Fidel Castro sobre el Uvero: “Creció nuestra fuerza después de aquel combate”

Con las primeras luces del alba del martes 28 de mayo de 1957, un certero disparo hecho por Fidel Castro a la caseta que resguardaba el equipo de radio de la guarnición de El Uvero, fue la señal que inició el combate más violento del Ejército Rebelde contra las fuerzas de la tiranía. Lo ocurrido aquel día marcó un hito en la lucha guerrillera.

Cubadebate y el Sitio Fidel Soldado de las Ideas ofrecen a los lectores un fragmento del discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz el 28 de mayo de 1965 donde relata cómo trascurrió el Combate de El Uvero:

«La fecha de hoy nos recuerda ese instante en que fuimos perdiendo nuestro miedo, nos recuerda ese instante en que el pueblo fue convenciéndose de que era posible luchar. La importancia que tiene la Batalla de El Uvero, es que fue el primer combate de proporciones grandes librado contra aquellas fuerzas de la tiranía por los revolucionarios.

Es cierto que con lo que después aprendimos en la guerra, nosotros, con mucho menos bajas, habríamos podido capturar más soldados, y habríamos podido capturar más armas, como lo hicimos cuando la ofensiva, que le cercábamos una unidad y esperábamos los refuerzos en el camino y se los hacíamos polvo (APLAUSOS), y liquidábamos los refuerzos, y liquidábamos después a la tropa cercada. Y a veces hubo batallas que por cada hombre nuestro que participó en el combate, les hicimos entre muertos, prisioneros y heridos, dos bajas al enemigo por cada hombre nuestro.

Y aquí, en este tipo de combate, de día, frontal, contra posiciones, fue costoso en vidas valiosas, fue costoso en parque. Pero hubo una circunstancia, un sentimiento de solidaridad, porque nosotros días atrás habíamos estado apostados por el camino de Pino del Agua a Uvero, por donde de cuando en cuando pasaba un camioncito con 30 ó 40 soldados. Y hay que decir que nosotros preparamos algunas emboscadas por ese camino, en que no podían participar todos los hombres, porque es que no cabían. Ya allí teníamos las ametralladoras y los fusiles, que si un camión pasa por allí no queda ni un «chinche» vivo; y posiblemente sin ninguna baja.

Pero ocurrió que por aquellos días se produce un desembarco de cubanos que intentaban derrocar a Batista, combatir también contra Batista. No pertenecían a nuestra organización: no nos importaba. Por nuestra experiencia, comprendíamos la persecución que se iba a desatar sobre ellos; cómo la falta de experiencia les iba a hacer muy desventajosa la lucha, y que podía ocurrirles como a nosotros en los primeros tiempos y aquel sentido de solidaridad, aquel deseo de ayudar a aquellos cubanos que habían desembarcado, fue, en lo esencial, el sentimiento que determinó el ataque a la guarnición de Uvero. Y en Uvero había 60 soldados.

Hay que decir que la información que poseíamos era una información deficiente, acerca de las posiciones, las casas. De manera que cuando hubimos hecho nuestro plan de combate, después de caminar durante ocho o diez horas, algo más, después de caminar casi doce horas, organizamos nuestro plan de combate; nos encontramos una situación difícil: la información no era muy exacta, el cuartel no se distinguía claramente, había casas de vecinos en el medio.

Fue necesario esperar completamente el día, fue necesario esfuerzos especiales a última hora. Porque una vez situadas nuestras fuerzas allá, allá, acá… Nosotros no teníamos comunicaciones por radio, ni por teléfono, que pudiéramos decirle a una patrulla que tenía una orden de atacar en un momento determinado, que tenía orden de posesionarse en la oscuridad y que de día ya no podría moverse, decirles: “Retírense, porque hay una información deficiente, porque no ha resultado ser así”.

Ya no había más remedio, de todas formas, que llevar adelante el plan. Fue necesario acudir al valor y al heroísmo de los hombres de nuestra columna, pedir —y sin que hubiera que pedir, porque los compañeros se ofrecían espontáneamente—… Y así el compañero Almeida, y el compañero Guevara. Almeida, bajando de frente por estas lomas, para poder dominar alguno de los fortines que poseían ellos, con armas automáticas, bien defendidos. Y fue necesario que los compañeros hiciesen un esfuerzo supremo para librar aquel combate que duró tres horas y que finalizó con la victoria de nuestras fuerzas (APLAUSOS).

Todavía recordamos que mientras algunos compañeros recogían a los heridos y llegaban noticias de nuestras bajas desde distintas posiciones, acá, por la entrada del oeste, en una casamata, en un fortín se defendían con un fusil ametralladora y varios fusiles Garands un núcleo enemigo, que fue necesario reducirlo tiro a tiro.

Recordamos, en los momentos finales, en los momentos decisivos, las dos ametralladoras, la del compañero Nano Díaz y el compañero Guillermo García disparando incesantemente, incesantemente las últimas ráfagas que terminaron de liquidar la resistencia enemiga.

Para tener una idea de la violencia del combate, baste decir que la tercera parte de los que participaron, aproximadamente, fueron muertos o heridos en los combates.

Y algunos compañeros recordamos que en el cuartel había siete pericos. Algunos compañeros dicen que seis —yo no me recuerdo bien si fueron seis o fueron cinco. Pero es el hecho de que cinco —según yo tenía idea—, o seis —según afirman otros compañeros— murieron de balas. Es decir, los pericos no se atrincheraron, no se tiraron al suelo, y fue tal la lluvia de balas que de siete pericos, cinco por lo menos murieron de balas.

Es decir que aquel cuartel quedó como un guayo. Muchos de ellos se atrincheraron detrás de los troncos de madera. Nosotros no teníamos morteros, no teníamos un solo cañoncito sin retroceso; de haber tenido un cañoncito sin retroceso dura tres minutos el combate, es decir, el tiempo en que suena el primer disparo, y vuela el cuartel aquel; y algunos tiros aislados, y los demás se habrían aconsejado rápidamente y se habrían rendido. Porque si no, tres o cuatro cañonazos más contra la casamata aquella y no queda ninguno, ni una baja.

Pero nuestros fusiles eran de infantería, no teníamos siquiera granadas, ellos estaban posesionados, y fue una cruenta lucha, una dura lucha.

En el día de hoy he estado recordando, he estado viendo el informe que nosotros le hicimos al compañero Frank País de aquel combate. En un mensaje dirigido a él, yo decía:

“Recibí mensaje y mapas. El trabajo está muy bien hecho. De inmediato no se piensa operar sobre el punto. Existen otros planes. Necesitamos nos refuercen de balas 30 06 y M-1. Aunque ocupamos más de 5.000 balas 3.006 en Uvero, las armas han aumentado en número y además se gastaron muchas en el ataque. Tuvimos 14 bajas en el combate. Muertos: el primer teniente Emiliano Díaz; el teniente Julio Díaz González; Gustavo Adolfo Moll; Francisco Soto Hernández; Anselmo Vega; Eligio Mendoza y el compañero Sigueiro de Banes. Heridos: el capitán Juan Almeida; el teniente Félix Pena; el teniente Miguel Angel Manals; Mario Maceo; Manuel Acuña y Mario Leal. Todos más o menos graves.

“La lucha duró tres horas: 5:15 a.m. -8:15 a.m. El cuartel estaba bien defendido, con una línea de defensa exterior formada por cuatro fortines de polines de línea, con cinco hombres cada uno. En total componían la guarnición cerca de sesenta soldados. Nuestros hombres tomaron por asalto cada posición avanzando sobre las balas y combatiendo largamente. Todo lo que se diga sobre la valentía con que lucharon no acertaría a describir el heroísmo de nuestros combatientes. Nano jugó un papel brillantísimo. Lo matan en el instante mismo en que los soldados comenzaban a rendirse con los últimos tiros. Hemos sentido entrañablemente su caída. Los nuevos ingresados no se quedaron atrás, y me sorprendió la eficacia con que actuaron. Almeida dirigió un avance casi suicida con su pelotón. Sin tanto derroche de valor no hubiese sido posible la victoria.

“El adversario tuvo 11 muertos, 19 heridos y 16 prisioneros, 46 bajas en total; unos pocos restantes pudieron escapar.

“Al teniente médico y su ayudante (del ejército) los dejamos con los heridos; también les dejamos dos heridos nuestros que estaban muy graves.

“A los 14 prisioneros restantes los pusimos ayer en libertad. Adjunto les envío un acta de liberación de prisioneros, firmada por cada uno de ellos.

“Me disgustó mucho el reportaje aparecido en la última Bohemia. Nada de lo que aparece como opinión mía en lo relativo al terrorismo y al ataque a Palacio consta en las respuestas que di a los reporteros americanos. Ahora precisamente es cuando hay que intensificar la lucha en todos los órdenes. La organización, nacionalmente, debe secundarnos con todas sus fuerzas.

“Estimo que debe hacerse un esfuerzo por abrir el Segundo Frente en la provincia. Es el momento psicológico y militar apropiado. Pueden usar con ese fin parte del equipo que tenían destinado a nosotros. Eso sí: con jefes capacitados que no se dejen sorprender ni engañar.

“Me resta decirles que en Uvero ocupamos 24 fusiles Garands, un fusil ametralladora y 20 Springfields. Además, numerosas pistolas y revólveres, miles de balas.

“No obstante eso, todo lo que pueda reforzarnos en armas, balas, y equipos de comunicación, etcétera, no dejen de hacerlo. Tengan en cuenta que ahora harán un esfuerzo final por vencernos. No obstante, pensamos salir victoriosos.

“Un abrazo para todos.

“Necesitamos urgente el envío de uno o dos médicos”.

Fidel y el Che en la Sierra Maestra en 1957. Foto: Fidel Soldado de las Ideas

Prácticamente nuestras tropas no tenían material quirúrgico, ni médicos. El único médico era también uno de nuestros mejores combatientes: el compañero Guevara (APLAUSOS), que en ocasiones era soldado y, cuando no había médico, era también médico. El se quedó por las proximidades de Peladero con los heridos en aquella ocasión.

Así fue aquel histórico combate, reflejo de un sentimiento de solidaridad, de un espíritu de unidad de los revolucionarios que luchábamos en la sierra, de un sentido del deber para con los demás que combatían; reflejo también de la decisión de vencer o de morir de nuestros hombres, del espíritu de nuestros combatientes, alentados por el pueblo, creció nuestra fuerza después de aquel combate.

Muchos compañeros dejaron sus escopeticas de cacería y agarraron un Garand o agarraron un Springfield en aquellos días. Por ahí se fueron quedando algunos casi arcabuces que tenían nuestras fuerzas, y ocupando armas al enemigo. Porque hay que decir que la guerra la hicimos esencialmente con las armas que le quitamos al enemigo.

Y es que en realidad las armas de los pueblos están en manos de sus enemigos. Nosotros durante mucho tiempo esperábamos que vinieran de afuera, pero no llegaban, y fueron en combates como este, ocupando 46 armas de una sola vez, duplicando nuestros efectivos, y adquiriendo la experiencia que después nos permitió ocupar, no decenas sino cientos de armas, como en la ofensiva, ¡que en 70 días ocupamos 504 armas; o en la ofensiva final desde la sierra a Santiago de Cuba, que en 40 días armamos a 1 000 reclutas de las Minas del Frío con armas que le quitamos al enemigo!

Cuando aprendimos a quitarle las armas al enemigo habíamos aprendido a hacer la Revolución, habíamos aprendido a hacer la guerra, habíamos aprendido a ser invencibles, habíamos aprendido a vencer. ¡Y sin que nadie nos enviara nada, sin que nadie nos tirara, en submarino o en avión, armas! ¡Así hicimos nuestra guerra revolucionaria y así ganamos nuestra guerra revolucionaria!

Y hoy venimos aquí, llenos de profundo reconocimiento y admiración, a rendir tributo y a recordar a nuestros compañeros caídos ese día glorioso, al compañero Emiliano Díaz, al compañero Julio Díaz González (APLAUSOS), al compañero Gustavo Adolfo Moll, al compañero Francisco Soto Hernández, al compañero Anselmo Vega, al compañero Eligio Mendoza (APLAUSOS), campesino de aquí, del Peladero, y al compañero Sigueiro (APLAUSOS); y a decirles que aunque aquel día cayeron bajo las balas enemigas, para nosotros no murieron. ¡Nosotros, desde aquel día, los tenemos más en nuestro recuerdo y en nuestra memoria! ¡Y viven en la obra de la Revolución, en cada escuela construida en la sierra, en cada hospital, en cada camino, en cada obra revolucionaria! (APLAUSOS) ¡En el corazón del pueblo viven y vivirán eternamente!

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