Cuba

A propósito de un aniversario más de Julio Antonio Mella

Por: Michel E Torres Corona

“El dominio yanqui en la América no es como el antiguo dominio romano de conquista militar, ni como el inglés, dominio imperial comercial disfrazado de Home Rule, es de absoluta dominación económica con garantías políticas cuando son necesarias”.

Algo así también pudiera decirse hoy. No sería un análisis que ganaría demasiados aplausos. Pero conste que fue dicho en 1925. Y sí, ya había existido un Lenin preclaro, que con científico rigor había marcado las pautas de lo que denominaría imperialismo: fase superior o última o más reciente (según la traducción) del capitalismo, hecho sistema global de dominación a través —grosso modo — de la fusión del capital industrial y del capital bancario, y del reparto del mundo por las potencias militares. Pero en aquella época no eran muchos los que podían advertir el peso real de Estados Unidos, no ya como imperio a la antigua usanza, sino como hegemón capitalista.

“Hoy los pueblos no son nada, ya que la sociedad está hecha para ser gobernada por el dólar y no por el ciudadano. Cualquier gran rico de yanquilandia tiene más dólares que ciudadanos todos los países de la América. El dólar vence hoy al ciudadano; hay que hacer que el ciudadano venza al dólar”.

La desigualdad económica traducida en poder político se enunciaba desde Cuba. Lenin había dicho que aquí, en esta pequeña isla que parece destinada por la providencia a servir de escenario para grandes conmociones de la historia humana, se había librado la primera guerra imperialista entre Estados Unidos y España. Soslayaba el ruso, quizás, al Ejército Libertador —¡nadie es perfecto!— pero marcaba un punto de giro para el desarrollo del mundo capitalista con el triunfo gringo. Porque, en definitiva, triunfaron los estadounidenses, apoderándose de Cuba como neocolonia y ensayando en ella todas las fórmulas económicas, jurídicas y políticas del liberalismo.

Y, precisamente, en esa Cuba avasallada, en esa Cuba laboratorio del capitalismo, estandarte de la modernidad construida a imagen y semejanza de Washington, nacía una intelectualidad revolucionaria que comenzaría a abrir el camino para la verdadera independencia del pueblo, de los trabajadores. Pero no basta con precisar que las palabras citadas se enunciaron en la Cuba de 1925. Es indispensable aclarar que el autor tenía entonces apenas 22 años, pero una inteligencia fulminante y una elegancia impropia para su edad, con la que sentenciaba:

«Delenda est Wall Street [Hay que destruir, hay que borrar a Wall Street]. He aquí el grito nuevo y salvador. Quien no lo dé, se pone a servir, aunque solo sea con su inacción, al poderoso enemigo común.»

Es Mella. Quizás intuye, en 1925, que le restan menos de cuatro años de vida. Su prisa es un arrebato de brillantez y coraje: impulsa la reforma universitaria, funda el Partido Comunista y Alma Mater y la Liga Anticlerical, denuncia al machadato… Mella es el capitán de la nueva generación de cubanos que se yergue desafiante ante los generales y los doctores que han heredado Cuba para medrar con ella y, como Rubén Martínez Villena, piensa para su país otro destino, un destino de soberanía popular y justicia social.

A los que, por el contrario, creen que “(…) todas las epopeyas gloriosas terminaron, se agotaron, en el pasado siglo de las revoluciones emancipadoras” responde: “la historia espera nuevos Mirabeau, nuevos Dantón, nuevos Martí, nuevos Bolívar”.

El nacer en Cuba lo hace un “bolchevique tropical” (parafraseando el celebérrimo epíteto que acuñara para su archirrival, Gerardo Machado), cuyo temperamento y coherencia lo empujan a asumir el comunismo no como una verdad importada desde Europa, sino un injerto que debe ayudar al tronco de la nación cubana para que dé sus mejores frutos. Lo anterior es también una suerte de paráfrasis, esta vez de Martí, y no es hecha en balde, sino con el ánimo de recordar que Mella fue también un furibundo martiano.

En sus Glosas, Mella rescata al Martí antimperialista, al que se la ha pretendido blanquear, quitarle sus facetas más subversivas. El Héroe Nacional de Cuba supo ver al verdadero enemigo, la verdadera amenaza, y advirtió que con la independencia también se contribuía al equilibrio del mundo. Cuba no solo estaba destinada a ser escenario para los poderosos: esta isla tenía que ser valladar para el Goliat septentrional.

Si ser radical es ir a la raíz, aquel joven tempestuoso se hundió a conciencia en las profundidades de la nacionalidad cubana, y halló en el pensamiento del Apóstol un asidero ético y político que podía y debía conectar con las doctrinas marxistas.

Esa voluntad de construir un camino propio para Cuba, una identidad original, precede a la famosa elaboración teórica de Mariátegui: la de que el socialismo en América Latina no podría ser calco ni copia, sino creación heroica. Y Mella fue héroe, fue creador y fue hereje, enemigo del mimetismo y del dogma. Por eso fue sancionado por el Partido que él mismo fundó, cuando creyeron —los que no lo entendían e, incluso, los que lo envidiaban— que su huelga de hambre, digna respuesta a la represión de la dictadura, no era más que pose y afán personalista. Sin embargo, las incongruencias de sus compañeros de lucha, ya fuere por ignorancia o dolo, no lo hicieron renegar de su credo.

De esa huelga se deslinda una anécdota muy ilustradora de la época aquella y muy útil para el tiempo nuestro. Martínez Villena acude a ver al tirano Machado para pedir que libere a Mella, quien está sufriendo una severa depauperación física por la inanición. Pero el tirano se niega: Mella será buen hijo, será virtuoso, pero es un comunista. Rubén replica: “¡Usted llama a Mella comunista como un insulto y usted no sabe lo que es ser comunista! ¡Usted no debe hablar de lo que no sabe!”

Machado montó en cólera. «¡Lo mato, lo mato!». El desconocimiento hecho furia, el prejuicio convertido en violencia… ¿acaso no vemos eso a diario, en el auge fascistoide que sufre el mundo hoy? ¿Acaso no se esgrime ese odio anticomunista entre la fauna que adversa a la Revolución, entre los que se oponen a cualquier alternativa mínimamente digna al neoliberalismo o al trumpismo de moda?

La cólera de Machado terminó por alcanzar a su joven enemigo, en México, donde terminó refugiándose Mella y donde siguió luchando y conspirando. Elena Poniatowska, refiriéndose a la relación de Mella con Tina Modotti, diría:

“Tina vivía en un torbellino. Había escogido el peligro del lado de los comunistas y compartía su clandestinidad, sus luchas. Si antes veía a intelectuales, ahora sus amigos eran luchadores, ferrocarrileros, albañiles. (…) Al lado de Mella, los compañeros cobraron para Tina un fulgor inusitado. Ya no eran grises. Refulgían”.

La luz que se prodiga: a eso temía Machado. Eso era lo que realmente lo enfurecía, desde su propia oscuridad. Y por eso ordenó que mataran a Mella. Sicarios abrieron fuego contra él, a traición. La primera bala le atraviesa el codo izquierdo y el intestino, la segunda le perfora el pulmón. Tina le sostiene la cabeza, mientras languidece. Y afirma luego que las últimas palabras del mártir fueron: “Muero por la Revolución”.

Los que hoy, desde la impunidad de las redes digitales o envalentonados por los éxitos de la ultraderecha, amenazan o insultan a los que nos identificamos como comunistas —o a cualquiera que no piense como ellos— no son más que herederos de esa tradición política reaccionaria y despiadada, que conecta a Machado con Mussolini, a Trump con Hitler. Pero la Historia está ahí, implacable, juzgándonos. Y se sabe, por conocerla, de qué lado estar, incluso si militando en el lado correcto encontramos la derrota. Si ese fuera el caso, como Mella, sabemos de la utilidad de los que son derrotados, de los que aun muertos sirven de trinchera para los que siguen luchando.

Tomado de Cubadebate / Ilustración: Pintura de Servando Cabrera

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