudad adquiriera para que sesionara el Ayuntamiento. Las sesiones del Cabildo se debieron celebrar entonces en uno de los salones de la Casa de Aróstegui, residencia del Gobernador en aquellos tiempos. Querían los regidores contar, por supuesto, con edificio propio y acordaron construirlo en el espacio que ocupó la casa asolada por el meteoro.

Como no había dinero suficiente para ello se pidió al Rey la autorización pertinente para utilizar en dicho propósito los sobrantes de la llamada sisa de la Zanja Real, esto es, el impuesto que se había cobrado a los barcos surtos en puerto a fin de allegar fondos para la construcción del primer acueducto habanero.  Cuando se dispuso del dinero necesario enfrentaron los regidores un nuevo tropiezo:  ningún contratista concurrió a las sesiones en la que la construcción se sacó a subasta pese a los pregones que en ese sentido se hicieron entre 1770 y 1773.

Fue así que, en el Cabildo extraordinario de 28 de enero de 1773, el gobernador y capitán general Marqués de la Torre –a quien se considera el primer urbanista con que contó La Habana- dio a conocer un plan que contemplaba la demolición de la Parroquial Mayor , cada vez más deteriorada desde 1741 cuando estalló en el puerto el navío Invencible, y su traslado a la iglesia del colegio de los jesuitas –la Catedral actual- a fin de edificar la residencia del Gobernador, el Ayuntamiento y la Cárcel en el espacio que ocupara la Parroquial.

La propuesta fue aprobada por la Corona y aceptada con regocijo por los integrantes del Cabildo.  El cubano Antonio Fernández de Trebejos y Zaldívar fue el autor de los planos de las obras en la Plaza de Armas y del proyecto de la casa de gobierno, en tanto que el arquitecto gaditano Pedro Medina fue el ejecutor de la edificación del palacio.  Lo fue asimismo del frente de la Catedral y de la enfermería de Belén, entre otras construcciones, según dijera Tomas Romay en el elogio fúnebre de Medina.

Solo diez esclavos

Expresa el arquitecto Evelio Govantes que la edificación del palacio comenzó en 1776. Cierto es que se trabajó con tesón en la obra, pero tan vasta construcción fue confiada a no más de diez negros esclavos comprados con tal propósito y a unos pocos reclusos que allí laboraron en calidad se operarios.  Para la alimentación de los negros se asignó un real diario per cápita. Cantidad exigua que, para colmo, no se abonaba con puntualidad. Lo que trajo como consecuencia que a la vuelta de pocos meses solo quedaran tres de aquellos diez esclavos.

Aun así, la obra avanzaba. En 1782 había ya tres piezas terminadas que comenzaron a alquilarse para levantar fondos. En ese mismo año, en septiembre, se paralizó la construcción.  Existía entonces gran interés por dejar concluida la parte del edificio donde radicaría la cárcel.  Como se quería encerrar en ella “muchos malos pagadores que había en La Habana”, alguien aportó de su bolsillo el dinero necesario y ya el 23 de diciembre del año mencionado el nuevo local, oscuro y poco ventilado, acogía a los presos. Con la conclusión de esa parte del edificio, se paralizaron otra vez las obras y habría que esperar hasta 1785 para que se recomenzaran.

Tomado de Cubadebate / Foto: Abel Padrón Padilla

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