Cuba

Hablando Fidel

El Coloquio Patria analiza el legado de Fidel en la comunicación política, el pensamiento crítico y la lucha mediática frente a la desinformación

Por Michel E. Torres Corona.

Por estos días se celebra en La Habana la quinta edición del Coloquio Internacional Patria, un convite de periodistas y comunicadores contrahegemónicos que se llama así por el periódico fundado en Estados Unidos por José Martí.

En ese periódico, dedicado a la lucha mediática revolucionaria y a la preparación para el reinicio de la gesta independentista (que se produjo el 24 de febrero de 1895), Martí diría que “la prensa es otra cuando se tiene en frente el enemigo”.

Esa otra prensa, esa otra comunicación, implica una emancipación intelectual tanto de los sujetos activos (emisores de información) como de los pasivos (receptores), aunque dicha distinción va perdiendo aceleradamente su valor en tanto, con el auge de las redes digitales, cada persona se va tornando en emisor-receptor.

Lo que sí permanece inalterable es el hecho de que no se puede combatir la ignorancia desde la ignorancia, y que, como también diría Martí, “ser cultos es el único modo de ser libres”.

Celebrar Patria (valga la polisemia) en un año tan complejo para Cuba —cercada por el imperialismo, con un bloqueo recrudecido hasta límites insospechados, y amenazada a diario con invasiones y bombardeos— no solo es un ejercicio de conciencia sobre la necesidad de combatir la desinformación y la manipulación mediática con las más modernas y eficaces herramientas del pensamiento crítico y del oficio de la comunicación.

Pero también un homenaje a quien, sin título formal, dedicó buena parte de su vida a comunicar en clave política (con toda la extensión de la palabra).

Por supuesto, hablo de Fidel, y hablo en el año de su centenario; hablo del que fuera uno de los mejores alumnos de José Martí, del que entendió que el vínculo con las masas, con el pueblo, era un vínculo que no solo se forjaba al calor de la praxis pública y de la lucha de clases, sino que se templaba también en el discurso, en el gesto, el símbolo, en la construcción de convicciones.

En ese empeño, no extraña que el primer Estado socialista del hemisferio occidental intentara generalizar no solo la salud sino también —y, quizás, sobre todo— la educación, como derechos universales y gratuitos. La tarea de “sembrar ideas” y “sembrar conciencia”, como diría Fidel con hálito martiano, implicaría, en primer lugar, la alfabetización masiva de la población cubana, y una batalla por la divulgación de lo mejor de la literatura nacional e internacional.

“La Revolución no te dice cree, te dice lee”, rezaba una de las consignas de los primeros años del proceso, extraída de un discurso del Comandante.

Asegurar la capacidad de pensar y de informarse, la capacidad de poder expresar esos pensamientos e informadas opiniones, implicaba también la creación de sujetos críticos, con capacidad de análisis, que pudieran entender a cabalidad su realidad e interpretarla de manera revolucionaria; es decir, comprenderla para transformarla en algo cualitativamente superior.

Y con esos sujetos en formación —“seres en transición”, como dice un poema de Retamar inspirado en otro literato, Tallet— Fidel mantuvo un diálogo frecuente. Al pueblo, su líder nunca dejó de hablarle; y, pese a la leyenda negra que han intentado fabricarle, tampoco dejó de escucharle.

Pocos mandatarios de la época tenían tantas comparecencias por radio y televisión. Desde la Sierra Maestra, y con la colaboración del Che Guevara, los barbudos tenían Radio Rebelde y hasta un periódico, El Cubano Libre, con una historia muy particular que no se podría abordar aquí. El 8 de enero de 1959, cuando entró a La Habana, Fidel afirmaría:

«Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario. (…) ¿Cómo ganó la guerra el Ejército Rebelde? Diciendo la verdad. ¿Cómo perdió la guerra la tiranía? Engañando a los soldados.

Cuando nosotros teníamos un revés lo declarábamos por Radio Rebelde, censurábamos los errores de cualquier oficial que lo hubiese cometido, y advertíamos a todos los compañeros para que no le fuese a ocurrir lo mismo a cualquier otra tropa.

(…) hablándole al pueblo nos podemos ahorrar sangre; porque aquí, antes de tirar un tiro, hay que llamar mil veces al pueblo y hablarle al pueblo para que el pueblo, sin tiros, resuelva los problemas.

Esa claridad en torno a las necesidades de comunicarse, con transparencia y sin engaños, para el éxito de la Revolución, acompañó a Fidel hasta sus últimos años. Como diría incluso antes del triunfo, “(…) la única fiscalización que toleramos de nuestros actos y de nuestra libre determinación es la de la opinión pública de nuestro pueblo (…)”.

O sea, no solo era un gesto de sinceridad, sino también una validación de la democracia como sistema de control popular sobre aquellos imbuidos de autoridad. 
Dicen que Camilo Cienfuegos solía aseverar que cuando Fidel hablaba, lo único que podía hacer un revolucionario era escucharlo. No partía esa sentencia de la imposición sino del lugar que se había ganado el Gigante (como lo llamaba Camilo) entre su tropa y entre la gente que cada vez lo conocía más y mejor.

La distancia se acortaba entre el líder y las masas, y las personas, cuando lo veían en la calle o se encontraban con él, no le decían Comandante o Presidente: simplemente lo llamaban Fidel. La comunicación, el discurso fluido y colectivo que se mantuvo durante sus años al frente de Cuba, nunca lo hicieron adquirir “el dorado de los ídolos”, ese que —según Flaubert— se nos suele quedar en las manos al más mínimo tacto.

En su concepto de Revolución, Fidel incluiría “no mentir jamás”. Cuando enfermó y luego decidió retirarse de todos sus cargos, continuó el diálogo con el pueblo a través de sus famosas Reflexiones.

Sus principios y sus métodos no se alteraron sino que se fueron adecuando a los nuevos tiempos, y a sus propias capacidades. El tino político de su escrito “El hermano Obama”, que tanto sacudió entonces a la “opinión pública”, se extraña hoy, en días en los que solo podemos intentar imaginar de qué forma Fidel hubiera usado las redes digitales.

Martí dijo que las trincheras de ideas valían más que las trincheras de piedras, y lo dijo mientras organizaba una guerra. No es el dictum de un pacifista abstracto, sino la de un hombre de pensamiento y de acción, pero que conocía el valor de la inteligencia y de la cultura.

Fidel hizo de Cuba una trinchera de ideas, pero no con el capricho de su exclusivo pensamiento, sino con la mayéutica socrática, con el arte de hacer al pueblo más culto, más preparado, más instruido, más consciente.

Que el Coloquio Patria sirva de homenaje a esos dos grandes hombres de la batalla por el corazón y la mente de los seres humanos, y que no se convierta nunca en tribuna de tecnócratas o falsos gurúes.

Que lo mejor de la tradición política y comunicativa de Cuba se abra al mundo, y que el mundo se abra a nuestra historia. Que en todo momento se esté leyendo a Martí, que en todo momento parezca que está hablando Fidel.

Tomado de Almaplus.

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