La guerra estadounidense por el mercado del gas

Por Hedelberto López Blanch * / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

La guerra económica y mediática contra Rusia desatada primeramente por la administración de Donald Trump e intensificada por el gobierno de Joe Biden, le ha comenzado a dar frutos a las compañías de hidrocarburos estadounidenses, al lograr que las naciones de Europa Occidental acepten comprar gas licuado de los yacimientos de esquistos procedentes de Norteamérica.

Poco a poco y como siempre ha sido desde finalizada la Segunda Guerra Mundial, Europa Occidental como fiel aliada, ha seguido el derrotero impuesto por Washington.

Un reciente informe de la Comisión Europea significó que las importaciones de gas natural licuado (GNL) de Estados Unidos hacia esa región alcanzaron volúmenes récord en 2021, (22 000 millones de metros cúbicos) y en enero de 2022 llegaron de 4 400 millones, cuyo valor se cifró en 4 635 millones de dólares.

Desde marzo de 2014 Estados Unidos y la Unión Europea impusieron varios paquetes de medidas contra Moscú debido a que ésta no dejó arrebatarse la estratégica península de Crimea después de que Washington diseñó y ayudó a derrocar al gobierno ucraniano de Víctor Yanukovich y en su lugar instaló un régimen ultraderechista con el objetivo de cerrar el cerco fronterizo al gigante euroasiático, al que observa como un fuerte obstáculo para tratar de preservar un mundo unipolar.

Las llamadas sanciones o mejor dicho, extorsiones, han estado dirigidas hacia todos los sectores y en específico contra su sector energético y financiero.

Washington busca por todos los medios debilitar las exportaciones de petróleo y gas rusos, las que no solo afectarán a Moscú sino también a los países de la Unión Europea, que si desisten de obtener los hidrocarburos del gigante euroasiático, deberán pagar el doble por los envíos que lleguen de Estados Unidos.

Como consecuencia directa se encarecerán los productos que se fabrican en la Unión, (por pagos de combustible y electricidad) lo cual hará caer su competitividad. De esa forma, las mercancías norteamericanas inundarían los anaqueles y tiendas europeas al ser menos costosas.

Como es conocido, la producción de gas por medio del fracking resulta muy costosa pues se necesita extraerlo mediante la fracturación de las rocas de esquisto en el subsuelo (pizarra), ubicadas entre 4 000 y 5 000 metros de profundidad y entre 1,5 y 3 kilómetros de longitud horizontal. Para que fluyan los combustibles, se inyecta a presión 95 % de agua y 5 % de arena, así como varios productos químicos con altos riesgos de contaminación de los acuíferos.

Además de los grandes daños ambientales que esto provoca a la naturaleza y poblaciones norteamericanas, su transportación hacia Europa resulta mucho más costosa (mediante barcos) que la ofrecida por Rusia a través de oleoductos.

Bajo las fuertes presiones estadounidenses, Europa ha tenido que ayudar a financiar la creación de una flota de suministro de gas y la construcción o ampliación de terminales gasíferas en sus territorios. 

Pero analicemos como se ha ido tejiendo esta agresiva política pues desde el principio Estados Unidos se opuso a la construcción del gasoducto Nord Stream 2.

En 2017 cuando comenzaron las primeras inversiones y firmas de acuerdos para llevar adelante un segundo gasoducto desde Rusia a Alemania, (el primer Nord Stream fue terminado en 2012) el expresidente Donald Trump lanzó una serie de «sanciones» contra Rusia y compañías que se integrarían al proyecto, a la par que presionaba a las autoridades alemanas y europeas para que desistieran de la obra.

Biden continuó con la misma política pero al final tuvo que desistir pues según la vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, «Estados Unidos no tenía medios para detener el Nord Stream 2 que ya estaba casi completado en un 95 %».

A un costo de 11 000 millones de dólares y una extensión de 1 234 kilómetros, este segundo ramal parte de la ciudad rusa de Ust Luga, en San Petersburgo (Leningrado) y por el fondo del mar Báltico pasa por las aguas territoriales de Dinamarca, Finlandia y Suecia para terminar en la ciudad alemana de Greifswald.

Con los 55 000 millones de metros cúbicos (MMC) de gas que aportará, junto con el anterior Nord Stream, la entrega de ese combustible ruso a Alemania y países europeos se duplicaría hasta los 110 000 MMC.

A mediados de 2021, para continuar con su presión, el Departamento del Tesoro norteamericano acordó “castigar” a 13 barcos y tres compañías rusas.

El Nord Stream 2 esta listo para operar desde septiembre de 2021 pero sigue esperando los permisos de Alemania y de la Comisión Europea, mientras desde Moscú denuncian la politización del proceso.

Tras el reconocimiento por parte de Rusia de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, (después de los indiscriminados bombardeos del ejército ucraniano contra esa región y las fuertes presiones de Estados Unidos) el canciller alemán Olaf Scholz detuvo la certificación del oleoducto.

De todas formas, Rusia exportó más de 226 000 MMC a Europa en 2020 y sus mayores clientes fueron los Países Bajos y Alemania, donde se encuentran los principales centros gasíferos de la región.

Los convenios firmados a largo plazo por estos países con Moscú reducen los precios pero después aumentan cuando Alemania y Países Bajos lo revenden a distintos países. Por ejemplo, Berlín recibió el pasado año 86,5 MMC y exportó 41,6 MMC: Amsterdam absorbió 46,1 MMC y vendió 36,6 MMC. 

En general, Moscú envía a Europa el 40 % que consumen esas naciones a precios razonables y mucho menos costosos y por tanto no tiene la culpa de la inflación de los precios.

La pregunta sería: ¿se decidirá Europa Occidental a salir de la sujeción que le impone Estados Unidos desde hace décadas o seguirá bajo su sombrilla a pesar de los perjuicios económicos y sociales que el gigante del norte le impone?  

 

(*)  Periodista cubano. Escribe para el diario Juventud Rebelde y el semanario Opciones. Es el autor de «La Emigración cubana en Estados Unidos”, «Historias Secretas de Médicos Cubanos en África» y «Miami, dinero sucio», entre otros.

Imagen de portada: Adán Iglesias Toledo para Resumen Latinoamericano.

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