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La historia de los muchos nombres

A lo largo de décadas de hostigamiento sionista, los palestinos han sido desplazados dentro y fuera de sus fronteras; uno de ellos encontró en Cuba su otra patria, mientras la primera le sigue doliendo

Por Yeilén Delgado Calvo.

Esta es la historia de Bassel, pero podría ser la de:

Najwan, Mahmud, Ibrahim, Bassam, Akram… un relato de la diáspora y la nostalgia, y también de la tenacidad, porque les enseñaron que la causa –esa para tener el país y luego vivir en paz– necesita muchos frentes de lucha, todos válidos.

Bassel Salem: palestino, ingeniero mecánico, máster, 62 años y el pelo encanecido, pero la agilidad de quien tiene muchísimo por hacer, siempre.

En una ruidosa cafetería de La Habana cuenta su historia, habla un español perfecto, muy cubanizado, porque en la Isla ha vivido más de la mitad de su vida, porque su esposa es cubana, y cubanos son sus hijos, y sus patrias son dos.

Parece poner en pausa, para la conversación, el resto de tareas pendientes; y, poco a poco, empieza a desentrañar, sin prisas, los sucesivos desprendimientos –físicos, no emocionales– de su sitio natal y de su familia. ¿Pero cuándo empezó el tener que marcharse a signar la vida de Bassel?: mucho antes de que naciera.

«Mi familia fue expulsada de una aldea al norte de la Franja de Gaza, ocupada en 1948. Creyeron que sería un “mal tiempo” de unas dos semanas, y salieron con un poco de ropa en la maleta, porque cuando se acabara la guerra iban a regresar. Nunca regresaron. Eran desplazados en su propia tierra. Yo nací en el campamento de refugiados de Jabalia, en 1961.

«En 1967 vino otra tragedia, era un niño y no entendía por qué teníamos que salir corriendo de una casa para otra, o buscar un hueco donde protegernos de los bombardeos».

Su niñez no fue normal, no tuvo casi nada de lo que esa etapa requiere, en especial, seguridad.

Fue más o menos por entonces que Cuba entró en su imaginario, a través de la figura del comandante de la guerrilla palestina Mohammed Mahmoud Al Aswad, a quien se le conocía como el Guevara de Gaza. La gente se preguntaba quién era Guevara, y por ese camino supieron no solo del Che –de quien se decía no iba morir mientras hubiera pueblos luchando– sino también de la Revolución cubana.

«Mi papá, como era dirigente del Movimiento Nacionalista Árabe y del Frente Popular, me hablaba de la revolución internacional, y de que la única forma para librarnos del colonialismo y la ocupación sería por medio de la lucha armada. Era una familia revolucionaria. A los 14 años ya milité, porque veía el sufrimiento de mi pueblo, siempre de un lugar a otro».

Cuando llegó la hora de hacer la universidad, su padre, que era pobre y, por ende, no podía costearla, le dijo: «Hay muchos amigos de Palestina que quieren ayudarnos para que nuestros hijos estudien, puedes ir a Rumanía, la Unión Soviética, China o Cuba». Pero Bassel lo tenía claro, él quería ir al «país de Guevara y de Castro, así se decía». En 1979, a los 18 años, llegó.

COMO SI FUERAN HIJOS

A él, parte de una generación marcada por la inestabilidad, el recuerdo del primer contacto con la Isla aún le emociona; allí estaba la profesora que comenzó a enseñarles el español por lo muy básico, porque no hablaban ni una palabra: el buenos días, cómo pedir de comer, cómo pedir de tomar.

Y aquella «tía» que les decía –las frases las comprendió después– a ellos  (palestinos, libaneses, saharauis) al recibirlos, «ustedes como si fueran mis hijos», y «no se preocupen si yo no los entiendo, díganme lo que necesitan». Bassel vuelve al asombro, en aquella beca les daban, además de afecto, las sábanas y las toallas, les lavaban y planchaban la ropa; y además del desayuno, el almuerzo y la comida, les garantizaban 60 pesos de estipendio. «Mi familia no tenía que preocuparse por nada».

Con Palestina no perdió nunca el vínculo, les llegaban revistas, el té y otros alimentos tradicionales. Pero no se le olvida un gesto cubano en especial: para los árabes el pan es muy importante, algo así como el arroz aquí; y cuando en el albergue se dieron cuenta de que ellos casi no comían, por falta de pan, crearon una bodega temporal, y un camión venía a traérselos todos los días, como al resto de la población.

Pasado un año, Bassel se sintió ya autosuficiente, y se trasladó junto al resto de estudiantes de Mecánica. En Santa Clara, durante siete años –uno de estudio de idioma, y seis de carrera, porque tuvo que repetir debido a una asignatura cuyo examen escrito aprobó, pero el oral, no– le pasaron cosas trascendentales:

Hizo amigos, conoció a Martí (y desde entonces es fidelista y martiano, siente que el Apóstol les habla también a los refugiados palestinos) y se enamoró y casó con «Esperanza, la cubana», así se refiere siempre en el diálogo a la muchacha de Placetas.

LA IDA Y EL REGRESO

En 1986, finalizados sus estudios, tuvo que marcharse, para ayudar a sus padres y cuatro hermanos; él era el mayor. Para ese entonces, su familia estaba refugiada en Damasco, Siria. Tuvo suerte y consiguió un puesto de trabajo como ingeniero en Qatar y Emiratos Árabes Unidos. A través de la reunificación familiar, pudo llevar consigo a su esposa.

Pero a los de su tierra, «la guerra nos persigue», dice, y a raíz del conflicto del Golfo, en el área se comenzó a tomar represalias contra los palestinos. Como no le renovaron el permiso de trabajo y la residencia, debió volver a Siria, donde nació su hijo, y de allí a Libia, donde tuvo a su hija.

Pero en ese último país volvió a tener problemas como refugiado, y no podía tampoco regresar a Palestina. Entonces decidieron volver al sitio que era su otra mitad: Cuba. La pareja llegó a finales de 1995, con un niño de tres años y una niña de 11 meses.

Las consecuencias para la familia mayor han sido dolorosas: están todos dispersos por Rusia, Alemania, Egipto, Libia y la propia Palestina, pero son muchos más los países en los que han residido, en un periplo lleno de incertidumbres y en busca de tranquilidad. «El tiempo más seguro y estable para mí ha sido el que he estado en Cuba».

UN SENTIMIENTO QUE NOS UNE

Cuando se le pregunta si alguna vez ha vuelto a Palestina, Bassel dice un «nunca» que suena espeso, como si arrastrara todo el pesar que un hombre es capaz de sentir.

Sin embargo, hay otros nunca en su vida que hablan de un arraigo innegable: nunca ha dejado de hablar árabe, un idioma que sus hijos dominan; nunca ha renunciado a preparar la ensalada a su modo, ni de usar los símbolos palestinos ni de celebrar las fechas de su cultura.

Y nunca ha dejado de luchar, porque si bien hay sentimientos contradictorios ante la lejanía que impide socorrer, está el consuelo de que defender la narrativa verdadera sobre la causa palestina en cualquier lugar del mundo es un frente imprescindible.

De 2000 a 2016 representó al Frente Popular de Liberación en la Isla, realizando trabajo político y de solidaridad; es corresponsal de la revista palestina Al-Hadaf; y colabora traduciendo al árabe publicaciones como Resumen Latinoamericano.

Bassel ilustra con cifras exactas la magnitud del sufrimiento de su pueblo: los que quedan dentro, los que están dispersos en todos los rincones, e insiste en que su historia no es importante, porque él es solo uno más, el reflejo de una causa.

Entonces pide disculpas otra vez por el entorno en que se pudo hacer la entrevista, y cuenta uno de los hechos que motivó el encuentro, y que había estado flotando de este lado de la mesa todo el tiempo; pero, ¿cómo se le pregunta a alguien por la muerte de quienes quiere?

Ahora lo comparte para ilustrar la tragedia colectiva, como si el drama no fuera tan suyo. Lo que dice cobra tintes de irrealidad en el entorno festivo, donde la gente celebra cumpleaños, ríe, toma cervezas o café:

«Yo perdí a mi papá. Perdí 199 personas de mi familia en dos masacres desde el 7 de octubre hasta ahora, 101 de ellos quedaron bajo los escombros». Y eso sucede, sí, en este mundo. Apena solo poder asentir, al escucharlo.

Bassel –que en algún momento de la conversación se ha declarado orgulloso de su carné de identidad cubano– agradece lo que hace su segunda patria por la primera; sabe muy bien los lazos entre ambas tierras, los más conocidos y los específicos.

Le enorgullece el gran apoyo político, una de cuyas más claras manifestaciones es que el máximo dirigente de Cuba encabece las marchas para condenar el genocidio. «Aquí, nada más de saber que soy palestino, me dan un abrazo, y me dicen que no estoy solo. Este es el sentimiento que nos une».

Aprovecha para aclarar que no es justo hablar de guerra, porque no se están enfrentando dos ejércitos, lo que «tenemos es una guerrilla rebelde muy valiente», que está resistiendo al enemigo sionista.

«Israel amenaza la paz y la seguridad mundial. Los palestinos que están en Gaza dicen que no abandonarán su tierra, que no aceptan más el exilio, el desplazamiento, el refugio. El precio que están pagando es muy alto. Están muriendo de hambre.

«Es la voluntad de resistencia de nuestro pueblo, con la carne y el hueso en el fuego. ¡Imagínate yo, que estoy afuera, cómo me siento, con la nostalgia y el deseo de hacer! ¿De qué manera? La única forma que tengo es defender la verdad contra la mentira».

Tomado de Granma / Foto de portada: Sergio Eguino.

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