Bienvenida a Holanda

Hace varios años llegó a mis manos un texto del que no he podido desprenderme. La luz de cada idea relatada por aquella madre todavía me ilumina. Pienso en ella con frecuencia, y en todas las que hemos vivido la experiencia de tener una hija o un hijo con discapacidad. Y en otras, cuyas alegrías y tropiezos a veces resultan inenarrables.

Pero frente a las palabras que ahora han vuelto a mi mesa, la sensación es siempre igual. Creo que no podría ser diferente porque en la sencillez de su descripción, que hizo a pedido de muchas personas, ella desborda la certeza de que tener a esa niña fue como hacer un viaje. Y, ¿acaso la vida no es eso, un trayecto hacia algún lugar que a menudo no sabemos adónde llega ni cómo es?

Quien pensara que contó sus tristezas o sus pesares se equivoca. Su experiencia es la de una mujer que arriba a un lugar diferente del esperado, pero lo hace con el espíritu dispuesto para descubrir y disfrutar lo más esencial y atractivo de ese otro sitio que encontró, sin previo aviso.

Compara su embarazo con un viaje a Italia, para el que preparó guías turísticas, planes de visita al Coliseo, al David de Miguel Ángel, a las góndolas de Venecia, a la Capilla Sixtina, e incluso concibió el aprendizaje de palabras en italiano… Relata cómo al final del vuelo, poco antes del aterrizaje y de abrocharse el cinturón, la aeromoza anunció: “¡Bienvenida a Holanda!”.

¿Holanda?, se preguntó la autora y, tras meditar un poco, acepta que hubo un cambio en el plan de vuelo y debe quedarse allí. Pronto percibe que no ha llegado a un lugar desagradable y sucio. Solo que es diferente. Esperan por ella nuevos mapas y guías, otro idioma y adecuarse al ritmo de ese sitio. Entonces descubre que Holanda tiene los molinos de viento, los tulipanes, los Rembrandts… No es lo que planeó, pero también es sumamente interesante.

Las vivencias presentadas por esta madre, y su hallazgo de lecciones que la ayudaron a hacer de su hija una criatura feliz que, al propio tiempo, significaron un crecimiento para ella, se emparenta con no pocas historias de casos en que los misterios de la genética o quién sabe si el azar, ha conducido a muchas mujeres a viajes parecidos, no obstante los avanzados estudios que se realizan hoy antes y durante el embarazo.

Viajar por la vida aporta descubrimientos, por lo que incluso si el nuevo ser nace sano y supuestamente normal, hacen falta dosis de paciencia, y hasta consultar textos sobre los vastos temas de la maternidad, la educación y los afectos. Aun así, es sabido que se aprende a ser madre y padre viviéndolo.

Entre hallazgo y hallazgo, se salva quien consigue darse cuenta de que todos los seres somos únicos y diferentes, y que discapacidad no solamente tiene quien nace con ella, sino el que no aprende a aceptar a cada persona con sus características. Por eso, últimamente el término utilizado —más exacto, según los especialistas—, no es discapacidad sino necesidades especiales. En principio, cada cual porta las suyas.

Lo puede confirmar otra madre, en cuyo bregar en busca de caminos, encontró en la obra de José Martí contenidos suficientes para enrumbar a su hijo con Síndrome de Down. Su vivencia habla de la bondad y capacidad de asombro del hijo, y la vocación de entrega de la que ella ha sido capaz.

En cualquier circunstancia, madres y padres convencidos de su rol, han disfrutado cada escalón que han subido junto a sus hijos. Las satisfacciones cambian de tono cuando el ascenso no es tan ágil como quisiéramos. Confieso que en esa ida mi camino ha tenido no pocas alegrías, sobre todo desde que aprendí a salir airosa acortando el trecho entre las aspiraciones y lo que mi hija ha podido lograr, mucho más allá de ciertas predicciones.

Cuanto más visible ha sido su avance, mayores afanes nos han acompañado. Ahora pienso en el auxilio acentuado de mi madre —que supo y sabe de mi gratitud dondequiera que esté— y en quienes a mi lado han ejercido esa función conmigo y con mi hija. Siento cerquita también a mis amigas, a los calificados especialistas que en Cuba abundan para dar luz y convertirse en imprescindible bitácora. Esa que nos ha hecho la marcha menos difícil desde su nacimiento.

No hay dudas de que no ha estado de espaldas a la suerte, ni a merced del azar, porque las imprecisiones de la naturaleza no siempre tienen que decidir un destino. Por eso, a menudo, al verla realizada, laboriosa —incluso laboralmente útil—, extrovertida y feliz, olvido los rotundos pronósticos con los cuales vino a este mundo.

Como escribe esa gran mujer cuyo texto he vuelto a leer una vez más, si usted no cree que se pueden rebasar los límites impuestos por las imperfecciones e incluso lograr un crecimiento más allá de unas aparentes limitadas fuerzas y se pasa la vida lamentando el hecho de no haber llegado a Italia, nunca tendrá el espíritu libre para disfrutar lo más especial, lo más preciado de Holanda.

Ese no fue el inesperado cambio en una ruta de viaje, es una oportunidad para abrirse a una vida equilibrada, basada en la aceptación que merece todo ser humano, más aún en Cuba, empeñada en enaltecer, pese a todo, la dignidad de los seres humanos y a colocar la esperanza y los afectos en el centro de todo.

Tomado de Revista Bohemia/ Ilustración de portada: Francisco Blanco.

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