Cuba: El anhelo hecho clarín, machete, llama

Por Yeilén Delgado Calvo.

Mucho se hablaba aún de la ingratitud del monte, de la piel llagada, el poco alimento y aquella sed inolvidable que obligaba al delirio. No habían sido borradas ni la muerte, con su olor a sangre y azar, ni la hamaca solitaria, ni los campos de caña arrasados por el fuego.

El dolor de la guerra, bien llamada grande no solo por sus diez largos años sino por el esplendor de la dignidad, permanecía en la memoria colectiva, y algunos seres de alma contrahecha lo creían suficiente para impedir que volviera a hacerse clarín y machete ese anhelo cambiador de mundos: la independencia.

Pero frente a los esclavos del desánimo, los adoradores de España, y la sombra del anexionismo, estaban las mujeres y hombres que aún llevaban el Pacto del Zanjón como una herida mal curada; aquellos que sentían una deuda honda con Agramonte y Céspedes; los convencidos de que Cuba libre viviría.

Y estaba Martí, aquel que podía escribir: «Quédate, y verás la maravilla / de una mariposa / que cubre con sus alas toda la tierra»; y también: «La revolución en Cuba es el aire que se respira, el pañuelo que la novia regala, el saludo continuo de los amigos, el recuerdo que venga y que promete, el suceso que aguardan todos. En todo está, y en los mismos que no la desean. Nada puede vencerla». Estaba él, con la causa metida en las venas, hirviendo de patriotismo en medio del frío de la nieve extranjera y del que causan la ingratitud y la traición.

No quedó frente limpia a la cual no llegara su reclamo para empezar la guerra inconclusa, la guerra otra vez, la guerra que sería nueva y a la vez la misma de Yara o Madrid; la guerra que llamó necesaria, porque hay precios solo pagables con el sacrificio mayor: ese de «si fuera necesario, la vida».

Por virtud de esa entrega, 81 años tras el 24 de febrero de 1895, la Revolución, ya en mayúsculas, aprobaría su primera Constitución; gracias al redoble de La Demajagua y también al Grito de Baire, cuando la llama creció, fuerte, porque nunca había estado apagada del todo, ni lo estará mientras se cuente con la vergüenza.

Tomado de Granma / Ilustración de portada: Obra de Vicente Rodríguez Bonachea. 

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