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Radiografía de un discurso: La (in) coherencia de Delcy

Un artículo del capítulo cubano de la REDH.

Por Alberni Poulot* / KardioPensamiento.

Leí y escuché el discurso de la presidenta por encargo de Venezuela. No hubo nada de soberanía en sus palabras ni en su lenguaje extraverbal. Lo expuesto fue pura obediencia al oportunismo político, a la cobardía felona y a la arrogancia imperial de Estados Unidos.

¿Por qué escribo al respecto?, porque tengo criterio propio y valor de decir (escribir) sobre lo que pienso. Veremos cuál será el voto de Venezuela en la próxima sesión de la AGNU cuando por 34o ocasión Cuba presente su informe sobre la necesidad de poner fin al criminal bloqueo multidimensional de Estados Unidos contra los cubanos y el mundo. No me asombraría una abstención si recupera su derecho a votar, porque todavía estimo que no firme su suicidio histórico con una abyecta votación en contra de la Resolución cubana.

Por su contexto y naturaleza estuvimos ante un discurso de ruptura tonal y estratégica, no de continuidad retórica. Delcy Rodríguez no habló como la otrora canciller y vicepresidenta ejecutiva del chavismo, sino como presidenta “encargada” por la voluntad del imperialismo yanqui: ¿alguien lo puede someter a dudas?, ¿qué hubiese pasado si no se hubiesen plegado al chantaje brutal del Imperio yanqui?

Analice el lector por sí mismo:

  • Anunció un “renacer” nacional. Solo “vuelve” a nacer lo que murió o lo que no existió. Y eso es lo que para Delcy está pasando y deberá pasar con la revolución bolivariana y chavista.
  • Venezuela se encuentra, desde el día después del 3 de enero en un proceso de “transformación democrática”, elecciones y un giro hacia la cooperación con Estados Unidos, -dijo. El mensaje al mundo es que antes existía todo lo contrario en la patria de Chávez.

Fue, en términos discursivos, un discurso de transición y reposicionamiento.

Si llevamos el análisis a puntos de contacto con sus intervenciones previas, de ella, en la ONU, apreciaremos que se mantiene el “rechazo” a las sanciones económicas, pues denuncia que las medidas coercitivas “socavan las libertades económicas” y “resquebrajan el desarrollo humano”. Es un eje constante en sus discursos como canciller y vicepresidenta.

También, en el discurso, pues en la práctica no es tan así, existe una defensa de la soberanía y a la no injerencia. Reitera el principio de autodeterminación y rechazo a “intromisiones” externas, línea histórica de la diplomacia bolivariana. Sin embargo, por acción u omisión “involuntaria” se puede ser responsable de daños a terceros. La aceptación del dictado imperial en materia petrolera ha perjudicado a la región latinoamericana, a los países caribeños y a aliados como Rusia, China, Irán y Cuba. De un modo indirecto se es cómplice de la intromisión e injerencia de Estados Unidos con esos países.

En el caso de Irán, el pedófilo dictador de los Estados Unidos, se ha ufanado de que con el petróleo robado a Venezuela le ha permitido al Imperio yanqui sufragar gastos financieros y en especie en la guerra sin sentido que despliega contra los iraníes.

En cuanto a Cuba, la decisión de romper unilateralmente parte del Convenio Integral entre los dos países, específicamente el relacionado con el intercambio, y/o compra a precios ventajosos para ambas partes, de petróleo venezolano, privó de golpe, a Cuba, de la principal fuente de importación del crudo.

También, en el discurso, fue coherente con la reivindicación del Esequibo, manteniendo el llamado a Guyana a volver a las negociaciones conforme al Acuerdo de Ginebra, tema recurrente en sus intervenciones anteriores; la crítica al orden internacional, sobre todo cuestionando el “fracaso institucional del comercio global” y las asimetrías del sistema multilateral. Es permanente la referencia a Bolívar, no así a Chávez ni a Maduro. El cierre con la cita del Libertador y el llamado a la “gran Convención Nacional” es un recurso simbólico que ella ha usado antes, aunque aquí adquiere un sentido distinto, porque los hace desde una aceptada posición de sumisión y subordinación a una potencia extranjera.

Mantuvo la alusión, muy superficial y maquillada de temas globales como la paz, la crisis climática, el desarrollo, la IA, los cuales han sido ejes que ya aparecían en sus discursos previos. Sin embargo, a los coherente, insisto, en el discurso, pues en la acción hay más incoherencia, sus palabras en la ONU mostraron puntos de distanciamientos y hasta rupturas con su propio registro anterior:

Por ejemplo, el tono hacia EE.UU., antes fue confrontacional, de denuncia al “imperialismo”, al bloqueo, a  las agresiones que cometen, sin embargo, en este último discurso fue de agradecimiento explícito a Donald Trump y a su gobierno por retomar las relaciones (rotas, por la actitud soberana, digna, valiente, antimperialista y ampliamente apoyada por el pueblo venezolano, del Comandante Chávez).

En la autodefinición del país, para ella, antes, Venezuela era víctima de agresión y modelo de resistencia antimperialista. Hoy, Venezuela como país que “renace”, que inicia un “proceso de transformación democrática”. En la referencia a elecciones, destacaba la defensa de la legitimidad del sistema electoral bolivariano y el rechazo a la injerencia a la soberanía electoral, ahora, realiza un anuncio explícito de elecciones y de diálogo con la oposición “en igualdad de condiciones”, más ajustado a la agenda de Washington, que a la unidad nacional. Y esto último es imposible entre Revolución y contrarrevolución: son fuerzas antagónicas e irreconciliables. De ahí que resulte una jugada oportunista para mantenerse en el poder, con el aupamiento de Estados Unidos, establecer una relación con la oposición reconociendo una “crisis de convivencia política”, un “país dividido entre trincheras” y con “intereses ajenos al bien común”.

Antes de ser presidenta por encargo constitucional y voluntad imperial, hablaba de socialismo del siglo XXI, de antimperialismo y defensa del ALBA; hoy su lenguaje es por la “reconciliación”, la “reforma jurídica”, la “seguridad jurídica para inversionistas”, la “democracia plena”; porque “vengo a hablarles de una Venezuela cuya vida nacional ha estado afectada por una crisis de convivencia política que perturbó la vida nacional y nuestra interacción con el mundo”; habló de una Venezuela, donde “se impusieron intereses ajenos al bien común de los venezolanos”. Aunque no es explícita en las causas y responsables de esa crítica situación “heredada”, evidentemente, deja implícito que fue el chavismo el responsable de las desgracias venezolanas: ¿alguien de verdad puede creer que eso es lenguaje diplomático. moderado, pertinente, estratégico o reconciliador (con actores internos y externos opuestos al chavismo)?

En resumen, en su discurso hubo continuidad en los temas: sanciones, soberanía, Esequibo y paz, pero una ruptura profunda en el tono, el encuadre y el destinatario del mensaje. El discurso pasa de la confrontación a la reconciliación, de la resistencia a la transición.

Más allá del maniqueísmo del debate en las redes sociodigitales, sobre si Delcy es traidora o no, hija de Satanás o de Dios, en mi opinión el discurso no fue solo un mensaje a la comunidad internacional: fue, sobre todo, un mensaje a la sociedad venezolana. Los destinatarios explícitos lo confirman:

  • A la oposición: reconoce su existencia como interlocutor legítimo y anuncia diálogo “en igualdad de condiciones”.
  • A los jóvenes: les habla de un país al que “vale la pena regresar”, revirtiendo el relato de la emigración como única salida.
  • Al pueblo afectado por el terremoto: convierte el dolor en motor de unidad nacional.
  • A los sectores económicos: ofrece “seguridad jurídica” y “reforma de la justicia”.

Esto sugiere un intento de reconfigurar la base de legitimidad: ya no se apela a la ruptura revolucionaria, sino a la reconstrucción institucional y a la reconciliación nacional.

En el plano internacional el discurso buscó reposicionar a Venezuela en el escenario mundial:

  • Normalización con EE.UU.: el agradecimiento a Trump y el anuncio del acuerdo binacional energético marcan un giro pragmático.
  • Reinserción multilateral: el agradecimiento al sistema de la ONU y a países de todos los continentes busca reconstruir la imagen del país.
  • Mantenimiento de reivindicaciones: el Esequibo y la crítica a las sanciones se conservan como ejes de soberanía, pero sin el tono confrontacional previo.
  • Apertura a la inversión: el lenguaje de “industria nacional”, “localización” y “seguridad jurídica” apunta a atraer capital extranjero.

En el plano simbólico, el uso de la cita de Bolívar sobre la “gran Convención Nacional” es especialmente significativo:

  • Chávez usaba a Bolívar para legitimar la Revolución, para cultivar valores, para reivindicar a Venezuela de antiguos y presentes atropellos a su soberanía.
  • Maduro lo usaba para legitimar la continuidad.
  • Delcy lo usa para legitimar una transición negociada y una consulta al pueblo sobre sus leyes fundamentales.

Es una resignificación del símbolo bolivariano: de la revolución a la reconciliación, de la ruptura a la convención.

El discurso reveló tensiones internas:

-Un discurso de transición: marca el paso de un ciclo confrontacional a uno de reconciliación y reinserción.

-Un discurso de resignificación simbólica: conserva el repertorio bolivariano y algunos ejes temáticos históricos, pero los reorienta hacia la reconciliación y la cooperación.

Un discurso de ruptura con el eje antiimperialista: el agradecimiento a Trump y el anuncio del acuerdo binacional son incompatibles con la línea discursiva de Chávez y Maduro en la ONU.

-Un discurso de transición: marca el paso de un ciclo confrontacional a uno de reconciliación y reinserción internacional. No niega el pasado, pero lo encuadra como un tiempo superado que exige “renacer”.

-Un discurso de resignificación simbólica: conserva el repertorio bolivariano, la crítica a las sanciones, la reivindicación del Esequibo y la retórica de la paz, pero los reorienta hacia la reconciliación, la cooperación y la reconstrucción institucional.

-Un discurso de ruptura con el eje antiimperialista: el agradecimiento a Trump y el anuncio del acuerdo binacional energético resultan incompatibles con la línea discursiva sostenida por Chávez y Maduro ante la ONU durante más de dos décadas.

-Un discurso de autocrítica inédita: el reconocimiento de una “crisis de convivencia” y de un país “dividido entre trincheras” no tiene precedente en la línea discursiva previa del chavismo en foros multilaterales.

-Un discurso de legitimación de la transición: la apelación a Bolívar y a la “gran Convención Nacional” sirve para legitimar un proceso de cambio conducido “desde las propias instituciones”, es decir, sin ruptura revolucionaria ni colapso del orden establecido.

Un discurso con ambigüedades funcionales: las tensiones entre soberanía y cooperación, continuidad y ruptura, elecciones e indeterminación, autocrítica y no responsabilidad, permiten sostener un mensaje de cambio sin romper completamente con la base política que lo sustenta.

En términos analíticos, el discurso puede leerse en tres claves simultáneas:

Clave histórica: cierra un ciclo discursivo abierto por Chávez en 1999 y continuado por Maduro, y abre otro cuyos contornos aún no están definidos.

Clave estratégica: busca reposicionar a Venezuela en el sistema internacional, normalizar relaciones con EE.UU., atraer inversión y reconstruir legitimidad interna mediante un proceso electoral y un diálogo con la oposición.

Clave simbólica: resignifica los significantes históricos del chavismo (Bolívar, soberanía, paz, petróleo) para ponerlos al servicio de un proyecto de reconciliación y reconstrucción nacional.

El discurso de Delcy Rodríguez ante la 81ª Asamblea General de la ONU no es un discurso más en la historia del chavismo: es un discurso bisagra. Su importancia no radica solo en lo que dice, sino en lo que deja de decir y en lo que empieza a decir: Deja de decir “imperialismo”, “socialismo del siglo XXI”, “bloqueo criminal”, “golpe continuado”. Empieza a decir “reconciliación”, “diálogo en igualdad de condiciones”, “seguridad jurídica”, “renacer”, “acompañamiento internacional”.

Ese desplazamiento del lenguaje es, en sí mismo, el indicador más elocuente de un cambio de ciclo político en Venezuela. El discurso, por tanto, no solo describe una transición: la performa, la inaugura y la legitima.

Queda por ver, en los hechos, si esa transición discursiva se traduce en una transición política efectiva, o si se trata de una operación de reposicionamiento táctico sin transformación estructural. Esa es, precisamente, la pregunta que el propio discurso deja abierta y que solo el tiempo y los acontecimientos permitirán responder.

* Alberni Poulot, compañero que integra la Redh.

Fuente: REDH-Cuba.

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