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Peter Thiel desembarca en Vaca Muerta: ¿qué significa defender la soberanía 176 años después de San Martín?

Por: Emilia Trabucco

Dos días antes de conmemorarse en la Argentina el 176° aniversario de la muerte de José de San Martín, una presentación ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos confirmó el ingreso de Peter Thiel a Vaca Muerta. Thiel Macro LLC adquirió alrededor de 1,2 millones de ADR de Vista Energy por 76 millones de dólares, equivalentes a cerca del uno por ciento de la compañía. La participación es minoritaria y no supone que Thiel haya “comprado Vaca Muerta”, pero incorpora a su cartera uno de los principales operadores privados de la formación que concentra la segunda reserva mundial de gas shale y la cuarta de petróleo no convencional. Vista produce alrededor de 160 mil barriles equivalentes de petróleo por día y lleva invertidos más de 6.500 millones de dólares en Argentina.

San Martín versus Peter Thiel puede condensar la contradicción política que atraviesa este 17 de agosto. Apenas diez días antes de la efeméride, mientras el Senado discutía la flexibilización de la Ley de Tierras, el canciller Pablo Quirno sostuvo “la soberanía es un discurso que para nosotros es anticuado”. La definición adquiere otra dimensión frente a la orientación que registra la sociedad argentina. Según una encuesta nacional de Zuban-Córdoba realizada entre el 8 y el 10 de agosto sobre 1.200 casos, el 54,1 por ciento considera que la idea de soberanía nacional está hoy más presente en la sociedad, mientras el 65,7 por ciento entiende que la soberanía y la defensa de la patria están menos presentes en las decisiones del Gobierno. La distancia entre ambas tendencias expresa una disputa política que excede la efeméride y atraviesa el proyecto de país.

La soberanía que organizó las guerras de independencia remitía al control del territorio y a la capacidad de construir una dirección política propia frente a las potencias que se disputaban el continente. Dos siglos después, la forma histórica de la dependencia cambió y la cuestión permanece abierta. La nueva fase del capital incorporó los datos, los algoritmos y la capacidad de cómputo a una estructura de acumulación que continúa necesitando una enorme base material. La disputa por la inteligencia artificial también se libra sobre los territorios capaces de proporcionar la energía y los recursos necesarios para sostenerla.

La operación de Thiel permite situar esa discusión en el terreno concreto. Su fondo declaró ante la SEC una cartera de 418,7 millones de dólares con inversiones energéticas y tecnológicas. Cuatro meses antes de conocerse la compra de acciones de Vista, Javier Milei lo había recibido en Casa Rosada junto al canciller Quirno, Matt Danzeisen, gestor de cartera de Thiel Capital, y Matías Van Thienen, socio de Founders Fund. La información oficial sobre aquella reunión, realizada el 23 de abril, no precisó los temas discutidos.

Lucas Aguilera (2024) caracterizó el programa asignado a la Argentina dentro de esta nueva división internacional del trabajo mediante tres imágenes: “Vaca Muerta”, gas y petróleo para alimentar la infraestructura energética; “Vaca Blanca”, litio para baterías y almacenamiento; y “Vaca Viva”, alimentos como energía destinada a reproducir la fuerza de trabajo. Las tres vacas constituyen la base material sobre la cual se asienta la promesa de Milei de convertir a la Argentina en el “cuarto polo mundial de inteligencia artificial”, siguiendo aquella caracterización de The Economist de “transformar a la Argentina en la Texas del sur”: desarrollo tecnológico y energético sin inclusión social en un proyecto de país para 10 millones de habitantes.

La nueva división internacional del trabajo modifica también la forma histórica del enclave. Ya no se organiza únicamente alrededor de la extracción y exportación de una materia prima, sino que integra territorio, energía, minerales y alimentos con infraestructura digital y capacidad de cómputo. Un país puede alojar centros de datos de última generación, producir la energía que los alimenta y aportar los minerales que sostienen esa infraestructura, mientras la propiedad de las tecnologías, las plataformas, los modelos, las patentes y los circuitos financieros que capturan el valor permanece concentrada fuera de sus fronteras. La dependencia adquiere así una forma tecnológicamente sofisticada, capaz de combinar la explotación intensiva de recursos naturales con las ramas más avanzadas del capitalismo contemporáneo.

La categoría de Nueva Aristocracia Financiera y Tecnológica permite caracterizar a la fracción de poder surgida de la fusión entre capital financiero global y empresas tecnológicas capaces de intervenir simultáneamente sobre la producción, la circulación monetaria, los datos, la comunicación y la guerra. Thiel constituye una de sus expresiones más acabadas. Cofundó PayPal y Palantir, creó Founders Fund y construyó una red de inversiones que atraviesa inteligencia artificial, energía y tecnologías militares. La denominada PayPal Mafia extendió desde Silicon Valley una trama empresarial y política que alcanzó posiciones centrales dentro del poder estadounidense.

Su expansión tampoco supone la desaparición de los Estados nacionales. Por el contrario, esta nueva forma de poder necesita de ellos y disputa su dirección para garantizar contratos, modificar legislaciones, financiar infraestructura, organizar aparatos de seguridad y proyectar intereses económicos y militares. La pregunta por la soberanía se desplaza entonces también hacia la democracia: ¿qué capacidad conservan las sociedades para decidir el rumbo de sus Estados cuando una parte creciente de las decisiones estratégicas queda condicionada por redes de capital, tecnología y poder que actúan a escala mundial?

Una filtración conocida este año permitió observar materialmente una parte de esa estructura. Dialog, la organización privada fundada en 2006 por Thiel y Auren Hoffman, tenía 222 personas registradas para su encuentro de agosto de 2026. WIRED verificó entre sus participantes a funcionarios de la administración estadounidense, senadores, integrantes de la PayPal Mafia y al general Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN en Europa y jefe del Comando Europeo de Estados Unidos. El programa incluía discusiones denominadas “Navigating WWIII” y “Battlefield Technologies”, además de debates sobre inteligencia artificial y energía nuclear. La convergencia del capital financiero y tecnológico con estructuras estatales y militares en un mismo espacio privado permite observar la materialidad política de esa Nueva Aristocracia Financiera y Tecnológica en un escenario atravesado por la preparación económica y tecnológica para la guerra.

Argentina posee su propia trama de articulación entre capital tecnológico, finanzas y poder político. Endeavor Argentina reúne actualmente en su directorio a Martín Migoya, Marcos Galperin, Nicolás Szekasy, Alec Oxenford, Eduardo Elsztain y Guibert Englebienne, entre otros empresarios. Oxenford, incorporado al board en 2024, es además embajador argentino en Estados Unidos. Esta red permite observar la conformación local del Círculo Rojo Digital, una fracción empresaria que encontró en el gobierno de Milei condiciones privilegiadas para ampliar su incidencia sobre el Estado.

El Súper RIGI aporta una parte de la arquitectura jurídica de esa transformación. Presentado por el Gobierno en mayo, amplía los beneficios destinados a grandes inversiones y coloca entre los sectores estratégicos al litio, los autos eléctricos, la inteligencia artificial y los centros de datos. El propio ministro de Economía, Luis Caputo, sostuvo que el objetivo consiste en “transformar la matriz productiva argentina” mediante la industrialización de recursos naturales.

La elección de Argentina como plataforma para esta nueva fase responde a condiciones materiales construidas históricamente y a una decisión política. El país posee recursos estratégicos, capacidades científico-tecnológicas e infraestructura capaces de sostener esa transformación. A esas condiciones se agrega la orientación del Gobierno: Milei busca convertir a la Argentina en cabeza de playa regional de este orden emergente, produciendo aceleradamente las condiciones jurídicas, económicas y diplomáticas requeridas por una fracción del capital cuya escala de actuación es mundial.

Allí reaparece, bajo nuevas condiciones históricas, uno de los problemas que atravesó las guerras de independencia: la existencia formal del Estado no garantiza por sí misma la soberanía. Si en el siglo XIX la construcción de los Estados nacionales constituía una condición para enfrentar a los poderes coloniales, el capitalismo financiero y tecnológico del siglo XXI plantea la disputa por la dirección de Estados ya constituidos, capaces de ser utilizados como plataformas para organizar intereses que exceden sus fronteras. La definición de Quirno acerca del carácter “anticuado” de la soberanía adquiere, desde esta perspectiva, una dimensión programática: el Estado no desaparece, sino que su enorme capacidad política, jurídica y económica puede ser reorientada hacia la construcción de las condiciones que necesita esa nueva estructura de poder.

El resultado posible es un enclave neocolonial tecnológicamente sofisticado, integrado a las cadenas más avanzadas del capitalismo contemporáneo pero subordinado en la propiedad de la tecnología, la decisión sobre los datos, la orientación de la infraestructura y la apropiación del valor. La guerra mundial en desarrollo profundiza esa contradicción, porque las tecnologías que reorganizan la acumulación económica ocupan también un lugar cada vez más determinante en la disputa militar global.

Dos siglos después, la forma histórica de la dependencia cambió, pero la cuestión que organizó la vida política y militar de San Martín permanece abierta. La soberanía no se negocia, se defiende, y en esta fase histórica defenderla significa disputar la capacidad de decidir sobre los recursos estratégicos, la infraestructura, el Estado y el valor producido por la sociedad. San Martín y Thiel expresan, desde momentos históricos radicalmente distintos, los dos términos de una disputa que vuelve a atravesar la Argentina: la construcción de capacidad soberana para decidir un proyecto nacional frente a su conversión en plataforma territorial de un poder económico, financiero, tecnológico y militar cuya estrategia se define fuera del país y busca proyectarse sobre toda América Latina y el Caribe.

Tomado de Cubadebate

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