Talasocracias

Por Luis Britto García.

Nuestro cuerpo es un noventa por ciento de agua organizada por algunas proteínas y minerales. Algo así son las grandes civilizaciones. El agua dulce convierte al predador en agricultor. Wittfogel demostró que todas las grandes culturas de Oriente brotaron de la coordinación del trabajo humano para aprovechar los grandes cursos de agua. La pirámide surge de la represa del Nilo, Babilonia de los canales del Tigris y el Éufrates, el Taj Mahal de las acequias que distribuyen el Ganges, la Ciudad Prohibida de los regadíos y represas del río Amarillo. Diques y canales que domestican un cauce único requieren un poder único. A tal río, tal imperio.

Las aguas dulces de la agricultura y del despotismo hidráulico van a dar a la mar, aguas amargas del comercio, la piratería y la expansión imperial. El desierto líquido convierte al agricultor en predador. Todo Imperio territorial intenta continuar su expansión convirtiéndose en Talasocracia, gobierno o dominio del mar. El que opta eludir este destino como empresa ofensiva debe adoptarlo como defensiva. La gigantesca Rusia vio negado este designio por el congelado Océano Polar Ártico, los estrechos pasos del Báltico y el difícil acceso al Mar Negro, a su vez controlado desde los tiempos de Troya por el estrecho de los Dardanelos. Pedro el Grande estudió construcción naval y fundó San Petersburgo para controlar el Báltico. En 1905, la flota de Rusia fue abatida en la batalla de Tsushima por la de otra naciente talasocracia, Japón. A su vez, éste había iniciado una frenética carrera de modernización y expansión naval después de que en 1853 la flota del comodoro Mathew Perry había roto el sakoku, su espléndido aislamiento, obligando a los nipones a abrir sus puertos y competir con las potencias occidentales.

La inmensa y autosuficiente China de la dinastía Yuan, intentó la invasión naval de Japón en 1281, de Vietnam en 1285 y de Java en 1293. En el siglo XIV la enorme flota de Zeng He, exploró el Océano Índico y las costas africanas, pero posteriormente el Celeste Imperio se replegó de los mares y se limitó a exitosas batallas defensivas, hasta que a partir de las Guerras del Opio en 1839- 1842 y 1856-1860 las armadas occidentales de Gran Bretaña y Francia conquistaron sus puertos, subyugaron sus ríos e impusieron el consumo de estupefacientes para los chinos y la exención tributaria para sus traficantes extranjeros. El resultado de esta humillación fueron movimientos revolucionarios internos que modernizaron la atrasada China, al extremo de que hoy exhibe la más poderosa flota naval del mundo.

Estados Unidos, en su constante expansión territorial, debió cursar los mares hasta el Cabo de Hornos para comunicar su costa Atlántica con la del Pacífico; con la misma finalidad azotó Centroamérica con filibusteros como Walker, y finalmente en 1903 apoyó la secesión de Panamá de Colombia, para construir y dominar el canal que uniría ambos océanos. Las talasocracias, poderes navales, saquean océanos, pillan costas e internan naves por los ríos. Tras ellas van las culturas ecuménicas, las repúblicas, el capitalismo, el imperialismo, las globalizaciones. Sobre el ascenso social ganado en flotas, en donde el único capitán es el mérito, se fundan la democracia ateniense, la Serenísima República de Venecia, la República de los Países Bajos, la Revolución Burguesa de Inglaterra. La agricultura estratifica, el mar nivela.

El matrimonio de las aguas amargas de la mar con las dulces de la agricultura engendra los grandes imperios. Todo imperio territorial aspira a la condición de talasocracia, toda talasocracia a la de imperio territorial.

Durante seiscientos años, a partir de su fundación en el siglo IX A.C., la talasocracia de Cartago cursa ámbitos territoriales en África, Iberia y la Galia para combatir a su rival, Roma. Ésta a su vez emprende el asalto del Mediterráneo, que culmina con la destrucción de Cartago en el 416 A.C. Es efímero el poderío de las talasocracias que dominan océanos desde una base insular o peninsular mínima: Atenas, Venecia, los vikingos, Portugal, Holanda, Japón. Se extiende durante centurias el de aquellas que se hacen a la vela desde grandes territorios: Roma, España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos. Duran siglos: a veces de Oro. Cuando el mar no puede disolver las viejas estructuras jerárquicas fundadas en el monopolio de la tierra o la acumulación de botines, la potencia termina perdiendo su imperio marino y su propio carácter de potencia: Portugal, España, Francia, Inglaterra, quizá Estados Unidos. A tal talasocracia, tal decadencia.

Los imperios que hienden las aguas amargas de la mar saquean a los regados con las aguas dulces de la agricultura. América es su primer gran botín planetario. Inevitablemente lo encuentran cimentado en el flujo de los líquidos. Los caribes dominan ríos y mares desde el sur del Amazonas hasta el arco de las Antillas y Puerto Rico; todos sus poblados están a orillas de la tunna, el camino del agua. Hay palafitos en el Delta y en el lago de Maracaibo. Tenochtitlan está circuida de lagos, que irrigan huertas que la hacen autónoma. De los ríos brotan las impenetrables selvas tropicales, primer baluarte y último refugio de los pueblos originarios tras el torrente de hierro de la Conquista.

Las aguas amargas dejan indelebles huellas en América Latina. Por ellas llegan las naves de los invasores armados con acero y pólvora. Las grandes concentraciones demográficas todavía están a orillas del océano que unía con la metrópoli. Todavía son emporios las ciudades puerto, que remitían oro, plata y cacao llegados por los ríos a cambio de reales cédulas y modas culturales ultramarinas. Aún se yerguen en ellas las fortalezas que cañoneaban a las flotas de los imperios competidores. Todas las fortificaciones coloniales de Venezuela están a orillas del mar o de los ríos que conducen a él. Caracas se vuelve capital porque está cerca del mar, pero defendida de sus predadores por la Cordillera de la Costa; gracias a ello se establecen allí las autoridades que desertan de Coro, asolada por los piratas. La Venezuela actual deriva de la Real Cédula de 1597 donde Felipe III ordena a las provincias unirse para la lucha contra los corsarios. Dignos orígenes para un país cuyo nombre conmemora una ciudad acuática.

Ríos de tinta enturbian nuestra historia. En su libro El agua y el poder, Iraida Vargas y Mario Sanoja la encauzan por la vertiente cristalina de la investigación de los objetos y del dominio del agua. Al igual que Coro, que Maracaibo, que San Tomé de Guayana y Angostura, Caracas es fundada por su cercanía a las aguas amargas del Caribe y para el aprovechamiento de cauces de aguas dulces de la Cordillera de la Costa. Acequias, plumas y pozos riegan las raíces de los Grandes Cacaos. Los dueños del agua devienen Amos del Valle, y éstos, dueños del país.

Las aguas vertebran países. El Mississippi funciona como vehículo de la expansión de Estados Unidos hacia el Sur, donde le arrebata sus posesiones a Francia y más de la mitad de su territorio a México. El Orinoco es eje de Venezuela. El Amazonas es uno de los factores que impide la desintegración de Brasil. El río de la Plata es centro del virreinato posteriormente disuelto. Los penetran sistemáticamente Francia, Holanda, Inglaterra, imperios que le disputan América a los ibéricos. Cuando no pueden conquistarlos, invaden islas que amenazan sus desembocaduras: Trinidad, Curazao, Aruba, Bonaire, las Malvinas, La Tortuga, La Española, Jamaica. Quien domina la isla cerca el continente.

El canal de Panamá junta dos océanos. América del Sur podría unirse mediante canales que comunicaran el Orinoco, el Amazonas, el Paraná y el río de la Plata para fusionarlos en una pulsante arteria fluvial de integración social y económica. En torno a este proyecto se han coligado poderes y para frustrarlo han sido derrocados gobiernos. Comunicar las aguas es unir el continente.

Las guerras del siglo XXI serán por el agua, afirma Jacques Attali. Terrible advertencia para una región por la cual corre el río más largo del mundo, el Amazonas, y para una Venezuela bañada por el Orinoco y el lago de Maracaibo, el reservorio de agua potable más grande de América del Sur. El agua es vida, pero también energía. No es casual que Estados Unidos instale una base militar en Ecuador, en las vertientes del Putumayo, y que presione para intentar incrustar otras en nuestro país. El gobierno de Rafael Correa, los obliga a abandonar la base de Manta; el de Lenin Moreno les permite vergonzosamente instalar una nueva en Las Galápagos, reserva natural donde Charles Darwin descubrió la Ley de la Supervivencia del Más Apto. Una cláusula del ALCA preveía la privatización y el uso irrestricto de las aguas para los inversionistas. En 2005 Hugo Chávez Frías, veta una Ley de la Hacienda Pública Estatal que permitía convertir en propiedad privada ríos, lagos y lagunas. El año fatídico de 2020 se abre a cotización la propiedad privada de las aguas en la bolsa de Wall Street.

El 8 de octubre de 2003 comienza en Argentina el más grande operativo militar conjunto realizado en América Latina, el Ejercicio Águila III, bajo comando estadounidense, para “el control del Sistema Acuífero Guaraní (SAG), un verdadero océano de agua potable subterráneo que tiene allí su principal punto de recarga”. Añade que “Estados Unidos puso al Banco Mundial BM y a la OEA al frente de un proyecto que busca detectar la magnitud del recurso, asegurarse su uso de manera sustentable, evitar la contaminación y mantener un control permanente hasta cuando lo crea conveniente. Se destinaron para este plan 26 millones 760 mil dólares”. El plan insiste en utilizar las fuerzas armadas contra el llamado “enemigo interno”, en este caso supuestas “cédulas dormidas” del terrorismo o lavado de dinero para costearlo. La nueva estrategia pretende aniquilar la subversión matándola de sed, conjuntamente con el país que presuntamente la alberga.

Tomado de Correo del Alba.

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