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Ahora más que nunca, hay que ir

No nos quedemos al margen hoy, la historia necesita muchos como Martí, capaces de ir, ahora y siempre

Por Miguel Cruz Suárez.

Algunas aves dejaban escuchar su canto y una brisa campestre removía las copas verdes de las palmas, cerca de Dos Ríos. Alguien avisó que habría combate. Quédese, le dijo Gómez, pero hay momentos de la vida en que no puedes quedarte, en que la sombra quema, la silla hinca y el confort ofende. Hay momentos en que ser espectador y no protagonista te deja en el bando de los que no aportan, en el grupo silencioso de quienes no podrán decir nunca: Yo estuve allí y me golpeó la ola, cuando el barco resistía el vendaval.

Quédese, quédese… quédese y el eco insoportable de no haber ido, de que las balas solo sean anécdotas que nunca te tocan y las heridas de otros te dejen más cicatrices en el alma que a ellos en el cuerpo, pero hay momentos en que se necesitan más pechos que balas y más inquietud que calma.

Quédese, dicho con respetuoso cuidado, nunca habría sido suficiente para detener el empuje de una conciencia íntegra que ya estaba en peligro todos los días de dar la vida, por su país y por su deber. No se quedó y sin embargo se ha quedado para siempre.

Porque hay llamadas que no se hacen con palabras, sino con el olor del monte encendido, con el rumor de un río que arrastra no agua, sino destino. Quédese, repetía la voz amiga, pero el deber no se sienta a la mesa de los cobardes ni se arropa con las mantas de los prudentes.

El deber es un potro sin domar que siente la pólvora en el aire y relincha hacia la batalla, aunque sepa que allá, entre la humareda, puede dejar los cascos y el corazón. No era soberbia lo que espoleaba aquel trote firme hacia la muerte; era la certidumbre humilde de que hay maderas que solo sirven para construir naves, y que una tabla en tierra, por muy pulida que esté, jamás conocerá la gloria de la tormenta.

No nos quedemos al margen hoy, la historia necesita muchos como Martí, capaces de ir, ahora y siempre. No se nos pide que busquemos la bala, sino que no le volvamos la espalda al fuego cuando el fuego es justo. Que en cada esquina de este tiempo convulso, donde el eco de Dos Ríos aún retumba, sepamos reconocer la hora inaplazable. La hora en que la conciencia se levanta, ensilla el caballo y, sin mirar atrás, parte hacia su deber, para quedarse, así muera, en la memoria inextinguible de los pueblos.

Tomado de Granma / Foto de portada: Juvenal Balán.

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