Internacionales

Son 30 000 personas

Por Sergio Zabalza

El 24 de marzo de 1976 impuso un antes y un después en la historia argentina. Fue la fecha en que, para cambiar el patrón de acumulación de riqueza a favor del capitalismo financiero, un gobierno de facto impuso el terrorismo de estado en todo el territorio argentino. La Junta Militar argentina recurrió al accionar de la guerrilla urbana para justificar el más atroz programa de exterminio que nuestra América Latina conociera desde la emancipación de España y Portugal, campos y vuelos de la muerte incluidos. La cifra de 30.000 personas secuestradas, torturadas y desaparecidas, más cientos de niños y niñas apropiados refleja el horror que el poder económico dispuso –y que los militares ejecutaron– con la anuencia de la Iglesia y los grandes medios de comunicación y el apoyo de parte de la sociedad civil. Un conjunto de factores cuya siniestra colaboración se resume en la frase que, como ninguna otra, testimonia los efectos de la insidia respecto del prójimo en el campo social: “Algo habrá hecho”. Esto es: a la par que se otorga apoyo al Poder para justificar un crimen, se sume al entorno de la víctima en el aislamiento, la sospecha y la culpabilidad. Si tomamos nota de que tal procedimiento se replicó por millones, bien podemos advertir el nivel de degradación en que la sociedad argentina cayó en aquellos oscuros y ominosos años.

La cuestión está en que el terrorismo de estado del denominado Proceso de Reorganización Nacional actualizó una figura –para nada novedosa en la historia de la tragedia humana– cuyo contenido traumático recala en el nudo mismo de la existencia: el desaparecido. Es decir; ese del cual no hay rastro de su destino; del cual no se sabe dónde ni por qué de un día para el otro ya no está. Ese compañero/a; hermano/hermana; hijo/a; esposa/o; amigo/a; del cual no hay dato ni explicación posible para colegir algún indicio de su destino, a no ser el artero secuestro por parte de un régimen inhumano. Con probabilidad no exista tortura psíquica más aguda que el sufrimiento experimentado por un desaparecido. El secuestrado/desaparecido por el terrorismo de estado obtura cualquier posibilidad de tramitación en el aparato psíquico. De hecho, para dejar claro que la canallada y el disparate pueden transitar codo a codo, el genocida Jorge Rafael Videla intentó apelar a esa instancia al referirse al drama de los desaparecidos: “El desaparecido no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”, dijo impávido frente a las cámaras, quizás en el pronunciamiento de mayor impunidad y cinismo que nuestra memoria alcance a recordar. Para decirlo de una vez: la figura del desaparecido arroja a una persona en la paralización del aparato anímico por cuanto impide el acto más importante de la elaboración psíquica: el duelo. Sin duelo no hay trabajo psíquico. Y si, como dice Platón, amar es dar lo que no se tiene (entregar tu falta para hacer lugar a alguien), sin duelo no hay amor posible. De hecho, sin duelo tampoco hay convicción, solo certezas delirantes. A la convicción se llega como producto de un trabajo intelectual que deshecha (acepta perder) algunas hipótesis para preservar otras, la certeza en cambio irrumpe para imponerse en la psique al margen de toda dialéctica y sensatez. Si no hay duelo, se termina hablando con los perros muertos, o sea.

El 24 de marzo de 1976 toca un punto límite en la vida de esta nación. Allí donde un cuerpo social hace pie en los confines de la existencia o, por el contrario, sucumbe a manos de la ignominia, palabra cuya etimología no por nada significa: sin nombre. Esa frontera que solo los clásicos –por atravesar toda época y cultura– logran representar en ficciones inmortales. Es que a pocos meses de la instalación de un régimen reñido con la condición humana resurgió la épica de Antígona. ¡Circulen!, ordenó un policía a unas “viejas locas” que –apostadas en un emblemático solar– reclamaban por el destino de sus hijos e hijas. Querían saber. Desde entonces, las Madres de Plaza de Mayo no dejaron de circular para mostrarle al mundo que los seres hablantes somos algo más que objetos dispuestos a producir para luego dejarnos morir cuando el mercado nos deshecha. No es casualidad. Antígona se rebeló ante el tirano. Lo enfrentó para honrar la ley inmemorial por la cual sobre la tumba del difunto yace una escritura con su nombre. Para muchos el gesto con el cual comienza la civilización propiamente dicha. El pilar de la Justicia.

Desde siempre, el sadismo consiste en gozar de hacer daño al semejante. Si una fiera mata para comer, el sádico desaparece a una persona para gozar del sufrimiento de sus seres queridos. La crueldad es transformar al prójimo en un objeto para gozar del dolor ajeno. Esto fue el terrorismo de estado. Esto mismo es lo que anima la desquiciada política de la administración libertaria. Muchos se preguntan cómo es posible que luego de tan atroz experiencia, la Argentina tenga un gobierno que reivindica a los genocidas del terrorismo de estado. La respuesta anida en los meandros más oscuros y complejos de la constitución de los cuerpos hablantes: los seres humanos, o sea. Es que, a diferencia del resto de las criaturas del planeta, a los seres hablantes no nos gobierna el instinto. Nos domina un empuje caótico que no sabe qué quiere ni para qué está y que bien puede orientarse hacia los fines más sublimes: sea el arte, la ciencia, la solidaridad; o la crueldad que más arriba mentábamos.

Vaya como ejemplo el tuit que un asesor presidencial emitió hace un tiempo en que con énfasis señalaba que al socialismo (léase todo aquel que no piensa como él) se lo elimina, se lo hace desaparecer. El empleo de esta última palabra en un país desgarrado por el drama de 30.000 desaparecidos y cientos de niños apropiados no es casual. Obedece al ejercicio de la crueldad. La crueldad como política de estado. El gobierno libertario quiere desaparecer a la Argentina que aún conserva rasgos institucionales de solidaridad, igualdad y respeto por los derechos humanos. La infame reforma laboral va en ese sentido. Nuestra respuesta debe ser categórica.

Más allá del insaciable y sádico empuje de la administración libertaria, los argentinos debemos aparecer. En las calles. En las marchas. En las protestas. En las fábricas. En los hospitales. En la Universidad, en las escuelas. Y ante nosotros mismos. Lo que está en juego es una parte esencial de nuestra subjetividad. Más que nunca, el reclamo por los desaparecidos supone el resguardo del Otro que habita en nuestra intimidad. Cuando esa alteridad que nos constituye se reprime –y valga toda la resonancia que este término arrastra– solo queda el “ Odio de sí”, esa pasión anterior a la Conciencia moral que preserva la convivencia, la buena fe y nuestro amor.

Nos vemos el 24 en la Plaza.

Sergio Zabalza es psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.

Tomado de Resumen Latinoamericano English (Fuente: Pagina 12)

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