Internacionales

A medio siglo de un zarpazo imperial

Por José Luis Méndez Méndez* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

Quienes apoyan la democracia política, los derechos humanos y la justicia social tienen buenas razones para estar alarmados por los golpes de Estado. Estas ocupaciones abruptas del aparato estatal han ocurrido con gran frecuencia en décadas recientes. Los golpes han derrocado sistemas democráticos constitucionalmente establecidos, han detenido movimientos que avanzaban hacia una democracia mayor y han impuesto regímenes opresores y brutales. Son una de las vías que se utilizan para establecer nuevas dictaduras, también pueden precipitar guerras civiles y crisis internacionales, siguen siendo un problema de defensa no resuelto.

También ha sido frecuente la promoción de golpes de Estado, cuando un gobierno ha asumido posiciones soberanas, se han distanciado de los designios de fuerzas predominantes, sin convertirse en dictaduras. En momentos, han sido de transición temporal y presidido elecciones que han procesado de manera electoral la recuperación del cauce institucional.

Un golpe de Estado es una ocupación rápida del control físico y político del aparato estatal por la acción ilegal de un grupo conspirador apoyado por la amenaza del uso de la violencia. Los miembros del gobierno anterior son depuestos en contra de su voluntad. Inicialmente el grupo del golpe ocupa rápidamente los centros de mando, los centros de administración y toma decisiones, reemplazando al anterior Jefe ejecutivo y a los altos funcionarios con personas (militares o civiles) de su elección. Eventualmente, ellos ocuparán el control de todo el aparato estatal.

Los golpes exitosos se terminan usualmente de forma rápida, cuando más en 48 horas. Se gestan por lo general en conspiraciones previas con la concertación de fuerzas militares y sectores políticos de común acuerdo, es una costumbre que las embajadas de Estados Unidos, estén al tanto, promuevan e incluso indiquen el golpe cuando sus intereses pueden estar siendo afectados.

Se han producido golpes de Estado en docenas de países en casi todas las regiones del planeta en décadas recientes, pero realmente América Latina es una de las más sacudidas, el país donde se registran la  mayor cantidad es Bolivia con un total de 56, le sigue Guatemala con 36; después están  Perú con 31 y Panamá con 24. A continuación   Ecuador con 23, Cuba 17 (hasta 1958), Haití, 16, Santo Domingo 16, Brasil 10, Chile 9 y finalmente  Argentina con 8. [1]

Poco más de un año después, el 24 de abril de 1965, estalló la Revolución Constitucionalista para reponer a Juan Bosch, en República Dominicana, pero el 28 de abril, Estados Unidos iniciaron la invasión de la isla.  Ese mismo año el presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, planteó su doctrina intervencionista en los siguientes términos: […] “Nosotros, los de este hemisferio, debemos usar todos los recursos a nuestra disposición para impedir el establecimiento de otra Cuba”.[2]

Otro golpe de estado que ha trascendido en el tiempo por su  nefasta repercusión, fue el asestado contra el gobierno legítimamente elegido de la Unidad Popular, encabezado por Salvador Allende. Los organizadores y ejecutores desconocieron el hecho de  que su elección había sido mediante  las  elecciones democráticas. Por sus terribles consecuencias,  aún   hay un  número apreciable de ciudadanos chilenos desaparecidos. Hay ejemplos conocidos y denunciados de  la participación del gobierno estadounidense para evitar la asunción al poder de Salvador Allende y después como gestor en los hechos que provocaron su derrocamiento y muerte.

El 6 de noviembre de 1970 se efectuó una reunión del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, para definir la estrategia del gobierno estadounidense contra Salvador Allende quien había jurado como presidente  tres días antes.

En la reunión Henry Kissinger, Asistente del presidente Richard Nixon para Asuntos de Seguridad Nacional, hizo un pormenorizado análisis del resultado de las elecciones chilenas  y sus implicaciones futuras. Planteó  que la elección de Allende como presidente de Chile era uno de los desafíos más serios que Estados Unidos tendría que enfrentar en ese año, porque  lo que sucediera en Chile en los próximos seis a doce meses tendría ramificaciones que irían mucho más allá de las relaciones de entre ambos países.

Argumentó  en su exposición que Allende había sido elegido y que era el primer gobierno marxista que había llegado al poder mediante elecciones libres y ello le daba legitimidad ante los ojos de pueblo chileno y la mayor parte del mundo, por lo que sería muy costoso actuar de una manera que pareciera que se estaban violando  los principios latinoamericanos tan defendidos por ellos.

También expuso que  la incapacidad para reaccionar ante esa situación pudiera  ser percibida en América Latina y en Europa como indiferencia o impotencia. Finalmente explicó que el Departamento de Defensa y la CIA, definían a Salvador Allende como enemigo de Estados Unidos, que se movería en contra del gobierno norteamericano  tan pronto y con tanta fuerza como él sintiera que lo podía hacer y que cuando su hostilidad fuera manifiesta sería porque su poder estaba  consolidado y realmente sería demasiado tarde para hacer mucho, el proceso sería irreversible.

El presidente Richard Nixon decidió crear un Grupo de Trabajo Especial Interagencias, dirigido por del Departamento de Estado, con representantes del Departamento de Defensa, el Director de la CIA y  el propio Kissinger, para preparar “alternativas” de cursos específicos de operación y planes de acción.

Tres años antes de la terminación de su mandato legal, el 11 de septiembre de 1973, desde horas tempranas se produjo el golpe de Estado. “Coincidentemente” ese mismo día y casi a  la misma hora del inicio del bombardeo contra La Moneda, llegó al puerto chileno de Valparaíso  una Escuadra Naval Norteamericana, formada por 5 buques de combate de superficie y un submarino que participaban en las maniobras Unitas. En esa ocasión, también “coincidentemente”, los buques norteamericanos atravesaron el Canal de Panamá, para llegar a costas chilenas justo a tiempo para hacer coincidir su arribo con el comienzo del zarpazo imperial.

La política definida estadounidense de imponer dictaduras en la región, se consolidó con el golpe de Estado ejecutado en la República Argentina el 24 de marzo de 1976, que cumple medio siglo con múltiples reparaciones pendientes, sobre todo los desaparecidos y la justicia que clama por los represores mimetizados en el país e impunes por beneficios de recientes gobiernos de derecha.

Este país ya tenía en esa fecha un  historial de generales del ejército sucediéndose al frente del gobierno como presidentes  después del primer gobierno de Juan Domingo Perón. La relación se inició con el general Juan Carlos Ongania (1966 a 1970); después le siguió el general Roberto Marcelo Levingston (1970 a 1971) y finalmente el general Alejandro Lanusse (1971 hasta 1973). Éste último posibilitó la llegada a la presidencia de un gobierno civil encabezado por Héctor José Cámpora del Frente Justicialista, asumió la presidencia el 25 de mayo de 1973 tras 18 años de ausencia del peronismo  y de Juan Domingo Perón en la vida política del país. Finalmente  Perón ocupó la presidencia pero su apresurada muerte el 1 de julio de 1974, despejó el camino para lo que se avecinaba: el golpe de Estado, para los militares recuperar el poder nacional.

Las fuerzas de extrema derecha, ya actuaban en 1975, en una democracia debilitada tras un proceso de agotamiento político acelerado, incluso operaban servicios de seguridad de países vecinos donde ya imperaban dictaduras, para cooperar en la represión de refugiados de los países donde eran perseguidos.

Se gestó contra la presidenta y viuda de Perón, Isabel Martínez. La estrategia represiva en esta ocasión, adquirió una extensión y matices  crueldad  mayor que la de  los anteriores gobiernos de facto del país. La decisión del general Jorge Rafael  Videla, el nuevo jefe militar llegado al poder, fue de aniquilar las principales fuerzas de izquierda, desarticular las organizaciones populares de base democrática y ordenar otras violentas medidas represivas. Se cuantifican más de 10 mil asesinatos y 30 mil desaparecidos en cientos de centros clandestinos de reclusión y miles de refugiados forzosos, como resultado trágico de los primeros cuatro años de ese gobierno surgido  del golpe de estado[3].

En el caso de Argentina fue tan notoria la coordinación con la Operación Cóndor, que se utilizó la realización del Mundial de Futbol de 1978 para legitimar y silenciar los constantes registros, asaltos, allanamientos a domicilios, para detener a cualquier sospechoso de ser militante de una organización de izquierda. Había una frase de moda en la época, que se pronunciaba ante un reclamo por violaciones de derechos humanos: “los argentinos somos derechos”, para indicar la filiación política.

Esta luctuosa conmemoración se evoca en circunstancias aciagas para el pueblo argentino, que libra una colosal batalla contra un gobierno de derecha, que ha hipotecado al país, enajenado las pasadas conquistas y situado la nación al lado equivocado de la historia, en medio de una región en la cual la derecha de manera transitoria domina posiciones, que serán revertidas más temprano que tarde.

[1] Fuente: Datos de  Modesto Emilio Guerrero de La Agencia Latinoamericana de Información y Análisis-dos (Alia2) del 30 de marzo 2006.

[2] Tomado del folleto editado sobre la Primera Conferencia de los Pueblos de América Latina. La Habana, Cuba 1967

[3] Las cifras fueron tomadas del libro De Golpe, en el artículo  titulado Argentina: de la Crisis social al Golpe de Estado de marzo de 1976, edición de septiembre del 2013, pag.125.

(*) Escritor y profesor universitario. Es el autor, entre otros, del libro “Bajo las alas del Cóndor”, “La Operación Cóndor contra Cuba” y “Demócratas en la Casa Blanca y el terrorismo contra Cuba”. Es colaborador de Cubadebate y Resumen Latinoamericano.

 

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