Hispanos irreverentes frente a Estados Unidos
Por Lil María Pichs Hernández.
Cada 19 de mayo pienso en lo que quitaba el sueño a Martí en sus últimos días. Había tanto en que pensar cuando estaba en medio de la manigua, en temporada de lluvia, rodeado de insectos y escaseces, con las tropas españolas cercándole a él y sus compañeros, con la desilusión del reciente fracaso que trajo consigo la delación de la expedición de Fernandina, con el cansancio acumulado luego difícil desembarco por Playita de Cajobabo y más de veinte días de marcha…
Aún me cuesta creer que este hombre, que se apresta a morir, a ser consecuente con lo que dice, con lo que arenga, con la obra que ha dedicado décadas a construir, estaba prácticamente frente a frente con las tropas españolas y estaba pensando en un enemigo otro, invisible aún para la mayoría; un enemigo que muchos no podían o no querían ver: el naciente imperio de los Estados Unidos de América.
Repasar a conciencia aquella carta sin terminar, la que comenzó a escribir para Manuel Mercado el día antes de morir, implica releer esa expresión “cuanto hice hasta hoy y haré ha sido para…” y notar que, a pesar de la extraordinaria fecundidad de los intensos y cortos años, este hombre, José Julián, de cara a real posibilidad de caer en combate, confiesa que toda su vida ha estado dedicada a una única tarea, titánica, improbable y premonitoria: liberar a su país, y a su continente, de un enemigo que aún se encuentra en gestación.
Cuando se habla del antimperialismo de José Martí, solemos remitirnos casi automáticamente a obras cardinales como Nuestra América y la Carta inconclusa a Mercado, conocida como su testamento político. Y tratamos de entender y divulgar el antimperialismo de Martí a través de estos textos maduros, relativamente breves, en los que se concretan los principales argumentos antiimperialistas del ideario martiano.
Ciertamente, estas obras son el resultado de un intenso y complejo proceso de evolución y cristalización del pensamiento de José Martí, estrechamente vinculado con su práctica revolucionaria, característica que proporciona aún más profundidad y riqueza a su ideario.
Sin embargo, para divulgar el fruto de ese proceso, y aún más, para enseñar a los más jóvenes el valor de ese fruto, el valor de los principios antimperialistas, el valor de la lucha contra el colonialismo en todas sus manifestaciones y ámbitos; para estimular que los más jóvenes descubran a Martí y que en el proceso lleguen a identificarse con él y con los ideales a los que dedicó su vida, no podemos cometer el error de seguir comunicando solamente esas ideas acabadas, convertidas en verdades inamovibles, en paradigmas tanto a nivel individual como social que de tanto repetirse con los mismos métodos y códigos, corren el riesgo de quedar como consignas para vallas o como etiquetas de Instagram y nada más.
“…los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas”[1], “…impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos…”[2]. El antimperialismo de José Martí no puede reducirse a eso.
Porque en ese instante, cuando los jóvenes, o cualquier cubano, de cualquier edad, incluidos dirigentes de diversas esferas, solo tenemos esos mínimos referentes para argumentar las características y la importancia del antimperialismo martiano, ese es el momento en el que dejamos de estar a la altura de lo que necesita el proceso revolucionario que estamos desarrollando.
Es el momento en el que permitimos que nos reinventen a Martí y que nos lo vuelvan a presentar como lo presentaban los politiqueros y falsos patriotas que Mella denuncia en sus Glosas, esos que veían al poeta idealista, pacifista y conciliador y no al intelectual crítico y revolucionario; es el momento en que permitimos que prevalezcan revisionismos y crítiquerismos no constructivos, sino destructivos, según las cuales Martí habría sido “secuestrado” y “torcido” por la “ideología castrista”, por “esos comunistas”, por “esa gente”.
Y lo que es, quizás, peor: es el momento en el que nos damos cuenta de lo poco que sabemos realmente de la evolución del pensamiento martiano en un tema tan fundamental como lo es su formación antimperialista.
Resulta que si partimos de que en el centro del ideario martiano se encuentra la búsqueda del equilibrio y por lo tanto, la lucha por la justicia, entonces le resulta natural luchar contra el coloniaje, la esclavitud, la discriminación y la explotación de cualquier imperio sobre los pueblos del mundo.
Resulta entonces que el antimperialismo de José martí es expresión máxima de su sentido de justicia y que por lo tanto, en su acción antimperialista juegan un papel fundamental la ética y el humanismo.
Estos hilos conductores nos llevan desde el antirracismo y la rebeldía independentista que salta a la vista en sus primeros escritos, pasando por el redimensionamiento de sus ideas anticolonialistas y antianexionistas presentes en su juventud, hasta llegar a un antimperialismo caracterizado no solo por la crítica del imperialismo como fenómeno multidimensional y en creciente expansión para finales del siglo XIX, sino también por la proposición de un paradigma contrapuesto, alternativo, lo más acabado del pensamiento latinoamericanista: la emancipación e integración nuestroamericana.
No podemos entender a Martí o acercar a otros a Martí si nosotros mismos hablamos de Martí y lo visualizamos como si hubiera nacido con 42 años y bigote, diciendo “…los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos”[3]. Sí, esta es una sentencia de extraordinaria vigencia, nadie lo dude; pero es el resultado de un proceso de aprendizaje y descubrimiento personal.
Si pasamos esto por alto, claro que nos sorprenderán y nos irritarán, sin que sepamos cómo dar una respuesta certera y argumentada, todas aquellas referencias “documentadas” que buscan presentar un Martí contemplativo, decadente, incluso “pro-yanqui”, incluso cuando él fue quien definió la “yanqui-manía”[4].
Pueden verse, por ejemplo, muchas publicaciones malintencionadas en redes sociales. Hay una relativamente sobreutilizada en la que se presenta, muy intencionadamente, un fragmento de uno de los artículos cortos que Martí publicó originalmente en inglés, en el periódico The Hour de Nueva York, entre julio y octubre de 1880, conocidos como “Impresiones de América”:
“Estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo, esencia de la vida. Aquí uno puede estar orgulloso de su especie. (…) Nunca sentí sorpresa en ningún país del mundo que visité. Aquí quedé sorprendido”[5].
Por supuesto, en las redes sociales se enarbola esta “cita” como símbolo de la admiración de José Martí respecto a Estados Unidos, pero rara vez se acompaña de alguna referencia al momento de su vida en el que Martí escribe esto. Tampoco se hace reflexión sobre el hecho de que reconocer el innegable avance de la sociedad estadounidense de 1880 no es sinónimo de una postura anexionista o “anticomunista”, de la misma manera que no tendríamos una postura consecuente y dialéctica si negásemos o intentásemos ocultar las alabanzas que Martí realizó a la pujanza estadounidense y la promesa democrática de aquel país en pleno crecimiento para finales del siglo XIX.
Ante tal careo, bastaría, por ejemplo, terminar de leer el propio texto referenciado y hallar una crítica contundente a la propia filosofía del amor al dinero que Martí enseguida detecta y expone:
“Y si llegaran los días de pobreza,—¿qué riqueza, sino la de la fuerza del espíritu y el consuelo intelectual, ayudará a este pueblo en su colosal infortunio? El poder material, como el de Cartago, si crece rápidamente, rápidamente declina. Si este amor de riqueza no está moderado y dignificado por el ardiente amor de los placeres intelectuales,—si la benevolencia hacia los hombres, la pasión por cuanto es grande, la devoción por todo lo que signifique sacrificio y gloria, no alcanza desenvolvimiento parejo al de la fervorosa y absorbente pasión del dinero, ¿adónde irán? ¿dónde encontrarán suficiente razón para excusar esta difícil carga de vida, y sentir alivio a su aflicción? La vida necesita raíces permanentes: la vida es desagradable sin los consuelos de la inteligencia, los placeres del arte y la íntima recompensa que la bondad del alma y los primores del gusto nos proporcionan”[6].
Más allá de la posibilidad de combatir fuego con fuego sin necesidad de citar otro texto, en este caso, es importante ahondar más en esta verdad: Martí no era un fundamentalista, su capacidad crítica le permitía encontrar lecciones y patrones tanto de los que apropiarse como a los que denunciar en todo lo que analizaba. LA realidad estadounidense no fue la excepción.
Martí llega a Nueva York el 6 de enero de 1880 y comienza a colaborar con The Hour un mes después. Con 27 años, Martí, que viene de conocer España y parte de la pasada “América española” (México, Guatemala, Venezuela) se presenta a sus lectores como “A very fresh Spaniard” lo que podría traducirse como “Un hispano muy fresco” o “un hispano muy irreverente”. Algunos consideran que debería traducirse como “Un español recién llegado”, pero por el tono de los escritos, prefiero pensar que se trata de “fresco”, como sinónimo de atrevido o incluso impertinente.
Son muchos los escritos que, junto a esas primeras crónicas en periódicos como The Hour y The Sun se han recopilado bajo el título de “Escenas norteamericanas”. En su gran mayoría, constituyen colaboraciones a medios de prensa como el periódico La Opinión Nacional de Caracas y la revista La América, de Nueva York.
Y en esas mismas escenas, a través de ricas descripciones y concatenaciones de hechos, procesos, figuras, invenciones tecnológicas, que podemos encontrar la radicalización del anticolonialismo martiano y la cristalización de su antimperialismo. No en forma de libro o abstracción teórica, sino en forma de artículos periodísticos: textos divulgativos, instructivos, didácticos, educativos con una finalidad formadora, destinados a los lectores venezolanos, mexicanos, argentinos, cubanos, nuestroamericanos, tanto aquellos que vivían sus respectivos países como los que vivían en el propio Estados Unidos, donde, por ejemplo, ya existía una gran comunidad de emigrados cubanos.
Ese “deslumbramiento” que experimenta José Martí al llegar a los Estados Unidos, que no es más que la sincera sorpresa que cabría esperarse de un joven que ha crecido leyendo la historia de la emancipación de las Trece Colonias respecto al yugo de Gran Bretaña, el gran imperio del siglo XVIII; un joven que pasó sus años universitarios en el viejo continente, que había sido recibido en los aún tímidos círculos intelectuales de las “dormidas repúblicas” latinoamericanas; y que, como mismo presenció y aprehendió la decadencia de los viejos imperios y las contradicciones y miserias que generaban en sus viejas colonias, vino a absorber de repente aquella experiencia sin comparación que era desembarcar en ese puerto bullicioso, en esa ciudad de industria que se expandía a la sombra, nada más y nada menos, que del símbolo que ya era la Estatua de la Libertad.
Y a grandes logros de la industria y el emprendimiento estadounidense Martí dedicó numerosos textos. José Julián estuvo ahí, entre la turba eufórica, el día en que se inauguró la Estatua de la Libertad, estuvo ahí para presenciar la construcción del puente de Brooklyn.
La sorpresa y la admiración ante aquellas visiones, no hacen a José Martí un anexionista, y aludir a esto no implica negar las profundas críticas que Martí haría a aquella sociedad, que en su crecimiento y pujanza vino a metalizar al hombre, a cosificarlo, a poner las relaciones sociales en función de las relaciones monetarias y la cultura en función del capital.
Todo lo contrario. Baste mencionar que cuando cantó a la excepcionalidad de la Estatua de la Libertad, en su forma y en su significación, dijo también:
“Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene. Una fiera vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado.”[7].
Y que cuando escribía sobre la majestad ingenieril que era el puente de Brooklin no pudo evitar reflexionar sobre los obreros que lo construyeron, muchos emigrantes de diversas partes del mundo, al reflexionar sobre ellos, dijo:
“…Y los albañiles encajaron en aquella altura (…) piedras a cuyo choque ligerísimo, como alas de mariposa a choque humano, se despedazaban los cuerpos de los trabajadores, o se destapaba su cráneo. ¡Oh, trabajadores desconocidos, oh mártires hermosos, entrañas de la grandeza, cimiento de la fábrica eterna, gusanos de la gloria!”[8]
Martí no fue excepcional por haberse sorprendido del progreso que en tan poco tiempo tras su independencia habían alcanzado los Estados Unidos, sino por haberse percatado del costo y del carácter polarizado de tal prosperidad.
En crónicas tempranas, como las de La Opinión Nacional, enviadas entre 1881 y 1882, Martí ya habla de las corporaciones “…tenaces y absorbentes…”[9], denuncia la confabulación de estas con los partidos y la abundancia presiones y corrupciones que constriñen los votos a “los candidatos señalados por los omnímodos caciques que en cada partido de ciudad reinan”[10]. Como también denuncia el robo de fondos públicos, la manipulación electoral, y la defensa que hacía el gobierno de los intereses expansionistas a nivel internacional de aquellos hombres de negocios que buscaban extender sobre gran parte de la tierra su poder.
Más allá de querer enumerar ejemplos, invitamos a la lectura de estas escenas, desde las primeras hasta las últimas, una cada día. Se leen como se ve una película. Más que crónicas, más que pinturas habladas, son retratos con texturas, olores y colores. Con ese lenguaje Martí enseña las verdades de los Estados Unidos a los pueblos de nuestra América.
Interpreta y reinterpreta lo que ve. Y en el estudio de los textos de la última década de su vida, incluyendo, por supuesto, los escritos del periódico Patria, se ve al joven “recién llegado” convertirse en el Delegado del Partido, en el gestor de la Guerra Necesaria. Ese que en sus últimos años escribe Nuestra América, escribe la carta que quedó inconclusa… y escribe también otra obra cardinal: La verdad sobre los Estados Unidos.
Este texto de 1894, fruto de la maduración de su ideario, tiene un tono diferente al de Nuestra América, pues, aunque también se refiere al paradigma nuestroamericano contra todo panamericanismo imperialista, parte de la semblanza del vecino del norte, no de la de nuestras repúblicas, las cuales son el centro de atención del famoso ensayo Nuestra América, de 1891.
Y no es casualidad que, en plena capacidad creadora, Martí dé inicio a este brevísimo y contundente artículo a partir de una tesis que hemos estado abordando en estas líneas: la necesidad de pensar, de estudiar los procesos en su contexto y complejidad, especialmente si queremos entender la naturaleza de los Estados Unidos en su relación con nuestra América, en su relación con Cuba; y para entender y transmitir las esencias de la crítica martiana al imperialismo norteamericano, y global:
“Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el prurito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes”[11].
Como quien recapitula a las puertas del probable fin de su vida; como quien piensa en atar los cabos sueltos y encarar la muerte sin arrepentimientos, el José Martí que está inmerso en los preparativos finales para el reinicio de la Guerra en Cuba, escribe este artículo, el cual pareciera dar cierre a aquella primerísima serie de “Impresiones de América” de 1880, dejando claro el valor de la sinceridad, la ponderación y la agudeza crítica.
Claro que esta última cita no es tan común en las redes sociales. Los que nos intentan vender un Martí intelectualoide, anti-cubano y hasta anexionista, no han intentado apropiarse de esta frase. El problema es que tampoco lo hemos hecho nosotros.
Asumamos estas y otras perspectivas similares para abordar el pensamiento martiano. Abordemos su excepcionalidad, entendiéndolo, primero, como ser humano. ¿Cómo ser consecuentes? ¿Cómo defender lo que él defendió, con la pasión y la razón con que lo hizo, si no sabemos cómo nació esa pasión, si no conocemos las razones, las circunstancias, las personalidades que influyeron en ello?
Para defender nuestros principios debemos, primero, tener el conocimiento. Para defender nuestros principios, hay que sembrarlos, verlos gestarse y crecer. Ese es el trabajo de cada generación respecto a la siguiente. Solo si cada generación es consecuente con esto, estaremos siendo parte de una Revolución irreversible.
Hagamos como aquel “hispano fresco”, que pensó con cabeza propia, que sintió como suyo el sufrimiento de su patria, y que construyó con sus propias manos las bases de un mundo mejor.
Pensemos sintiendo. Sintamos pensando. Y que en nuestra cotidianidad nos sirva de advertencia e incentivo aquella máxima antiquísima de Confucio “El conocimiento sin reflexión es inútil; la reflexión sin conocimiento es peligrosa”.
Lil María Pichs Hernández, subdirectora de coordinación de la Oficina del Programa Martiano, miembro de la sociedad cultural José Martí y el Movimiento Juvenil Martiano.
Notas:
[1] José Martí, ensayo Nuestra América, El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. Obras Completas, Editorial Ciencias sociales, 1991 (OC) 6:15
[2]José Martí, carta a Manuel Mercado, Dos Ríos 18 mayo 1895. OC 4:167
[3]José Martí, texto Las guerras civiles en Sudamérica, Patria, Nueva York, 22 de septiembre de 1894. OC 6:27
[4] José Martí, artículo La verdad sobre los estados Unidos, Obras Completas, Edición del Instituto Cubano del Libro, 28: 293
[5] José Martí, artículo Impresiones sobre Estados Unidos de América I (traducción), The Hour, Nueva York, 10 de julio de 1880. Obras Completas, Edición Crítica del Centro de Estudios Martianos (OCEC) 7:135
[6] José Martí, artículo Impresiones sobre Estados Unidos de América I (traducción), The Hour, Nueva York, 10 de julio de 1880. OCEC 7:136
[7] José Martí, artículo Fiestas de la Estatua de la Libertad, Nueva York, octubre 29 de 1886, publicado en La Nación de Buenos Aires, 1ro. de enero de 1887. OCEC 24:309
[8] José Martí, artículo El puente de Brooklyn. La América, Nueva York, junio de 1883. OCEC 18: 39-40
[9]José Martí, Cartas de Nueva York expresamente escritas para La Opinión Nacional. La Opinión Nacional, Caracas, 26 de octubre de 1881. OCEC 9:78
[10] José Martí, Cartas de Nueva York expresamente escritas para La Opinión Nacional. La Opinión Nacional, Caracas, 26 de octubre de 1881. OCEC 9:118
[11] José Martí, artículo La verdad sobre los estados Unidos, Obras Completas, Edición del Instituto Cubano del Libro, 28: 290
Tomado de Sociedad Cultural José Martí.

