Internacionales

Brad Parscale, la pieza que faltaba

Por Observatorio de Medios de Cubadebate.

Las dos entregas anteriores del Observatorio de Medios de Cubadebate siguieron el rastro de Fernando Cerimedo. La primera reconstruyó su base societaria en Miami y el circuito de cabildeo que lo conectó, a través de Damián Merlo y la firma Latin America Advisory Group, con oficinas del Congreso, del Departamento de Estado y del entorno de Marco Rubio. La segunda examinó el otro extremo del proceso: cómo cada país incorporó la ideología MAGA a su propio conflicto nacional, cuando la operación estalló en la conversación pública latinoamericana vía Ceremido.

Quedaba una pieza sin abrir. En aquel primer trabajo apareció, casi al pasar, un nombre estadounidense: Brad Parscale, exjefe de campaña de Donald Trump y socio tecnológico de Cerimedo en América Latina. Esta tercera entrega se dedica a él, porque su trayectoria permite responder una pregunta que las dos anteriores dejaron planteada: si Cerimedo compró acceso político en Miami y Washington, ¿de dónde salió la tecnología con la que trabajaba?

La respuesta que ofrecen los documentos es incómoda por lo prosaica. No hay una conspiración con organigrama secreto. Hay un negocio: un proveedor que empaquetó software, bases de datos y reputación política y los vendió, con la misma lógica comercial, a candidatos conservadores estadounidenses, a campañas latinoamericanas y a un ministerio extranjero.

¿Quién es Brad Parscale? Empresario estadounidense. Hasta 2015 dirigía en San Antonio, Texas, una pequeña firma de diseño web, Giles-Parscale. Estuvo al frente de la operación digital de la campaña de Donald Trump en 2016 y jefe de la campaña de reelección de 2020. Hoy vende plataformas tecnológicas para campañas políticas y opera, a través de su empresa Clock Tower X, como agente extranjero registrado.

Metodología: qué mide este trabajo y qué no

Este artículo cruza dos tipos de material. El primero es una base de datos cuantitativa2.925 publicaciones de páginas públicas de Facebook que mencionan a Brad Parscale entre 2016 y 2026, depurado para excluir homónimos y menciones incidentales, con 2.809.571 acciones acumuladas —comentarios, reacciones y compartidos—. Sobre esa base se midieron dos cosas: el volumen anual de publicaciones e interacciones, y la frecuencia de co-menciones, es decir, cuántas veces cada actor aparece nombrado en la misma publicación que Parscale, para observar sus asociaciones con el poder estadounidense y la red de Cerimedo.

El segundo material son fuentes documentales: los expedientes de la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA) del Departamento de Justicia estadounidense —en particular el registro 7649, de Clock Tower X LLC, y el 6898, del Latin America Advisory Group—, junto con reportajes de investigación de The New York Times, Associated Press, Bloomberg, ProPublica, Drop Site News, El País de Bolivia, el diario Tiempo de Honduras y otros.

¿Qué es FARA? La Ley de Registro de Agentes Extranjeros obliga a personas y firmas que actúan en Estados Unidos por cuenta de gobiernos o entidades extranjeras a declarar clientes, contratos, actividades y pagos. Estar registrado bajo FARA no es un delito ni implica espionaje: es un mecanismo de transparencia. Su valor periodístico está en que deja una huella documental verificable, firmada y fechada.

Una advertencia necesaria, la misma que hemos aplicado en toda la serie. El conteo de menciones no es un análisis de sentimiento: mide presencia y asociación de nombres, no adhesión ni rechazo. Muchas de las publicaciones que mencionan a Parscale lo critican.

Se aplicaron las tres categorías de evidencia que usa este Observatoriodemostrado (fuente primaria directa), contextual o inferido (coincidencias consistentes sin prueba bilateral) y no corroborado (acusaciones sin respaldo independiente). En el gráfico anual, los valores de 2020 y los totales son los consignados de forma explícita en la base de datos; el resto de la serie anual reproduce la distribución de esa misma fuente y debe leerse como aproximada.

Diez años comprimidos en un solo año

La primera lectura de la muestra arroja un patrón claro: la visibilidad pública de Parscale no creció de manera sostenida, sino que se concentró casi por completo en 2020, el año en que dirigió la campaña de reelección de Trump y en que su carrera política se derrumbó.

Figura 1. Publicaciones e interacciones por año. Elaboración propia a partir del informe base.

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Ese único año concentra 1.616 publicaciones, el 55,2 % de toda la muestra de una década, y alrededor de 1,5 millones de interacciones. Dentro de 2020, los dos picos son elocuentes: el mayor volumen de publicaciones se registró en septiembre —el mes de su crisis personal— y el mayor volumen de interacción en julio, cuando Trump lo relevó de la jefatura de su campaña.

Tabla 1. Métricas del corpus de Facebook, 2016-2026.
Indicador Valor Lectura
Publicaciones analizadas 2.925 Base depurada de homónimos y menciones incidentales
Interacciones acumuladas 2.809.571 Comentarios, reacciones y compartidos
Año de mayor volumen 2020 (1.616) 55,2 % de la muestra en un solo año
Mes de mayor volumen Septiembre de 2020 (619) Coincide con su hospitalización y crisis personal
Mes de mayor interacción Julio de 2020 (501.164) Coincide con su relevo por Bill Stepien

Entre 2021 y 2024 la curva casi desaparece, lo que significa que Brad Parscale sale del ojo público. Y vuelve a subir, moderadamente, en 2025 y 2026, cuando se divulgan sus contratos con el Estado de Israel y su alianza latinoamericana con Fernando Cerimedo.

Aquí conviene repetir la distinción que ya usamos en la segunda entrega, porque vale igual para Parscale: visibilidad no es actividad. Los cuatro años de silencio en Facebook no son de inactividad; son, precisamente, los años en que reconstruyó su negocio lejos de los reflectores. La curva mide cuándo se habló de él, no cuándo trabajó.

La órbita de un solo nombre

La segunda medición es más reveladora que la primera. Si se cuenta con qué otros actores aparece nombrado Parscale en esas 2.925 publicaciones, el resultado es abrumadoramente asimétrico.

Figura 2. Frecuencia de co-menciones, 2016-2026. Elaboración propia a partir del informe base.

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Donald Trump y su familia aparecen en 2.635 publicaciones: el 90 % de la muestra. El dato no es anecdótico: indica que la existencia pública de Parscale es enteramente derivada del poder estadounidense. No se habla de él por sus productos, sino por su vínculo con una familia. Ese vínculo es, a la vez, su principal activo comercial: lo que vende no es solo software, es la promesa de que ese software ganó una elección presidencial.

A enorme distancia siguen el Partido Republicano (310) y Bill Stepien (284).

¿Quién es Bill Stepien? En la campaña de Trump de 2016, fue director nacional de campo (national field director), mientras Parscale dirigía la operación digital. Es decir, ambos pertenecían al mismo ecosistema electoral, pero cumplían funciones diferentes. Fox News Después de la victoria de Trump, Stepien entró en la Casa Blanca como director de Asuntos Políticos, cargo que desempeñó entre 2017 y 2018. Más tarde regresó a la estructura electoral de Trump. En mayo de 2020 ocurrió algo particularmente significativo: Parscale, entonces campaign manager, anunció la promoción de Stepien a deputy campaign manager. Pero menos de dos meses después se invirtió la jerarquía. El 15 de julio de 2020 Trump destituyó a Parscale como campaign manager y colocó a Stepien en su lugar. Parscale permaneció inicialmente como senior adviser encargado de las áreas digital y de datos.

Hay un segundo hallazgo en la misma gráfica. El Gobierno de Israel aparece en 90 publicaciones; Fernando Cerimedo, en apenas 16.

Es decir, el cliente estatal de Medio Oriente tiene casi seis veces más presencia pública que el socio latinoamericano. Dicho de otro modo: la operación latinoamericana es la parte menos visible de su negocio, y por eso mismo la menos escrutada. Cambridge Analytica, la firma que en 2018 protagonizó el mayor escándalo mundial sobre datos y elecciones, aparece solo 15 veces.

Del «fontanero de la campaña» al dueño de la máquina

Para entender qué se vendió en América Latina hay que detenerse en qué se construyó antes en Estados Unidos.

Figura 3. Hitos documentados, 2010-2026. Elaboración propia.

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La relación comenzó siendo estrictamente comercial y privada. En 2010, la empresa Giles-Parscale obtuvo el contrato para desarrollar sitios web inmobiliarios de las marcas de la familia Trump. El “Giles” de la compañía procede de Jill Giles, una diseñadora y especialista en branding (identidad de campaña) de San Antonio, Texas, que fue socia de Brad Parscale. No es un segundo apellido de Parscale ni una empresa de su familia.

Esa relación de proveedor —anterior en varios años a cualquier función política— fue la que le abrió el acceso al entonces candidato republicano. En diciembre de 2015, cuando la infraestructura digital de la campaña primaria falló, los asesores políticos propusieron reemplazarlo, pero la decisión fue vetada por Michael Glassner, un veterano estratega y operador político republicano estadounidense, y por integrantes de la familia Trump: lo consideraban parte del círculo íntimo.

En 2016 su aporte no fue estratégico ni científico, sino operativo. Desde un cuartel en San Antonio bautizado Project Alamo, coordinó la compra masiva de publicidad digital barata, la segmentación de anuncios y la recaudación de microdonaciones vía digital. Él mismo se describió como «el fontanero de la campaña», y resumió su método en una frase que se hizo célebre: «Twitter fue la forma en que Trump habló a la gente, pero Facebook fue el vehículo con el que ganó».

Conviene subrayar de qué estaba hecha esa operación, porque desmonta el mito del genio solitario: la base de datos de votantes la aportó el Comité Nacional RepublicanoCambridge Analytica desplegó 13 especialistas bajo su supervisión; y Facebook incrustó personal técnico propio en las oficinas de la campaña para dar soporte diario. La dirección política estaba en manos de Jared Kushner, yerno de Trump, y de Steve Bannon, jefe de la campaña y quien conecta a Parscale con Cambridge Analytica.

Microsegmentación y «dark posts». Segmentar es dividir a la población en grupos pequeños según su edad, ubicación, consumos o intereses, y enviarle a cada grupo un mensaje distinto. Un dark post es un anuncio que solo ve el grupo elegido y que no queda publicado en el muro del anunciante: nadie fuera de ese grupo sabe que existe. Reportajes de Bloomberg y The Washington Post documentaron que la campaña de 2016 usó ese formato no para convencer, sino para desmovilizar: generar frustración y apatía en votantes que podían inclinarse por Hillary Clinton.

El propio Parscale negó siempre haber usado psicografía —la técnica de perfilado psicológico que promovía Cambridge Analytica— y la despachó diciendo que era lo mismo que ya se hacía en el marketing comercial, «solo que con nombres más sofisticados».

La psicografía era precisamente una de las grandes promesas comerciales de Cambridge Analytica y de su entonces consejero delegado, Alexander Nix: construir perfiles psicológicos de los electores —frecuentemente asociados al modelo de personalidad OCEAN— y adaptar el mensaje político según rasgos como apertura, responsabilidad, extraversión, amabilidad o neurosis. Nix presentaba esa capacidad como una ventaja distintiva frente a la segmentación política convencional: no bastaba con saber quién era el elector o qué había votado anteriormente; la aspiración era inferir qué tipo de personalidad tenía y formular el mensaje de manera que resultara psicológicamente más persuasivo.

Parscale sostuvo una versión muy diferente. En su entrevista con Lesley Stahl para 60 Minutes, emitida originalmente el 8 de octubre de 2017, CBS explicó que Cambridge Analytica utilizaba psicografía para dirigir mensajes diferentes según la personalidad del destinatario. Parscale respondió que la campaña no había utilizado esa técnica porque, sencillamente, no creía que funcionara. Stahl le preguntó expresamente si la había rechazado por considerarla manipuladora o siniestra; Parscale respondió que no la consideraba siniestra, sino ineficaz: “I just don’t think it works”.

Esta negativa no significa, sin embargo, que Parscale rechazara la segmentación intensiva de electores. Al contrario. En la misma entrevista muestra cómo su equipo podía enviar anuncios prácticamente idénticos con modificaciones de mensaje, color, asunto o creatividad a audiencias distintas y comprobar cuáles reaccionaban mejor. Explicaba, por ejemplo, que dos vecinos de la misma calle podían recibir anuncios diferentes porque uno había sido clasificado dentro de una audiencia interesada en impuestos y otro dentro de una audiencia preocupada por energía o infraestructuras.

Es decir, Parscale rechazaba la etiqueta y la pretensión científica específica de la psicografía, no la lógica general de identificar diferencias entre individuos y adaptar los mensajes a ellas.

Para Parcale la victoria de 2016 multiplicó la escala de su negocio: su firma canalizó más de 170 millones de dólares del presupuesto electoral a través de estructuras opacas como Red State Data & Digital. En 2018 fue nombrado jefe de la campaña de reelección y declaró«El viejo Partido Republicano ha desaparecido; ahora es el partido de Trump».

El derrumbe de Parscale comenzó a hacerse visible en junio de 2020, con el mitin de Trump en Tulsa, Oklahoma, concebido como el gran regreso del presidente a los actos multitudinarios después de meses de restricciones por la pandemia. Durante los días previos, Parscale elevó extraordinariamente las expectativas: anunció públicamente que la campaña había recibido más de un millón de solicitudes de entradas y Trump habló de una asistencia récord.

La organización incluso preparó un escenario exterior para una segunda intervención ante la multitud que, supuestamente, no podría entrar en el BOK Center, un recinto con capacidad cercana a las 19.000 personas. La realidad fue muy distinta: el servicio de bomberos de Tulsa contabilizó menos de 6.200 asistentes y quedaron amplias zonas de las gradas vacías; el acto exterior tuvo que ser cancelado. The Washington Post calificó posteriormente el episodio, según los propios parámetros establecidos por la campaña, como una “debacle”.

Fue una falla de modelado de datos convertida en humillación pública. El 15 de julio, Trump lo destituyó. El 27 de septiembre, tras una llamada de emergencia de su esposa por violencia doméstica, la policía de Fort Lauderdale, en la Florida, intervino y fue ingresado en un centro hospitalario para evaluación psicológica. Esa crisis personal —que explica el pico de septiembre en la Figura 1— lo apartó definitivamente de la campaña.

Lo decisivo es lo que vino después. Parscale no volvió como asesor: regresó como fabricante. Su producto, Campaign Nucleus, se comenzó a vender como un sistema integrado que reúne envío automatizado de correos, análisis de sentimiento en redes, identificación predictiva de votantes persuadibles y generación masiva de contenidos y páginas web mediante inteligencia artificial, con un argumento comercial calibrado para su clientela: independencia frente a las grandes plataformas y protección contra la «cancelación».

En 2024, registros federales mostraron pagos superiores a 2,2 millones de dólares a Nucleus por parte de comités de acción política republicanos.

El desplazamiento constituye uno de los hallazgos centrales de esta evolución: Parscale pasó de prestar un servicio dependiente de plataformas ajenas a intentar convertirse en propietario de la infraestructura desde la que se dirige la campaña.

En 2016, su ventaja competitiva consistía fundamentalmente en saber explotar mejor que otros aquellas herramientas que pertenecían a terceros. Facebook proporcionaba la plataforma publicitaria y sus mecanismos de segmentación; el Comité Nacional Republicano (RNC, por sus siglas en inglés) aportaba una parte sustancial de los datos electorales; Cambridge Analytica y otros proveedores ofrecían servicios de análisis y modelización; empresas externas suministraban software, bases de datos y herramientas de comunicación. Parscale integraba esas piezas, administraba enormes presupuestos publicitarios y convertía los datos disponibles en audiencias, anuncios, captación de fondos y movilización. Era un operador extraordinariamente importante, pero operaba sobre infraestructuras que no controlaba.

Campaign Nucleus representa un cambio de modelo. Parscale ya no se presenta simplemente como el consultor capaz de comprar mejor publicidad en Facebook o combinar datos procedentes de distintos proveedores, sino como el fundador de una plataforma SaaS (Software as a Service, en español software como servicio) que pretende concentrar dentro de un mismo ecosistema funciones tradicionalmente dispersas entre numerosos contratistas: gestión de contactos, páginas web, correo electrónico, SMS, fundraising (recaudación de fondos), análisis de datos, identificación y segmentación de electores y, posteriormente, herramientas de inteligencia artificial.

Associated Press describió precisamente a Campaign Nucleus como una especie de “one-stop shop” («tienda donde se encuentra todo en un solo lugar») que busca automatizar tareas que antes realizaban trabajadores, voluntarios y distintos proveedores de campaña.

Por eso Parscale no abandonó el modelo que lo llevó al éxito en 2016; trató de internalizarlo. Si entonces su poder provenía de saber utilizar mejor que sus adversarios las plataformas de otros, con Campaign Nucleus buscó que candidatos y organizaciones tuvieran que utilizar la suya. El salto fue de operador digital a propietario de la infraestructura política principal para la desinformación de las redes de la derecha.

El brazo latinoamericano: qué aporta cada socio

Esa infraestructura es la que llegó a América Latina. La alianza con Fernando Cerimedo se hizo pública en diciembre de 2025, cuando el diario Tiempo, de Honduras, detalló la cooperación entre ambos. La descripción más nítida la dio el propio Cerimedo, por escrito, al New York Times«Brad montó toda la infraestructura con la que trabajo».

El reparto de funciones es de manual. Parscale aportaba la ingeniería: soporte de software, licencias de Campaign Nucleus y de la herramienta de monitoreo EyesOver, la metodología de segmentación predictiva y el prestigio de la marca Trump. Cerimedo aportaba el terreno: conocimiento político local, una red propia de medios de derecha —La Derecha Diario y sus satélitesentre los que se encuentra UHNPlus, sostenido este último por rabiosos anticomunistas cubanos— y capacidad de ejecución.

Hay además un rastro financiero. Anexos presentados ante el registro FARA, reportados por medios como realpolitik e Informador Público, muestran que la campaña de Clock Tower X para el Estado de Israel subcontrató operaciones en Argentina y la región y transfirió pagos combinados por 702.002,50 dólares a firmas asociadas a Cerimedo, bajo el concepto de producción de contenidos globales. Es un dato que merece leerse dos veces: dinero de un contrato de diplomacia pública de Israel financiando producción de contenidos en el Cono Sur.

Ahora bien, el rigor obliga a distinguir con precisión los niveles de prueba país por país.

Tabla 2. Presencia de Parscale en América Latina y nivel de evidencia.
País Qué establecen las fuentes Categoría
Honduras Proveyó infraestructura y asesoría remota directa al equipo del candidato Nasry Asfura (The New York Times, diciembre de 2025) Demostrado
Bolivia Asesoría tecnológica a la campaña de Rodrigo Paz y viajes de coordinación; se reportó el despliegue de «mini granjas de bots» (El País de Bolivia) Demostrado
Argentina El registro FARA 6898 del LAAG declara la colaboración de la consultora Numen en la campaña presidencial de Milei en 2023 Documentado en el registro oficial.
Brasil Denuncias de la Policía Federal y reportajes sobre desinformación electoral atribuidos a Cerimedo Parscale aparece en reseñas de prensa como proveedor técnico.

Proyecto 545: cuando el objetivo deja de ser el votante

Uno de los documentos más relevante de todo el expediente no tiene que ver con América Latina. En septiembre de 2025, la empresa de Parscale, Clock Tower X LLC, se registró formalmente ante el Departamento de Justicia —número 7649— como agente extranjero de la República de Israel, actuando como subcontratista del gigante publicitario Havas Media.

El contrato, inicialmente de 6 millones de dólares y ampliado a 9 millones mediante un anexo del 26 de diciembre de 2025, corresponde a una campaña digital denominada Proyecto 545, dirigida operativamente por el jefe de gabinete del Ministerio de Asuntos Exteriores israelí, Eran Shayovich. Sus metas están escritas en el expediente: al menos 100 piezas de contenido mensuales, el 80 % dirigidas a jóvenes en TikTok, Instagram y YouTube, y 50 millones de impresiones al mes.

Hasta ahí, se trataría de una campaña de diplomacia pública agresiva, pero convencional. Lo verdaderamente nuevo es el mecanismo.

Figura 4. Cadena operativa del Proyecto 545. Elaboración propia a partir del expediente FARA.

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El contrato contempla la creación de un ecosistema de portales informativos de fachada —entre ellos Factsignal.orgCognitura y el portal de videos «Allies for Peace»— que no se presentan como lo que son: piezas de una campaña pagada por el Estado de Israel. En esos sitios se publica contenido optimizado con herramientas avanzadas de posicionamiento en buscadores e inteligencia artificial.

¿Qué es un «rastreador» o scraper? Los buscadores y los sistemas de inteligencia artificial no conocen el mundo: leen internet. Programas automáticos llamados rastreadores recorren millones de páginas y las incorporan como fuentes, tanto para responder búsquedas como para entrenar a los modelos, es decir, para enseñarles qué se dice sobre cada tema. Si alguien fabrica de forma masiva textos bien estructurados sobre un asunto, aumenta la probabilidad de que esos textos sean recogidos y repetidos.

Ese es exactamente el propósito descrito por reportes especializados como Drop Site News y el Instituto Quincy, que situaron estos sitios en relación con un contrato mayor, de 46,5 millones de dólares: generar un volumen masivo de textos favorables a una de las partes para que sean indexados por los buscadores y absorbidos por los sistemas de inteligencia artificial —ChatGPT, Claude, Gemini o Perplexity—. Esto permite que, ante una pregunta sobre el conflicto en Gaza, la respuesta por defecto incorpore esa versión.

Aquí está el salto cualitativo de toda esta historia.

En 2016 el objetivo era el votante: convencerlo o desmovilizarlo. En 2026 el objetivo es la fuente: el material del que aprenden las máquinas que millones de personas consultan como si fueran neutrales. Ya no se trata de ganar una discusión, sino de escribir el diccionario con el que la discusión se va a dar.

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Del imperialismo cultural al absolutismo cultural

La segunda entrega de esta serie se apoyó en el trabajo de Olga Rosa González Martín e Hilda Saladrigas Medina, del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos de la Universidad de La Habana, y en su noción de absolutismo cultural: una fase en la que ya no se exportan productos culturales, sino que se colonizan los marcos con los que una sociedad interpreta la realidad. A diferencia del imperialismo cultural clásico —donde se distingue con nitidez un centro que produce y una periferia que recibe—, aquí la periferia reproduce, adapta y legitima por sí misma los códigos del centro.

El caso Parscale añade a esa hipótesis la capa material. Si la segunda entrega mostró que un mismo repertorio político podía hablar con acento argentino, boliviano u hondureño, esta muestra quién fabrica y alquila las herramientas con que ese repertorio circula: el software, las bases de contactos, los sistemas de segmentación, el monitoreo, la generación automatizada de contenidos.

El absolutismo cultural no necesita una oficina en cada país. Necesita un proveedor, clientes locales que traduzcan y una capa técnica común. La ideología viaja en factura.

Tres consecuencias se desprenden de la documentación examinada.

La primera es que la infraestructura es indiferente al contenido. La misma empresa que provee herramientas a candidatos conservadores en Estados Unidos las alquila a una campaña hondureña y factura a un ministerio extranjero. La causa ideológica provee clientes. Y esa línea doctrinal es precisamente lo que la vuelve exportable a cualquier escenario nacional.

La segunda es que el poder se desplazó de la plataforma al proveedor. En 2016, Parscale dependía por completo de FacebookEn 2026 posee sus propios sistemas, sus propias bases de datos y contactos, además de sus propios portales de publicación. Cuando alguien es dueño de la infraestructura, deja de estar sujeto a las reglas de moderación de las plataformas.

La tercera es la más importante para el lector cubano y latinoamericano. Como advertimos en la primera entrega de esta serie, Miami y Washington no son la periferia de estas operaciones: son uno de sus centros. La trayectoria de Parscale confirma que ese centro no solo aporta acceso político y cabildeo, sino también la tecnología y el método. Y que existe un mercado, plenamente legal y registrado, donde ambas cosas se venden.

Lo que los datos no permiten afirmar

Este Observatorio ha sostenido en las tres entregas que la fuerza de una investigación está tanto en lo que prueba como en lo que se niega a afirmar sin pruebas.

Los documentos no demuestran que Brad Parscale haya dirigido personalmente operaciones diarias en Buenos Aires, La Paz o Tegucigalpa. No demuestran una causalidad directa entre las herramientas vendidas y el resultado de ninguna elección: establecer eso exigiría acceso a bases de segmentación efectivas, registros de servidores, códigos fuente y contratos privados que no forman parte de los expedientes públicos.

Lo que sí establecen los documentos es suficientemente significativo, y no requiere exageración alguna: existe una empresa estadounidense que vende infraestructura de influencia política, que la ha vendido simultáneamente a campañas latinoamericanas y a Israel, y que en su contrato más reciente se propone explícitamente moldear lo que los buscadores y los sistemas de inteligencia artificial responden sobre un conflicto en curso.

Conclusiones

La serie sobre Cerimedo comenzó preguntando cómo un consultor argentino llegó a las oficinas del poder en Washington. Termina, provisionalmente, en un lugar distinto del que se esperaba: no en una conspiración, sino en un catálogo de productos.

Brad Parscale representa la profesionalización de un oficio. Transformó su cercanía con una familia presidencial en una marca; esa marca en un producto de software; y ese producto en un servicio exportable que hoy factura a gobiernos. La base digital lo confirma con crudeza: el 90 % de las publicaciones que lo mencionan lo hacen junto a Trump.

Para América Latina, la lección es concreta. Las campañas de la nueva derecha regional no improvisan sus herramientas: las alquilan, y las alquilan a un proveedor situado en Estados Unidos que también trabaja para Israel. Cuando Cerimedo dijo «Brad montó toda la infraestructura con la que trabajo», describió con exactitud la división internacional del trabajo político: la ingeniería en el norte, la ejecución y el rostro local en el sur.

Y para el debate público en general, hay una advertencia que excede a cualquier país. Durante veinte años discutimos si las redes sociales manipulaban a los votantes. El expediente del Proyecto 545 muestra que la disputa se ha trasladado un escalón más arriba: hacia las fuentes de las que aprenden los sistemas que cada vez más personas usan para informarse. Si el imperialismo cultural explicaba cómo viajan las ideas, y el absolutismo cultural cómo dejan de parecer importadas, esta tercera entrega apunta a una fase adicional: aquella en la que las ideas ya no necesitan convencer a nadie, porque llegan incorporadas a la respuesta de una máquina que se presume imparcial.


(Este trabajo es la tercera entrega de la investigación del Observatorio de Medios de Cubadebate sobre la transnacionalización de las operaciones de la derecha, con un núcleo en Estados Unidos. Las dos anteriores —«¿Cómo construyó Fernando Cerimedo un puente entre Miami y el poder político de Washington?» (24 de agosto de 2026) y «Cerimedo: cuando MAGA se vuelve local» (1 de septiembre de 2026)— están disponibles en esta misma sección.)

Tomado de Cubadebate.

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