Niños y niñas frente a una alimentación fracasada

Por Patricia María Guerra Soriano / Colaboración especial para Resumen Latinoamericano

Los niños y niñas de corta edad de todo el mundo reciben una alimentación que los predispone al fracaso pues no consumen los alimentos y nutrientes que necesitan para desarrollarse adecuadamente. La conclusión a la que arriba el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), en su informe sobre nutrición infantil 2021, además de ser dolorosa, demuestra que durante diez años seguidos no han resultado suficientes las acciones de los Gobiernos y organismos internacionales para detener el avance de la crisis.

Henrietta Fore, directora ejecutiva, de Unicef confirma que una ingesta insuficiente de nutrientes puede causar un daño irreversible en el cuerpo y el cerebro de los niños, “con repercusiones en su escolarización, perspectivas laborales y su futuro” en sentido general.

El informe de Unicef revela, tras un diagnóstico realizado en 91 países, que solo la mitad de los niños, entre 6 y 23 meses, se alimentan diariamente con el número mínimo de comidas recomendado, mientras una tercera parte consume el número mínimo de grupos de alimentos necesarios para su desarrollo.

La crisis nutricional en edades tempranas se fusiona con la desigualdad, los conflictos bélicos, las catástrofes naturales y las emergencias sanitarias como la pandemia de la COVID-19, capaz de perturbar completamente la dinámica social y aumentar la cantidad de familias que hoy viven en situación de pobreza y pobreza extrema.

“Desde las aldeas rurales hasta las megalópolis urbanas-enuncia el informe de Unicef- el acceso a alimentos nutritivos asequibles es la preocupación más acuciante”. La explicación radica en que muchos de esos alimentos no están disponibles como los procesados, ultraprocesados y además, poco saludables. Una situación condicionada también por la dependencia de las familias de la compra de alimentos en lugar de producirlos, ante lo cual, la proximidad a los mercados y las tiendas constituye un factor determinante.

A este problema se suma el coste relativamente elevado de los alimentos. La tendencia expone que, frente a ingresos limitados, las familias priorizan la frecuencia por encima de la calidad.

Las disparidades en la alimentación de los menores persisten entre regiones y dentro de ellas, en las zonas rurales y en los hogares más pobres. Unicef apunta que casi dos tercios (62 por ciento) de los niños de 6 a 23 meses de América Latina y el Caribe, asumen una alimentación mínimamente variada, en comparación con menos de uno de cada cuatro niños pequeños de África Oriental y Meridional, Asia Meridional y África Occidental y Central.

Las brechas expuestas dependen también obstáculos culturales, sociales y de género. Las madres continúan siendo las principales responsables del cuidado de los niños pequeños; sin embargo-precisa Unicef-es común que en algunas sociedades asentadas sobre fuertes normas patriarcales, las madres carezcan de autonomía para decidir qué alimentos compran o dan sus hijos pequeños.

Por otra parte, continúan enfrentándose a dos jornadas laborales, una sobrecarga que atenta contra su integridad y cuidado personales y aumenta la recurrencia a víveres procesados para alimentar a sus hijos.

La fragmentación de políticas y programas nacionales con la que han sido abordados estos problemas hasta el momento, se acopla tristemente con las dificultades económicas y sociales de las familias, exacerbadas por la pandemia. Para Fore, “solo la unión entre los Gobiernos, el sector privado, la sociedad civil, los asociados para el desarrollo y la ayuda humanitaria” podrán garantizar una alimentación nutritiva y sana; una solución ideal, pero poco realista después de una década sin soluciones.

Foto de portada: Unicef

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