“Lo llevamos rizo”, más allá de lo impuesto

Por Ania Terrero.

“La pasa te atrasa, cariño, hay que hacer algo con todo ese pelo malo”, le dijeron hace unos años a una amiga quinceañera en una peluquería de La Habana. Honestamente, no me pareció mal, ni siquiera me llamó la atención. En aquella época adolescente, cuando apenas sabíamos de feminismo, antirracismo y otras militancias, las rutinas de peine caliente, plancha, desriz -o queratina para las más pudientes- formaban parte de la cotidianidad para muchas de mis compañeras con cabello afro. No lo cuestionábamos.

En nuestra secundaria de estereotipos naturalizados, “llevar las pasas al aire” provocaba las mismas burlas que usar aparatos para los dientes, “no desarrollar a tiempo” o ser demasiado gorda. Las muchachas queríamos vernos lindas y había muy pocas formas de conseguirlo. El paradigma estaba ahí, latente: flacas pero con curvas, ni muy altas ni muy bajas y el cabello bien lacio, preferiblemente con mechas rubias . “El pelo malo” rompía demasiadas normas no dichas.

Por supuesto, no era -ni es- un problema exclusivo de mi escuela, ni siquiera de Cuba. Durante años, el cabello afro quedó fuera de todos los cánones estéticos a nivel mundial. Expresiones discriminatorias como «pelo malo», «pasa» o «pelo atrasado» contribuyeron a negarlo. En definitiva, forma parte de un racismo estructural que, según especialistas y activistas, busca blanquear y anular las tradiciones de la población negra.

Por suerte, en esta isla del Caribe cada vez son más las iniciativas que reivindican la hermosura de ese tipo de cabello y la belleza negra en general. Lo llevamos rizo, que surgió como obra de intervención pública en la XII Bienal de La Habana y evolucionó hacia un proyecto sociocultural, es una de ellas.

Historia de una corporalidad negada

Foto: Cortesía «Lo llevamos rizo».

Una breve mirada a la historia confirma que el rechazo al cabello afro no es nada nuevo. Ya en el siglo XVI, plena etapa esclavista, se azotaba y trasquilaba a los negros que expusieran su pelo, “porque incomodaba a los demás”. En 1785 una ley en Luisiana, Estados Unidos, estipuló el uso de turbantes o pañuelos en la cabeza para que las mujeres no mostraran sus rizos.

Luego, la industria de belleza, globalización y consumo mediante, consiguió que el modelo femenino ideal más aceptado respondiera al paradigma hegemónico de la blanquitud. La estética afro se convirtió en una corporalidad negada. Ellas, las de los medios de comunicación, la publicidad y los escenarios casi siempre llevan piel clara y pelo liso. Quienes no encajan ahí, sufren presión social y violencia.

Los patrones de belleza nos niegan, “una manera de hacerlo ha sido inventar herramientas, productos y procesos que cambian la textura del cabello afro y rizado; otra, obligarnos a cubrirlo con diferentes accesorios”, confirmó Julié Arianne Pérez, co-directora de Lo llevamos rizo.

En entrevista con nuestras Letras de Género, insistió en la necesidad de poner estos temas bajo la lupa, también en Cuba. “Hablar de cabellos afros y rizados es una tarea pendiente en nuestras agendas familiares, sociales y educativas”, insistió.

Gracias a la historia repetida años tras años, heredada de nuestras propias familias, muchas niñas, jóvenes y mujeres no conocen cómo es su cabello, lo rechazan o no saben cómo cuidarlo. “Esa cadena hay que romperla ya, comenzar a desaprender”, agregó.

Desde su perspectiva, se deben crear más espacios de enseñanzas, debate y práctica, así como visibilizar todos los emprendimientos que trabajan alrededor de estos objetivos.

Sueños de un proyecto que crece

Cinco mujeres sueñan y realizan Lo llevamos Rizo. Julié Pérez, Annia Liz, Dachelys Valdés, Mercedes Prendes y Laura Vera articulan un espacio que nació con la idea de ahondar en los cánones de belleza afro, pero aspira a ser mucho más.

Debe verse como una comunidad que articula saberes, transmite conciencia crítica y posiciona mensajes de resistencia antirracista, porque solo así llevaremos a la población negra y mestiza en Cuba otra propuesta de valor para la reivindicación de la cultura afro y contribuiremos al empoderamiento de mujeres, niñas, jóvenes y adolescentes como mujeres bellas, explicó Julié.

Sobre los orígenes de la iniciativa, recordó que surgió como obra artística de intervención pública en el marco de la XII Bienal de La Habana, bajo la autoría de la reconocida artista plástica Susana Pilar Delahante Matienzo. “A partir de sus propias experiencias, usó el cabello como pretexto para romper con los cánones de bellezas establecidos y vindicar la belleza negra”.

Aquella obra interactiva funcionó como el primer concurso en el país para cabello afro natural en tres modalidades (afro suelto, trenzado y dreadlocks) y dos categorías (mujeres y niñas). Alrededor de la competencia, se articuló un programa de talleres, conferencias, pasarelas, charlas y finalmente, una gala de premiación.

Luego, en la XIII Bienal de La Habana del 2019, se desarrolló su segunda edición con más inclusividad, pues convocó a mujeres, niñas, hombres y niños en las mismas tres modalidades.

Mantuvo las acciones formativas y participativas, generó colaboraciones e inspiró a otros proyectos posteriores, creando así, una atmósfera fructífera para una más plena expresión del cabello afro natural y la negritud en Cuba, señaló la co-directora de Lo llevamos rizo.

“A partir de la emergencia de un importante movimiento del cabello rizado y afro natural dentro de la población negra y mestiza sobre todo en La Habana, las propias personas nos inspiraron a transformar ese concurso en un proyecto sociocultural”.

Según Julié, rescatar las sabias prácticas heredadas de las manos de mujeres africanas y asegurar un espacio que brinde conocimiento y aceptación hacia nuestra naturaleza son hoy objetivos fundamentales.

Tras tres años de trabajo, incluso en tiempos de pandemia, la propuesta está en constante crecimiento. Frases como “tomé como referente el trabajo de su proyecto” o “ese producto me ayudó muchísimo al crecimiento de mi cabello” las impulsan a seguir.

“Unas de las experiencias que más nos ha marcado es conocer que, detrás de cada cabello, hay una historia: algunas más tristes y dolorosas que otras, pero llenas de orgullo y amor propio. Han sido de un modo y otro detonantes decisivos para que muchas jóvenes y mujeres retornen a lo natural”, reflexionó.

De cara al futuro, identifica como desafíos el tema de los financiamientos y cómo llegar a ellos, la falta de materia prima para mantener el enfoque sociocultural y la ausencia de un local físico donde se puedan desarrollar las actividades de forma permanente.

El reto a largo plazo implica fortalecer un proyecto que supone expresión de empoderamiento y lucha contra la discriminación racial. Al fin y al cabo, aseguró Julié, respetar y querer el cabello afro es una forma de validar tu color de piel, tu historia, tus ancestros y a ti mismo como persona.

Tomado de Cubadebate / Foto de portada: «Lo llevamos rizo».

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