Cuba: Díaz-Canel y el hado de los líderes

Por Enrique Milanés León.

Una especie de leyenda urbana insiste en la mala suerte del presidente Miguel Díaz-Canel: el avión, el tornado y ahora el hotel Saratoga, afirman y no falta en el cortejo quien le agregue a las «marcas en su cinto» hasta el azote de un virus que se convirtió en pandemia —¡término que ya le presupone al SARS-CoV-2 un alcance planetario, más allá de nuestra cayería!— aunque él, conduciéndonos, haya podido conjurarlo como pocos colegas suyos en el mundo. 

¿Liderazgo, victorias, avances…? No valen razones: la «mala letra» le persigue, según dictamina con torcida caligrafía un segmento que parece creer que a él le importe esa superstición. Viéndolo trabajar como le vemos, no parece que consulte oráculos antes de ir a pelear, cual solían hacer, por si las moscas, unos cuantos guerreros mitológicos.

Duele, mucho, la herida del Saratoga y, porque nos duele, en las redes sociales los buitres de siempre se echaron a manchar cielos. Contra Cuba, en la ley de la Red, hace rato se mudaron de las fakenews a un nuevo hábitat comunicacional: las hatenews. Son miles de gigas de odio. 

No, la isla jíbara no se puede permitir un accidente, ¡ni por accidente! Y si ocurre, entonces es un «incidente». Así medran los adversarios de los cubanos a costa de las lágrimas de nuestras familias.

Sin respeto al luto, los gerentes del odio y algunas de sus mascotas locales desprenden en las notas sobre el hecho ese tufillo de satisfacción que segregan con cada tropiezo nuestro. De modo que, plan contra plan, tan solo pocas horas después de la explosión ya todos sabíamos que levantaríamos, y rápido, lo caído. 

De afuera, los primeros mensajes de aliento llegaron de los amigos. Los poderosos callaron porque seguramente a esas horas acordaban cómo azuzar mejor alguna guerra para que hijos de otras naciones mueran eficientemente. 

Casi como la angustia del Che entre el fusil de guerrillero y el maletín de médico, o como Silvio, queriendo cambiar cada cuerda de guitarra por una caja de balas, los periodistas vivimos el deseo de convertir la agenda —ese machete mambí en las controversias— en resonador magnético, pero al cabo aliviamos a fuerza de palabras, mientras Díaz-Canel, ese hombre a una suerte pegado, andaba entre la gente.

Entonces escribimos y, lo mismo que los manantiales, las lecciones de Cuba no hicieron más que brotar. El gran Capitolio, sede de nuestra Asamblea Nacional —¡eso sí es poder!— dio cobija y sosiego a los niños de la escuela dañada. ¡Bien hecho, porque aquí cada patriota pequeño es en sí mismo una Constitución!

Pasadas, en un trozo de tarde, las 1.500 donaciones —entre los nobles, el equipo Industriales llegó a ofrecer su sangre… azul—, unos cuantos lloraron porque la suya, generosa, no fue tomada para salvar a otros. 

Los jóvenes dijeron ¡aquí estamos! y, asomadas a los límites de geografía y dolor, las demás provincias preguntaron a La Habana: «¿Cómo puedo ayudarte, hermana mía?», mientras el presidente animaba los gestos profundos, fundido con la masa.

Con nosotros, mirando hacia el Maestro, Miguel Díaz-Canel parece estar todos los días en peligro de dar su vida por su país y por su deber. Su marcha ha sido, es cierto, retada hasta por remolinos; su travesía pudiera recordar la que a Ítaca hiciera el valiente Ulises, severamente probado por los dioses, pero él tiene la fortuna de navegar muy bien acompañado. 

Sin dudas, el viernes le oscureció a unas cuantas familias su domingo de las Madres, pero aun así se podría cambiar el sensible #FuerzaCuba por nuestra más auténtica etiqueta: #FuerteCuba. Somos un pueblo poderoso y es fuerte, tiene que serlo, el hombre que, sin temer la grisura de las nubes, toma el primero de los once millones de remos de la barca.

Aunque impresione más el bronce de los héroes, ha de llevar aleación de titán el conductor que, con un hotel al piso, llama a «seguir avanzando». Basta con un par de… genes de Maceo para que, en la contienda, los golpes duros no dejen cicatrices y se tornen honrosos partes de batalla. Sin embargo cierta superchería insiste en su lugar común: el hombre merece otra fortuna.

Fue un viernes triste que, tras el rugido áspero, le quitó todo el volumen a La Habana. Cerrando el día, una señora hacía su pronóstico: «¡Y este año habrá como 17 ciclones!». No le he preguntado, pero probablemente el presidente ya los esté esperando.

Hasta un jefe de Estado tiene sus amuletos. Él nuestro los lleva así, tan descubiertos, que a veces no se notan. El 6 de mayo, cuando eso que algunos llaman infortunio nos tumbó un hotel en la capital, Miguel Díaz-Canel se presentó enseguida. ¡Qué buena suerte la suya, de guía acompañado: cuando llegó, el lugar estaba repleto de Fideles!

Tomado de Cubaperiodistas / Fotos: Alejandro Azcuy Domínguez.

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