Ser mujer

Ana nos demuestra que la virilidad no es cosa exclusiva de hombres. Hay que ser mujer, mucha mujer, para defender a Cuba en un ambiente hostil

Por Michel E. Torres Corona.

Verla en ese video me provocó una mezcla de tristeza y admiración: ella sola, frente a un hombre cobarde, que la emboscó, que la atacó a traición, que la agredió por la mera razón de que pensaba distinto, que defendía una forma alternativa de organizarnos como sociedad. Se llama Ana Hurtado y la conocí en La Habana. Hablamos poco pero me pareció una persona buena, honesta.

En un mercado de Europa, ese continente que se vanagloria de ser un territorio de tolerancia y respeto a los derechos humanos, alguien entendió que era valioso y pertinente humillarla en público. O tratar de hacerlo, al menos. Ana respondió con entereza, ella sola, frente a un hombre cobarde. Los enemigos de la causa que ella defiende trataron de maquillar el suceso: tanto que dicen defender posturas feministas, tanto que dicen estar a favor de la lucha por la justicia, trataron de mostrar aquello como algo normal. O peor, callaron, cómplices.

Ana es una mujer joven. Presentó hace muy poco un documental sobre Cuba, sus muchas vertientes culturales, el sincretismo religioso. Investigando sobre nuestro país se enamoró de la Revolución, ese proceso convulso que ha estado sacudiendo a la identidad nacional desde 1868 y que es, ante todo, un suceso cultural. Un montón de tatuajes le cubren la piel y suele hablar de forma atropellada, como si siempre tuviera muchas cosas que decir. Y tiene muchas cosas que decir, y la valentía para decirlas.

Apenas vi el video le escribí. «Acá en Cuba somos menos agresivos», bromeé. Si le hacía falta buscar refugio, si le hacía falta estar en un lugar donde la entendieran y acogieran, si necesitaba buscar ese último reducto donde su forma de ver la realidad fuera comprendida, aquí estaba Cuba socialista. Y sí, a Cuba sé que regresará una y mil veces, pero sé que también es importante que ella esté allá, en otras costas, luchando por la verdad de nuestro país.

Recuerdo un reportaje que alguna vez vi en redes sociales, donde una periodista de Miami le preguntaba a un manifestante comunista por qué no se iba a Cuba. «Porque allá ya triunfó la Revolución, aquí es donde hay que hacerla», respondió con una sonrisa. Recuerdo también al Che, en aquel discurso en el cual sentenció que hacían falta muchos Vietnam. Por mucho que defendamos el socialismo en Cuba, por mucho que resistamos, necesitamos que la causa del socialismo se multiplique en distintos focos del planeta. En ello nos va la vida.

Ana es parte de eso. A donde quiera que vaya, va con la bandera de Cuba, la bandera del socialismo, la bandera de Fidel. Por eso me da tristeza que la agredan, cuando ella no agrede a nadie; por eso me enorgullece verla responder con virilidad a su agresor.

Virilidad. Fidel, ante la Plaza, cuando el crimen de Barbados: «Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla». La virilidad, asociada al género masculino, implica un grupo de virtudes: el valor, la entereza, la responsabilidad, la consecuencia. Intoxicados por siglos de machismo, hemos asumido esos rasgos como inherentes a la condición masculina. «Poco hombre», pensamos de inmediato, cuando vemos a Ana, mujer, sola, emboscada por aquel cobarde. Ser hombre implica que nunca atacaríamos a una persona así, especialmente a una mujer.

Sin embargo, Ana nos demuestra que la virilidad no es cosa exclusiva de hombres. Hay que ser mujer, mucha mujer, para defender a Cuba en un ambiente hostil. Hay que ser mucha mujer para enfrentarse con entereza a un hombre cobarde. Hay que ser mucha mujer para luchar como lo hace Ana. Por eso me sacudo la tristeza y dejo, sola y limpia, la admiración. Eso es lo único que deben inspirar personas como Ana Hurtado. Admiración y gratitud, compañera, solo eso.

Tomado de Granma / Foto de portada: Ariel Cecilio Lemus.

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