Dos cumbres del pensamiento martiano

Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre…

¡Así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!

Por Gustavo Robreño Dolz.

 

El viaje a Tampa y su contexto

El último trimestre del año 1891 fue particularmente activo para José Martí, convertido ya en centro de una intensa vida intelectual, política, periodística y diplomática con amplias repercusiones internacionales; era ya una personalidad ineludible en las más diversas dimensiones que, desde Nueva York, se proyectaba al mundo y dedicaba infatigable largas jornadas a la fundamentación y reactivación de la guerra necesaria y a la organización del Partido Revolucionario Cubano, un partido de nuevo tipo con características sin precedentes para encabezar la lucha por la independencia.

Había renunciado a los consulados de Argentina, Uruguay y Paraguay,  que desempeñaba en la ciudad neoyorquina, y a la presidencia de la prestigiosa Sociedad Literaria Hispanoamericana, para la cual había sido electo. Todo en aras de la mayor limpieza y transparencia hacia los que confiaron en él, evitándoles dificultades, a lo que debe añadirse la agudización de problemas familiares que determinaron en Agosto el regreso a Cuba de su esposa e hijo. Tal su grandeza moral.

Según recoge el historiador Ibrahím Hidalgo en su Cronología, -editada por el Centro de Estudios Martianos en su cuarta edición de 2018 y considerada la más completa hasta hoy,- a mediados de septiembre se encontró enfermo.

Fueron numerosos los discursos que pronunció en esa etapa, como del 10 de octubre en Harman Hall, y también los artículos que redactó y la profusa correspondencia que directamente atendía; el tono combativo y polémico, junto a la argumentación más sólida, llevaban sus constantes misivas a los diversos destinatarios. Martí iba preparando decididamente el camino.

Es en ese contexto que el 16 de noviembre recibe la invitación de Néstor L. Carbonell, presidente del Club Ignacio Agramonte de Tampa, para viajar a esa ciudad floridana, importante centro de la emigración patriótica y trabajadora cubana, con el fin de participar en un festejo artístico-literario en beneficio de esa asociación. La aceptación fue comunicada de inmediato y el 23 de noviembre inició el viaje a Tampa, a donde llegó el día 25.

De acuerdo con la Cronología citada, la llegada a Tampa fue una verdadera apoteosis popular entre la comunidad cubana, que ya ansiaba conocer personalmente al Apóstol, y bajo fuerte lluvia,- precedido por una banda de música,- es acompañado hasta el Liceo Cubano donde pronuncia breves palabras.

Al siguiente día, 26, se reúne con los representantes de los clubes patrióticos locales y en horas de la noche, en el Liceo Cubano, se efectúa el acto donde tiene lugar la pieza oratoria que se convertiría en uno de sus más importantes y fundamentales legados: “Con todos y para el bien de todos”

El 27 de noviembre es admitido como miembro del club Liga Patriótica Cubana, de Ibor City, presidido por Esteban Candau. Posteriormente, en casa del patriota Cornelio Brito, asiste a la fundación de la Liga de Instrucción, sociedad análoga a la que existe en Nueva York. En horas de la noche, -otra vez en el Liceo Cubano,- se celebra la velada conmemorativa del vigésimo aniversario del fusilamiento de los 8 estudiantes de medicina y allí pronuncia otra oración histórica para todos los tiempos: “Los Pinos Nuevos”.

Es necesario apuntar que ambas piezas oratorias fueron improvisadas y lograron conservarse y reproducirse gracias al taquígrafo Francisco María González, llegado desde Cayo Hueso con ese propósito, invitado por Carbonell.

El día 28 es despedido por la emigración con un acto en el Liceo, donde Ramón Rivero y Rivero lee las resoluciones aprobadas días antes por los clubes patrióticos locales, siendo ratificadas, y la multitud lo acompaña al paradero de ferrocarril, desde donde emprende el largo viaje de regreso a Nueva York, a donde llega el día 30.

El discurso del 27 fue reproducido semanas después en hojas sueltas bajo el título Por Cuba y para Cuba y junto al del día 26 apareció reunido en el folleto Dos Discursos.

 

Como parte el trabajo ideológico y organizativo llevado a cabo por José Martí resalta este, -su primer viaje a Tampa,- y dentro de este sus dos intervenciones ante la emigración cubana, que la historia recoge bajo los títulos ya imperecederos de “Con todos y para el bien de todos” y “Los Pinos Nuevos”.

Aunque de naturaleza programática una y conmemorativa la otra, ambas están indisolublemente unidas por el propósito de esclarecer, explicar y convencer a la masa patriótica de los trabajadores emigrados y a los veteranos y jefes del 68 que allí y Cayo Hueso se radicaron, de los argumentos teóricos y las formas de acción prácticas requeridas para reiniciar el enfrentamiento directo contra el colonialismo, el anexionismo y el autonomismo.

Es en esta pieza oratoria fundamental del ideario martiano donde el Apóstol lanza sentencias de mayor calado y largo alcance vigentes hasta hoy y asomándose al futuro: «Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre…”

No faltaron las referencias a los dimes y diretes de localidad, las competencias de mando y las envidias de pueblo y las esperanzas locas “pues” afuera tenemos el amor en el corazón, los ojos en la costa, la mano en la América y el arma al cinto”.

En la verdad, hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero y todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina, y añade: “ muy mal conoce nuestra patria, la conoce muy mal, quién no sepa que hay en ella, como alma de lo presente y garantía de lo futuro, una enérgica suma de aquella libertad original que cría el hombre en sí, del jugo de la tierra y de las penas que ve, y de su idea propia y de su naturaleza altiva”.

Siete veces responde ¡mienten! A otras tantas interrogantes sobre acuciantes encrucijadas que enfrenta la sociedad colonial de entonces, entre ellas la llamada “cuestión negra” y la presencia del colono español. Se pregunta:  “¿Le tendremos miedo al negro, al negro generoso, al hermano negro, que en los cubanos que murieron por él ha perdonado para siempre a los cubanos que todavía lo maltratan?”… otros le teman: yo lo amo: a quien diga mal de él, me lo desconozca, le digo a boca llena: mientes…”

Y sobre el español, afirma: “¿Al español en Cuba habremos de temer? ¿Al español armado, que no nos pudo vencer por su valor, sino por nuestras envidias, nada más por nuestras envidias…? Por la libertad del hombre se pelea en Cuba y hay muchos españoles que aman la libertad!…!A estos españoles los atacarán otros: yo los ampararé toda mi vida y a los que no saben que esos españoles son otros tantos cubanos, les decimos, mienten…”

No faltó su condena enérgica a quienes, -en todas las épocas,- muestran su vacilación o su cobardía acercándose a la deserción o a la traición. Sobre ellos, dice: “… a los lindoros que desdeñan hoy esta revolución santa cuyos quías y mártires primeros fueron hombres nacidos en el mármol y sede de la fortuna, esta santa revolución que en el espacio más breve hermanó, por la virtud redentora de las guerras justas, al primogénito heroico y al campesino sin heredad, al dueño de hombres y a sus esclavos;…a los que creen que este magnífico movimiento de almas, esta idea encendida de redención decorosa, este deseo triste y firme de guerra inevitable, no es más que el tesón de un rezagado indómito, o la correría de un general sin empleo, o la algazara de los que no gozan de una riqueza que solo se puede mantener con el deshonor… les diremos, mienten…”

Puede calcularse que han transcurrido varias horas de electrizante exposición ante un auditorio atento, reflexivo y entusiasta cuando el orador se aproxima al exordio final de esta manera:  “¡Basta, basta de meras palabras! Para lisonjearnos no estamos aquí, sino para palparnos los corazones y ver que viven sanos y que pueden; para irnos enseñando a los desesperanzados a los desbandados, a los melancólicos, en nuestra fuerza de idea y de acción, en la virtud probada que asegura la dicha por venir, en nuestro tamaño real…ya somos uno y podemos ir al fin…”

Con un llamamiento inmortal, que el pueblo de Cuba ha convertido en compromiso eterno, Martí cierra esa noche memorable: “¡Ahora , a formar filas! ¡Con esperar, allá en lo hondo del alma, no se fundan pueblos! Delante de mí vuelvo a ver los pabellones dando órdenes; y me paree que el mar de allá viene, cargado de esperanza y de dolor, rompe la valla de la tierra ajena en que vivimos y revienta contra esas puertas sus olas alborotadas… Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: Con todos y para el bien de todos”.

 

Cadáveres amados los que un día…

Diecisiete años de edad tenía José Martí, -ya había sufrido el presidio político en Cuba,- y se encontraba en Madrid, a donde había llegado en febrero de 1871, tras desembarcar deportado en Cádiz el día 1º de ese mes, cuando tuvo lugar en La Habana el horrendo crimen de los 8 estudiantes universitarios de Medicina el 27 de noviembre.

Todos los estudiosos martianos e historiadores coinciden en afirmar que fue uno de los hechos bárbaros del colonialismo que más profundamente conmovió al joven patriota cubano y que, desde entonces, estuvo siempre presente en su inspiración y en su recuerdo.

Resulta, además, que en los sucesos se vio involucrado su tan cercano amigo, -casi hermano.- Fermín Valdés Domínguez, quien fue condenado en esa causa a seis años de prisión, salvando milagrosamente la vida al no ser incluido en el infame sorteo efectuado por el Consejo de Guerra.  El 30 de mayo del propio año, Valdés Domínguez es conmutado a pena de destierro y llega a España en junio, reuniéndose con Martí en la capital española.

Un año más tarde, el 27 de noviembre de 1872, circuló en Madrid una hoja suelta titulada con la fecha del crimen, redactada por Martí y suscrita por Valdés Domínguez y Pedro J. de la Torre. Esa noche, el Apóstol pronunció un discurso alusivo en la velada celebrada en casa del cubano Carlos Sauvalle.

Se acepta como enero de 1873, -aunque no totalmente confirmada,- la fecha en que aparece su poema «¡A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, firmado solo con sus iníciales, en las páginas finales del libro publicado por Fermín donde denuncia el crimen cometido por los Voluntarios y sancionado por el Capitán General de la colonia.

La velada conmemorativa organizada por la emigración patriótica de Tampa brinda a Martí una nueva oportunidad para recordar el crimen, para rendir tributo a los inolvidables y para reiterar con la belleza incomparable de la oratoria martiana, que ha visto “por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos”. Y reitera  una idea que es esencial para la organización y el lanzamiento de la nueva guerra necesaria:  “¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!”

“Todo convida esta noche al silencio respetuoso más que a las palabras: las tumbas tienen por lenguaje las flores de resurrección que nacen sobre los sepulcros: ni lágrimas pasajeras ni himnos de oficio son tributo propio a los que con la luz de su muerte señalaron a la piedad humana soñolienta el imperio de la abominación y la codicia…” dijo inicialmente.

Y prosiguió con otra consideración que entonces fue y sigue siendo cardinal para nuestra patria y sus luchas heroicas, siempre en desventaja pero decidida a vencer: “Otros lamenten la muerte necesaria: Yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida…Otros lamenten la muerte hermosa y útil, por donde la patria saneada rescató su complicidad involuntaria con el crimen, por donde se cría el fuego purísimo e invisible en que se acendran para la virtud y se templan para el porvenir las almas fieles…”

La idea de la fidelidad y de la necesidad del martirio acompaña a la utilidad de la virtud y le hace exclamar: “Del semillero de las tumbas levántase impalpable, como los vahos del amanecer, la virtud inmortal, orea la tierra tímida, azota los rostros viles, empapa el aire, entra triunfante en los corazones de los vivos; la muerte da jefes, la muerte da lecciones y ejemplos, la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida: ¡Así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!”

Martí describe de manera imaginaria el momento terrible del crimen, se refiere al presidio político de su niñez y no olvida a Capdevila y a Estévanez, -los españoles dignos y valientes que se negaron a ser cómplices de la infamia,- para reclamar: “¡Cesen ya, puesto que por ellos es la patria más pura y hermosa, las lamentaciones que solo han de acompañar a los nuestros inútiles! Los pueblos viven de la levadura heroica. El mucho heroísmo ha de sanear el mucho crimen. Donde se fue muy vil se ha de ser muy grande…”

Se adelanta visionariamente a los tiempos, como le es usual, y concluye: “!Mañana, como hoy en el destierro, irán a poner flores en la tierra libre, ante el monumento del perdón los hermanos de los asesinados y los que, poniendo el honor sobre el accidente del país, no quieren llamarse hermanos de los asesinos!”

 

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