Más allá de «La Poderosa»: Las vidas de Alberto Granado

Por Facundo Sinatra Soukoyan y Luciano Colla.

Ocurrió algún día de 1942, a 35 km de Alta Gracia, Córdoba. Un joven de 14 años que dijo llamarse Ernesto Guevara llegaba al club Estudiantes para probarse en el equipo de rugby. Según le había dicho su amigo Tomás Granado, el deporte podría ayudarlo con sus severos problemas de asma. Por eso, aquel día, se presentó y pidió que le tomaran el examen.

En el predio se encontró con dos sillas enfrentadas que, sobre sus respaldos, sostenían un palo de escoba. Lo que debía hacer, le dirían, era saltar de un lado al otro y caer con su hombro al piso. Volver a pararse, y volver a saltar. Así, una y otra vez. Ernesto escuchó las indicaciones, se sacó su camisa, se puso la camiseta de rugby y comenzó.

Esta historia nos la cuenta su amigo, Alberto Granado. Sentado en una silla, frente a su escritorio, la cámara del cineasta salteño Alejandro Arroz lo apunta mientras él recuerda cómo empezó a conocer a Guevara. Mucho antes de ser el Che, mucho antes de que partieran con La Poderosa II a cambiar sus vidas por Latinoamérica. Ese día, cuenta Alberto, tal y como le habían dicho, Ernesto saltó de un lado al otro sin parar, fiel a su estilo perseverante: «Y si no lo saco de ahí –asegura-, hace un hueco en el patio».

Tal vez, por la magnitud que luego alcanzó la vida del Che, cuando se lo nombra a Alberto Granado, lo primero que se piensa es en ese joven que se subió a La Poderosa junto con Ernesto para recorrer el sur del continente. Pero Alejandro insiste en que hay mucho más para conocer sobre él. Por eso, un día, se decidió a hurgar en la vida de ese viajero incesante.

– Siempre se toma a Alberto Granado como el que acompañó al Che, casi como en un papel secundario, ¿qué te llevó a elegir su figura?

– Es cierto, siempre se lo toma como el compañero de viaje del Che. Pero en realidad fue al revés. El viaje lo quería hacer Alberto, la moto era suya y lo sumó al pequeño Ernesto, que era mucho menor que él. Incluso Alberto cuenta que el viaje lo iban a hacer por separado en dos motos, y después, finalmente, todo se resume a su famosa moto. Pero bueno, luego la simplificación hace que todo el mundo crea que es Alberto el que se sumó. En realidad, el motoquero era él.

– ¿Cómo lo conociste?

– Fue en el 2003. Viajé a Cuba y me invitaron a una fiesta para presentarme a un músico popular muy importante. Yo, en gratitud, me ofrecí a hacer empanadas para 40 personas y, además, llevé unas botellas de vino salteño. En un momento, empieza a armarse la fiesta y va llegando la gente. De pronto, aparece un auto y veo que se baja un viejito. La persona con la que venía me lo presenta, lo saluda y se va. El viejito pasa, se sienta conmigo. Justo en ese momento mis amigos desaparecen, todos se meten en la casa. Recién más tarde me entero que me estaban mirando por la ventana.

Entonces, mientras cocinaba, empiezo a hablar con el señor. Abro un vino y entre charlas noto que no es cubano, que la tonada era argentina, pero veo por las ropas que no es turista tampoco. Hablamos un buen rato, le pregunté algunas cosas y él me preguntó otras. Salió el tema de que el vino era de Salta y me dijo que había estado varias veces allí, que había sido visitador médico. Yo no sabía por dónde venía todo. Ya me sentía incómodo.

En ese momento, salen todos de adentro y dicen: «Bueno, ya sabes quién es, ya se presentaron. El señor Alberto Granado, el amigo del Che». Casi me muero. Porque, claro, todas las fotos que conocía eran de joven. Él empieza a reírse, era muy jodón y estaba confabulado para hacerme la joda. Así conocí a Granado. Después me invitó a su casa y a los pocos días estábamos sentados en su patio conversando.

– ¿Cómo surgió la idea de hacer un documental?

– Alberto era una persona que le gustaba contar cosas, era muy simpático. Una persona muy querible. Charlando sobre su actividad, me dice: «Yo estuve en Santiago de Cuba cuando creamos la Escuela de Medicina. Después me tuve que ir a buscar médicos a Argentina». Le pregunté cómo y ahí me contó que había entrado al país desde Chile. Luego, fue contactando médicos, recorrió varias provincias y los convenció de viajar. Una vez hecho esto, desde Cuba los iban sacando por distintos medios. En ese momento, la Policía empezó a ver una actividad sospechosa y lo fue siguiendo. Cuando él iba a una casa para hablar con un médico, al rato caía la Policía y la allanaba. Esa fue su tarea. Entonces, es evidente que Alberto Granado no era solamente el chico de la moto.

Gracias al Che, Alberto se hizo muy amigo de Fidel. Por ejemplo, en Playa Girón quiso ir a combatir. Me contó una anécdota en la que pidió ir a pelear con el Che, pero le dijeron que no podía ir por ser extranjero. No querían que se diga que en ese conflicto había habido extranjeros porque la prensa lo usaría para afirmar que eran mercenarios.

Cuando fue la Crisis de los Misiles, él ya tenía carnet de combatiente. Había hecho el entrenamiento, aprendió a usar los fusiles y todos los ejercicios básicos. Entonces fue y se presentó: «Bueno, ahora quiero combatir». Pero tampoco pudo por argumentos similares. Era un conflicto entre Rusia y Estados Unidos y entendían que no podían participar extranjeros. Le pidieron a cambio que, siendo médico, fuera a cuidar a las chicas que iban a ir a reemplazar a los hombres en los cafetales. Me decía: «Yo siempre estuve dispuesto a combatir y nunca me dejaron». Aunque también afirmaba que no nació para guerrillero, pero en esos momentos sí quería poner el pecho por Cuba.

Después de escuchar todas esas historias, surgió la idea de hacer un documental sobre el otro lado de Alberto Granado.

La conversación entre Ernesto y los hermanos Alberto y Tomás, aquella tarde de octubre de 1951 debajo de una parra, se repitió y contó muchas veces. Decenas de libros y unas cuantas películas la recrean para narrar lo que fueron los primeros pasos del revolucionario argentino. Pese a que existen al menos dos versiones que se modifican levemente dependiendo de quién de los presentes la haya contado, detalles más, detalles menos, lo cierto es que ambas concluyen en el mismo punto: semanas más tarde, Alberto y Ernesto partían en La Poderosa II.

Alberto cuenta frente a la cámara de Alejandro Arroz que, para ese entonces, se encontraba disgustado, ya que se había visto obligado a renunciar a su trabajo en el leprosario tras negarse a afiliarse al Partido Peronista. Todo por «razones de principios». Guevara, por su parte, estaba harto de los exámenes en la facultad. Por eso, tras algunos preparativos básicos, no mucho tiempo después, todo quedaba atrás.

Faltarán aún varios años para que las historias de ambos vuelvan a entrecruzarse. Sería recién luego de la Revolución, cuando Ernesto ya era un ícono del que hablaba el mundo entero. Mientras tanto, Granado nunca dejó de moverse.

– Elegís como título de tu documental El viajero incesante, ¿por qué?

– Él dice en el documental que, a pesar del socialismo, siempre le gustó viajar. No veía contradicciones entre esa actividad y el hecho de ser socialista. Personalmente, creo que él hizo un viaje interior, porque, cuando termina su travesía con el Che, se queda a vivir en Venezuela. Ahí conoce a su mujer, Delia.

Cuando el Che lo convoca, él sale inmediatamente y se va en barco a Cuba solo. Ahí, Ernesto le dice que, probablemente, entrarían en guerra con Estados Unidos, que tendrían conflictos armados y que el mismo Che debería irse a combatir por el mundo. Entonces Alberto vuelve a Venezuela y decide llevar a toda su familia a Cuba y radicarse ahí. Se quedará hasta su muerte en Cuba viviendo orgullosamente la revolución.

– Hay un momento que Granado dice en tu documental: «En mi primer viaje a Cuba encontré que las cosas que soñaba se estaban logrando». ¿Qué cosas veía Granado que se estaban dando hasta el punto de terminar comprometiéndose de lleno con la Revolución?

– Él cuenta que en esos tiempos venía leyendo las obras de José Ingenieros y soñaba con un mundo mejor. Que el viaje les había abierto la cabeza a ambos, que los cambia como personas y los lleva a empezar a ver la realidad de Latinoamérica. Hablaron mucho sobre el peronismo, que el Che estaba totalmente en contra, y Alberto le decía que cuando viajase por Latinoamérica vería que lo que estaba pasando en Argentina era mucho mejor. Dialogaron seguido sobre el tema. Alberto respetaba mucho la figura de Evita, de hecho, en su casa tiene un retrato tan grande como el del Che.

En esa época, por los años 60, Alberto estaba por la reforma agraria, por la medicina gratuita para todos. Todo esto antes de ir a Cuba. Pensaba esas cosas como una gran utopía que nunca se iba a poder realizar y, cuando llegó a Cuba, se encontró con que estaban haciendo todo lo que él creía que había que hacer.

Ahí colabora activamente para crear una nueva escuela de medicina, porque la vieja estructura no funcionaba. Tiene unas expresiones muy claras que son lo que ahora sería el feminismo cuando planteaba que a la mujer no se le daba espacio en Cuba, y mucho menos para que sea médica.

– ¿Qué papel tiene Granado en la construcción de esa escuela?

– Obviamente un grupo de personas son las que crean la Escuela de Medicina, pero, como pasó con la fuerza armada, había que seleccionar con quién hacerlo y armar ese grupo. Había que crearla de cero. Ellos decían que la Escuela de Medicina de Cuba de esos años no tenía las condiciones sociales como para seguir desarrollándose, que estaba hecha exclusivamente para la elite y que buscaban todo lo contrario. A tal punto que Alberto sale a conseguir médicos porque no había. Los médicos en Cuba antes de la revolución eran gente acomodada y no querían participar. Principalmente, va a traer médicos del Partido Comunista Argentino.

– ¿Él se reconoce como un revolucionario socialista o qué figura viste de él?

– Siempre mantuvo una coherencia ética durante toda su vida. Nunca tuvo flaquezas en eso. Siempre reconoció a la Revolución cubana, a la figura de Fidel, sobre todo, y también a la figura de Raúl, con quien era muy cercano. Como lo dice en el documental: «¿Vos te crees que Raúl es hermano de Fidel? No, Raúl es Raúl».

Alberto mantuvo coherencia toda su vida y por eso incluso veía la necesidad de justificarse ante el gusto que tenía por viajar. Decía: «Yo no dejo de ser revolucionario ni socialista por viajar». Era una persona muy alegre. Para dar una idea, si alguien iba a Cuba y le tocaba el timbre, abría y te hacía pasar. Ese era Alberto Granado.

El viaje fue lo que realmente los maduró, cuenta Alberto frente al lente de la cámara. Porque les hizo darse «cuenta que no solamente había que conocer el mundo, sino que también había que tratar de cambiarlo». Lo que vendría luego ya es historia conocida. Para Alberto, su amistad con Ernesto fue uno de los pilares de su vida. Sin dudas, las cosas hubieran sido totalmente distintas de no haberlo conocido. La diferencia, sostiene, es que a él le tocó estar junto al mejor.

El día que mataron al Che, el cuerpo fue trasladado en helicóptero desde La Higuera hasta una lavandería del hospital en Vallegrande. Allí, frente a varios soldados y algunas personas que se apretaban detrás de la camilla, alguien se pararía con una cámara de fotos para retratar el momento. Una imagen tan enorme necesitaba todas las evidencias posibles para demostrar aquello que nadie iba a creer. Luego, sacarían varias más.

Esas fotos viajaron hasta Cuba y llegaron a las manos de Fidel Castro. Fueron observadas y analizadas una y otra vez por gente que lo había conocido y había combatido a su par. De todos modos, consideraron necesario cerciorarse de que no había error alguno. Cuenta Alejandro que, en ese entonces, «Fidel lo manda llamar a Alberto para asegurar si el de la foto era el Che o no. Porque, entre otras cosas, los brazos se veían demasiado chicos». Será en ese entonces que Alberto lo reconoce y certifica a Cuba que ese cadáver era del Che.

La mañana del 5 de marzo de 2011, en La Habana, el cuerpo de Alberto Granado dice basta luego de una vida de viajes y luchas. Cuenta su hijo que, un día, a sus 88 años, se acostó a dormir y nunca despertó. Tal y como había pedido, sus restos serían esparcidos entre Argentina, Cuba y Venezuela. Sus tierras. Esas en las que, sin dudas, había dejado todo.

 

Tomado de Revista Liberta.

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