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De Washington a La Habana: el nuevo menú de guerra para Cuba

Por Raúl Antonio Capote* / Colaboración Especial para Resumen Latinoamericano.

En una demostración de que la diplomacia del garrote nunca pasó de moda, Washington ha decidido combinar dos instrumentos clásicos de su política exterior —el castigo económico y el matonismo naval— para obsequiar a Cuba una primavera geopolítica inolvidable.

Justo cuando en la isla se celebraba el Día de los Trabajadores con millones de personas festejando en calles y plazas, la Casa Blanca firmó una orden ejecutiva que podría titularse “Hágase la ruina total”.

La pieza legal amplía las sanciones contra los sectores energético, de defensa, minero y financiero cubanos, bloqueando cualquier propiedad estadounidense de quienes operen en ellos, además, las medidas coercitivas entran en vigor sin notificación previa. ¿Un periodo de gracia? No, eso es algo antiguo y poco divertido.

Pero lo verdaderamente sublime es el componente extraterritorial, para asegurarse de que ningún banco extranjero ose hacer negocios con la isla, se le promete un castigo ejemplar: perder el acceso al sistema financiero estadounidense.

Así, el mensaje es cristalino: o trabajas con nosotros o trabajas con ellos, pero con nosotros no trabajarás más, fin de la discusión, un ejemplo pedagógico de cómo el libre mercado se defiende eliminando la libertad de elegir mercado.

Ah, por si el mensaje económico no fuera suficientemente disuasivo, la Administración añadió un gesto de innegable delicadeza estratégica.

Durante una intervención pública en West Palm Beach, se anunció la intención de que, una vez concluidas las labores en Irán, el portaaviones USS Abraham Lincoln —una mole de 100.000 toneladas— sea estacionado “a unos 90 o 100 metros” de las costas cubanas. Nada, a distancia de tirapiedras.

La justificación de tan sutil despliegue fue resumida con una fina ironía made in USA, Trump se imaginó a la isla rindiéndose al ver semejante armada, un detalle que la audiencia celebró con risas. Mucha gente en el mundo, en cambio, no encontraron el chiste gracioso, Cuba, por su parte, no se ha quedado callada.

El canciller, Bruno Rodríguez, denunció lo que calificó de “castigo colectivo” y recordó que este tipo de medidas unilaterales violan la Carta de la ONU, imponer sanciones al margen del Consejo de Seguridad es simple y llanamente ilegal.

Sin embargo, al perverso narcisista parece no importarle demasiado la legalidad, de hecho, la secuencia extraída de su manual de guerra personal, establece paso uno, se asfixia la economía con sanciones diseñadas para causar apagones de hasta 25 horas diarias; paso dos, se amenaza con acercar un portaaviones a las cotas mientras se bromea sobre la rendición; paso tres, se espera gratitud por no apretar aún más el torniquete.

La gran pregunta que flota en el ambiente caribeño no es si la población cubana sufrirá —ya lo está haciendo—, sino si realmente alguien en Washington cree que un pueblo que ha resistido seis décadas de bloqueo, va a cambiar su modelo político gracias a un buque de guerra aparcado a tiro de piedra.

Mientras tanto, la comunidad internacional observa, y los cubanos, acostumbrados a los desmadres de los vecinos norteños, a sus peligrosas estrategias de PlayStation, se preguntan si el portaaviones debería al menos pagar derecho de atraque.

Porque si de verdad estacionan un portaaviones a 90 metros, habrá que recordarles que a Cuba se respeta, y que la sombra de un buque nuclear nos preocupa y nos ocupa, pero no nos quita el sueño. Estamos seguro de que “ganaran la guerra”, como en Irán, pero al estilo cubano, santiguado con jarabe vietnamita.

(*) Escritor, profesor, investigador y periodista cubano. Es autor de “Juego de Iluminaciones”, “El caballero ilustrado”, “El adversario”, “Enemigo” y “La guerra que se nos hace”.

Foto de portada: El Imparcial.

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